Cuando se acostó, Mireia sentía una mezcla de cansancio y excitación. Al meterse en la cama dejó el mundo atrás y sólo recuperó para sí las escenas con María. En las ocasiones en que anteriormente María le había venido a la mente, había preferido no recrearse pensando en ella, a quien siempre le había asociado una vida apasionante hecha con alguien tan interesante como ella misma.
Durante toda la cena, frente a una película que ni recordaba, se había repetido a si misma que aquella tarde sería sólo una más de las que poder recordar con una sonrisa condescendiente, sin pensar en ir más allá. Pero ahora, abrazada por la oscuridad de la noche, entre la libertad de sus sábanas, María volvería a hacerse presente y aquel momento en que se había sentido sorprendida por
ella tendría ahora un nuevo final. Y entre ensoñaciones pasó parte de la noche.
Al día siguiente, no obstante, Mireia volvía a tener trabajo del que ocuparse. La traducción que le habían encargado tenía que estar hecha antes de final de mes y le interesaba hacerlo bien si quería recibir nuevos encargos de aquella editorial. Debía salir de la cama, pero eso, ni con el despertador sonando cada cinco minutos, era tarea fácil para ella. Finalmente, retiró el edredón, se giró hacia el lado de la cama que le permitía salir con más comodidad, se incorporó, sacó las piernas y puso los pies en el suelo, los dos a la vez, por no discriminar, ni dejar su suerte a la fortuna. De este modo, decía, si el día era malo la culpa era compartida y si era bueno también era mérito de los dos. Sentada al filo de la cama, encaró el despertador, en dos minutos volvería a sonar. Lo apagó. Se levantó y se acercó al armario, sacó braguitas y calcetines del cajón, cogió unos pantalones cómodos y una camiseta y,
con los pies ya en sus pantuflas, se fue hacia el baño.
Mientras el agua caía sobre ella, se preguntaba cómo lo hacía antes de conocer a Virginia. Antes acostumbraba a ducharse por la noche, lo hacía por costumbre, no porque durmiera más relajada, como decían en algún programa matutino de bienestar. De hecho, recordaba que le costaba dormirse si no se secaba bien el pelo. Pero después, desde Virginia, se había acostumbrado a las duchas matutinas. A menudo cuando, gracias a una, se sentía revivir en un nuevo día, se acordaba de las mañanas pasadas junto a ella y le agradecía, en la distancia y el tiempo, haberle descubierto aquel placer.
Cuando acabó la ducha, mientras se ponía aceite corporal, recordó de nuevo a María, y el modo en que masajeaba su cuerpo inconscientemente cambió. Varió la manera de tocarse a la par que miraba cada una de las curvas de su desnudez imaginando que la mano que las
recorría era de María. Le fue fácil reproducir aquellas manos, sabía cómo eran, cómo las movía, cómo se movía toda ella. Poco a poco, los movimientos fueron ralentizándose, entreteniéndose cada vez más, escogiendo entre las demás la curva donde empezaban sus pechos. Primero el izquierdo, que se endurecía para recibir la caricia tácitamente prometida. En breve, el derecho se erizaba bajo otra caricia gemela. El aceite resbalaba y las mismas manos erizaban ahora el vello de los brazos por donde se deslizaba su paso, hasta que encontrándose al final, ellas se reseguían a su vez. Como si de la primera vez se tratara, como dos amantes guiaron sus pasos hacia la habitación. La cama deshecha recordaba la noche pasada. Ambas conocían el tacto de aquellas sábanas, y se apoyaron ofreciendo confianza al resto del cuerpo, que suavemente se reclinó y dejó que se entretuvieran en un sensual recorrido tan conocido y tan por descubrir a cada nueva oportunidad. De nuevo se encontrarían,
volverían a cruzarse sus caminos, la derecha hacia el norte, la izquierda hacia el sur, y los movimientos de ambas, compensados como viejas conocidas, llevarían al resto del cuerpo hacía un único destino.
CORREO NÚM. 1
From:
[email protected] miércoles, 4 de junio
To: Pauluna@yajú.esp
Buenos días, Paula.
Suponía que tu nombre era Paula. Por cierto, me parece un sugerente y bello nombre, pero como hay nombres tan especiales, pues he preferido que seas tú misma quien me sacara del error, espero recibir tu perdón por parecer un pelín ingenua.
Como ves, he vuelto a aparecer. Si no me equivoco, la última vez que escribí era el miércoles o el jueves pasado, no por falta de ganas, pero es que el ordenador de casa se ha estropeado, un troyano cabrón, que se me ha colado y me ha jodido todo lo que tenía. Y me han tenido que instalar un software nuevo.
Hacía mucho tiempo que no conectaba con nadie como lo he hecho contigo. Me interesas, simplemente. Me pareces una estupenda conversadora, aunque hasta ahora no haya podido escuchar tu voz. Sin embargo, empiezo a sentir mariposas en el estómago cuando abro el correo y deseo encontrar un mensaje tuyo en la bandeja.
Debo pedirte que no te asustes. Intento, además de compartir contigo mis sensaciones, que me conozcas un poco mejor. Tus líneas son una parte importante de todas aquellas pequeñas cosas que hacen que me sienta feliz cada día.
Me dices en tu mensaje que trabajas en el museo de arte moderno. Interesante, muy interesante,
siempre me ha gustado el arte (esto puedes interpretarlo como proposición indecorosa o de una manera ya más abstracta, con ambas aciertas). Por cierto, tienes razón al decir que a veces esto de expresarse con letras hace que sea mucho más difícil saber si dices todo lo que quieres y si, además, la interlocutora entiende lo que tú quieres que entienda. Pero a mi no me pasa eso contigo, leo tus palabras y siento que las recibo tal y como tú me las transmites, será una questión de ¿química?
CORREO NÚM. 2 From: Pauluna@yajú.esp jueves, 5 de junio To: [email protected] Buenas tardes,
acabo de leer tu mensaje y debo reconocerte que se me ha puesto una sonrisita traviesa muy divertida .
Me dices que no conectabas con nadie como lo has hecho conmigo. Pues a mi me pasa lo mismo,
con la media docena de mails que llevamos, también te considero una estupenda conversadora. Y, por lo de las mariposas, gracias por el cumplido, debo decir que eres valiente al dejar que dichos animalillos empiecen a revolotear en tu interior ¿no te asusta? La verdad es que a mí tus mensajes tampoco me dejan indiferente, sino no dedicaría un porcentaje tan elevado de mis pensamientos a intentar olvidar que pienso en ti más de lo razonable. Pero, parece tan bueno… Los principios siempre deben ser así ¿no crees?
Tus líneas me gustan porque son inteligentes y elegantes sin ser estiradas ni perder la espontaneidad de una sonrisa pícara.
También me dices que encuentras interesante que trabaje en un museo. La verdad es que trabajo en la taquilla, vendiendo los tiques y dando los dípticos, lo digo para que no te imagines a una mujer supercultivada que entiende y trata de arte en subastas y con grandes sumas de dinero. Eso me da a mí que sólo pasa en las pelis, y si no que
se lo digan a la de Lworld. Supongo que ya conocerás la serie, yo la he conocido hace poco, me bajé unos capítulos de internet y la verdad es que estoy enganchadísima.
También aprovecho este correo para decirte, con un poco de tristeza por saber que no podré escribirte estos días, que mañana me voy a Bilbao, a mi tierra. Mis padres tienen muchas ganas de ver a los nietos, así que aprovecharé que me puedo tomar unos días de vacaciones y se los llevo, que mi madre está como loca por oír como parlotea el niño. Además, he hablado con mi hermana y me ha dicho que también estará por allí estos días, así que, mira, ya aprovecho y me quedaré toda la semana. ¡Tengo unas ganas de volver a pasearme mi ciudad! Y que conste que, para mí, Barcelona también es mi ciudad, pero ya me entiendes.
Por lo que voy recibiendo de ti, me alegra pensar que te gusta leerme tanto como a mi me gusta leerte a ti. Por cierto, no sé si es química pero me encantaría conocerte.
Un beso muy fuerte, Paula