Hólderlin, Trakl y Rilke fueron tres de los poetas más admirados por Heidegger. El filósofo vio en Friedrich Hólderlin (arriba, a la izquier da) al «poeta de los poetas» que dio la señal de cómo debía ser la filosofía del futuro; en sus poemas expresó lo que solo puede decir se de manera poética y lo que solo en la poesía puede ser reiterado una y otra vez. Georg Trakl, por su parte (arriba, a la derecha), fue ca lificado por Heidegger como «el poeta del Occidente aún oculto», valorando especialmente sus reflexiones sobre «el ser semejante a la muerte». Finalmente, Heidegger situó a Rainer María Rilke (abajo) en la estela de Hólderlin y a su misma altura, considerando que este poeta aportaba igualmente un tremendo diagnóstico de la era do minada por la noche del mundo.
En uno de sus textos más celebrados de esta segunda épo ca titulado «¿Para qué poetas?», en el que trató de Ilólder- lin tanto como de Rilke, Heidegger afirma que con la llegada de Cristo y su posterior muerte en la cruz se inauguró «el
atardecer del mundo»; comenzó
Todo lo hum ano es porque el ocaso del mundo de los dioses
es en el lenguaje. y el inicio de una época de penuria
Hó l d e r l i n yl ae s e n c i ad el ap o e s í a o indigencia, la cu a l fue creciendo
hasta convertirse en «noche cerra da del mundo». En palabras de Heidegger, siguiendo ideas de Hólderlin: «Desde que aquellos tres, Hércules, Dioniso y Cristo, abandonaron el mundo, el atardecer de esta época declina hacia su noche. La noche del mundo extiende sus tinieblas. La era está determinada por la ausencia de Dios, por la carencia de Dios». La noche del mundo, el tiempo de indigencia, se toma cada vez más indigente y penoso, por que en virtud de semejante indigencia, hasta ha olvidado la ausencia de los dioses; es tan pobre esta época, añadió Hei degger, que se muestra incapaz de sentir la ausencia de Dios como un error y como lo que verdaderamente le falta. Hól derlin — como también lo harán Rilke y Trakl en sus poemas inspirados en la noche y el más allá misterioso, anhelado y ausente— reconoció la época indigente, se percató de lo que le faltaba a los hombres y así lo confirmó en los más acerta dos de sus versos.
Fue Hólderlin, igual que Nietzsche con respecto de la me tafísica, el poeta que anunció el ocaso y el tiempo de indigen cia desde el cual el hombre tendrá que elegir si espera a que llegue algún dios salvador o se sumerge en lo ente. El poeta suabo, con su poetizar, acertó en el diagnóstico de la era mo derna que tanto le gustaba repetir a Heidegger: la pérdida de los dioses es una metáfora que remite a la pérdida del sentido del ser; e incluso más, al olvido de esa pérdida de sentido.
Con su poesía, I lólderlin denunció el estado de indigen cia humano, la indigencia del Dasein en la historia, cabría decir, pues esta ha ido en declive conforme se adentraba en el nihilismo y en la pérdida del ser, pero también describió la esencia del hombre en tanto que ser poético cuando es cribió versos como estos: «Poéticamente habita el hombre sobre la tierra»; Heidegger creía que nunca fue mejor des crita la verdadera esencia de la criatura humana: la poética, donada por el lenguaje que nombra los dioses y la esencia de las cosas.
Este «habitar poético» del hombre significa, según Hei degger, hallarse en presencia de «los dioses» y sentirse «to cado» por la esencia de las cosas.
El Dasein es esencialmente poético, lo mismo que es in vestigador o reflexionante. El reino originario del ser huma no es el reino al que remite la poesía y al que conduce la esencia del arte: el de la verdad y el claro del ser. Al caer en lo ente, el Dasein perdió la conexión con el origen; vive inmerso en la tierra desconociendo lo esencial.
Para Heidegger, los poetas son los guardianes de lo divino, pero también sus nombradores al instaurar lo permanente con la palabra a través del lenguaje; al nombrar a los dioses y la esencia de las cosas instauran el ser con la palabra. Lo lamentable es que el hombre atiende escasamente a la llama da de la voz de los poetas; inmerso en lo ente, reniega de lo divino para bucear en el «mundo de lo humano».
Estas observaciones de Heidegger casan con las agudas crí ticas que dirigió al término «humanismo», el movimiento intelectual que desde la Edad Media tendió a interpretar al hombre como lo más importante y el centro del mundo. La crítica heideggeriana a esta sobredimensión de lo humano corrió pareja con su rechazo de la lógica, de la ciencia como un absoluto que fagocitara todo el saber en detrimento de
la filosofía y de la metafísica tradicional anquilosada en la pérdida del ser.
Heidegger, tal y como veremos en el capítulo siguiente, se planteó entonces una nueva pregunta: ¿Podrá ese humanis mo traer al mundo los nuevos dioses que necesitan de verdad los hombres para recuperar la trascendencia, para recuperar lo sagrado y para pensar de nuevo el sentido del ser?