Es de esperar que entretanto la primera agitación por las veintitrés tesis sobre Reforma y
reconocimiento de los ministerios eclesiales se haya atenuado ya. Así podremos
dedicarnos tranquila y objetivamente a una evaluación a fondo. Pues un análisis objetivo y riguroso es seguramente lo mínimo que merece un libro en el que durante más de dos años han trabajado seis conocidos teólogos protestantes y católicos junto con las instituciones científicas que dirigen. En las últimas semanas este comportamiento leal no siempre ha sido, por desgracia, algo que pueda darse por sobrentendido.
La conclusión: «Nada teológicamente decisivo impide ya un reconocimiento mutuo de los ministerios», solo ha podido conmocionar a quien en los últimos años no haya seguido o no se haya tomado en serio los debates internacionales en torno a estas cuestiones. Pues esta misma tesis afloró ya en 1970 en el volumen de actas Eucharist
and Ministry, editado por la comisión creada conjuntamente por la Iglesia protestante y
la Iglesia católica en Estados Unidos. La Comisión Internacional Mixta de la Federación Luterana Mundial y el romano Secretariado para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, en su informe conclusivo, la llamada «Relación de Malta», llegó a resultados análogos, aunque extrajo conclusiones con deliberada y considerablemente mayor cautela, limitándose a exhortar a las autoridades eclesiásticas a que examinen con seriedad el problema del reconocimiento de los ministerios. En esta misma línea, el llamado Groupe des Dombes, activo en Francia desde hace años, en un informe de reciente publicación, habla meramente de un consenso parcial. Tal valoración se vio confirmada, por último, por el informe de estudio de la Comisión de Fe y Constitución del Consejo Mundial de Iglesias, elaborado en 1971 en Lovaina con decisiva
participación de teólogos católicos. También aquí se perfila un muy considerable acercamiento de los puntos de vista sobre una amplísima base ecuménica e internacional. Por desgracia, a estos desarrollos del diálogo internacional sobre el ministerio se les ha prestado en Alemania insuficiente atención. En parte se ha intentado incluso –como si entretanto nada hubiera ocurrido– combatirlos con las ya romas armas de la teología de controversia. Alemania, que en su día fue vanguardia del movimiento ecuménico, se ha convertido ahora en una provincia por lo que respecta al ecumenismo. Así, es al menos un mérito del memorándum de los institutos universitarios alemanes de ecumenismo haber vuelto a enlazar con el diálogo internacional. Ciertamente, en la rotundidad con la que se afirma que ya nada decisivo impide el reconocimiento recíproco de los ministerios el memorándum va a un tiempo bastante más allá que los documentos precedentes. Habrá que examinar con cuidado qué razones hay para tal aseveración. Pero en ello es necesario dejar que Karl Rahner nos recuerde que quien reproche al memorándum que contraría la doctrina vinculante de la Iglesia católica está obligado a demostrarlo con exactitud.
Aquí no podemos sino plantear con toda brevedad y, por tanto, de manera necesariamente simplificada dos preguntas, para responderlas con idéntica concisión.
1. En el debate actual, ¿dónde se perfila el consenso?
2. ¿Dónde siguen abiertas según el memorándum preguntas esenciales?
No cabe aquí presentar el detallado análisis de la situación ni las propuestas de reforma prácticas que realiza el memorándum.
En el debate en torno al memorándum que se ha desarrollado hasta ahora, o bien no se percibe, o bien se da por ya evidente el progreso más importante en la cuestión del ministerio: el consenso radica en el punto de partida, en la relación entre el sacerdocio común de todos los bautizados y la misión especial del ministerio eclesial. Se afirma que el ministerio, en la realización de su misión, se encuentra frente a la comunidad; su autoridad no puede derivarse, pues, de la comunidad. Pero, por otra parte, el ministro, como cualquier otro cristiano, depende sin cesar de la escucha de la palabra de Dios y de la gracia divina. En este sentido, el ministro está en la comunidad. Además, existe consenso en la descripción de las funciones esenciales del ministerio: el anuncio del Evangelio, la administración de los sacramentos, el gobierno de las comunidades. Quien conozca los puntos de partida propios de la teología de controversia de ambas
confesiones y piense además en la confusión que cabalmente en estas cuestiones domina en la actualidad en la Iglesia católica no podrá asumir sin más como algo obvio el consenso fundamental que aparece en el memorándum. A este respecto, algo se ha puesto en movimiento por ambas partes, lo que debería suscitar esperanza en lograr avances adicionales.
Algo más complejo es un segundo punto en el que el memorándum, en consonancia con otros documentos del diálogo ecuménico internacional, constata un consenso. El memorándum plantea la tesis de que el problema de la sacramentalidad de la ordenación y su carácter indeleble es hoy ya solo una cuestión de semántica teológica. Hubert Jedin ha aducido en contra de ello que los dogmas son afirmaciones con un contenido determinado. Esto es sin duda cierto, pero también lo es que una y la misma idea puede expresarse de forma diferente dependiendo de la tradición. Pero ahora se sabe ya desde hace tiempo que la teología protestante se sirve de un concepto de sacramento considerablemente más angosto que el de la teología católica. Se sabe además que el concepto católico de sacramento no adquirió su forma actual hasta el siglo XII. Ni Melanchthon ni Calvino tuvieron reparos en caracterizar la ordenación como sacramento, siempre que se presupusiera este concepto amplio de sacramento. Y en la actualidad somos más conscientes que en aquel entonces de la historicidad del lenguaje. Esta visión no tiene por qué llevar al vaciamiento y disolución de la fe y su obligatoriedad; basta con que en la diversidad de la posible terminología teológica se afirme el «asunto» único.
El «asunto» de la ordenación (la palabra «ordenación» es también por parte católica el terminus technicus oficial para lo que en alemán suele decirse Priesterweihe) consiste en que, mediante la imposición de manos y la oración, se suplica eficazmente para el ordenando el don del Espíritu de cara al desempeño de su misión. Esta misión reclama al ordenado en la totalidad de su persona. Lo impregna y determina de manera perdurable en aquello que es ante Dios y ante los demás. De ahí que no pueda repetirse la ordenación. Allí donde esto se afirma, allí se salvaguarda el «asunto» esencial de lo que en la tradición católica se denomina sacramento del orden sacerdotal y carácter sacramental del sacerdocio. El hecho de que en la actualidad destacados teólogos protestantes muestren su acuerdo con este «asunto» constituye de nuevo un avance muy notable en el acercamiento ecuménico, y no podemos estar suficientemente agradecidos por ello.
Sin embargo, llegados a este punto hay que echar algo de agua en el vino de la alegría ecuménica. Aquí solo se trata por el momento de un consenso entre los teólogos participantes en el diálogo, que de ese modo han mostrado que es básicamente posible un consenso a partir de los presupuestos de ambas partes. Que este consenso realmente se dé también siempre y en todas partes en la conciencia media y la praxis de las Iglesias es una pregunta distinta, a la que es difícil responder porque por parte protestante no existen enunciados doctrinales vinculantes sobre el ministerio eclesial análogos a los que existen por parte católica. Sea como fuere, los diálogos entre teólogos han mostrado a las Iglesias un posible camino hacia un futuro común. Ver este camino justifica el tener esperanza; recorrerlo exige, sin embargo, paciencia. Pero no querer verlo ni recorrerlo sería un pecado contra el Espíritu Santo, que hoy empuja a las Iglesias separadas seguramente con más fuerza que nunca hacia la unidad.
Lo más complejo es un tercer conjunto de interrogantes: el problema de la sucesión apostólica. Aquí me parece que aún después del memorándum siguen estando abiertas algunas cuestiones esenciales. Esto no significa que en estas cuestiones no haya que consignar también progresos importantes. A tales avances han contribuido sobre todo las recientes ideas exegéticas e históricas. Así, en la actualidad se está de acuerdo en que la sucesión apostólica es un fenómeno mucho más abarcador que la mera cadena ininterrumpida en el ministerio episcopal. Lo esencial –en terminología escolástica: la
successio formalis– es la sucesión en la fe apostólica, que compromete no solo al
ministerio, sino a la Iglesia en su conjunto. También existe consenso en que en la Iglesia tiene que haber de manera perdurable testigos de esta fe con el encargo específico de atestiguar vinculantemente en la sucesión de los apóstoles el testimonio originario de estos, que es y debe seguir siendo normativo. La necesidad de un ministerio apostólico perdurable (a diferencia del irrepetible oficio de apóstol) ya no es hoy, vistas las cosas en conjunto, un punto controvertido. La pregunta es solo si este ministerio apostólico está vinculado con el oficio episcopal. Pero también aquí existe de entrada, desde el punto de vista meramente histórico, acuerdo en que en la época neotestamentaria existieron diversas estructuras comunitarias y ministeriales y en que la distinción entre obispos y presbíteros tan solo se puede documentar inequívocamente en la época posneotestamentaria. La pregunta es, pues, cómo han de valorarse desde el punto de vista dogmático estos hechos históricamente incontrovertibles.
El memorándum extrae dos conclusiones de los datos históricos. Por una parte, valora la sucesión de las imposiciones de manos (no necesariamente realizadas, sin embargo, por obispos) como una ayuda para la conservación de la tradición apostólica y exhorta a tomarla en serio como signo de la unidad y la continuidad. Pero, por otra parte, el memorándum considera posibles también otros modos de sucesión apostólica. La primera conclusión suscitará presumiblemente algo de resistencia por parte protestante. La segunda conclusión, en cambio, plantea ciertas dificultades a la teología católica. También aquí hay que prevenir, sin embargo, frente a juicios precipitados. A despecho de ello, todavía es necesario clarificar algunos puntos tanto histórica como sistemáticamente. Ello significa que en este asunto la argumentación del memorándum no puede resultar plenamente satisfactoria desde la perspectiva dogmática. Aquí nos limitaremos a mencionar un punto de vista, ciertamente esencial, que desempeñó un papel importante asimismo en el posicionamiento de la Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Alemana. Entre los principios fundamentales de la teología católica se cuenta que la Escritura, en cuanto plasmación del testimonio apostólico originario, es la norma suprema; no obstante, la Escritura debe ser leída e interpretada en el contexto de la tradición eclesial de fe. En efecto, el surgimiento y la recopilación de la Escritura es ya una obra de la tradición. La fijación del canon de la Escritura y la configuración de la sucesión apostólica en el ministerio episcopal guardan entre sí, ya solo desde el punto de vista meramente histórico, una íntima relación. Si el principio de tradición tiene validez en algún lugar, es aquí. No se afirme con demasiada premura que todo ello no es más que mero desarrollo histórico, como si las diversas estructuras comunitarias y ministeriales del Nuevo Testamento no se hubieran desarrollado también históricamente. Por lo demás, según la propia Escritura, el Evangelio nunca es una realidad histórica a secas, sino la palabra de Dios vivamente anunciada, creída y vivida en la Iglesia. De ahí que la sola reconstrucción histórica nunca pueda ser criterio de la ortodoxia y la ortopraxis de la Iglesia, por muy importante que sea la investigación histórica para un conocimiento más profundo del originario testimonio apostólico.
Así pues, si la praxis y la doctrina de la sucesión apostólica en el ministerio episcopal se configuraron en la época inmediatamente posneotestamentaria a partir de rudimentos tardoneotestamentarios y desde entonces han sido normativas para la Iglesia tanto de Oriente como de Occidente, entonces, conforme a las reglas de la teología católica, habrá que afirmar que la sucesión apostólica en el ministerio episcopal es esencial para la forma
plena de la apostolicidad de la Iglesia. La continuidad en el ministerio episcopal no es el único signo de la identidad en la fe apostólica, pero sí el esencial. Con ello no tiene por qué negarse lo que el memorándum muestra a partir de la Escritura, a saber, que pueden existir otras formas de sucesión apostólica en el ministerio. Pero estas constituyen formas deficientes de la sucesión apostólica mientras no estén en comunión con el ministerio episcopal. Por eso, solamente se dará un pleno reconocimiento mutuo de los ministerios si este incluye el reconocimiento de la función constitutiva de la comunión con el ministerio episcopal. Este es también el lugar en el que –como con razón señala Karl Rahner– puede introducirse, en una fase posterior del diálogo, la cuestión del ministerio petrino. La sucesión apostólica de cada obispo individual debe verse, en efecto, en el marco de la sucesión del entero colegio episcopal, que posee su centro de unidad en el obispo de Roma.
En consecuencia, a modo de recapitulación cabe hablar de un grato avance en la comprensión conjunta del ministerio. El memorándum de los institutos universitarios alemanes de ecumenismo tiene el mérito de haber hecho consciente a una opinión pública eclesial más amplia del consenso parcial de muy largo alcance ya alcanzado, impulsándolo a la vez enérgicamente. Hace cinco o diez años nadie habría considerado posible este avance. Tal constatación suscita en nosotros la esperanza de que las cuestiones aún abiertas también se podrán solucionar. Aunque hoy todavía no es posible estar de acuerdo con la tesis conclusiva del memorándum de que ya nada decisivo impide el reconocimiento recíproco de los ministerios, si este se entiende como un reconocimiento pleno, lo cierto es que nos hemos acercado un buen trecho a esta meta. Ello debe animarnos a seguir trabajando teológicamente con energía y paciencia.
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