Nos interesa adentrarnos en los aportes de los geógrafos latinoame- ricanos herederos del pensamiento de Henri Lefebvre.
Este enfoque combina los aportes de este filósofo francés,39 con una
perspectiva sostenida desde los países periféricos. Así, resaltan, tanto los procesos sociales de apropiación del espacio, como la centralidad de la conflictualidad; enlazan las dimensiones material y simbólica y enfatizan, tanto los efectos, como las oposiciones generadas por la “mundialización” o la “globalización”. Acentúan el papel de los movi- mientos sociales y, en especial, de los que tienen en la territorializa- ción una de sus características centrales. Si bien sus aportes no se limitan a la problemática rural, son una fuente ineludible para com-
prender a los campesinos y a las organizaciones que los reúnen. Traen también a las ciencias sociales la mirada sobre un tema descuidado: la ocupación social del espacio.
Parten de la noción de Henri Lefebvre (1991 citado por Fernandes, 2005) de espacio social como “la materialización de la existencia hu- mana”. Para Fernandes (2005) el espacio geográfico40 está conforma-
do, tanto por la naturaleza, como por el espacio social producido por las relaciones sociales. Espacio que es “multidimensional, pluriescalar o multiescalar, en intenso proceso de completibilidad, conflictualidad e interacción” (ibidem.: 275, traducción nuestra, cursiva en el original).
El territorio41 es el espacio apropiado por una determinada relación
social que lo produce y lo mantiene a partir de una forma de poder. (…) El territorio es, al mismo tiempo, una convención y una confrontación. Exactamente porque el territorio posee límites, posee fronteras, es un
espacio de conflictualidades (ibidem: 276; traducción nuestra, cursiva
en el original).
El territorio es un espacio político fundado en el poder (entendido como relación) construido por la ideología (como una de las lecturas posible de ese espacio) y por una determinada relación social. Esas re- laciones sociales marcadas por la conflictualidad42 son las que hacen
del espacio un territorio y, a la vez, el espacio y el territorio posibilitan la realización de las relaciones sociales. En él se dan las posibilidades de “libertad y dominación, de expropiación y resistencia” (ibidem: 277, traducción nuestra).
En este entendimiento del territorio, denomina desterritorialización a la terminación de un territorio para construir otro, es decir, para rete- rritorializar, produciéndose dentro de esa dinámica de conflictividad.43
Fernandes (2005) sostiene que los movimientos sociales pueden ca- tegorizarse, desde una perspectiva geográfica, como socioespaciales o socioterritoriales, en la medida en que producen espacios, se es- pacializan. Los primeros luchan por recursos para su territorio, los segundos luchan por el territorio para cambiar la realidad vivida, sus formas de organización, buscan cambiar el territorio para construir su propio territorio.44 Ambos tipos de movimientos se enfrentan con
“contra-espacios” creados por medidas políticas que tratan de obstruir la espacialización y la territorialización.
Pero estos movimientos socioterritoriales pueden actuar en el espa- cio en forma aislada o ser movimientos sociales socioterritoriales terri- torializados que actúan en macroregiones, rompen con la escala local, generan redes que les permiten ampliar sus acciones. La territoriali- zación es fundamental para los movimientos que buscan “transformar la realidad”.45
Las nuevas territorialidades redefinen las heredadas, en especial la del Estado Nacional (Porto Gonçalves 2001). Y lo hacen en dos sen- tidos antitéticos. Por un lado, desde el proceso de mundialización y de globalización y, por otro, desde los diversos cuestionamientos del modelo de desarrollo (económico y simbólico) que lo sustentó: el de la modernidad y de los países centrales, ese que desde su mismo origen pretendió instalarse como un modelo universal anulando las diferen- cias, tanto en el interior de esos países como en sus colonias.
Los Estados Nacionales de los países periféricos continuaron la tarea iniciada por el colonialismo en la destrucción de pueblos y culturas y en la anulación de las diferencias. Se trata de un modelo que lleva en sí la oposición entre salvajismo o barbarie y la civilización.
Por eso considera Porto que es necesario que la investigación rom- pa con el historicismo como atadura de la modernidad,46 para poder
articular la simultaneidad de procesos independientes y en diferentes
escalas. Es necesario que se considere tanto la historicidad como la “geograficidad”.
Decíamos que la globalización y mundialización, como nueva etapa del capitalismo, también cuestionan a los Estados Nacionales. Gene- ran una reorganización del territorio en procura de una “interdepen- dencia universal de los lugares”. De esta forma se busca sacar de es-
cena al Estado Nación, que cumplió un papel central en la ocupación del espacio en el mundo. Nos encontramos entonces en tiempos de la “noción post-moderna de la trasnacionalización del territorio”, de la valoración del espacio en términos de recursos naturales, que deja atrás la noción de “Estado Territorial” (Milton Santos, 2005). A ese territorio global Milton Santos le opone el “territorio habitado” como posibilidad de revancha y de retorno.47
En ese territorio habitado hay una nueva construcción del espacio a través de “horizontalidades”, relaciones dominadas por la contigüidad y “verticalidades” que articulan puntos distantes a través de procesos sociales (Santos, 2005: 256) En el territorio actual pueden darse tres tipos de “aconteceres”: el homólogo, en el que priman la similitud de actividades y las contigüidades, el complementario cuyas actividades posibilitan el intercambio (ej campo-ciudad) y el jerárquico que ema- na de un centro como comando o dirección Los dos primeros están marcados por lo cotidiano y por reglas formuladas localmente y la información tiende a ser puesta en común. En cambio, el acontecer jerárquico se impone desde fuera al cotidiano desde ese centro que concentra información y poder.
Opone así a la tendencia a unir todo verticalmente del capitalismo globalizador, las posibilidades del espacio local en el que puede haber
uniones horizontales en base a normas propias. Sus esperanzas están en la construcción de nuevas horizontalidades que apunten a cons- truir otra globalización “capaz de restaurar el hombre en su dignidad” (op. Cit: 260, traducción nuestra). Desde esta perspectiva también se destacan las posibilidades dadas por la distancia de las formas más determinadas de las relaciones sociales.
La noción de territorio y la de territorialización, así como las posi- bilidades de relaciones con nuevas normas en el territorio habitado, orientan también nuestra comprensión de los movimientos sociales. Por otra parte, podremos abordar la dimensión cognitiva que acompa- ña las experiencias de territorialización.