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U N JUEGO PARA TRES

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9 “ D AME UN BESO”

11. U N JUEGO PARA TRES

Después de la cena, la mayoría de las parejas se fueron para casa. Quedaron, entonces, como siempre, las solteras y alguna parejita con ganas de fiesta. Primero, pasaron por el Shiva, donde las primeras copas iniciaron conversaciones y prepararon el terreno a los cócteles que las siguieron y que, entre risas y coincidencias, fueron abriendo paso a intereses cada vez menos disimulados.

Algunas de las chicas finalizaron también allí sus horas nocturnas y aprovecharon que el metro aún no había cerrado para marcharse a casa, aunque sólo Eva y Helena tenían claro a casa de quien.

encantaba bailar y encontrar mujeres interesantes a las que dejar rendidas, así que necesitaba exprimir más aquella noche que parecía prometer grandes cosas. Quedaron, además de Sara, Úrsula, a quien no conocía mucho pero con quien tampoco se había planteado tener nada; Teia, la amiga de Marta y Cintia que podía ser una opción interesante, lástima que Úrsula pareciera no querer separarse de ella; y, finalmente, Carmen, la poeta, la protagonista de la presentación que había sido la excusa para que aquellas mujeres acabaran cenando y saliendo luego juntas. Carmen se presentaba como la mejor opción para satisfacer las expectativas de Sara. Una mujer interesante y madura, con tablas en la vida social y aún con noches por quemar, sin duda digna de ser disfrutada.

Después de casi ocho horas desde que todo empezara, a las siete de la tarde en la Libroteka, habiendo pasado por el restaurante y el bar, ellas eran las supervivientes y tenían ganas de seguir

siéndolo.

- Bueno, chicas y ahora... ¿a dónde vamos? - preguntó Carmen con picardía, mientras ofrecía a cada una de las chicas cigarrillos del paquete que acababa de sacar de la máquina.

- ¿Vamos al Feeling? - sugerió Úrsula.

- No. Al Feeling, no. Debemos aprovechar que no nos conocemos y todas somos un poco nuevas para las demás… ––siguió Carmen, juguetona–– Deberíamos buscar también un local nuevo o, no sé, algo diferente.

- Han abierto uno en la zona alta. No recuerdo como se llama, pero tengo una amiga que sí lo sabe - apuntó Sara.

- Muy bien. Pues vamos allá - decidió Carmen mientras buscaba en el bolso un mechero con el que encender el cigarrillo que aguantaba con los labios.

- Ten - le dijo Sara alargándole el mechero que siempre llevaba encima, mientras esperaba que el número que había marcado con su móvil

cogiera línea.

- Gracias - respondió Carmen mientras se acercaba a la llama - ¿Pero tú fumas? No te he visto con un cigarrillo en toda la noche.

- Sólo en ocasiones especiales. Pero llevar un mechero es como llevar unas bragas limpias en el bolso, que no se sabe nunca… - Sara interrumpió la frase. Alguien al otro lado del teléfono acababa de descolgar - ¿Carla?… Ei, hola, soy Sara. ¿Te acuerdas del local aquel nuevo que me dijiste?… Sí… ¿Me puedes recordar la dirección?… Vale… Sí, yo te cuento… Gracias, guapa. Un beso. Chao - Sara colgó - ¿Listas? - dijo mirando a las tres mujeres que la acompañaban.

Las tres asintieron y, tras conseguir un taxi, fueron a la dirección indicada por Sara. Cuando llegaron allí en seguida se separaron. Úrsula y Teia se quedaron charlando en uno de los sofás que había al principio del local. Carmen y Sara decidieron irse a una de las barras que quedaba más al fondo. Donde había mucha más gente y

montones de mujeres bailaban y reían lejos de la rutina de la semana. Sara saludó a un grupo de chicas que bailaban y se hechó unos bailes con ellas, mientras Carmen charlaba con una pareja con quien se había encontrado a un lado del improvisado pasillo que había quedado entre los diferentes grupos de mujeres y por donde otras mujeres, unas veces solas y otras acompañadas, cruzaban en todas direcciones de un lado a otro del local.

Después de la breve charla, la pareja siguió su camino entre aquel reguero de féminas despreocupadas y Carmen se acercó a la barra para pedir:

- Un cubata de ron; Negrita, si tienes - dijo adelantándose un poco sobre la barra para que una camarera de larga melena morena y vestida con una camiseta negra de generoso escote la oyera.

Aún estaban sirviendo a Carmen, cuando Sara se le acercó por la espalda y al ritmo de la música, que ya tenía metida en el cuerpo, la cogió

por la cintura y, apoyando su mentón sobre el hombro de Carmen, indicó a la camarera que le pusiera lo mismo a ella. Carmen cogió su copa, se mojó los labios y se giró mirando a Sara. Cuando la tuvo en frente pegada a su cuerpo, le dio a probar la dulzura de su boca. Tras el primer sorbo se quedaron con ganas de más. Ambas sabían que aquellos eran algunos de los mejores momentos que una noche podía ofrecer a dos mujeres. El juego prometía ser generoso y valía la pena saborear cada movimiento. Bebieron, charlaron, rieron, bailaron y se tocaron, a veces como sin querer y otras con muchísima intención, mientras a su alrededor las demás mujeres iban desaparecido al ritmo de la música. A medida que el espacio entre beso y beso se reducía, Carmen y Sara fueron abandonando el local y se dirigieron hacia casa de María, que es donde residía temporalmente Carmen a causa de las obras que hacían en su piso. Aquel fin de semana, casualmente, María se encontraba fuera de la

ciudad, así que pagaron al taxista que las llevó y cerraron tras de si la puerta.

La tenue luz del amanecer ya se levantaba iluminando la casa a través de los grandes ventanales. Las chaquetas fueron rechazadas inmediatamente y sin demasiados miramientos. Las manos se perdían por entre la camiseta de Sara, que parecía mucho más pequeña ahora que durante toda la noche. Sus pechos emergían un poco más a cada nuevo estirón de la camiseta con la que Carmen jugaba, mientras que la blusa de ésta perdía definitivamente la batalla entre las manos de Sara, que, después de haber explorado el tacto de su piel, abrían sin pudor el camino, botón tras botón, al resto de su cuerpo. Llegados a ese punto, los sujetadores fueron fácilmente liberados. Entre pasos atropellados de las dos, Carmen cogió a Sara de la mano:

- Ven. Te llevaré a un sitio que te va a gustar.

vio arrastrada a lo largo de un pasillo. Carmen se había quitado las botas y, cuando se detuvieron junto a una de las puertas, descalzó también a Sara.

- Lo mejor de esta casa - dijo susurrándole al oído - es la habitación. Cuando pasemos de esta puerta caeremos sobre un inmenso futón que ocupa toda la estancia. Nada más que cama y toda para nosotras, preciosa.

Sara se hubiera llenado de curiosidad de no haber estado ya llena de deseo. Quería tenerla estirada, arrastrar hacia si sus pantalones, rasgarse las uñas si hacia falta, y la quería ya. Carmen abrió la puerta y se estiró y la estiró sobre ella. La besaba, se besaban y sus manos se perdían por debajo de la falda, rendida ahora ante la ausencia de gravedad. Se comían, se buscaban y, una sobre otra, entre risas y gemidos, giraban sobre una cama infinita.

Y aquellas risas y gemidos despertaron a quien, supuestamente, no debía estar allí. María,

la amiga de Carmen, que debía pasar fuera el fin de semana, había vuelto de improviso hacía unas horas. Había llamado a Carmen al móvil, pero le había saltado el contestador. Así que se había acostado suponiendo, sin más, que su amiga, siendo sábado, estaría de copas con alguna de sus conquistas.

No había imaginado la posibilidad de que la conquista acabara aquella noche en su cama. Al principio, los gemidos y susurros se habían entremezclado en sus sueños y ella también había empezado a retozar. Pero pronto se había dado cuenta que lo que oía era real y estaba junto a ella. Por la ventana entraba suficiente luz como para reconocer, entre las dos mujeres que se comían junto a ella, a Carmen y a una joven de melena despeinada; le resultaba conocida, pero no acertaba a arriesgar más. En un primer momento, dudó en avisarlas de su presencia, pero se las veía tan distraídas, tan ocupadas en ellas y, además, se había puesto tan caliente ella misma, que prefirió

incorporarse sólo un poco en unos cojines que había apoyados contra la pared y, desde debajo del edredón que la cubría, no molestar demasiado y aprovechar que ellas estaban a lo suyo para acariciarse ella también.

Carmen, que estaba sobre Sara, se giró y quedó estirada boca arriba mientras Sara se situaba sobre sus pechos, pero había quedado muy cerca de donde estaba María y notó que el edredón no era sólo eso. Pensó en su amiga. ¿Estaba allí? No quería asustar a Sara, y menos llegadas a esas alturas. No quería que la jovencita huyera despavorida al ver a otra mujer en la cama. Pero tampoco quería seguir sin saber si todo aquel edredón era ropa o, como suponía, María estaba allí.

- Sara - la paró Carmen - , espera un momento, cielo.

Sara se extrañó por el parón inesperado.

Carmen se echó hacia un lado y, alargando un brazo, encendió una pequeña lámpara que

pendía de una de las esquinas. A Sara no le importaba tener la luz encendida. De hecho siempre la prefería. Le encantaba ver cómo se estremecían los cuerpos de las mujeres que conquistaba y ella se ponía mucho más cachonda viendo la desnudez entre sus manos. Carmen miró por encima del cuerpo de Sara y vio como María estaba incorporada a un lado, como sin querer molestar. Tenía los ojos cerrados, haciéndose la dormida, pero la camisa de dormir desabrochada y un pecho al descubierto la delataban.

- ¿María?

Sara, contrariada, se giró hacia donde miraba Carmen.

- ¿Pero tú no estabas fuera todo el fin de semana? - preguntó Carmen, que veía como a su amiga se le escapa la risa y abría los ojos.

- Es que al final me cansé antes y volví - respondió mirando alternativamente a su amiga y a la joven que estaba también en su cama - ¿Sara?

- ¿María? - se apresuró a taparse con un cojín Sara al reconocer a su profesora.

- Chicas, lo siento. Si no he dicho nada antes ha sido por no molestar. Me he despertado y he visto que estabais tan bien que hasta yo me he puesto mala. Mira, a mí también me habéis pillado - dijo cubriéndose el pecho con el edredón que hacía un momento había dejado caer - Pero por mí no os preocupéis, estabais tan a gusto…

Carmen y Sara, aún jadeantes, se miraron. - ¿Qué te parece la dejamos jugar con nosotras? ¿O es demasiado para ti? - preguntó Carmen retando a Sara con la sonrisa y la mirada.

Sara miró a María. Sería todo un hito en sus noches de conquista. Acabar sin planearlo en la cama de la deseada profe de conflictos sociales, que des de siempre le había dado un morbo increíble, y además haciendo un trío. Insuperable, sin duda alguna. Una oportunidad como aquella no se le iba a volver a presentar en la vida.

muy solidaria yo - dijo mientras dirigía su mirada hacia María.

- Pues muy bien, todo arreglado. Juego de chicas. ¿Quien empieza? - las provocó Carmen.

Sara separó el cojín sobre el que se apoyaba y, gateando, se acercó a María que, a su vez, apartó el edredón y volvió a mostrar su pecho descubierto.

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