1331 ¿QUÉ ES LA POLÍTICA?
2. LIBERTAD HUMANA VERSUS DESPOTISMOS BLANDOS
Bien analizada, la libertad política es una fábula imaginada por los gobiernos para adormecer a sus gobernados.
Napoleón Bonaparte
Es tiempo de recuperar el mundo entre los hombres, la libertad humana, porque si no se impone un despotismo blando. Proféticamente Tocqueville (1840 [1985]:268-269) lo describió como “una multitud de hombres semejantes e iguales, que dan vueltas de forma constante sobre sí mismos para procurarse pequeños placeres, de los que llenan su alma. Cada uno de ellos es un extraño al destino de todos los demás: sus hijos y sus amigos forman para él toda la especie humana; sus conciudadanos están a su lado, pero no los ve, no los toca y no los siente; no existe más que en sí mismo… Por encima de ellos se alza un poder inmenso y tutelar absoluto, regular, previsor y suave. Se parecería al poder paterno si tuviese como objeto preparar a los hombres para la edad viril; pero en cambio persigue mantenerlos irrevocablemente en la infancia; le gusta que los ciudadanos se diviertan, con tal de que no piensen más que en divertirse… ¿No puede suprimirle por completo el trastorno de pensar, y el trabajo de vivir? A diario, hace menos útil y más raro el empleo del libre arbitrio; encierra la acción de la voluntad en un espacio más pequeño, y arrebata a cada ciudadano hasta el uso de sí mismo… Tras haber modelado a su gusto a cada individuo, el soberano extiende sus brazos sobre la sociedad entera; cubre su superficie con una red de pequeñas reglas complicadas, minuciosas, uniformes a través de las cuales los espíritus más originales y las almas más vigorosas no podrían salir a la luz; no quebranta las voluntades sino que las reblandece, las somete y las dirige; raramente obliga a hacer algo, pero se opone sin cesar a que se haga algo, no destruye, molesta, comprime, debilita, apaga, embrutece y reduce a no ser más que un rebaño de animales tímidos e industriosos, cuyo gobierno es el pastor. Siempre creí que este tipo de soberanía, reglamentada, dulce y
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apacible podría combinarse con algunas de las formas exteriores de la libertad, y establecerse a la sombra misma de la soberanía del pueblo”.
Aristóteles (S. IV a.C. [1985]) distinguió entre un gobierno de personas libres, aquél que tienen en cuenta la común utilidad, según justicia perfecta y absoluta; frente a uno de esclavos, aquél que sólo pretende el bien de los que rigen, el cual es un gobierno errado y vicioso, porque es un gobierno de señores para con esclavos, y la ciudad es comunidad de gente libre. El buen gobierno pasa por la participación de los ciudadanos en lo que es bueno para la ciudad, teniendo especial cuenta el provecho de los más necesitados y de la gente popular. Se enfrenta a la oligarquía o gobierno de los ricos y poderosos, y a la tiranía, o gobierno de uno dirigido al bien del que es señor. Precisamente Winters y Page (2009) parten de la definición aristotélica de oligarquía, para calificar a Estados Unidos, país supuestamente adalid de la democracia, como una oligarquía donde el 1% de la población más rica puede dominar el espectro político y tiene una influencia decisiva sobre las áreas claves del gobierno.
Chomsky (2003) afirma que las barreras a la democracia y la libertad son más obvias en los estados violentos y más sutiles en las sociedades democráticas, si bien difieren en los métodos ambas persiguen el control de la población por parte de aquellos que ostentan el poder. La tendencia es bien clara hacia un gobierno mundial de los ricos para los ricos, hacia estados multinacionales que movilizan recursos alrededor de empresas y de bancos, y que controlan la población, hacia un mayor crecimiento de las empresas transnacionales que han llegado a controlar la economía mundial. Esta tendencia destruye la democracia auténtica. Desde el inicio, la democracia verdadera lucha contra aquellos que desde siempre han ostentado el poder. Estos, al ver como las personas antes sometidas se organizaban y osaban reivindicar el poder para ser los autores de sus propias vidas, a mediados del siglo XVIII, vieron la necesidad de controlar esta revolución. Se desarrolló una razón lógica, que dice que la masa es ignorante. Así los países deben estar en manos de hombres virtuosos y responsables, en un principio aristócratas y terratenientes, y más tarde se sumaron las élites financieras. El control de la población en sociedades como la norteamericana, que han ganado ciertas libertades frente a la violencia del Estado, se realiza de forma más sutil, a través de adoctrinar de los jóvenes, en las escuelas y las universidades (Chomsky, 1993, 2003). Es preciso controlar la opinión pública, para formar una mentalidad sumisa (Romano, 2004), para lo que se invierten ingentes cantidades. Otro aspecto fundamental es la distracción de la población, a través del deporte, del sexo o de la violencia. Por último, queda aislar a los individuos. La televisión ha jugado un rol principal, las personas ya no conversan con sus vecinos. Es
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más, cada miembro de la familia tiene su televisor, por lo que el aislamiento ya ocurre en el seno de la familia. Hoy asistimos al perfeccionamiento del aislamiento. La televisión se hace móvil, se le suman dispositivos electrónicos que hacen que las personas fuera del hogar sigan aisladas, conectadas a sus auriculares y pequeñas pantallas. No podemos obviar la expansión del mundo virtual. Ante la crudeza de la vida parece más apetecible retirarse a realidades virtuales como Second life, donde proyectamos alter egos que se sacuden todas nuestras miserias.
Por otra parte el control exterior, se ejerce a través de organismos internacionales como el BM o el FMI, simplemente injustos, así como a través de unas normas de mercado no libre, donde los países ricos protegen sus economías a través de las trabas a la libre competencia (Green, 2008; Pogge, 2005). El intervencionismo militar ha sido otra cara de este control, países como el Chile de Salvador Allende han sido el ejemplo de esta despiadada política (Chomsky, 1993).
Estas realidades cuestionan supuestos que aceptamos de forma acrítica, como que vivimos en países democráticos, y manifiestan la necesidad perentoria de jugar un papel activo en la defensa de la libertad humana y la democracia.
3. LA CIUDADANÍA
El mayor castigo para quienes no se interesan por la política es que serán gobernados por personas que sí se interesan. Arnold Jospeh
El antídoto a los despotismos blandos es recuperar el poder de los ciudadanos, a través de una democracia participativa. Arendt (1995) nos advierte de que la vida de los pueblos está regida por las leyes, que regulan los actos de los ciudadanos, y las costumbres, que regulan los actos de los hombres. Cuando los hombres pierden su capacidad de acción política y el pueblo cesa de ser ciudadano, el más mínimo incidente puede destruir unas costumbres y una moralidad que ya no se sostienen en la legalidad, y es imposible prevenir lo peor en dicha sociedad.
La ciudadanía es uno de los conceptos más importantes y a la vez más elusivos del discurso político moderno. Posee una larga historia que arranca de Grecia y con multitud de significados dependiendo del contexto (Ellis et al., 2006). Para Aristóteles (S. IV a.C. [1985]) ciudadano es aquel que tiene derecho y libertad de participar del gobierno, del consejo y de la judicatura, siendo la ciudad la multitud de tales ciudadanos que es bastante para la suficiencia y los menesteres de la vida. El fin de los ciudadanos es la conservación de la comunidad, que es el gobierno público.
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Peyrou (2006) sostiene que desde finales de los años noventa este concepto vuelve a cobrar actualidad, a causa del declinar del Estado del bienestar con el consiguiente incremento de la pobreza y del paro, junto a aspectos como la globalización o la transformación de la Unión Europea. La ciudadanía está relacionada con el Estado y establece una dialéctica entre derechos y deberes, y deviene en una continua lucha de los individuos para obtener la pertenencia y la participación en la comunidad, y para incrementar su capacidad de control sobre sus vidas frente a las distintas formas opresoras del Estado. Se trata de un concepto dinámico, en evolución permanente debido a la naturaleza creativa de los ciudadanos. Ciudadanía es un concepto frontera que determina la posesión o carencia de derechos políticos, legales y sociales, así como la inclusión o exclusión de las comunidades políticas. A Kant se le critica su prejuicio contra las mujeres y su prejuicio burgués al excluir a los no propietarios. En Francia el sufragio universal no se extendió a los sirvientes hasta 1930, a las mujeres hasta 1944 y a los indigentes hasta 1975, en una cínica contradicción con los principios de la Revolución Francesa. La ciudadanía se fue extendiendo a una mayor parte de la población debido a la lucha desarrollada por colectivos como el de las mujeres y el de los trabajadores. Su evolución fue distinta en los diversos países europeos. En Alemania se asoció al temor de Bismarck por el ascenso del socialismo. En Francia y Estados Unidos se asoció a la guerra y a los derechos concedidos tanto a los mutilados como a las viudas de las víctimas.
El concepto actual de ciudadanía procede de los siglos XVII y XVIII, de las revoluciones francesa, inglesa y americana, y del nacimiento del capitalismo, con lo cual nace con un claro sesgo occidental. Existen distintos tipos de ciudadanía:
1) La ciudadanía política, implica una relación entre un individuo y una comunidad, en virtud de la cual el individuo es miembro de pleno derecho de esa comunidad y le debe lealtad. La ciudadanía como vínculo parte de una doble raíz, griega y romana. Esta discusión arranca en la Atenas de los siglos V y VI a.C., y en la Roma del siglo III a.C. al siglo I d.C.; donde aparecen la tradición política y la tradición jurídica. La ciudadanía como participación nace de la democracia ateniense. El ciudadano es aquel que se ocupa de las cuestiones públicas, y reconoce la deliberación como la forma de tratarlas en lugar de la violencia; la votación no es sino el último recurso cuando se ha agotado la vía de la palabra. Ante la pregunta sobre qué es una vida digna, la respuesta es la del ciudadano que participa activamente en la legislación y administración de la buena polis. La sociabilidad, es la capacidad de convivencia, pero también de participación en la creación de una sociedad justa, en la que los ciudadanos pueden desarrollar sus potencialidades y adquirir virtudes. Por ello, quien se recluye en sus asuntos privados pierde tanto su ciudadanía como su
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humanidad. La unidad social autónoma es la polis, provista de instituciones indispensables para proporcionar a sus miembros una vida feliz (Cortina, 2005).
Pero no nos podemos dejar cegar por la luz de esta libertad, pues se basaba en una profunda sombra. Para poder vivir en una polis, el hombre debía ser liberado de las obligaciones cotidianas, en el sentido del griego schole o del romano otium. Esta liberación se conseguía a través de la violencia del esclavismo (Arendt, 1997).
La tradición de la ciudadanía como estatuto legal proviene de Roma, ya que su extensión hizo imposible cualquier democracia congregativa. Pero lo que sí que podía proporcionar era protección jurídica a sus ciudadanos. Ciudadano es el que actúa bajo la ley y espera su protección. Pasamos del polites griego al civis latino, del zoón
politikon al homo legalis. La ciudadanía es entonces un estatuto jurídico. Las teorías
actuales de ciudadanía son híbridas integrando los derechos subjetivos con la importancia de la deliberación de los asuntos públicos (Cortina, 2005).
2) La ciudadanía social, implica que es ciudadana aquella persona que goza de derechos sociales (trabajo, educación, vivienda, salud, prestaciones sociales en tiempos de vulnerabilidad). Estos derechos sociales estarían garantizados por el
Estado social de derecho, históricamente llamado Estado del bienestar. Satisfacer
estas exigencias es básico para que una persona se sienta miembro de pleno derecho de una comunidad política (Habermas, 1999; Cortina, 2005; Kymlicka, 1996; Etxeberria, 2008), pero en las democracias liberales muchas veces el lenguaje de los derechos no se acompaña de acciones que los hagan reales.
3) La ciudadanía económica implica que los habitantes del mundo económico son ciudadanos económicos. Esta afirmación es común a la ética del discurso en su vertiente aplicada a la economía y al capitalismo de los afectados (Cortina, 2005).
4) La ciudadanía civil, cuya relevancia ha sido defendida tanto desde los neoliberales, quienes proclaman la necesidad de un Estado mínimo, potenciando la sociedad civil; así como desde los teóricos de la sociedad civil, que defienden que los ciudadanos aprenden la civilidad en las organizaciones voluntarias de la sociedad civil.
5) La ciudadanía multicultural, sensible a las diferencias étnicas. Surge del hecho de que dentro de la democracia las mayorías pueden obviar los derechos de las minorías. Hay diferencias culturales que sus portadores quieren mantener; y por ello solicitan cierta protección en el ámbito público, por lo que sin negar las políticas de igualdad reclaman a su vez políticas de la diferencia, que reconozcan junto a los derechos humanos individuales los derechos diferenciales de los grupos en función de su identidad (Etxeberria, 2008).