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LOS AXIOMAS DE LA COMUNICACIÓN Y SU PATOLOGÍA.

CAPÍTULO 2: PRAGMATICA DE LA COMUNICACION HUMANA.

2.3 LOS AXIOMAS DE LA COMUNICACIÓN Y SU PATOLOGÍA.

Dado su carácter de tales, los axiomas que se han descrito precedentemente, se suponen principios fundamentales e ineludibles en el proceso de comunicación humana. Del mismo modo, las teóricos de la Pragmática de la Comunicación postulan que dichos axiomas conllevan la posibilidad de generar dificultades de distinto orden y grado, que se manifiestan en una comunicación conflictiva o patológica entre las personas.

2.3.1 La imposibilidad de no comunicarse.

Lo más medular de este axioma, consiste en afirmar que las personas no pueden evitar la comunicación, cuando comparten una situación de interacción.

Sin embargo, quienes interactúan pueden intentar, y de hecho realizar, una serie de maniobras tendientes a transgredir este principio pragmático.

Cuando en una situación social cualquiera de interacción obligada (es decir que, por lo menos transitoriamente, no permite el abandono), alguien (A) toma la iniciativa de conversar con otra persona (B), la alternativa menos conflictiva y no tendiente a transgredir el axioma por parte de B, es aceptar la conversación y comportarse en consecuencia; sin embargo, existen también tres gruesas maneras de pretender evitar el compromiso que trae consigo el comunicarse:

a) Rechazar la comunicación: esto es, señalar explícitamente a quien ha tomado la iniciativa, que no se

desea conversar. Sin embargo, dada la condición de obligatoriedad situacional, ello no evita la comunicación, sino que genera una relación incómoda y tensa entre ambos, que se mantendrá mientras la interacción prosiga y no se pueda abandonar la situación.

b) Descalificar la comunicación: esto es, acceder a conversar, pero de un modo tal que lo dicho por él

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descalificación comunicacional; por ejemplo, malentender, literalizar lo metafórico, metaforizar lo literal, cambiar de tema, usar formas idiomáticas rebuscadas o modismos poco comprensibles para el otro, etc.

c) Usar síntomas como comunicadores: esto es, invocar algún tipo de deficiencia o dificultad como

condición imposibilitante para poder comunicarse (sueño, malestar, sordera, etc.); este recurso en cualquiera de sus formas, trasmite siempre un mensaje similar: yo conversaría, pero algo que no depende de mí, me lo impide. Al igual que las anteriores, esta modalidad tampoco permite, efectivamente, evitar la comunicación; quien la emplea, sabe que está fingiendo y, por lo tanto, debe mantenerse cuidadosamente atento a seguir comunicándose de manera congruente con lo expresado inicialmente como justificación. Otra posibilidad es que la persona que utiliza el ardid, entre en efectiva correspondencia con la excusa; por ejemplo, que verdaderamente se duerma (para no conversar), se desmaye (por no presenciar algo) o paralice sus piernas (para no concurrir).

En una dimensión más dramática, algunas de las formas comunicativas presentes en la esquizofrenia, pueden ser entendidas como un intento de doblegar este imperativo comunicacional. Puesto en la circunstancia de no querer comunicarse, como resultado de otras dinámicas que no es del caso detallar aquí, el esquizofrénico se ve enfrentado a la vez, al problema de no poder dejar de comunicarse. Entonces, para negar que la negativa a comunicarse es tambien comunicación, adquiere sentido la proclama del esquizofrénico, por ejemplo, en orden a que no es él quien realmente habla, sino Dios o cualquier otro ente superior, quien lo hace a través suyo. Un lenguaje ininteligible, plagado de disgregaciones y neologismos, puede también servir al mismo intento. Una postura catatónica y un comportamiento autista global, pueden pretender comunicar que ni siquiera se está allí y que la situación no existe.

2.3.2 El contenido y la relación.

El axioma referido a estos aspectos de la comunicación, destaca que ambos están estrechamente ligados en su dimensión pragmática, y que es el aspecto relacional el que porta información indicativa acerca de cómo debe entenderse el contenido.

Existen seis posibilidades relativas al modo en que los interactuantes pueden manejar los aspectos de contenido y relación durante sus intercambios comunicativos:

a) La más favorable, es aquella en que los interactuantes están de acuerdo, tanto en lo relativo al contenido

de sus comunicaciones, como en la definición de su relación.

b) Una de favorabilidad predominante, en que los interactuantes no están de acuerdo en el nivel del

contenido de sus comunicaciones, pero sí concuerdan en la definición de su relación.

c) Una de desfavorabilidad (potencial) predominante, en que los interactuantes están de acuerdo en el

contenido, pero no en la definición de relación. Esto da origen a situaciones de frágil estabilidad, que terminan apenas desaparece la necesidad de seguir estando de acuerdo respecto al contenido.

d) La más desfavorable, en que los interactuantes muestran desacuerdo, tanto a nivel del contenido, como

en lo relativo a su definición de relación.

e) En la interacción, también pueden presentarse confusiones respecto de los niveles de contenido y

relación. Los interactuantes pueden intentar resolver problemas de relación en el nivel donde no existen (el del contenido), o pretender manejar un desacuerdo de contenido mediante una maniobra relacional.

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f) Una última posibilidad es que una persona se vea obligada de un modo u otro, a dudar de sus propias

percepciones en el nivel del contenido, para no poner en peligro una relación vital con otra persona. Esto implica el tipo de comunicación paradójica que se revisará en 2.4

Por otra parte, toda expresión de un contenido conlleva una propuesta de relación; es decir, cada vez que alguien manifiesta algo a otra persona, conjuntamente le propone una definición de relación entre ambos, respecto de la cual el segundo debe pronunciarse.

En el nivel relacional, las personas no comunican nada relativo a hechos externos a la relación, sino que proponen definiciones acerca de esa relación, y por implicación, de sí mismos. El mensaje metacomunicativo es siempre del tipo "así me veo yo, en relación a ti en esta situación" .

Ante el imperativo de pronunciarse frente a cada proposición de definición de relación inherente a todo intercambio comunicativo, existen tres posibilidades concretas de manejo:

a) Confirmar la definición que el otro hace de la relación y de sí mismo, lo cual constituye el factor básico

para que la comunicación humana se haya desarrollado en sus actuales dimensiones.

b) Rechazar la definición que el otro hace de la relación y de sí mismo, lo cual aunque resulte conflictivo, no

niega la realidad de la imagen que aquél tiene de sí, pues el rechazo supone un reconocimiento, aunque sea limitado, de lo que se rechaza.

c) Desconfirmar al otro, negando la realidad (o validez) que éste tiene como posible fuente de definición de

relaciones. Esta posibilidad es la más significativa desde el punto de vista psicopatológico, pues dice relación con la pérdida de 'mismidad', es decir, con la alienación.

2.3.3 Lo digital y lo analógico.

Además de la simultaneidad de ambas formas y de la exclusividad de dicho fenómeno en el género humano, este axioma hace ver las dificultades que encierra el hecho de contar con ambos 'lenguajes' en la comunicación humana.

En tanto el ser humano es el único que utiliza ambos modos de comunicación, requiere inevitablemente hacer traducciones permanentes de uno a otro. Esto presenta dificultades como la pérdida de información al traducir de lo digital a lo analógico, o la cosificación al hacerlo desde lo analógico a lo digital. En este último caso, como ejemplificó Haley (1966), cuando algo fundamentalmente analógico como el galanteo, se digitaliza con el matrimonio, la definición inequívoca acerca de su relación, se vuelve, de hecho, más problemática para los miembros de la pareja. Ya no pueden tener certeza de estar juntos solamente porque así lo quieren. En efecto, los trastornos de la comunicación referidos a lo digital y lo analógico, se relacionan principalmente con errores de traducción de un modo a otro.

Digitalizar lo analógico, por ejemplo, presenta una dificultad de base: el material de los mensajes analógicos es de por sí ambiguo. Esto abre la posibilidad que, al traducir, cualquiera de los interactuantes digitalice de modo tal, que lo comunicado (analógicamente) por el otro, calce con la propia apreciación que el que traduce tiene de la relación entre ambos. Por ejemplo, alguien puede realizar cierto acto como un gesto de cortesía; el otro lo puede traducir como un intento de comprometerlo.

Por otra parte, al intentar traducir el material digital al modo analógico, se está ante la dificultad de encontrar expresiones adecuadas de ese tipo, para conceptos que no poseen referentes concretos.

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Cuando se pierde o se encuentra bloqueada la capacidad de hablar acerca de la relación (metacomunicarse digitalmente), el trastorno comunicacional se expresa recurriendo a la somatización (modo analógico) de ciertos contenidos digitales, como los expuestos en 2.3.1, c).

2.3.4 Simetría y complementariedad.

El axioma relativo a estos aspectos, enfatiza que la naturaleza misma de la relación entre los comunicantes depende de si éstos realizan intercambios de igual o distinto tipo.

Una de las formas en que la comunicación entre dos personas (instituciones o países) puede adquirir ribetes patológicos, es aquella en que uno de los interactuantes considera (a partir de su particular puntuación de los hechos o de la relación misma), que se encuentra en una posición de desmedro respecto del otro e inicia, a partir de allí, la realización de conductas destinadas a 'equiparar' su posición o, en otras palabras, a establecer una relación simétrica entre ambos.

Al mismo tiempo, el otro interactuante realiza una puntuación exactamente igual, pero opuesta: considera que la relación es simétrica, que no hay nada que equiparar y que es él quien quedará en una posición desmejorada, como consecuencia de las maniobras del otro. Por lo tanto, reacciona con comportamientos destinados a restablecer la 'verdadera' simetría, que a su vez el otro interpretará como un nuevo intento por superarlo. Y así sucesivamente, ad infinitum. Esta progresión, teóricamente sin fin, es lo que se ha denominado escalada simétrica.

El otro posible trastorno comunicacional vinculado a este axioma, se presenta cuando la forma en que ha sido definida (y aceptada) una relación durante un cierto período o etapa de la relación, deja de ser adaptativa porque las circunstancias han cambiado, o porque alguno de los interactuantes ya no quiere mantener la definición pretérita.

En dicha circunstancia, un interactuante A pretende (y exige) que B lo confirme en su propia definición, aun cuando éste último no está de acuerdo en como A se ve a sí mismo en su relación con él. Por ejemplo, un padre que insiste en brindar protección a un hijo, que a la vez siente que ya no la requiere.

En esta disyuntiva, para que la relación (complementaria) pueda seguir su curso (y evitar así el conflicto), B debe modificar la propia definición que tiene de sí mismo, corroborando la definición que A tiene de sí y de la relación con B.

Esta dificultad relacional y comunicativa se denomina complementariedad rígida, en tanto tiende a la conservación poco flexible de patrones interactivos y comunicacionales, que en virtud de las circunstancias dejaron de ser los más apropiados.

2.3.5 La puntuación de la secuencia de hechos.

Este axioma destaca el hecho que la naturaleza misma de la relación entre los comunicantes va siendo determinada, según la forma en que cada uno ellos puntúe las distintas realidades que comparten.

Una de la dificultades que trae consigo este principio pragmático, es que uno de los interactuantes (A) puede contar con distinta cantidad de información respecto de un cierto asunto, en comparación con B, y al mismo tiempo no saberlo. A partir de eso, evidentemente A puntuará los hechos en correspondencia con su supuesto; esto es, que el otro tiene la misma información. Consecuentemente, atribuirá intención y significación a la (s) conducta (s) del otro, basado en dicha premisa. Es fácil, entonces, que en el

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desconocimiento de la diferencia de información que ambos tienen, A haga atribuciones erróneas e interprete de un modo equivocado todas y cada una de las conductas de B de allí en adelante.

Por otra parte, sin duda la conducta de A resultará inexplicable para B, lo cual no evitará que éste último, a su vez, responda a ellas, basándose en su propia puntuación. El conflicto, que en virtud de su origen puede permanecer implícito o silencioso, se mantendrá indefinidamente, hasta que por decisión de ellos mismos, o por alguna circunstancia, descubran o decidan averiguar qué pasó.

Maniobrar en este último sentido, implica de parte de los interactuantes, la capacidad de salir del círculo vicioso y colocar la comunicación misma como tema de comunicación; en otras palabras, se requiere que ellos puedan meta-comunicarse.

Otro aspecto que está en la base de una parte considerable de las dificultades comunicacionales humanas, es la tendencia de las personas a organizar (puntuar) secuencialmente los hechos en términos de causa y efecto. Es decir, las personas tienden a ordenar de manera lineal las secuencias comunicativas, en vez de considerarlas como partes de un proceso circular, donde causa y efecto resultan, en última instancia, indistinguibles.

Al tener este entendimiento en relación a los procesos interaccionales y comunicativos en que participan, las personas quedan en una disposición predominante para ver sus propios actos comunicativos sólo como una reacción ante ciertas formas de conducta (o comunicación) de los demás, soslayando (sin que sea su deliberada intención) la condición de estímulo (o causa), que su propio comportamiento tiene, a la vez, en relación a los demás.

Esta perspectiva de no considerar los procesos comunicativos e interaccionales en su naturaleza circular o sistémica, se vincula estrechamente con la disposición a considerar que existe una sola realidad, que en tanto tal, ha de ser compartida por todos. Dicho tipo de creencia o convicción genera, también, una parte considerable de los conflictos interpersonales y comunicativos, que las personas, ignorantes de su propia cosmovisión, vivencian como incomprensión (hacia o desde el otro), maldad, o en última instancia, enfermedad mental y locura.

Finalmente, otra forma en que las dificultades provenientes de la puntuación se manifiestan, es mediante la llamada profecía que se cumple a sí misma. Este fenómeno interaccional y comunicativo es también un problema de puntuación, dado que se origina en la creencia --ya descrita-- que una persona tiene, en cuanto a estar 'solamente' reaccionando frente a las formas de comunicación o conducta de los demás, sin alcanzar a percatarse que una o más de sus formas conductuales tienen incidencia (actuando como estímulo) en que las otras personas manifiesten hacia él ciertas formas de conducta, que son las que él visualiza, a su vez, como generadoras de la propia, sin alcanzar a darse cuenta de la contribución que él mismo hace al ciclo.

Desde otro punto de vista, puede decirse que las profecías que se cumplen a sí mismas constituyen una forma de relación complementaria, es decir, invariablemente requieren de una contraparte que posibilite que lleguen a manifestarse.

Un ejemplo recurrente en la vida cotidiana es aquel de las personas celosas. Dado cierto guión particular de historia de vida, quienes sufren celos inician sus relaciones de pareja predipuestos a que, en uno u otro momento, serán engañados por la otra persona. En consecuencia con su convicción, duda, revisa, husmea, interroga, acosa, sin percatarse que con su propia conducta genera dos posibles efectos en la relación, ambos aumentadores de la posibilidad que su pareja, efectivamente, se vincule a un/una tercera.