Del OTRO LADO de la
DIARIO DE CAMPO A pocas cuadras de mi casa
2. Uno llega donde tiene que llegar
Uno llega a donde tiene que llegar, recoge sus pasos, repasa la vida, se siente sin tiempo,
-con mil rostros- con los pies de caminante. Trashumante, Pasiego como dicen en Cantabria -Eduardo Cifuentes-
Anhelaba establecer un vínculo con personas que vivieran en territorios heterogéneos y distantes al mío. Mi madre que fue coordinadora en el Co- legio Distrital La Candelaria (y anteriormente de Girardot, La Victoria y Ramajal), me había contado que la mayoría de estudiantes, eran hijos de vendedores ambulantes del sector y de habitantes de los barrios aledaños. Comencé con la observación de espacios públicos del sector de Las Aguas, ya que para la época compartía un apartamento en el Centro Comercial y Residencial Barichara junto a extranjeros, quienes llegaban a Colombia, contratados por ONGs, a conseguir trabajo dictando clases de inglés, de coordinadores de trabajo social o de proyectos de construcción, inclusive uno de los arquitectos a cargo del proyecto BD Bacatá (torre de 66 pisos), visitó el apartamento, pero este no estaba a la altura de su gusto. Desde el piso quince de la torre B, que se alza sobre la carrera tercera con calle diecinueve, podía observar el constante movimiento de estudiantes, emplea- dos, vendedores ambulantes y habitantes de la calle que frecuentan el sector de la Estación Las Aguas de Transmilenio. Conocía los horarios, los tipos de puestos y rostros de los vendedores y aunque logré comunicarme con algunos de ellos, sin embargo no logré establecer vínculos cercanos.
Posteriormente asistí a lugares que me permitieran crear contactos con residentes del sector: reuniones en la Casa Comunitaria La Concordia y en la Casa Rosada (que abría sus puertas al barrio) convocando actividades
39 comunitarias especíicamente relacionadas con la divulgación del Plan Cen- tro y el POT (Plan de Ordenamiento Territorial), que para inicios del año 2013 estaba siendo modiicado. No profundizaré en los aspectos técnicos del POT ya que mi interés me ha orientado a observar las reacciones de los asistentes que al inalizar las reuniones salían furiosos, tristes o desani- madas o bien no comprendían los procesos del POT y se sentían agredidos por quienes realizaban las charlas. Por tanto en su máximo intento de ser escuchados y evidenciar las razones personales por las cuales se verían afectados, empezaban a gritar y la euforia se contagiaba en todos los asis- tentes terminando en un debate sin claridad y fínes especíicos.
Debo admitir que de todo esto, solo me interesaron las ilustraciones de las cartillas del POT que suministraban información a la gente con el título:
Bogotá se concentra POT, una ciudad bien pensada, ABC.
Si analizara, desde el diseño, las propiedades morfológicas de estas ilus- traciones diría que son bastante homogéneas, la mayoría construidas por rectángulos que han sido modulados, espejados y multiplicados, lo único que varía es su altura y grosor. Por otro lado el contraste es bajo, y sus colores -gris y blanco- dan la sensación de frialdad. Las ilustaciones de las castillas me hacían pensar en lo lo alejadas que están de la realidad, de las viviendas y de la organizacion de los barrios del centro. La ‘mezcla de actividades’ que proponen en su diseño, anularían dinámicas y relaciones espontaneas del diario vivir. Por último la inclinación y forma en que pre-
Ilustraciones de cartillas del POT. Foto tomada de http://www.idep.edu.co/pdf/Cartilla-POT- DIGITAL.pdf . Recuperada el 07 Marzo de 2013
sentan las casas de ‘invasiones’ es despectiva, simple y plana (carente de ese claroscuro derivado de los pliegues, como la mirada ‘viva’ del David de
Miguel Ángel).
A partir de las reuniones en Casa Comunitaria de la Concordia, me con- tacté con una persona de la Casa Comunitaria de Egipto quien me sugirió hablar con el presidente de la Junta de Acción Comunal de barrio Belén, Joaquín Ramírez. Así llegué es este barrio que ha sido el centro de mi vida durante un año, y en el cual encontré personas que me han inspirado con su misma existencia, y que han suscitado inlexiones en mi Alma.
Días después de mi primer encuentro con don Joaquín nos reunimos en Casa Bakatá (centro cultural y social del barrio) para conocernos con las personas más activas de la comunidad. Allí mismo funciona la Junta de Acción Comu- nal. Ese mismo día entraba a trabajar un grupo de estudiantesorganizado por Jimena Andrade, artista y docente de artes de la Universidad Javeriana, quien venía apoyando desde tiempo atrás el proyecto de la huerta comu- nitaria de Belén.
Al asistir a reuniones con la comunidad, a toda persona que conocí le decía que sensatamente yo no iba hacer ningún proyecto especíico de corta du- ración. A partir de mitad de año de 2013 llegó un grupo de arquitectos de la Universidad La Gran Colombia que realizó levantamientos arqui- tectónicos a las casas que no tenían planos aprobados por Planeación Distrital (dándoles una copia gratis a los propietarios) y una propuesta de
40 intervención arquitectónica para revitalización del barrio. El grupo Plata- forma Bogotá intervino con proyectos de huertas verticales por medio del contacto con Casa B (otra casa cultural que lleva en el barrio desde enero de 2012). Funcionarios de la alcaldía local y de la Casa Comunitaria de Belén que dictan cursos y capacitaciones en las cuales era usual repartir refrigerios a modo de incentivo. En varios procesos estuve observando, en- tendiendo las dinámicas y decidiendo qué procesos me interesaban –como artista y como persona-.
En el primer recorrido para conocer el barrio, lugares importantes y comercio, usé la cámara del Ipad (guardado dentro de una bolsa plástica en mi mochila), deseando grabar la impresión de mis movimientos. Las imágenes resultantes me provocaban la sensación de una visión velada: en ellas aparecía una especie de aura luminosa, provocada por la difracción de la luz a travez del plástico, que emanaba de los cuerpos de los habitandtes y de las siluetas de las casas del barrio, proyectando su aura hacía el cielo azul (me recordaron la obra Visión de Odilón Redon).
Esta contemplación me condujo a revisar el trabajo del fotógrafo Demetri Efthyvoulos, mencionado en un artículo de Adolfo Chaparro titulado Im- presiones sobre una película de agua. Según Chaparro la obra de Efthyvoulos
sobrepasa la captura de una imagen de paisajes amazónicos, abriendo paso
Los espíritus de la selva u otros aspectos de la realidad. Demetri Efthyvoulos. Fotografías
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Imágenes de trayectos hacia el barrio (Febrero –Marzo de 2013) Wayra Cifuentes. Video (fotogramas)
a la conformación de visiones de espíritus de la naturaleza. La imagen de la selva espejada en el agua del río se combina, se yuxtapone en su máxi- ma cualidad orgánica, cobrando otras formas y sentidos emergentes de la naturaleza. Gracias al cambio de eje en las fotografías, surgieron en ellas otros signiicados, ligados a fuerzas actuantes de la naturaleza que, según los pueblos indígenas que aún habitan y custodian la región amazónica, son visibles en medio de prácticas de visión chamánica, que contribuyen a trazar su territorio (Chaparro, 2006).
Primer encuentro con el grupo deportivo (Abril de 2013). Wayra Cifuentes. Fotogramas
Guardaba en ella la cámara con la lente apuntando hacia un oriicio que tenía entre las costuras inferiores. En las imágenes resultantes la luz del ex- terior cambiaba fuertemente produciendo altos contrastes entre las formas –sobre y sub exposición- que una vez adaptado el diafragma se deinian las imágenes tomadas. Ligando su sentido con el trabajo de Efthyvoulos, pensaba en la ‘fuga’ como un espacio que permite mirar más allá de las limitaciones (como en las puertas entreabiertas).
Los primeros registros, tomados en el transporte público o en el viaje a pie, para llegar al barrio Belén, daban como resultado imagenes con pla- nos aberrados, veladas, poco claras, borrosas u obstaculizadas. Partiendo esta expiencia, relexionabasobre mis relaciónes con las personas y con las calles -que no eran diferentes a las características de la imagen-.
Poco a poco la imagen de los registros empezó develar un contexto deini- do, a la par que la cámara iba saliendo al exterior. Las últimas imágenes re- sultantes eran más cálidas, deinidas, y en el encuadre empezaban a entrar personas que también entraban en mi vida.
Con el pasar de los meses ayudé a registrar las actividades que realizaba Irene Abondano, psicóloga de la universidad Javeriana que hacía su prác- tica con el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, especíicamente en la línea de reconstrucción de la memoria de barrios. Al conocer a Don Joaquín ella mantuvo una relación muy cercana con él, quién la contactó con varios ‘Abuelitos’ para que le contaran relatos del pasado del barrio. Registrando las actividades de Irene, establecí pequeños vínculos con per- sonas que luego harían parte de mi vida, algunas de las cuales se vincularon a este proyecto, Doña Magola, Doña Myriam y Doña Irma.
Esto me sugirió explorar ciertos conceptos que pudieran estructurar la relexión en torno a las características de los registros logrados hasta ahora en mi trabajo. Encontré que en éstos primaba el llamado ‘plano aberrado’. Aunque es escasa la información y teoría disponible sobre el plano aberrado, se entiende que éste es un valor de plano, propicio en el trabajo audiovisual, para expresar un estado psicológico ligado a las emociones de los perso- najes que, usualmente rompe los esquemas de estabilización del referente de visión por medio de ejes horizontales o verticales. Pero el concepto de plano aberrado también sugería la producción deliberada de anomalías técnicas: como recortes, desenfoques, cambios bruscos de iluminación, so- bre y sub exposicion. Pensé entonces que quizá cambiando el eje se podría ampliar mi aptitud de mirada.
En el proceso de acercarme a los habitantes del barrio Belén prometí no grabar ningún video que mostrara la identidad de personas a menos que fuese con el permiso y conciencia del uso posterior de las imágenes. Los únicos registros visuales hasta ahora eran los de mis recorridos desde el barrio Las Aguas al hasta barrio Belén. LLevo unos años usando una mo- chila que rescaté del cuarto de San Alejo, comprada por mis padres en un viaje al Perú, la cual me simboliza el viaje y los pasos del caminante.
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3. Los Pliegues de Belén
Enfocados en recuperar la historia del barrio Belén, nos reunimos en la sede del Archivo Distrital de Bogotá con Joaquín, Irene y una funcionaria del IDPC (Instituto Distrital de Patrimonio Cultural) a cargo del proceso de reconstrucción de la memoria de los 15 barrios que conforman el centro histórico de Bogotá. De las reuniones con miembros del área de historia del Archivo, concluimos que Belén es uno de los barrios más antiguos de Bogotá y de los que menos información centralizada existe.
En los documentos que nos permitieron encontramos que el barrio Belén surge 42 años después de la fundación de Santafé de Bogotá en el año 1580 (Fundación Misión Colombia, 1989), cuando se construyó la pequeña Er- mita de Nuestra Señora de Belén. Nos contaba Joaquín que descubrieron
-mediante documentos y relatos de familias- que hacía parte de la haci- enda de Los Ronderos, la familia dueña de los terrenos donde hoy es el barrio Belén y lo que fue el barrio Santa Bárbara, documentos que aún no están en el Archivo Distrital de Bogotá y están siendo recopilados gracias a Don Joaquín.
Con los desplazamientos internos de la población de Bogotá y otras ciu- dades del país, el terreno fue modiicado por los habitantes. Doña Aura, vecina de Doña Irma, conocida en la cuadra por su antigüedad, me cuenta que su familia tenía una casa de más de trescientos metros ubicada en Belén, la tradición consistía en salir a las tiendas de chicha ubicadas sobre el barrio Egipto y realizar el paseo de olla a la Media Torta. El barrio tenía calles empedradas y hacia los cerros todo era naturaleza (árboles, potreros y pilas de agua provenientes de ríos cercanos que descienden de las mon- tañas, hoy en día llamadas Quebrada San Bruno y Quebrada Manzanares). También paseaban hasta el pozo de agua natural que se convirtió en los actuales Lavaderos del barrio Lourdes. Doña Aura, como muchas personas que conocí, se siente triste frente a la transformación del barrio y la ida de antiguos habitantes. Sin embargo me expresa que a pesar de las diicultades ella ha pensado en irse de este Territorio, pues conoce la mayoríade casas, sus transformaciones y a las familias que las han habitado. Doña Aura, con más de 80 años de edad, suele sentarse en la acera frente a su casa a tomar el sol y saludar a los vecinos, o cerca al puente de la calle séptima, lugar en donde hemos conversado varias veces.
Don Joaquín creció en Los Laches, barrio fundado durante la presidencia de Gustavo Rojas Pinilla con el apoyo de la Caja de Vivienda Popular, que construyó casi mil quinientas casas que dieron hogar a muchas familias
Don Joaquín y Doña Myriam, barrio Belén (Mayo-Septiembre 2013. Wayra Cifuentes. Video (fotogramas)
Doña Myriam, doña Irma y doña Magola después del desile de celebración del
cumpleaños de Bogotá (Agosto de 2013). Fotografía Wayra Cifuentes
Geraldine y Doña Magola, barrio Belén (Agosto de 2013). Fotografía Wayra Cifuentes
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Cometas que se elevan desde el puente y las planchas de las casas (Agosto de 2013). Wayra Cifuentes. Video (fotograma)
del sector llamado Centro Oriente, alrededor del Santuario de La Peña. Desde su juventud Joaquín comenzó a trabajar con la asociación Cristi- ana Femenina en formación deportiva y en procesos de autogestión para vender los productos de señoras que hacían artesanías y objetos a mano, con el paso de los años lograron vincularse con Artesanías de Colombia, que comercializó sus productos.
El proceso de fortalecimiento de la comunidad descendió hasta el barrio Lourdes donde hoy está el Centro Comunitario Lourdes, que anterior- mente era un espacio abierto (sin rejas) con Los Lavaderos (inaugurados en 1936 en la alcaldía de Jorge Eliecer Gaitán), el coliseo y varias can- chas. Allí formaron grupos deportivos, una Tuna y un grupo de actuación, donde participaban personas que bajaban de los barrios del Centro Ori- ente. Después de terminar el bachillerato Joaquín llegó a Belén con un grupo de baloncesto que realizó su primer torneo en una cancha destapa- da, “con la lluvia patinábamos sobre el suelo”, me decía.
Como el transporte no llegaba a Los Laches (solo hasta el extremo surori- ental de Belén), Joaquín caminaba cuesta arriba, cuesta abajo, pasando por las calles de Belén y de Santa Bárbara, muchas de ellas empedradas, allí transitaban personas en sus burritos o en sus caballos, cargando en ellos el mercado para su hogar o para el comercio local, los campesinos traían sus productos de veredas aledañas a Bogotá para venderlos cerca del barrio Egipto, donde estaban las famosas chicherías. Desde hace veinte años, su lugar de residencia es el barrio Belén, en ese entonces se dio cuenta que las personas erróneamente creían que La Candelaria llegaba hasta la calle séptima (límite norte de Belén), “siendo que no existe un barrio llamado La Candelaria, sino una localidad que integra todos los barrios históricos” (Ramírez, 2013), con igual grado de importancia en su patrimonio y po- blación.
Antes de enfocar su vida en Belén, Joaquín trabajó durante más de cuatro años con la comunidad del barrio Santa Bárbara y la Casa Parroquial, lugar en el cual vivió acontecimientos que produjeron cambios en su vida (pun- tos de inlexión): mientras pintaba una de las alcobas para restaurar la Casa Parroquial, se descarapeló un trozo de pared develando un fragmento de pintura mural indígena, Joaquín raspó toda la pared hasta descubrir todo el mural. En este momento ‘mágico’ sintió frente a sus ojos, la presencia material de una cultura que nos antecedió, y una fuerza contenida en las casas: tras cada muro, fachada, teja o ladrillo se esconde un fragmento de historia.
Este contraste, entre dos barrios vecinos, le hizo relexionar que, mientras en Santa Bárbara había vestigios de gran parte de nuestra historia, Belén tenía una historia ‘refundida’, posiblemente ambos tenían el mismo valor, en Belén la historia se hallaba contenida en la intimidad de las familias. Don Joaquín me contó que las antiguas propietarias de Casa B, volvieron muchas veces al barrio a visitarla, pues les fue muy difícil adaptarse a la reducción de espacio del apartamento que compraron con el dinero reci- bido, al distanciamiento con sus lugares preferidos y a sentirse inmersas en la frialdad de las relaciones con sus vecinos actuales. Ellas, como muchas personas del sector, vendieron sus casas después de dos acontecimientos que crearon hendiduras en el Alma de sus habitantes, avocándolos a abandonar su Territorio.
El primer acontecimiento fue la demolición del barrio Santa Bárbara y el segundo la construcción de la Avenida Comuneros. Con el proyecto de La Nueva Santa Fe las casas de Santa Bárbara fueron derrumbadas y su historia enterrada bajo los ediicios de ladrillo, “posiblemente si aún
44 existiera tendríamos el barrio y la parroquia con más historia en Bogotá” (Ramírez, 2013), tras esto la Iglesia Santa Bárbara fue saqueada de sus tesoros coloniales tales como pinturas y objetos religiosos. Al presenciar como caían al suelo escombros de casa-quintas que contenían pilas de agua en el centro de sus patios, grandes habitaciones, solares y caballer- izas, se produjo un debilitamiento y aislamiento en la comunidad que presenció cómo eran desplazadas familias enteras, la mayoría sin papeles “pues el 90% de las casas no tiene escrituras, ya que en ese tiempo la pa- labra valía más que cualquier papel porque las personas coniaban en sus relaciones” (Ramírez, 2013).
Ahora la mayoría de los habitantes de La Nueva Santa Fe son nuevos y muchos desconocen la historia, inclusive se construyó hace unos años un ediicio de una empresa de vigilancia, de amplios vidrios y lisas paredes, que demarca la esquina noroccidental del barrio Belén y rompe con la arquitectura del sector.
A inicios del año 2001, comenzó la construcción de la Avenida de los Comuneros, con ella las autoridades del Distrito Capital esperan (pues
después de 12 años no ha sido entregada la obra) que gran parte del tráico del centro de Bogotá, desemboque en la Avenida Circunvalar. Esta obra, se extiende desde la carrera decima hasta la carrera primera este y entre las calles cuarta y tercera, pasando sobre 248 casas en las que vivían 745 familias (Villamizar, 2003) de los barrios de Santa Bárbara, Belén y las Cruces.
Conocí de cerca la historia sepultada bajo el duro suelo de la Avenida de los Comuneros, con el relato de uno de los integrantes de la comparsa de Casa Bakatá, Jhon Valero, quién vivió desde su infancia en una casa tan grande que tenía puerta delantera y trasera del a ambos lados de lo que ahora es la avenida. Cuando su familia tuvo que desalojar esperaban la noche para arrancar baldosas, ventanas, puertas y todo objeto de valor sentimental que pudieran llevarse. También me contó que la última per- sona que desalojaron fue un anciano que vivía solo en su casa y no tenía a donde ir, él se resistió con todas sus fuerzas hasta el último día en que demolieron la casa frente a sus ojos mientras todo el barrio observaba el acontecimiento. Lo volvieron a ver un par de veces divagando por las calles, hablando solo…