El hijo de las cosas
Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2018 340 páginas, 20.90 € (ebook 13.99 €)
Por JUAN ÁNGEL JURISTO
en un lector atento. Luis Mateo Díez comen- zó su obra literaria dentro de la poesía, per- teneció, junto con Agustín Delgado, Ángel Fierro y Antonio Llamas, al grupo Claraboya. Sus poemas fueron reunidos en 1972 en el libro Señales de humo, que yo leí muchos años más tarde.
No así su obra narrativa. Sigo con aten- ción ésta desde que Manuel Cerezales publicó en Novelas y Cuentos, en 1973,
Memorial de hierbas, libro que fue finalis-
ta del Premio Novelas y Cuentos en 1972, donde nos encontramos con un temprano Luis Mateo Díez con ciertas características narrativas que nunca abandonará en sus libros posteriores, en relatos como «El di- funto Ezequiel Montes», «Los grajos del so- chantre», «El asunto del inspector Lasser» o «Los temores ocultos», por ejemplo. Diez años después, apareció la que puede consi- derarse la primera obra en que Luis Mateo Díez inicia su carrera literaria, Las Estacio
nes Provinciales, que editó Jaime Salinas
en una colección dedicada a nuevos narra- dores, en la que también se publicó La no
vela de Andrés Choz, de José María Merino.
Estamos en 1982 y no es baladí aludir a la correspondencia entre el año en que surgió esta colección y la llegada al poder del Par- tido Socialista Obrero Español (PSOE), en- cabezado por Felipe González. Se abrió en- tonces una nueva etapa de modernización y renovación de estructuras sociales y eco- nómicas que se notó, asimismo, en la pro- ducción artística. Se ha dicho que la llama- da movida madrileña, que tuvo mucho de espontáneo, fue dirigida luego con acierto por ciertos responsables de la Administra- ción para dar una imagen de transformación de la vida española de cara al exterior. Des- de luego, y espero no caer en sociologismos, en lo concerniente a la narrativa, se nota en
esa década una renovación que dio lugar a la aparición –o cierta consolidación de auto- res que ya habían publicado antes, caso de Eduardo Mendoza– de escritores que cam- bian la visión que hasta entonces se tenía de la literatura producida en nuestro país. Se ha hablado por parte de ciertos críticos incluso de literatura socialdemócrata, lo que a todas luces es equivocado, pues en- casilla a multitud de autores con una mar- cada personalidad en un reduccionismo de corte ideológico. Sucede, y eso sí es verdad, que aquella generación coincidió por edad y ganas de renovación con la de la política re- unida en torno al PSOE, mejor dicho, eran la misma generación actuando en distintas ramas: literatura, cine, arte, periodismo, política…; y, si bien es cierto que la «nueva narrativa española» tiene entre los críticos una fecha convencional de inicio, la publi- cación en abril de 1975 de La verdad so
bre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza,
pocos meses antes de la muerte de Fran- co, no es menos cierto que la consolidación de esa narrativa se produce, en gran parte, en los años de mandato de Felipe Gonzá- lez. Ni que decir tiene que es en ese periodo cuando Luis Mateo Díez, junto con muchos otros, se constituye en uno de los grandes novelistas y hacedores de relatos de esa co- rriente llamada «nueva narrativa», de la que desconfío haya existido alguna vez como ge- neración literaria de planteamientos estéti- cos similares.
Estamos, pues, en Las Estaciones Pro
vinciales. A partir de aquí se desarrolla una
enorme obra narrativa que comprende casi cuarenta novelas, algo inusual en la pro- ducción generacional, que tiende, a pe- sar de las presiones del mercado, a reali- zar una obra no tan prolífica, y más propio de otras épocas anteriores, entre las que
se encuentran narraciones fundamentales como La fuente de la edad, Brasas de agos
to, Las horas completas, El expediente del náufrago, Camino de perdición, El espíri tu del páramo, novela de 1996 que repre-
senta un cambio del modo de enfrentar el hecho literario en su obra, la creación, así, de un territorio mítico, Celama, donde Luis Mateo Díez se encuentra mucho más a gus- to que en la descripción de un determinado entorno concreto del noroeste español para la recreación de su muy personal mundo li- terario, poblado de numerosos fantasmas de corte expresionista y que, por otro lado, representa un modo distinto de mirar y en- frentarse a la conformación de una Castilla que, desde el 98, está plena de retórica me- tafísica y que ya Miguel Delibes desmitificó en su obra, aunque de manera insistente- mente realista. Hizo falta que autores como Luis Mateo Díez o José María Merino reno- varan esa óptica realista del novelista valli- soletano y ofrecieran otras alternativas: la inmersión en el mundo mítico, en el caso de Merino, y la mirada marcadamente expre- sionista, en el de Luis Mateo Díez, que crea, así, un elenco de personajes literarios difí- cilmente olvidables.
Después de La soledad de los perdidos,
Los desayunos del Café Borenes y, sobre
todo, Vicisitudes, que comprende ochenta y cinco cuentos unidos entre ellos por una inquietante coherencia vital, aparece este
El hijo de las cosas, novela que es una far-
sa expresionista en la mejor tradición espa- ñola, desde Quevedo a Valle-Inclán, Ramón Gómez de la Serna, Enrique Jardiel Ponce- la, las astracanadas de Pedro Muñoz Seca y Camilo José Cela, pero donde el elemen- to de brocha gorda, que en Quevedo y Cela, por ejemplo, llega a cotas de elevada tras- cendencia, hasta constituir un determinado
modo de entender la condición humana, no tanto en Valle-Inclán, que expande su esté- tica hacia una mayor comprensión de esa condición, desaparece para ahondar en una tradición humanística que nos llevaría a Cervantes, desde luego, con un sentido del humor que prendería en la novela inglesa, no en la española, más dada a la farsa que- vedesca, y que en Galdós adquiere una ele- vada dimensión, debido a su intención de dar cuenta de todos los elementos humanos que constituían la sociedad española de su tiempo. Dicho de otro modo, la novela rea- lista del xix tiende a la comprensión cervan-
tina y rechaza, por principio, la farsa queve- desca, que se muestra incapaz de describir esa pretendida totalidad.
Pues bien, El hijo de las cosas es nove- la acentuadamente expresionista, pero que atiende a la condición realista de la descrip- ción de las cosas y de los hombres; en una entrevista relativamente reciente que reali- cé a Luis Mateo Díez, me dijo: «Al final, el realismo es, si lo entendemos sin anteoje- ras, la totalidad». Sucede que Luis Mateo Díez quiere que ese modo de mirar expre- sionista represente de manera más precisa la realidad que otros apegos más dados en nuestra tradición, que tiende al costumbris- mo de mala manera. Lo ha hecho en casi todas sus novelas, salvo en las primeras, más acordes con la tradición de la narrati- va italiana de 1950 y su monocorde aliento neorrealista, y, sobre todo, en las últimas, donde el tono expresionista casi alcanza el modo onírico de encarar el mundo. Las úl- timas novelas de nuestro escritor tienden a expresar la realidad tal y como se nos pre- senta, sesgada, oblicua y ante todo, ambi- gua, en especial, esta última…
De ahí que la lectura de El hijo de las co
sa lectura y, de paso, haya constituido una sorpresa, pues aquí Luis Mateo Díez se hace más explícito en cuestiones que tienen que ver con el erotismo. La novela es una narra- ción regida por los fluidos corporales, que todo lo dominan: «Lamo Beraza se llevó la mano a la pelusilla de la cabeza, al tiempo que ajustaba el desmadejado cuerpo al sillón y buscaba en la mesa el bolígrafo con el que había dibujado en la cabecera del expedien- te el falo que goteaba»; o «Dejó la pierna or- topédica sobre la mesa», mientras continúa: «Me quité la nueva, ése era el orden estable- cido, pero antes de ajustar la vieja, la recam- biada, comprobé el contenido, el sobre que en ella debía transportar con el dinero del rescate […]. El ardid de las piernas no es la primera vez que se usa […]. Dinero o estupe- facientes, también joyas o algunas veces len- cería, cuando el cojo tiene el muñón rijoso».
Las relaciones extrañas que las herma- nas Corada, Mila y Fruela mantienen con su hermano, Cano, que es un calavera de esos de antes; un juez; Beraza, que parece saca- do de un cuento de Chéjov, si no fuese tan hispano; un farmacéutico que se amance- ba con su ayudante, Batista, por despecho amoroso con Fruela; un elenco de tahúres, funambulistas, psiquiatras locos… Son és- tos algunos de los personajes que pueblan esta divertida novela, que, a pesar de tan elevados personajes, es un decir, deja al lector, finalmente, con la sensación de ha-
ber comprendido mejor la quebrada condi- ción humana.
El hijo de las cosas, deudora también
de cierta tradición conceptista española –Góngora se hallaría aquí representado de manera sobresaliente–, tiende a la metáfo- ra brillante, a la imagen rutilante para do- tar de mayor expresividad las distintas si- tuaciones que nos presenta la novela. No es de extrañar que nos topemos con frases así: «El hombre cerró el ojo bueno e hizo un mo- vimiento de ajuste en el de cristal que, sin embargo, Mila percibió como un guiño com- prensivo»; «Mi mayor truco es hacerme des- aparecer a mí mismo, cuando el escenario arde en luminarias y, tras un apagón, com- probar que estoy subido en la lámpara del techo, entre las lágrimas de cristal y los col- gantes de pedrería. Octavio Gamilla en las nubes de Ícaro y Talía»…
No sorprende, por tanto, esa correspon- dencia con el desajuste entre vida y senti- miento de que hablaba el Pasenow de Her- mann Broch. En este circo carnavalesco que describe Luis Mateo Díez, la vida flu- ye siempre por delante de los sentimien- tos, que suelen ser miserables y dados al envilecimiento por medios curiosos, como el que realiza cierta cofradía que le da al gas para colocarse de forma debida. En cierto sentido, esta novela representa el estilo de marcada madurez de un escritor de enorme creatividad.
Transcurría el año 1999 cuando los medios culturales de España reseñaron la apari- ción de la primera novela de un autor lla- mado Andrés Neuman. Aquel libro, titulado
Bariloche, no era el típico volumen prime-
rizo, cargado de promesas y hallazgos que pudiesen asomar la presencia futura de un estupendo narrador. Se trataba de una pro- puesta sólida, con una escritura envolvente en la que personajes de oscilante penumbra existencial se desplazaban entre registros lingüísticos que evocaban el español penin- sular y el español porteño.
Pese a su juventud, aquel libro de Neu- man se incorporó con naturalidad a lo que era el resurgimiento de la narrativa hispa- noamericana en España (evidenciado en el I Congreso de Nuevos Narradores Hispáni- cos, realizado ese mismo año en Casa de
América, y en el que participaron autores mayores que el escritor argentino); un retor- no en el que las fórmulas gastadas del rea- lismo mágico daban paso a narraciones con un sesgo más íntimo, una espacialidad más difusa y un anecdotario ajeno a la épica y al exotismo con el que las antiguas visiones se habían prolongado en escritores que sabían imitar el recetario garciamarquiano.
Breve y contundente, aquel primer título era una realidad presente y el comienzo de un trabajo que comenzó a multiplicarse en diversidad de géneros: poesía, cuento, mi- nirrelato y aforismos, todos ellos desarrolla- dos por Neuman con excepcional madurez.
Por todas estas razones, a estas alturas puede afirmarse que este autor ha creado con rigor un mundo propio, múltiple, de expresión cuidadosa, cercana a la mirada Andrés Neuman:
Fractura
Alfaguara, Barcelona, 2018
496 páginas, 21.90 € (ebook 9.99 €)