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Los escritos confesionales de la Iglesia antigua

los escritos confesionales protestantes para el conjunto del cristianismo

II. Los escritos confesionales de la Iglesia antigua

Las confesiones de fe y el proceso de configuración de las mismas son fenómenos primigenios del hombre y de la comunidad humana. Son fenómenos primigenios de la historia de las religiones. Ello vale de modo especial y singular para la religión bíblica[238]. Esta es una religión histórica de revelación, en cuyo origen y centro se encuentra el compromiso de Dios con su pueblo: «Seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo». El credo de Israel es respuesta a la palabra de elección de Dios. Israel manifiesta ante el mundo entero su adhesión a lo que Dios ha dicho y hecho. En ello, en el reconocimiento de la historia de Dios con los hombres se revela la esencia misma de Dios.

El resultado decisivo de la reciente exégesis bíblica reza ahora: tales fórmulas confesionales han existido desde el principio mismo; son más antiguas que los propios textos bíblicos. No son un soso e inane extracto a posteriori del Evangelio vivo, sino esbozo, núcleo y centro, quintaesencia y suma de este, tipo, modelo y norma para la predicación. Este replanteamiento no está exento de ironía, pues la investigación exegética reciente ha llevado con ello a un resultado que durante largo tiempo fue objeto de burla como el último bastión de los ultraconservadores. Viene a decir que nunca ha existido un cristianismo no dogmático y, por eso, tampoco puede existir nunca un cristianismo no dogmático. Los credos son elemento constitutivo de toda Iglesia que invoque el Nuevo Testamento.

Sin embargo, lo que acabamos de decir es tan solo una cara del resultado de la reciente investigación exegética. La otra cara es que en el Nuevo Testamento no figura todavía ningún dogma unitario de la Iglesia universal. En él encontramos más bien enunciados confesionales muy diversos. Las fórmulas confesionales del Antiguo y el Nuevo Testamento son, por tanto, todo menos fórmulas doctrinales fijas. Se hallan referidas a la situación en la que en cada caso tiene lugar el anuncio y la confesión de fe. De ahí que tengan un múltiple Sitz im Leben [lugar existencial]: bautismo e instrucción bautismal (catecumenado), liturgia, predicación, exorcismo, rechazo de la herejía. Esto significa que ya en el Nuevo Testamento existe no solo una historia de la piedad, la liturgia y la teología, sino también una verdadera historia de la confesión, la historia de una cambiante comprensión de la confesión. También en ello es el Nuevo Testamento normativo para la Iglesia posterior.

En la Iglesia de los primeros siglos volvemos a encontrar una gran diversidad de fórmulas confesionales y un elevado grado de variabilidad en ellas[239]. Ya muy pronto se configuran, sin embargo, dos tipos fundamentales de profesiones de fe, en los que hoy católicos y protestantes coinciden: el llamado símbolo apostólico y el credo niceno- constantinopolitano. Sobre la base de estos dos credos y su estructura trinitaria se construyen los posteriores dogmas o escritos confesionales separadores de Iglesias. Estos dos credos representan, por tanto, el más fuerte vínculo ecuménico. Constituyen el punto de unidad con vistas al cual y desde el cual deben interpretarse los posteriores credos separadores de Iglesias. De ahí que sea necesario considerar estos dos credos con algo más de detenimiento.

La transición del Nuevo Testamento a los grandes credos de la Iglesia antigua es juzgada diversamente. La dogmática católica quería percibir en ella un desarrollo lineal, lógico u orgánico; la historiografía liberal-protestante de los dogmas, en cambio, consideró el camino hacia las fórmulas de fe del cristianismo antiguo más o menos una falsificación del Evangelio originario. Ambas visiones son ahistóricas e ignoran la esencia del Evangelio. Pues este no solo es una realidad histórica, sino ante todo una realidad de continuo presente en el Espíritu Santo; por tanto, debe ser llevado siempre de nuevo al lenguaje y traducido históricamente sin cesar en correspondencia con las cambiantes situaciones históricas. De ahí que la historia de los credos y dogmas necesariamente se caracterice, en razón de su propio asunto, tanto por la continuidad como por la

discontinuidad. El verdadero fundamento y contenido de la fe no son textos ni escrituras, ni las Escrituras bíblicas ni tampoco los textos confesionales. Lo que cuenta es el Evangelio vivamente anunciado en el Espíritu Santo. El Evangelio escrito es, afirma Johannes Evangelist von Kuhn, «un punto de referencia y apoyo para el creyente, una ayuda mnemotécnica, un medio de prueba y defensa frente a los adversarios, no la fuente de la fe»[240] . El propio Kuhn escribe después: «Esta fe eclesial no es, por ejemplo, el símbolo apostólico ni cualquier otra expresión de la verdad cristiana, sino el sentido y la idea, el espíritu objetivo de dicha verdad, que se crea sin pausa su expresión y se manifiesta en distintas direcciones según las respectivas necesidades, pero es siempre idéntico a sí mismo»[241].

Esta visión se corresponde también con el actual estado del conocimiento histórico. Pues la nueva investigación sobre los símbolos y credos ha puesto de manifiesto que, por una parte, todos los enunciados esenciales de los credos de la Iglesia antigua están enraizados, la mayoría de las veces casi literalmente, en el Nuevo Testamento. Por otra parte, los credos de la Iglesia antigua no son solo la prolongación y la fijación precisa de las fórmulas confesionales bíblicas; antes bien, representan la respuesta de la Iglesia antigua a la nueva situación de los siglos II y III, que estuvo determinada por la controversia con el gnosticismo. Esta fue seguramente la crisis más grave que nunca había tenido que afrontar el cristianismo; solo en ella se configuró la estructura fundamental de la Iglesia antigua. Esta estructura fundamental se caracteriza, según Adolf von Harnack, por tres entrelazados «bastiones»: la constitución del canon bíblico, la fijación del credo y la doctrina de la sucesión apostólica[242] . Con estos tres criterios, la Iglesia se colocó en la lucha defensiva antignóstica bajo la norma, dada de una vez por todas, del comienzo apostólico. Constituyen en conjunto un todo orgánico. Pues el canon bíblico es, como tal, resultado de la tradición dentro de una Iglesia que se halla en sucesión apostólica; el símbolo es una síntesis de este contenido esencial y, por ende, la norma de interpretación de la Escritura, una interpretación que, sin embargo, debe acontecer sin cesar y de modo vivo dentro de la viva comunidad de fe.

Esta estructura fundamental surgida en el siglo III –la unidad y entrelazamiento de credo, canon de la Escritura y sucesión apostólica– demostró ser suficientemente amplia para dejar espacio al variado cambio histórico. Solo en el segundo milenio se desgajó la formación del credo del marco del símbolo veteroeclesial. A finales de la Edad Media se

corrió luego agudo peligro –no tanto en la doctrina oficial cuanto en la piedad popular media– de que el núcleo de la fe quedara recubierto y difuminado por desarrollos secundarios. Con ello, la forma fundamental de lo católico, tal como se había configurado en el siglo III, se vio inmersa en las postrimerías de la Edad Media en una grave crisis interna, que ni el papado ni los concilios tardomedievales de reforma estaban en condiciones de solventar. La crisis suscitada a causa de ello requería una respuesta nueva. La desgracia radicó en que esta respuesta se dio de un doble modo: los escritos confesionales protestantes, por un lado, y la comprensión del dogma del catolicismo tridentino y vaticano, por otro. Ambas respuestas deseaban salvaguardar en la situación de crisis la estructura fundamental de la Iglesia antigua. Esto lo hicieron, sin embargo, de modo diferente y en parte controvertido hasta hoy. ¡Examinemos, pues, estos dos diferentes intentos de ofrecer respuesta a la crisis!