desembalaba– fuese una especie de libreta Moleskine con No leer impreso en la portada y las páginas vacías: tendría su gracia, aun- que pasada de moda. O podría tratarse de un libro que fuese más bien un gesto, inútil pero bello: un libro escrito con tinta blanca sobre la hoja en blanco, emulando a Malévich, a su
Blanco sobre blanco. De este modo, no leer-
lo sería una imposición, pese a que el texto estuviera ahí, frente a nuestras narices. Un amigo letraherido me confesó una vez algo similar, que, tras escribir sus textos en el or- denador, pone las letras en blanco. El texto está ahí, pero ni su mujer ni sus hijos pue- den fisgonear en los documentos porque, de abrirlos, los tomarían por meros archivos va- cíos. Se protege de la curiosidad, de una cu- riosidad probablemente inexistente.
El caso es que el libro de Zambra –para alivio de mi cicatería y curiosidad– es un li- bro completo (mi ejemplar al menos) que, por tener, tiene hasta índice onomástico. Así que di rinda suelta a mi apetito lector, que, incrementado por la espera y la oposi- ción, me inquietó por su fiereza: «Te voy a leer», pensé avergonzado. Y, como desaca- tando alguna autoridad imaginaria, opté por echar un vistazo primero y por leer el final al principio. Como no es un libro de detecti- ves, aunque haya algún misterio, no impor- tará que diga cuáles son las últimas dos pa- labras: «Sin literatura». Trescientas páginas y un índice onomástico que contiene, a ojo, cientos de nombres de escritores, para esta doble negación inicial y final. Recordé de pronto cómo termina esa película absurda –con todos mis respetos– de José Luis Cuer- da, Amanece, que no es poco. Un personaje nos dice, cuando ve salir el sol por el oeste: «Esto es un sindiós».
Detuve mi lectura antes de haber pro- piamente comenzado y pensé en la afirma-
ción (la negación, más bien) del antropó- logo Lévi-Strauss al inicio de Tristes trópi
cos: «Odio los viajes y a los exploradores»,
y me pregunté por el «tira y afloja» de Zam- bra con la literatura. Los rechazos, cuando provienen de alguien que dedica su vida a aquello que supuestamente repudia, son in- trigantes y, muchas veces, el revés visible de una búsqueda intensa. Pienso ahora en
Contra el arte y otras imposturas, de Chan-
tal Maillard, o en el Bartleby de Vila-Matas –cuántas negaciones literarias están recopi- ladas ahí y cuánto amor por la literatura–, o en los rechazos de Henri Michaux en los via- jes de los que dio cuenta en Un bárbaro en
Asia, o en Henry Miller… Me permito estas
digresiones porque las palabras contagian actitudes y No leer abre con la siguiente cita de Raúl Ruiz, que bien pudiera ser una de- claración de intenciones de Zambra: «En eso, mis amigos, consiste nuestro arte: en irse por las ramas, derecho a lo esencial».
En cualquier caso, regresemos al hilo, por fino que sea, de esta narración. Me pregun- taba dónde está el rechazo de Zambra por la literatura o de qué tipo de literatura habla cuando formula su «sin literatura», contra qué imposturas se está rebelando y la forma que toma su rebeldía. Para averiguarlo, está claro que hay que leerlo, lo que hice, de un tirón, por las ganas que tenía, supongo, y porque Zambra tiene una manera de escri- bir enormemente ágil. No tengo claro el re- sultado de mis averiguaciones, me distra- je, porque el libro es ameno y anecdótico, y contiene referencias a numerosos autores y una colección de citas bien escogidas. Di- gamos al respecto, simplemente, que el que Zambra haya leído mucho y con fe inque- brantable el Manual del distraído, de Ale- jandro Rossi, da alguna pista (a quien haya leído el manual, claro).
En alguna parte de No leer, tirando hacia el inicio, dice Zambra que no quería que su libro fuese un volumen de reseñas. Lo cier- to es que lo parece bastante, ya que reco- ge críticas literarias suyas publicadas aquí y allá, adaptadas para la publicación, refor- muladas, entremezcladas con otros textos, y, para esta edición, ampliadas con algunas recensiones más con respecto a la edición de 2010. El libro va engordando con los años, como casi todos (los lectores). Es de- cir, la mayoría de los capítulos son reseñas, ahora incluso más que en la anterior edi- ción. Pero ¿y qué? No seré yo quien minus- valore una reseña, aunque el nombre en sí, «reseña», sea como para avergonzarse. En una mesa se sientan un poeta, un científico, un novelista y uno que escribe reseñas. No sé cómo termina el chiste, pero seguro que el de la reseña es el blanco de la diana. En fin, no me extraña que Zambra diga que su libro es otra cosa.
No leer se puede leer como nos dé la
gana, faltaría más, así que yo lo he leído como si fuera un diario y como un libro de detectives, lo que quizá acabe por dar la ra- zón a Zambra con esto de que éste no es un libro de reseñas al uso. Una cita de Alejan- dro Rossi, una de tantas en No leer, pue- de haber condicionado gravitacionalmen- te mi lectura, pues me he visto buscando a Zambra mientras él ponía su vista en otros. La cita es ésta: «Es a veces un alivio poder expresarse a través de otro», dice Rossi, y Zambra lo cita porque estará de acuerdo, y yo lo cito porque nos habla de Zambra a tra- vés de Rossi y porque, es cierto, es un alivio. Y es que cuántas veces vemos al autor de reseñas tratar de asomarse al texto, reivin- dicar un espacio para sí, contarnos un poco de sí mismo. Para encontrarlo, las citas son una buena pista. No tanto las que co-
rresponden a la recensión en sí –por cierto, siempre más de la cuenta–, que son las del libro que tiene entre manos, el último que ha leído y del que no sabemos la impronta que le va a dejar, sino las otras, las que co- rresponden a la trastienda de Zambra, las de aquellos autores que lo acompañan y que se cuelan en sus reseñas con una continui- dad imperceptible si leemos la crítica de turno en el periódico, aunque rastreables si nos las presentan recopiladas, como en este caso. Las mejores, cuando cita de memoria, y, de entre ellas, las citadas erróneamente. Sería de un tremendo mal gusto reprocharle a un autor que haya citado mal a otro, pues- to que esas citas adaptadas por la frecuen- tación y los ajustes de la memoria corres- ponden a un tipo de relación… más estre- cha. ¿Qué escritores aparecen una y otra vez cuando Zambra habla de su lectura puntual, pero comienza a divagar? Roberto Bolaño, Ezra Pound, Julio Ramón Ribeyro, Raúl Zu- rita, Mario Levrero, Gonzalo Millán, Natalia Ginzburg y, sobre todo, Borges y Nicanor Pa- rra. Macedonio Fernández le gusta mucho, cuando le gusta. Ésta es una broma para el futuro, cuando hayan leído ya el libro.
Así que puede pasarnos que leamos, por ejemplo, una reseña de la correspondencia entre Ribeyro y su hermano, en la que, ci- tando a Paul Léautaud, reflexione acerca de aspectos que quizá nos acerquen al diarista que ando buscando, así como a la razón del título y su final: «De vez en cuando es bue- no quedarse felizmente detenido en los pel- daños anteriores a la literatura». Y es que a Zambra le agradan poco «las frases para el bronce», la exhibición de autoridad. Se ha- lla más cómodo con los libros que dicen no a la literatura que con aquellos que la su- brayan. «Para hacer literatura es necesario no hacer literatura», afirma. Tras el aparen-
te galimatías está una irreverencia que per- fila sus filias, fobias y caprichos literarios.
Sus textos son irónicos y se burla –para contrapesar el apasionado elogio, supongo, porque es un lector hedonista– de poetas y novelistas, de críticos literarios e incluso de los lectores. Quita peso en un ámbito donde sobra postín. Zambra lo hace a menudo, se le da bien. Dos de los capítulos se titulan, para que sepan a lo que me refiero, «Con- tra los poetas i» y «Contra los poetas ii». Y
¿quién es Zambra? Pues un poeta y nove- lista, crítico literario y fervoroso lector. Ar- quero y blanco de sí mismo, una fórmula infalible para que simpatice lo que podría resultar acusador. Es, eso sí, un crítico ho- nesto –muy honesto–, lo que lo singulariza. No presume de haber leído más de lo que lo ha hecho –no tiene ese complejo o esa va- nidad– y escribe acerca de sus lecturas sin pretensión de objetividad. Sabe que no hay ninguna verdad sobre el texto, por lo que más bien deja constancia de una –una en- tre muchas– experiencia del mismo. La sub- jetividad es el hilo conductor de estas re- señas, que tratan sobre numerosos autores chilenos y unos pocos no chilenos, pero mu- cho también del propio Zambra. Tan próxi- ma está su crítica a sus circunstancias que, por ejemplo, «Un lector borrado», supuesta- mente, la recensión de Toda la luz del me
diodía, de Mauricio Wacquez, es otra cosa.
Lo personal (leyó la novela en un ejemplar de segunda mano comentado y subrayado) se convierte en el centro de la historia y la
reseña acaba por no ser tal, se transforma en cuento. El que peor parado sale es Wac- quez, del que casi no se habla, pero nunca llueve a gusto de todos. Aunque, si la com- paramos con la reseña de un ensayo-anto- logía de Harold Bloom, que comienza así: «No he leído y espero no leer jamás Relatos
y poemas para niños extremadamente inte ligentes de todas las edades», podría dar-
se con un canto en los dientes. Desconoz- co si hay una ortodoxia de la recensión, si bien estas de Zambra vuelan por libre, como cuentos a la manera borgeana, como digre- siones llenas de ingenio y audacia narrativa. Y es que, en las reseñas, vale todo. Zam- bra discurre sobre el trabajo del crítico lite- rario sin queja alguna. Afirma que se puede escribir de cualquier cuestión, argumentar en una u otra dirección, divagar –un placer del que disfruta con talento– o centrarse en un solo aspecto de la obra que se comen- ta, o en ninguno. ¿Y por qué tanta libertad? Por lo que todos sospechamos: «Nadie nos lee». Pero «De puro neurótico cuidamos la prosa, saboreamos cada adjetivo, perdemos un tiempo valioso decidiendo si dos pun- tos o punto y coma, y nos duele el corazón cuando descubrimos que se nos pasó algu- na errata o que escribimos mal la palabra
idiosincrasia». Así de cómico es el oficio.
En el fondo, sabemos que las palabras no son ino fensivas. «Tenga cuidado al leer li- bros de medicina, una errata podría matar- lo», nos dice Zambra que aconsejaba Mark Twain. Por si acaso, mejor No leer.
Tras dar muchas vueltas y revueltas a su personaje, el autor de esta biografía que co- mentamos se pregunta: «¿En verdad se pue- de hablar de Felipe IV como un “Austria me- nor”?; ¿de verdad se puede decir que aque- lla España pasó un siglo de “decadencia”?; ¿en verdad se puede mirar con desdén a aquellos vasallos del rey incansables bus- cadores de la fama personal y la grandeza colectiva?; ¿quiénes vamos a explicar lo que deberían haber hecho; nosotros, desde los siglos xx o xxi a los del siglo xvii?»…
En un serio y sincero esfuerzo por dar respuestas válidas a sus interrogantes, Al- var Ezquerra afirma, en primer lugar, que Feli pe IV fue un rey al que, a lo largo de su vida, le pasó de todo, y, en un denso y de- tallado trabajo, nos recuerda, paso a paso, en qué consiste ese todo. La primera etapa
de su reinado transcurrió bajo el amparo de Olivares, y «La sombra de Olivares –apunta el autor– ha eclipsado la luz del rey». Éste fue un esquema que funcionó para con su padre Felipe III, que, desde 1598 hasta 1618, vivió sometido a las artimañas psico- lógicas de Lerma: «Cayó el valido en 1618, murió el rey en 1621. Y no hubo más, ni va- limiento, ni reinado».
El caso al que Alfredo Alvar se enfren- ta es muy distinto, ya que se halla ante un rey que, sin Olivares, sobrevive veintidós años. En ese largo periodo Felipe IV ha de enfrentarse a una serie de problemas fami- liares y de Estado fundamentales (desde la viudedad a las no deseadas segundas nup- cias y la muerte del príncipe de Asturias –Baltasar Carlos–, que era toda su esperan- za) y un sinfín de acontecimientos políticos Por ISABEL DE ARMAS