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libremente por el mundo Dos años

In document Renovación nº 67 Marzo 2019 (página 56-58)

antes, Octavio Paz –

en un tono

completamente

distinto– había

reconocido que el

compromiso de los

intelectuales con la

Unión Soviética

manchó su alma y

contaminó sus

escritos. Fue “un

pecado, en el antiguo

sentido religioso de

la palabra: algo que

afecta al ser entero

na permanecía inmóvil, nunca se acercaba el fin”. Pese a todo, no ha renunciado a lo más importante: preservar su dignidad como hom- bre, no destruir su capacidad para sonreír ante las cosas hermosas, no repudiar la vida, ni caer en la auto- compasión. La alegría es el último gesto de resistencia en un univer- so concebido para matar el espí- ritu.

Durante sus años de cautiverio, Solzhenitsyn contrae un cáncer. La enfermedad, que implicará opera- ciones y recaídas, le inspirará años más tarde la novela Pabellón del cáncer. Publicada en 1967, la obra explora las metáforas del cáncer, asimilando la patología con el siste- ma soviético, lleno de tumores que se propagan y multiplican. Cada campo de trabajos forzosos es un

tumor y, aunque desaparezca, de- jará secuelas imposibles de pre- decir. Liberado y rehabilitado en 1956 gracias al deshielo impulsado por Kruschev, impartirá clases de matemáticas en Vladímir y Riazán, dos ciudades del centro de Rusia. Publicará en la prestigiosa revista

Novy Mir dirigida por el poeta Aleksándr Tvardovski, pero la de- fenestración de Kruschev reactivará el hostigamiento contra Solzhe- nitsyn, que en 1969 será expulsado de la Unión de Escritores Soviéti- cos. En 1970, la Academia Sueca le concederá el Premio Nobel de Lite- ratura, pero el escritor descartará viajar a Estocolmo por miedo a que las autoridades comunistas no le permitan regresar a su país. En 1973, aparece en París la primera parte de Archipiélago Gulag, que recoge los testimonios de 227 su- pervivientes de los campos de tra- bajo soviéticos, con su identidad cuidadosamente protegida por el uso de iniciales en lugar de nom- bres y apellidos. El KGB detiene y tortura a la secretaria del escritor, Elizaveta Voronyánskaya, consi- guiendo una copia del manuscrito. Desesperada y traumatizada, Eliza- veta se suicida, ahorcándose en su piso de Moscú. Profundamente consternado, Solzhenitsyn dedica su obra “A todos los que no vivie- ron lo bastante / para contar es- tas cosas. / Y que me perdonen / si no supe verlo todo, / ni recor- darlo todo, / ni fui capaz de in- tuirlo todo”. La publicación de Ar- chipiélago Gulag desata una tem- pestad en la Unión Soviética. Acu- sado de traición, Solzhenitsyn será detenido y expulsado del país. Des- pojado de la ciudadanía soviética, viaja a Estados Unidos, donde per- manecerá hasta 1994. Mikhail Gor- bachov le animará a volver, restitu- yéndole la ciudadanía. Dedicará el resto de su vida a escribir sobre Ru- sia, elaborando ensayos y una tetra- logía novelística con un fondo tols- toiano, La rueda roja, que abarca el período comprendido entre la caída del régimen zarista y el triunfo de los bolcheviques.

En sus últimos años, Solzhenitsyn fue acusado de antisemita, panes- lavista y reaccionario. Es cierto que el escritor señala una abruma- dora presencia de judíos en la Che- ca, pero no lo es menos que enAr- chipiélago Gulag denuncia que Stalin fabricó el proceso contra los médicos judíos, con la inten- ción de llevar a cabo un gigantesco pogromo: “Estaba preparándose a todas luces una gran matanza de judíos”. En cuanto a su panesla- vismo, no se puede hablar de una búsqueda de la hegemonía política, ya que Solzhenitsyn condena cual- quier forma de expansionismo o in- tervencionismo militar, pero sí de una reivindicación del alma tradi- cional rusa, inseparable de la fe or- todoxa. Desde su punto de vista,

Occidente se ha olvidado de Dios, hundiéndose en la mediocridad moral. Rusia no debe seguir su ca- mino, sino “avanzar por el camino de la paz, de la curación, del amor a la patria, de la fraternidad con los demás pueblos”. La salvación sólo puede venir de Dios, no de las ideo- logías que pretenden divinizar un dogma político. “Rusia conoció épocas de su historia en que la so- ciedad tenía por ideal no el rango, ni la riqueza, ni el éxito material, sino la santidad de la vida. La Rusia de entonces estaba irrigada por la ortodoxia, fiel a la Iglesia primitiva de los primeros siglos”. El mundo sólo se salvará volviendo su mira- da hacia Dios, que siempre deja abiertos los caminos del bien.

Solzhenitsyn no defendía una teo- cracia, pero estimaba que el ateís- mo propiciaba las peores pasiones del ser humano. La religión no debe inmiscuirse en la política, pero la política no puede darle la espalda a lo sobrenatural, sin caer en un ma- terialismo cínico, opresivo y nihi- lista. Para algunos, este plantea- miento es reaccionario y regresivo; para otros, constituye una razonable defensa de la dimensión espiritual de la vida en comunidad.

Solzhenitsyn siempre será recor- dado por Archipiélago Gulag, una

obra que reveló la verdadera faz de la utopía comunista. La obra corroboró las tesis de Los orígenes del totalitarismo, el famoso ensayo de Hannah Arendt que ya en 1955 mostraba la íntima afinidad entre nazismo y estalinismo. Los nazis sacrificaban vidas en el altar de la Naturaleza, empleando los argu- mentos del darwinismo social. Los bolcheviques invocaban la Historia para perpetrar matanzas, afirmando que la lucha de clases constituía el motor de una progresión ascendente. En nombre de dudosas utopías, se liquidaron millones de vidas. Solzhenitsyn nos recordaba en Archipiélago Gulag que el pilar fundamental de la Unión Soviéti- ca fue la Checa, “un órgano re- presivo único en la historia huma- na, un órgano que concentraba en una sola mano la vigilancia, el arresto, la instrucción del sumario, la fiscalía, el tribunal y la ejecución de la sentencia”. Cuando en 1919 Máximo Gorki se lamentó de los casos de inocentes encarcelados o asesinados por error, Lenin le con- testó que no gimoteara como un mi- serable burgués, que la vida indivi- dual carecía de valor, que consoli- dar la revolución era una prioridad absoluta, que lo único importante era construir un Estado socialista. “El Centinela de la Revolución nun- ca yerra”, escribe Solzhenitsyn, ex- plicando la mentalidad de Stalin y el resto de los líderes bolcheviques, cuyo fanatismo desembocó en para- dojas morales como prohibir la cari- dad, presunto síntoma de decaden- cia burguesa. El relato minucioso – pero nunca morboso– de las torturas, el hacinamiento, los asesi- natos y la penuria produce menos espanto que la ausencia de senti- mientos de culpa entre los verdugos. Nazis y bolcheviques ca- minan juntos por la pendiente de la deshumanización, pisoteando los valores alumbrados por siglos de ci- vilización. Desgraciadamente, sus víctimas también se despeñan por ese abismo, pero por un motivo comprensible: sobrevivir. Primo Levi admite que a las pocas sema-

nas era un Häftling, un preso que sólo pensaba en vivir un día más. En los campos soviéticos, se em- pleaba la expresión zek para desig- nar a los prisioneros. Un zek no po- día ser virtuoso, pues la superviven- cia imponía desconfiar, callar, en- gañar y no pensar en los demás. Solzhenitsyn admite que fue un zek

y que sólo la recuperación de la fe de su niñez le devolvió la dignidad. Sin embargo, una parte de su alma se quedó en la estepa rusa.

Solzhenitsyn murió el 3 de agosto de 2008 en su residencia de Moscú. Sabía que se acercaba su fin, pero contemplaba sin angustia el inmi- nente desenlace. La perspectiva de morir no le intimidaba, pues con- fiaba plenamente en Dios. Su tum- ba se halla en el cementerio del Monasterio de Donskói, un campo- santo del siglo XVI, antiguamente reservado a la nobleza. Se cumplió así su voluntad de descansar al lado de la tumba del historiador ruso Va- sili Kliuchevski, defensor de un Es- tado que basara su legitimidad en la cooperación de las distintas clases sociales. Los intelectuales de iz- quierdas nunca simpatizaron con Solzhenitsyn. En 1976, Juan Benet escribió un artículo incendiario tras escuchar al escritor en su entrevista televisiva con José María Íñigo. Be- net afirmó que los campos de con- centración eran necesarios para que individuos como Solzhenitsyn no circularan libremente por el mundo. Dos años antes, Octavio Paz –en un tono completamente distinto– había reconocido que el compromiso de los intelectuales con la Unión So- viética manchó su alma y contami- nó sus escritos. Fue “un pecado, en el antiguo sentido religioso de la palabra: algo que afecta al ser ente- ro. […] Digo esto con tristeza y hu- mildad”. En la primera década del siglo XXI aún persiste la ten- tación totalitaria. El populismo prospera en las dos orillas de la po- lítica y el nacionalismo vuelve a agitar sus banderas. En ese escena- rio, que coincide con el primer cen- tenario del nacimiento de Solzhe-

En cuanto a su

paneslavismo, no

se puede hablar

de una búsqueda

de la hegemonía

política, ya que

Solzhenitsyn

condena

cualquier forma

de expansionismo

o

intervencionismo

militar, pero sí de

una

reivindicación del

alma tradicional

rusa, inseparable

de la fe ortodoxa.

nitsyn,  leer –o releer– Archipiéla- go Gulag constituye un imperati- vo moral y un ineludible ejercicio de autocrítica. R

Benet afirmó que los

campos de

concentración eran

necesarios para que

individuos como

Solzhenitsyn no

circularan

libremente por el

mundo. Dos años

antes, Octavio Paz –

en un tono

completamente

distinto– había

reconocido que el

compromiso de los

intelectuales con la

Unión Soviética

manchó su alma y

contaminó sus

escritos. Fue “un

pecado, en el antiguo

sentido religioso de

la palabra: algo que

afecta al ser entero

Hay un gran abismo entre la cosmo- logía del Mediterráneo oriental de hace tres milenios y nuestra actual cosmología científica. En estas pá- ginas me propongo tan sólo esbozar brevemente la actitud de los cristia- nos ante ese cambio y la forma en que la Biblia ha sido utilizada a lo largo de esta historia.

El mundo-caja y el mundo-tienda

La mitología y la literatura de la mayoría de los pueblos antiguos contiene cierto número de referen- cias cosmológicas. Como ocurre en la Biblia, no suelen ser tratados cos- mológicos sistemáticos, sino men- ciones a veces indirectas. Una anti- gua adivinanza babilónica compara- ba el mundo a una casa. Esta metá- fora era un lugar común en la anti-

Apuntes para el debate

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