Este es uno de mis preferidos a nivel personal. ¿Por qué? Te hablo de una cita tipo, con una mujer que pueda cumplir los siguientes requisitos: una vieja amiga con la que nunca hayas hecho nada y hace tiempo que no quedas, una compañera de universidad a la que hace tiempo que no ves, una antigua compañera de trabajo con la que has mantenido leve contacto desde que ya no trabajáis juntos… Todo menos una ex por favor. Cuando llamas a una ex, ella ya sabe de sobra que lo haces por sequía, y la sequía vende menos que un chiringuito de Hacienda en el parque de atracciones.
La primera y más importante, es que hace tiempo que no la ves. Es posible que los dos hayáis cambiado en cuanto a trabajo, pareja, vivienda, amistades… Siempre habrá novedades de las que podáis hablar, cosas nuevas por descubrir el uno del otro. Mi experiencia me obliga a decirte, que después de un largo periodo de tiempo sin ver a una vieja amiga, el registro que había entre ambos cuando os dejasteis de ver, cambia siempre a favor con un “Te veo con un aire distinto”, “Te noto diferente”, “Qué cambiado estás”… Quizás no haya habido tanto cambio por tu parte, pero el hecho de que haya pasado tanto tiempo, aporta siempre un aire de novedad, descubrimiento, morbo y misterio… O sea, lo que precisamente es necesario para seducir.
Además, al no partir de cero, hay ya una confianza o un confort preestablecido que siempre te a dar un buen margen de maniobra para el tacto, para hablar de sexo, para bromear, en un aparente contexto amistoso. Al conocerla ya, puedes tener la suficiente libertad o confianza para proponerle desde un café por la tarde, hasta una cena por la noche. Lo único que va a ser diferente desde la última vez que la viste, es tu actitud. Ya no vas a probar “a ver qué pasa” como cuando la tenías cerca todos los días, y por una cosa o por otra… Sobre todo por falta de echarle huevos, no te engañes… No hiciste absolutamente nada por ligártela. Más adelante cuando te hable de cómo llevar una cita que termine siempre en tu cama (acompañado por ella, me refiero) te diré como actuar. Por el momento, y para que veas como es una dinámica así, te cuento una cita de este tipo vivida por mi durante un verano de absoluta soledad, algo loco y caluroso…
10.1 ¡CUÁNTO TIEMPO SIN VERTE!
Finales de mes de agosto en Madrid, no hay ni dios por aquí en la segunda quincena… Cerca está ya la fecha de mi cumpleaños. Lo que suele pasar cuando cumples los años en la segunda quincena de agosto como es mi caso, es que todos tus amigos están de vacaciones. Durante ese varano, trataba de rehacer mi vida en muchos casos dando palos de ciego… Sin novia, pareja o amiga reconocida o sin reconocer, alguna escapada de fin de semana prevista con mis compañeros del trabajo, con demasiado curro (por eso no me podía ir de vacaciones), absolutamente solo en el piso y muerto de aburrimiento. Solamente me faltaba la camisa con la palabra “Rodríguez” pintada en grande. Ya se sabe:
cuando el diablo se aburre, mata moscas con el rabo, reza un refrán popular. Curiosa analogía esta de “matar con el rabo”, me encanta jugar con nuestro lenguaje afilando las palabras.
Durante esa semana me tocaba entrar a las 11:00 de la mañana en el trabajo, así que solí levantarme a la misma hora que el resto de los días para aprovechar y hacer cosas que tenía atrasadas desde hace tiempo, como visitas al banco, hacer alguna compra, pegarme un “desayuno homenaje” y salir a dar una vuelta con el frasquete de la mañana acompañado del sol… Vamos, que no me tosía nadie. Tenía pendiente desde hacía tiempo, pasarme por la secretaría de la universidad a recoger el título (que para eso me costó 6 añitos de mi vida). Además como era agosto, solamente abrían por la mañana hasta las 13:00H.
A eso de las 9:30 andaba ya por allí, fui a preguntar a ver si tenían ya preparado el título y la respuesta que recibí, cómo no, un perezoso “Pásate por aquí en septiembre, que yo estoy aquí solamente para coger el teléfono”. Distinguida la eficacia y rigor profesional del funcionario medio allá donde esté. Como siempre, todo se puede venir abajo y no funcionar, pero el bar de la escuela siempre está abierto. Aproveché para tomarme un café antes de ir a trabajar con algo de prisa, y saliendo… Allí me tropecé con ella. Llevaba por lo menos dos años sin verla, desde que presentamos el proyecto fin de carrera. Una de las mujeres más inteligentes que he conocido, con mucho genio, carácter fuerte y con la que antaño había compartido muchas horas de academia y biblioteca.
Nos saludamos con sonrisa de oreja a oreja, teníamos ganas de hablar, muchas… Hacía un montón que no nos veíamos, durante la carrera habíamos pasado muchas horas de stress, estudio, comidas, amistad, biblioteca e incluso alguna borrachera apoteósica de las que cuando despiertas piensas “¿Cómo coño he llegado a casa?”. Es un reencuentro de estos que realmente te dan alegría, y una excelente oportunidad para recuperar una amistad, de estas que se pierden o que quedan atrás, por distintos ritmos de vida, planes diferentes y por todas las puertas que se te abren cuando terminas la carrera.
Nos volvimos a coger los teléfonos para quedar a tomar un café un par de días más tarde. Yo siempre la había visto en la universidad, o en alguna fiesta, pero parece mentira que durante seis años de carrera, nunca hubiésemos quedado. Tampoco hacía falta, nos veíamos a diario. Perfecto, pues: cambio de contexto ideal para que pase algo diferente. Quedamos por Plaza de España para tomar un té en una tetería-restaurante árabe que hay por allí, y que nunca me ha defraudado. Allí nos pusimos al día de todo: trabajo, pareja, gente de la universidad con la que seguíamos en contacto, como le iba a todo el mundo, etc.
Ella lo había dejado con su novio de toda la vida y estaba trabajando como una mula en una consultora. Yo estaba más solo que la una, con muchas ganas de liarla y empecé a ponerla al día también de mi situación, le dije que me había independizado. ¿Te lo he dicho antes? Independízate de una puta vez, si es que no lo has hecho ya. Verás como te cambia el chip a mejor, y como las tías te miran de otra forma.
Mi cumpleaños era la semana siguiente, entre semana y suponía que no podía montar una fiesta con los cuatro gatos que quedaban en Madrid, hasta al menos la vuelta de septiembre, que ya venía todo el mundo; así que con la excusa de enseñarle mi nueva casa, la invité a cenar en mi piso justo la noche antes de mi cumpleaños. Además mi compañera de piso estaba de vacaciones todo el mes, así que… Camino despejado sabiendo ya cual era el “estado civil” de cada uno.
No fue directamente a mi casa, antes nos tomamos una caña por Chueca, hablamos un poco, y cuando llegó la hora de cenar subimos a mi casa. Me lo había montado bien y fácil, hice una pasta marinera acompañada con un vino blanco joven, del que ya tenía historial suficiente para saber que entraba solo, y que subía bien subido a la cabeza. De postre helado y un cóctel matador: Sex on the Beach, que siempre triunfa, y de igual manera está buenísimo, dulce, no sabe a alcohol y sube a la cabeza que no es normal. Entre cena ligera y pelotazos… ¡Igual se nos aparecía la Virgen!
Nada más entrar en mi casa y abrir el vino, estuvimos tomando la primera copita de blanco hablando en el sofá, yo ya tenía la cena hecha, así que podía estar relajado. Hacía un calor pegajoso e insoportable, así que imagínate como entraba el vino fresquito para el cuerpo… ¡de lujo! Conforme hablábamos de todo, ya ligeramente enchispados antes de cenar, le ofrecí para después si le apetecía un masaje relajante después de la cena. Te confieso que lo propuse “por si colaba”, porque creo que era descarado que en ese momento, yo tenía más hambre sexual que un hombre casado. ¡Ah! ¿Estás casado? Vaya, lo siento… ¡Qué putada!
No daba un masaje relajante a una mujer desde mi época viviendo en Chueca, más o menos desde el verano anterior. Ella me respondió “¿De verdad? ¿Y eso…? ¡Qué lujo! ¿De verdad me vas a dar un masaje?”. Ni me puso cara rara, ni me salió rana, encantada de la vida. Mi vieja amiga estaba encantadísima con la idea y yo más. Nota importante: querido hermano esclavo del pene: cuando invites a una mujer a cenar a tu casa, siempre ha de haber un vino en la mesa… ¡Por lo que más quieras!
Estuvimos cenando de lujo, casi a oscuras, con todas las ventanas abiertas. Era de noche pero seguía haciendo un calor asfixiante que nos ayudó a beber más y más. Saqué el helado y me puse a hacer el Sex on the Beach para bajar el postre. La verdad es que ella había tolerado muy bien el vino, tenía chispa y risa fácil, en cambio, a mi el alcohol me subió con mucha más rapidez, al punto del mareo. No me gustan las mujeres borrachas, y
si me emborracho yo me quedo inútil y me da sueño: Emborrachar a una mujer hasta que no puede más y después hacer sexo con ella, es un delito muy grave llamado violación, eso no es seducir.
Después de tomar el Sex on the Beach medio a oscuras y con mucha tontería encima, ella me dijo: “Me ibas a dar un masaje, o ¿ya se te ha olvidado?”. Saqué una toalla de playa, la puse encima del sofá, saqué el incienso, el aceite de almendras, le acerqué el cenicero y le puse otra copa de cóctel. Se quitó el vestido de un solo golpe. Llevaba una especie de bañador y un sujetador, que se quitó en un segundo a la par que se tapaba los pechos con la otra mano. Se me debía de estar cayendo la baba al suelo. Medio a oscuras, solamente acompañados por la leve luz de una lámpara de papel, con un calor de los que te hacen sudar aunque no lleves nada puesto, si una ínfima corriente de aire a la que poder recurrir para refrescarte, solamente se podía beber. Recuerdo como se echó boca abajo, apoyó los brazos y le do un trago a su copa, apoyó la cabeza sobre los brazos, girándola hacia mi lado sonriendo y cerrando los ojos: “Qué lujo, me siento la reina de Saba… No sabía esta faceta de ti” me dijo.
Tengo ese recuerdo grabado, no me lo creía ni yo. En ese momento solo existía ese universo de ella y yo. Reconozco que en ningún momento pensé que la cosa pudiera ir tan rodada desde un principio, y que conociéndola a ella, siendo una mujer tan fuerte, inteligente, peleona, contestona y con tal mal genio (cuando lo sacaba), apenas me hubiese puesto obstáculo alguno para seguir avanzando, y es que querido amigo, te voy a decir por qué: yo sabía lo que quería y lo había organizado todo para que sucediera de esa forma. La magia no existe, ni los “trucos”, es algo tan sencillo como: saber lo que quieres, aderezado con novedad, reencuentro, seguridad, confianza, previsión, muchísimo confort para que ella en todo momento se sintiese cómoda y a gusto. Te hablaré de cada uno de estos puntos más adelante, para que sepas cómo organizar un encuentro, no te preocupes.
Imagínate como estaba yo por dentro, hacía ya un buen rato que me había quitado la camisa de mi uniforme de masajista y que estaba solamente con el calzón de abajo debido al calor; ella no pareció ofenderse por ello, antes le había preguntado por educación “¿Te importa?”… Aunque después de todo era mi casa. Me sudaba cada rincón del cuerpo, me acerqué para empezar a darle el masaje, me calenté las manos frotando (aunque no hacía falta), me eché el aceite y a su lado (que no encima) empecé a dárselo. Ella empezaba a respirar profundo, a decir con voz muy baja “mmmmh” cada vez que le daba en los hombros, y me decía “así… más fuerte, más abajo…”. Y yo mientras tanto, que me moría por dentro, y con una erección que ya era más que aparente, en cuanto abriera los ojos y girara un poco el cuello podría verla perfectamente.
Tal y como estaba yo colocado, ella y el sofá era difícil hacerlo bien, así que le dije “No te quiero pegar calor, pero para dártelo bien tendría que ponerme encima”, a lo que ella accedió. Pues ahí estaba yo, sudándome hasta el interior de los muslos y notando el calor de su cuerpo entre mis piernas, mientras le daba aceite en la espalda. En un momento ya cuando esa situación me parecía… totalmente de película, le dije al oído: “¿Sabes que me estás poniendo realmente nervioso? Bueno… Ya lo estoy, así que o te quitas de aquí abajo o va a pasar algo”. Ella sonrió ladeando la cara sin abrir los ojos y me respondió “¿Muy nervioso?”. Yo convertido en una auténtica olla a presión, y con la sensación de estar jugando una mano de póker, le dije “Compruébalo tú misma”.
Giró la cara, yo me levanté un poco apoyándome sobre mis rodillas y sin darse la vuelta, llevó su mano directa a mi entrepierna. Efectivamente “la bandera estaba levantada” y pareció agradarle porque no dejaba de apretar. Dejamos de hablar. Se dio la vuelta y me bajó el calzón hasta que yo mismo me levanté y me lo terminé de quitar; ella se puso boca arriba y pude ver esos dos pechos tan sumamente duros que un poco más tarde saborearía.
“Ahora me toca a mi” dijo ella. Me puse como antes, pero con ella boca arriba, cogió el aceite de masaje, se lo aplicó en la mano y de seguido empezó a masturbarme, con un sonrisa traviesa, como si ella ya supiera que todo eso tenía que pasar. “¿Más tranquilo ahora?” me preguntó. “Todo lo contrario” dije yo, y mientras ella seguía masturbándome cada vez con más energía, me agaché un poco para besarla… porque ni siquiera nos habíamos besado. Empezamos a besarnos y yo sentía que ya no me quedaba demasiado para correrme, estaba realmente excitado, también nervioso y decidí cambiar (Cuando sientas que es demasiado pronto, lo mejor que puedes hacer es cambiar de juego o de postura, no pares porque esto coraría el ritmo, cambia de postura y juega con algo diferente).
Seguí besándola, me levanté de nuevo y le quité la parte de abajo, me eché junto a ella mientras la besaba cada vez con más energía. El calor era cada vez más infernal y el verbo sudar se quedaba corto. No quería penetrarla porque terminaría enseguida, llevaba mucho tiempo sin hacerlo y quería que ese momento fuese más largo, para poder disfrutarlo como se merecía. Así que decidí masturbarla a ella a también. Ella volvió a tomar mi pene con fuerza mientras estábamos pegados y besándonos. Nos lo hicimos mutuamente, el uno al otro, como deseando que el otro estallara, mientras nos besábamos con la cara húmeda por el sudor, y podíamos notar como el sofá se empapaba más y más. Besé frenéticamente sus pechos y cuando hice esto, ella empezó a gemir, con lo que seguí con ellos mientras ella me apretaba cada vez más fuerte. Así, hasta que le regalé sobre su piel lo que tarde o temprano tenía que salir. Ni se inmutó por ello, ella seguía dándome con fuerza hasta que tuve que pararla porque me hacía daño y ya estaba muy sensible.
Seguí besándola y acariciándola ya más tranquilamente, hasta que noté sus temblores. Nos besamos y nos separamos casi de inmediato. Entre el calor que había y el que habíamos generado… No se podía aguantar más. Traje una jarra de agua que nos bebimos de golpe, y ya más relajados, abrí la segunda botella de vino blanco, que no tardó en bajar, ambos desnudos como si nada. Estuvimos hablando de todo, terminándonos la botella de blanco (que entraba fresquita como el agua) hasta que le hice el primer café de la mañana. Recuerdo que ese día fui a trabajar con unas ojeras increíbles, debí sudar todo el alcohol que había bebido. Lo recuerdo como algo realmente bonito.