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Del OTRO LADO de la

LOS DONES DE LA CASA Y en el Alma de la casa

3. Abrir las puertas de un hogar

3.1.2. Terrazas para apreciar el Tiempo y Luz

Con el pasar del tiempo el barrio dejó de ser ajeno, la mayor parte de mi vida transcurría allí, conocía personas, compartía junto a ellas, y de- sarrollaba mis actividades cotidianas. Empecé a hacer compras en los mini-comercios y puestos callejeros apoyando las empresas familiares como por ejemplo los productos de aseo Doña Blanquita y las arepas de Bárbara. Asimismo iba los domingos a la Plaza Rumichaca ubicada en la Avenida Circunvalar donde los campesinos venden sus productos traídos de los pueblos de Oriente (Ubaque, Fomeque, y Choachi).

A partir de esta inmersión en la cotidianidad me plantee inquietudes sobre los cambios en el ritmo del diario vivir, activados por las variaciones de la

luz. Realicé dos ‘time-lapse’ que capturan los cambios de luz durante un día en las terrazas de las casas de Doña Irma y Doña Myriam, en ambos casos instalé cuatro cámaras Go Pro apuntando a los cuatro puntos cardi- nales, y sostenidas por una estructura cuadrada a 1.6 metros del suelo para lograr el punto de vista de los ojos de un observador. Cada cámara tomaba fotos cada dos segundos durante un lapso de un día.

Considero que ambos videos son una creación colectiva, pues sin la ayuda de Myriam, Irma y sus familias no hubiera sido posible la grabación ya que ellas aceptaron exponer su cotidianidad en este espacio de la casa, a partir de una relación de conianza y espontaneidad que les permitía realizar sus actividades cotidianas sin sentir que las cámaras actuaban como dis- positivo de vigilancia.

Este trabajo surge de la relexión, por parte de las personas que vivimos en este Territorio, sobre las características propias de algunos hogares que los convierten en puntos de atracción para realizar actividades colectivas. Las

66 terrazas son espacios abiertos dentro de la casa, donde se puede disfrutar del calor del sol, el aire puro, los cambios de luz, y la visibilidad a planos cercanos como lo son las calles y casas vecinas, a planos intermedios, como las montañas de Centro Oriente y a planos lejanos y amplios como la inmensidad de la sabana hacia el occidente donde el horizonte establece el límite del cielo con la tierra.

Por otro lado pone de presente las dinámicas cotidianidad –tanto internas como externas- y sus tiempos, que se inscriben y activan en las calles del barrio. La animación puede permitir apreciar el contraste entre la quietud dentro de la casa y los movimientos rápidos y agitados del exterior de manera que podría evocar la imagen de un barco surcando una corriente. También considero que las azoteas o terrazas son lugares que representan una proyección vertical de la construcción de un hogar hacia el cielo; en este nivel entra toda la luz del sol, y de la luna y se contempla, ya sea la inmensidad de la ciudad (en la casa de Myriam) o la amplitud de una calle (en la casa de Irma).

Finalmente son lugares donde lo íntimo se conecta con lo público: desde la terraza Myriam llama a sus sobrinos y nietos a comer, riega las plantas colgadas sobre la fachada, saluda a sus vecinas cuando las ve pasar por la calle y tiene posibilidad de ver lo que ocurre en las casas contiguas. Doña Irma tiene ubicada la cocina y la mesa en la azotea, allí toma el sol en las tardes, recibe sus visitas, observa a los vecinos entrar y salir de sus casas, los patios internos, el puente de la calle séptima y los transeúntes. Cuando realicé las ilmaciones desde estas azoteas sentí una fuerza telúrica que se eleva desde las terrazas, apropiándose de estos lugares, del tiempo que transcurría con el cambio de luz y de las actividades del ser humano que allí habita.

Las dos noches que me quede a dormir donde Doña Myriam, me dejo so- bre la mesita de noche del cuarto de su hijo -donde dormí-, tres tarritos de cola granulada marca JGB rojos, al abrirlos en cada uno de ellos había una cuchara de plástico, uno tenía café, el otro leche en polvo y el otro azúcar y al lado había un termo con agua caliente y dos paquetes de galletas.

Estructura para el Time-Lapse de las terrazas (Diciembre 2013). Fotografía Wayra Cifuentes

67 Creo que nunca había llorado por otro motivo que no fuese el dolor, pero en esos momentos sentía sensaciones indescriptibles, podría decir que eran poéticas. posiblemente este tipo de lugares son verdaderas escuelas del pen- samiento y la comunidad que los conforma da cuenta de un vivir esponta- neo, heterogéneo y desinteresado. Este compartir la vida hogareña durante días me causó relexiones sobre la casa como lugar que alberga las marcas más profundas de la experiencia vital.

En las mencionadas obras intento abordar la relación entre el tiempo y la luz que cambia constantemente permeando las dinámicas cotidianas de los habitantes. La experiencia de estos fenómenos de tiempo y de luz es

inalcanzable e imposibles de aprehender -como el Alma-. En esta obra emprendí conscientemente el reto de abordar los conceptos ya planteados, como la vibración de los movimientos del Alma, la luz que se sobre y sub expone develando formas y signiicados y los pliegues que revela la materia gracias a los contrastes de luz.

Estos aspectos se desarrollarán con detalle al inal del siguiente capítulo, que comprende las pautas y componentes de la construcción de la obra que integra este proceso.

V

DESTINOS

del

ALMA,

PLIGUES

ALBUM FAMILIAR Siempre en mi casa de infancia,

el álbum familiar se guardaba en una cómoda color caoba,

delicadamente tallada por un evanista de inales de ochocientos y principios del novecientos. El álbum era de color marrón,

con bordes de terracota, hojas de papel Canson,

separadas por un papel ino, color mate transparente

en altos relieves a manera de telarañas.

En él se encontraban las fotos de mis padres: mi madre joven, delgada, con su cabello largo hasta la cintura

sus vestidos de seda, sus sastres entallados. Mi padre también delgado, vestido de paño, sin sombrero

de 24 o 25 años,

con bigote ino a la manera de actor Italiano

de los años 20s o 40s. En otra hoja del álbum,

se encontraban

mis fotos de niño: 3 años de edad, sonriente en paseo dominical, sosteniendo una pelota grande que mi papa me había regalado.

En las visitas de familia, el álbum se sacaba para mostrar

las fotos y sus épocas, las anécdotas del tío Vicente o el Abuelito Nivardo en su inca,

mi otro abuelo materno en su féretro de muerte. Luego se guardaba con llave para volver a verlo en una futura visita,

con sus hojas más amarillas, con sus nuevas fotos

en blanco y negro. Con su trozo de misterio y el Alma de todos los que estaban en las fotos guardadas,

como un misterio en el fondo del silencio …del cuarto de mi madre.

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