El enfoque demand-pull se impuso a partir de la segunda mitad de los años setenta, tanto como opción teórica a la hora de explicar el cambio técnico, como en calidad de fuente de inspiración para la acción pública a la hora de diseñar la política en este ámbito. Muchos fueron los trabajos empíricos, a partir de la obra de Schmookler, que contribuyeron a reforzar este estado de cosas.
No obstante, en un trabajo publicado originalmente en 1979, Mowery y Rosenberg criticaron abiertamente esta visión exclusivista de la demanda como elemento determinante del cambio técnico --cf. Mowery y Rosenberg (1993)--.
67 La oferta científica y tecnológica sería algo genérico, un conjunto de saberes del que se extraerían los
En él, los autores repasaron un conjunto de estudios de amplia difusión que pretendían haber demostrado que el empuje de la demanda constituía la principal explicación del cambio técnico. Y esta vez no sólo de los inventos, sino de las innovaciones con éxito en el mercado.
Los estudios que Mowery y Rosenberg utilizaron fueron68: Myers y Marquis (1969);
Langrish et al. (1972);
El estudio Hindsigh del Departamento de Defensa de los EUA (1969); Los estudios Traces y Battelle (1977);
Gibbons y Johnston (1974); Carter y Williams (1957 y 1959); Baker et al. (1967 y 1971);
Los estudios Sappho, Fip y Sappho-Fip (1974, 1976 y 1976).
Mowery y Rosenberg sostuvieron que los estudios tendían a definir demanda de una forma muy distinta en cada uno de esos trabajos, que asimismo el concepto de demanda utilizado era un concepto muy vago, a veces tan amplio como para abarcar todos los determinantes virtualmente posibles del proceso innovador, lo que excluía las otras influencias. Se concluía, en suma, que tales estudios en absoluto demostraban lo que pretendían haber demostrado.
Según nuestros autores, no es que la demanda no fuera importante, sino que su papel se había sobreestimado y malinterpretado, oscureciendo la comprensión del proceso innovador y contribuyendo a que no se formulase la política tecnológica idónea. Y proponían un tipo de enfoque que incluyera tanto los aspectos de demanda como los de oferta. Como ambos autores señalan (vid. Mowery y Rosenberg (1993), pág. 196):
Tanto el conocimiento subyacente y evolucionado, base de la ciencia y la tecnología, como la demanda del mercado, representan papeles centrales en la innovación de una forma interactiva […]
Y proponían a continuación un programa de investigación para una posible teoría del cambio técnico que incluyera no sólo aspectos de oferta y demanda en un análisis estático, sino también la dinámica y la estructura institucional. Además, la teoría, según Mowery y Rosenberg, debía ir más allá de las motivaciones de las empresas individuales para ofrecer un análisis agregado, con el cual establecer comparaciones internacionales e intersectoriales.
68 Por razones de brevedad no se entrará en la exposición de cada uno de estos trabajos. En Mowery y
Más allá de la ya citada dispersión en la definición de demanda que los estudios compulsados ofrecen, la crítica de Mowery y Rosenberg a los mismos parte de una idea esencial. Veamos sus palabras (o.c. pág. 228):
Para conservar su contenido analítico, la demanda del mercado debe distinguirse claramente del conjunto potencialmente ilimitado de las necesidades humanas. La demanda expresada y mediatizada por el mercado es un concepto preciso que denota una relación sistemática entre precios y cantidades, un concepto transmitido desde la constelación de preferencias y rentas de los consumidores. Para que se tomen en serio, las hipótesis del “tirón de la demanda” deben basarse por sí mismas en este concepto preciso y no en la noción bastante informe y fugaz de “necesidades”.
Cosa que dichos estudios no hacen según nuestros autores.
En suma, no se puede identificar automáticamente “demanda” con “necesidades” de los consumidores. Bastará poner un ejemplo para ver esto claro: siempre ha existido y existe la necesidad de hallar determinadas medicinas que curen diversas enfermedades y esas medicinas no se han hallado todavía para un buen número de aquéllas, por más que haya una necesidad que cubrir.
Otro problema que se sigue de dicha confusión entre necesidad y demanda es que no distingue entre motivaciones o influencias que se generan dentro de la unidad económica, la empresa --que tienen que ver con incrementos de producción o cambios en la tecnología de la producción--, y los externos a la empresa y que están mediatizados por el mercado.
Mowery y Rosenberg hacen notar que en los estudios considerados, el tirón de la demanda es tanto menos explicativo de la innovación cuanto más radical tiende a ser la misma. Y esto es fundamental, porque la explicación demand-pull parece que respondería a los casos de innovación menos relevantes.
Si se sostiene que son las fuerzas de la demanda las que promueven la innovación, habrá que demostrar que se ha producido un cambio en la curva de demanda (figura 1), esto es, que dicha curva se ha desplazado hacia arriba y hacia la derecha. Esto es una cosa diferente a un cambio a lo largo de la curva de demanda (figura 2), o cambio en la cantidad demandada. Este último movimiento se puede interpretar como el hecho de que una mejora tecnológica u otra fuente de reducción de costes permiten vender el producto a un precio inferior. Esto equivaldría a un aumento, a un desplazamiento hacia abajo y hacia la derecha de la curva de oferta que lleva a un nuevo equilibrio con mayor cantidad y menor precio en la misma curva de demanda.
Como se ve, estos cambios poseen significados completamente diferentes y debe distinguirse entre ellos. La hipótesis del demand-pull tendría que ver con el primer caso, esto es, con un efectivo desplazamiento de la demanda, no con el segundo. Y según Mowery y Rosenberg muchos de los antedichos estudios no distinguen entre ambos tipos de movimientos, lo que los
invalida, entre otras cosas, como trabajos que puedan demostrar irrefutablemente la primacía de los factores de demanda.
Asimismo, argumentar que la demanda de mercado basta para justificar la llegada de una innovación no es suficiente. ¿Por qué en un momento determinado y no antes o después?, máxime si las necesidades existían también en el pasado. El surgimiento de la innovación tendrá que ver con cambios tanto en las condiciones de la oferta como en las de la demanda. Y, desde luego, si la innovación es “de demanda”, debe demostrarse que los cambios en ésta han sido más decisivos que sus homólogos de oferta.
En relación con esto, muchas veces lo que sucede es que se producen cambios muy pequeños en las tecnologías de producción que alteran los costes potenciales de las diferentes líneas de actividad. Estos factores de oferta no se consideran en este tipo de trabajos, omitiendo una fuente poderosa de explicación del proceso innovador.
Mowery y Rosenberg insisten en que los fundamentos conceptuales del caso del “tirón de la demanda” son sospechosos. Y proponen una visión que complemente las de oferta y demanda. Señalan (ibídem, pág. 231):
En lugar de contemplar la existencia de una demanda de mercado o la existencia de una oportunidad tecnológica como representativas en cada caso de la condición suficiente para que una innovación tenga lugar, deberíamos considerarlas como necesarias, pero no suficientes, para que se dé la innovación; ambas deben darse simultáneamente.
P Q D S S’ Figura 2 P Q S D D’ Figura 1
El ejemplo anterior de las medicinas puede también aplicarse aquí en el sentido en que ahora se considera.
Además, no hay ninguna razón que nos obligue a pensar que los factores de demanda deben ser dominantes. De hecho, la empresa que busca obtener un resultado económico a través de la innovación aceptará cualquier cambio de medios que se le ofrezca, sin tener en cuenta de si se deriva de un cambio en la demanda del mercado, de un cambio en las condiciones de la oferta o de un avance técnico, etc. puesto que los estímulos son múltiples.
Otro problema vinculado a los enfoques del “tirón de la demanda” estriba en que con ellos no se puede comparar el funcionamiento de los sectores y de los países, lo cual es una limitación seria cuando interesa diseñar una determinada política tecnológica. No se podría responder a por qué se producen variaciones tan amplias en el funcionamiento de sectores industriales concretos respecto a las tasas observadas de innovación tecnológica y de crecimiento de la productividad.
Adicionalmente, estos enfoques podrían tal vez relacionar demanda en el mercado con inversión en I+D o estímulos a la innovación, pero no explicarían nada acerca de la tasa y dirección de las producciones efectivamente realizadas y que son las variables más interesantes.
Por otra parte, hay que añadir que los enfoques de demanda tienden a ignorar la incertidumbre en el proceso de innovación y su complejidad. En efecto, en condiciones de cambio rápido, no se puede conocer la demanda para una innovación potencial, y esto será así con tanta mayor intensidad cuanto más radical sea aquélla. Es importante destacar eso, porque la incertidumbre69 y la complejidad no se manifiestan sólo en las condiciones de oferta, sino también en las de demanda. Esas dos características del entorno son absolutamente centrales y no pueden soslayarse.
En consecuencia, después de examinar toda esa literatura, Mowery y Rosenberg acababan concluyendo que la supuesta primacía de las fuerzas de la demanda en el proceso de innovación carece de bases empíricas solventes e irrefutables.