COMO TÚ Susan Glenroy
Título: Como tú ©Susan Glenroy
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A Susan B., que por unos meses consiguió que me olvidara de los hombres. Gracias a ti descubrí el universo de placer que es el amor entre mujeres. Siempre te querré.
'El amor nunca tiene razones, y la falta del amor tampoco. Todo son milagros' Eugene O'Neill
ÍNDICE
1. En la facultad 2. París – Barcelona 3. Martes por la mañana
Correo núm. 1 Correo núm. 2
4. Un caluroso recibimiento 5. A las seis en el despacho
6. Un nuevo trabajo Correo núm. 3
7. Tarde de lectura 8. Una chica nueva 9. “Dame un beso”
10. Entre semana Correo núm. 4
11. Un juego para tres 12. Escarceos nocturnos 13. Pasando el parte 14. Dulce despertar Correo núm. 5 15. Nuevo hogar Correo núm. 6 Correo núm. 7 Correo núm. 8 16. Juegos de miradas
Correo núm. 9 17. Tomando un café 18. Partido de voley Correo núm. 10 19. El anónimo Correo núm. 11 20. De vuelta de la piscina Correo núm. 12
21. Conversaciones durante la cena 22. La manifestación
1. EN LA FACULTAD
Era lunes. Mireia y Sara estaban en el bar de la facultad. El dia anterior Sara había tenido reunión familiar y había vuelto a la ciudad casi a la hora de cenar, de modo que las dos amigas ni siquiera habían hablado por teléfono. Así que, antes de que avanzara más la rutina diaria y el fin de semana quedara lejano, aprovechaban aquel rato para pasarse el parte de los respectivos fines de semana.
Mireia, como casi todos los fines de semana desde que trabajaba en el Linx, tenía alguna batallita que contar. Era increíble oir como había tipos que, entre copa y copa, se atrevían a hacerle las más disparatadas propuestas; las había
para todos los gustos y de todos los colores. A Sara le llamaba la atención escuchar todo lo que podía llegar a pasar tras la barra de un bar. La de camarera era una figura que la atraía desde siempre; esas mujeres que parecían mucho más modernas que sus madres, a las que muchas mujeres criticaban y todos los hombres sonreían. Pero ella no tampoco había querido ser nunca la camarera, porque eso significaba trabajar cuando todos los demás estaban de fiesta, y eso no era en absoluto interesante. Sara prefería el lugar que ocupaba ahora mismo: ser la amiga, la persona a quien la camarera le confiaba sus secretos.
Yo aluciné ––le decía Mireia a su amiga–– ¡La gente tiene unas idas de olla! Con eso de que de noche todos los gatos son pardos, la gente no se da cuenta de que ya hace mucho que llegó la electricidad y que de noche se nos ve igual.
- Tú, lo que tienes que hacer es buscar curro en una disco de ambiente y dejar de
poner copas a tíos salidos, que no valen la pena - le repetía como cada lunes Sara.
- Ya, pero aquí me pagan más.
- ¡Porque ahí te miran las tetas! –– exclamaba Sara.
- ¡Sí, claro! Y en un local de ambiente me mirarán a los ojos ¿Verdad?
- ¡No, pero al menos serán tías!
- Eso sí - reconocía Mireia resignada.
- Además, con todas las que te llevarías de calle estando detrás de la barra tendrías para hartarte incluso tú, con lo quisquillosa y selectiva que eres - la pinchaba Sara, con cierta envidia.
- Ya sabes que paso de ligar en el curro ––le recordaba su amiga.
- Ai, chica, que desabrida eres. Pero déjate llevar. Quién sabe, igual te sorprenderías y hasta encontrarías algunas que te molarían.
- Sí, seguro - claudicó Mireia, llegada la conversación al punto de siempre.
mesa y miró la hora. Sara, por inercia, levantó la vista por encima del hombro de su amiga hacia el enorme reloj, regalo de la misma marca de café que se leía impresa en los azucarillos, y que presidía la pared de enfrente.
- En fin, ¡que la gente está muy mal!- continuó Mireia, dando muestras de querer levantarse - Son las siete menos cinco, ¿vamos?
- Sí - respondió Sara, levantándose y recogiendo sus cosas - . Oye ¿te quedas pagando tú y aprovecho para ir a recoger las fotocopias a la copistería?
- Vale ––asintió su amiga.
Mireia se acercó a la barra y, mientras esperaba a que saliera la camarera, buscó en su cartera las monedas para pagar las dos consumiciones, pero al darse cuenta de que no tenía cambio, sacó un billete. Se había colocado junto a dos mujeres que estaban charlando en la barra, no se había fijado en ellas hasta que, en ese momento, la voz de una mujer que hablaba del
Feeling llamó su atención hacia aquella conversación ajena. Se giró, sin pensarlo, y se sorprendió al ver que quien escuchaba a la mujer que hablaba era María, su profesora de resolución de conflictos, que ahora había dirigido su mirada hacia ella.
Al reconocer a Mireia, María sonrió amablemente. El encuentro, a pesar de lo lógico que resulta encontrarse a una profesora en una facultad, sobre todo cuando faltan cinco minutos para que empiece su clase, pilló por sorpresa a Mireia, que en aquellos momentos había desviado su atención hacia el Feeling, tan lejos de la vida académica. Se había girado por empatía con la voz de una mujer que tal vez frecuentaba el mismo pub a la que ella solía ir. Y, de repente, notó que toda la sangre de su cuerpo se había teletransportado a sus mejillas, sin darle siquiera tiempo a responder al saludo con normalidad, y acabó haciéndolo maquinalmente y sintiéndose estúpida por notar sus mejillas totalmente
sonrojadas.
La camarera no aparecía. Siempre pasaba lo mismo a aquellas horas de la tarde, en que ella ya estaba cansada de poner cafés pero aún quedaban estudiantes con ganas de tomarlos. Mientras Mireia esperaba a que saliera de la cocina, la conversación de las dos mujeres proseguía tranquilamente. Mireia no pretendía oírla pero la entrada a la cocina estaba justo frente a ella y si se movía no vería a la camarera cuando pasara, así que se quedó allí. La mujer que estaba a su lado parecía haber tenido éxito en algún lance amoroso reciente del que ya estaba informada María, a quien acto seguido dirigía algunas preguntas sobre su relación con “el de las poesías”. “¿El?” pensó Mireia, “¿entonces es lesbiana o no?”. Y acto seguido se reprochó a si misma: “Y a mi que más me da. Que sea lo que quiera”.
Mireia quería recuperar la normalidad en su estado de ánimo, pero allí notaba que en vez de eso se sentía cada vez más incómoda y nerviosa.
Ellas sabían que estaba justo al lado así que si seguían hablando debía ser que no les importaba su presencia. “¿Dónde se habrá metido la camarera?” repetía el subconsciente de Mireia, una y otra vez, mientras las dos mujeres seguían hablando:
- ...¿Ése? Nada, ya me lo quité de encima. Le dije que no me podía gustar porque los hombres sólo me interesan como amigos. Y aún fui buena porque de hecho le podía haber dicho directamente que ni para eso, que prefiero amigas...
Justo en ese momento salió la camarera, a quien la voz de Mireia se agarró como si de un salvavidas se tratara:
- ¿Me cobras dos cafés con leche, por favor? Mireia puso el billete en su mano, se despidió y se marchó rápidamente. Tenía la sensación que había pasado muchísimo tiempo desde que su amiga se fuera a clase. Pero María, la profesora, seguía en la cafetería en plena
conversación de amigas, así que no llegaba tarde a ningún sitio. Entonces ¿por qué sentía que tenía tanta prisa?
Se dio cuenta de que simplemente había huido. Estaba roja, le ardían las orejas y el corazón se le había acelerado. Recorrió una parte del pasillo y decidió parar un momento para calmarse, antes de entrar en el aula. Se metió en el lavabo más próximo. Cerró la puerta tras de si y respiró profundamente. Avanzó unos pasos lentamente, sintiéndose a salvo en aquel refugio improvisado. Se miró al espejo, abrió el grifo y dejó que corriera el agua.
“¿Por qué me pone tan nerviosa?” se decía a si misma. “Si es que es imposible que no se dé cuenta. ¿Pero cuenta de qué? ¿De que soy lesbiana? ¿De que ella lo es? Pero si lo es ya se habrá dado cuenta. ¿Que en realidad no pensé que lo era sino que lo primero que pensé cuando la ví es que quería que lo fuera?…” Se solapaban los pensamientos que, uno tras otro, pretendía llevarse
el agua que remojaba su cara y se iba deslizando sobre ella.
Después de lavarse la cara cerró el grifo y se miró al espejo:
- Va. Ya basta de paranoias.
Se giró y, mientras se secaba la cara, siguió el diálogo que su mente mantenía consigo misma: “ - ¿Qué diría Sara en este momento?
- Jo, tía, pues que si te gusta díselo. Vete al despacho o invítala a tomar un café y la tanteas. Si le interesa, genial y si no pues a otra cosa mariposa.
- ¿Qué digo yo en este momento?
- Déjate de mariposas, que todo está en su sitio. Ella con su vida y tú con la tuya. Y ahora a clase como si no hubiera pasado nada, porque en realidad no ha pasado nada.”
Más calmada y dispuesta a retomar las riendas de su rutina diaria, salió del lavabo y, al cerrar la puerta, nada más poner de nuevo los dos pies en las baldosas del pasillo, dos manos
cayeron sobre sus hombros y Mireia dio un salto, tensándose instantáneamente, mientras desde su nunca le llegaban estas palabras:
- Ay, te pones tan nerviosa en algunas ocasiones...
Un nuevo fogonazo la había encendido por dentro cuando Mireia giró la cabeza para verla, a pesar de haber reconocido perfectamente la voz de María. Al comprobar que era ella el calor dejó paso a un escalofrío que le recorrió la espalda, mientras sentía que hasta la camisa le ardía al contacto con el resto de la piel. María mantenía las manos sobre los hombros de Mireia y notó el calor que su cuerpo desprendía de repente. Mireia sonrió con complicidad al sentirse descubierta. Dio unos pasos hacia delante separándose de ella y se acabó de girar quedando cara a cara con María. La miró. Sin dejar de sonreír aceptó la rendición y escapó por el pasillo de la izquierda. Justo después María giraba a la derecha, hacia su despacho.
Al llegar a clase, Mireia se dirigió hacia donde estaba Sara, que ya se había sentado y ordenaba unas fotocopias. Mientras dejaba sus cosas sobre la mesa, Sara le devolvió los originales que antes le había prestado ella. La mayoría de los alumnos ya habían tomando asiento y los que quedaban en el pasillo empezaron a entrar. Hacía apenas unos instantes de su encuentro con María y Mireia seguía sintiéndose acalorada, así que decidió quitarse el jersey antes de sentarse. Mientras se lo quitaba oyó la puerta que se cerraba. María había llegado. En clase, Mireia no dejaba de ser una más, así que no se inquietó hasta que al pasar junto a ella, María le susurró, de forma que sólo ella pudo oírlo:
- … Mmm, ya decía yo que llevabas demasiada ropa y debías tener calor.
Por aquella tarde, Mireia ya había alcanzado la cumbre de sus sonrojos, así que se limitó a acabar de quitarse el jersei, levantar la
mirada y sonreír. No se azoró esta vez, pero, aún sin el jersei, seguía teniendo calor.
La clase transcurrió tranquila como todas. Pero entre intervención e intervención de sus compañeros, Mireia no podía evitar recuperar las escenas de aquella tarde.
María siempre la había hecho sentir nerviosa, cuando se cruzaban por el pasillo, cuando sus miradas coincidían en clase… Su sola presencia en cualquier situación la conturbaba. Con Sara lo habían hablado algunas veces, María era la mujer hecha a sí misma, curtida, consolidada ya en aquella belleza experimentada de quien posee el conocimiento de todos los momentos y goza de ellos. Era una mujer atractiva, sabía como vestir sus encantos tanto para cautivar como para conducir a su antojo el deseo de cualquier mirada indiscreta. Y lo hacía. A estas alturas el juego era evidente y Mireia ya no podía disimular que aquella mujer le afectaba.
2. PARÍS - BARCELONA
En su última conversación con Marta, su nueva situación le había quedado definitivamente clara a ella también:
- Me he cansado. Ya no hago nada, aquí. Vuelvo a Barcelona - le había dicho Teia.
Y recordaba la alegría de su amiga, primero, y sus dudas, después.
- ¡Ya era hora, niña! Sí, sí, tu vente para acá. Oye ¿pero tú estás bien? - acabó preguntándole Marta.
- Sí, sí, estoy perfectamente, ya está todo pasado ––contestó Teia––. Es sólo que me han ofrecido un nuevo puesto en la empresa. Van a haber cambios, me han dicho, y me he dado
cuenta que ya estoy cansada de cambios que no me cambian el hecho de estar tan lejos de casa, de mis amigos y de una cosa que antes no valoraba: mi sol. Las últimas Navidades me costó mucho volver para acá ––siguió––, de hecho creo que si volví a París fue sólo para asegurarme de que quería volverme definitivamente para casa y para eso tenía que arreglar las cuatro cosas que me quedaban aquí. Y entre esas cosas, tenía que ver justamente qué pasaba con el trabajo, así también aprovechaba para despedirme formalmente de mis cosas y de la gente que también aquí me ha rodeado. Y ya está, ya lo he hecho y ¡ahora sí, me vuelvo! Lo que pasa es que no he buscado piso todavía, prefiero hacerlo directamente allí, así que te quería pedir si me puedo quedar en vuestra casa unos días.
- Sí, sí, claro que te puedes quedar aquí –– respondió Marta rápidamente,
- Pero díselo también a Cintia, no vaya a ser que tenga planes, o algo - se preocupaba Teia.
- No, no. Tú tranquila ––la tranquilizó su amiga––, yo se lo diré, pero no hay ningún problema. Tú te vienes. Te puedes instalar en la habitación donde está el sofá-cama, se está bien y tendrás intimidad, nosotras esa habitación casi no la utilizamos. Entonces ¿cuando te vienes?
- Cogeré el avión el viernes que viene por la tarde y llegaré al Prat hacia las nueve ––contestó Teia.
- ¿Quieres que te vayamos a buscar? –– preguntó Marta.
- No, no, gracias, no hará falta. Juli irá a buscarme - le agradeció Teia.
- Ah, muy bien, pues entonces ya te tendremos la habitación preparada, así si estás cansada ya te podrás instalar. Y prepararemos algo de cena.
- Sería fantástico, gracias. Pero coméntaselo a Cintia, ¿vale?
- Que sí, que sí. Pero si ya sabes que Cintia estará encantada, si desde el día que te fuiste
sabes que siempre ha dicho que tú tenías que volver tarde o temprano, que a ti en París no se te había perdido nada… más que tu. Ya la conoces - se reía Marta - . Así que nada, cuando llegue yo se lo digo, pero ya te adelanto que estará encantada de tenerte aquí, si por ella fuera ya sabes que te hubiera ido a buscar hace tiempo.
- Gracias - le repitió Teia.
- De nada mujer, si necesitas algo estos días nos lo dices.
- Sí. En cualquier caso os llamo cuando llegue a Barcelona. ¿De acuerdo?
- Muy bien. Ala, un besito y hasta el viernes. Cuídate - se despedió Marta.
- Hasta el viernes, un beso y dale otro a Cintia de mi parte ––dijo Teia.
- Sí, otro para ti. Adiós. - Adiós.
Teia colgó el auricular. Por primera vez se oían en voz alta, entre aquellas cuatro paredes, las palabras que convertían en realidad sus
pensamientos de los últimos tiempos.
Miró a su alrededor. Era un cuarto sin ascensor y con algo de humedad, pero estaba en pleno centro de la ciudad y tenía mucha luz. Una de las cuatro paredes que delimitaban los cuarenta metros cuadrados de aquella buhardilla había sido sustituida, hacía muchos años ya, por grandes ventanales por los que entraba cada mañana la misma luz de que disponía la ciudad, por eso habían elegido quedárselo. Qué lejos quedaba el barullo de la ciudad varios metros más abajo. Aquellas paredes habían sido el escenario de su historia y ahora, en cambio, qué silenciosas parecíanas las sábanas, la mesa, el sofá... Incluso aquel escritorio siempre tan lleno de proyectos, qué vacío estaba desde que Michelle se había marchado. Ni libros ni papeles estaban ahora desordenados. Ni tan siquiera la lamparilla, ahora que no tenía a quien molestar si leía por las noches, le servía de mucho.
sido en general buenos, con muchas vivencias, pero ahora ya todas pasadas. Sentía que nada la unía a aquella tierra. Las calles, eran calles que había descubierto de la mano de Michelle. Los amigos, se los había cedido Michelle. La lengua, era la lengua en que la amaba Michelle… Todo aquello se había acabado.
Al principio, pensó en redescubrir lo que ya también allí era su vida, buscar de nuevo la ternura en otras manos, el amor en otros ojos, andando junto a otros pasos y creando otros caminos. Pero pasados los primeros meses, dejado atrás el luto por aquella relación acabada, había llegado la hora de cambiar. Quería encontrar su propio camino, en su lengua y con los colores que sus recuerdos utilizaban. La Navidad pasada en casa de sus padres le había servido para darse cuenta de toda la luz que se había perdido durante aquellos días grises del invierno francés. En Cataluña también era invierno, pero, junto al Mediterráneo, ni siquiera en invierno desaparecía
el sol tres días seguidos, y aún si así hubiera sido, el gris no tenía nada que hacer frente a las fruterías del barrio, que podían plantar cara a cualquiera de las muchas floristas que aparecían en sus recuerdos parisinos. París era la ciudad del amor. Sí. Lo había sido también para ella y lo seguiría siendo para muchas otras parejas enamoradas.
Recordó el primer día. Cómo llevaba el corazón acelerado al llegar al umbral, paradas las dos frente a la puerta. Se preguntaba como sería su vida allí tan lejos de todo lo que ella conocía, pero por fin cerca de ella. Recordaba como fue cuando llegó allí. Pero el tiempo había pasado y ahora Barcelona reclamaba su papel de antaño. Era la ciudad de su vida y Teia, que en su momento se creyó rebelde y aventurera, que habría dado la vuelta al mundo sin mirar atrás, sentía que había llegado la hora de volver a casa y lo haría. En unos días, según lo pactado con la casera, dejaría las llaves sobre la mesilla de la entrada,
cerraría la puerta y se despediría de París, camino al aeropuerto.
3. MARTES POR LA MAÑANA
Cuando se acostó, Mireia sentía una mezcla de cansancio y excitación. Al meterse en la cama dejó el mundo atrás y sólo recuperó para sí las escenas con María. En las ocasiones en que anteriormente María le había venido a la mente, había preferido no recrearse pensando en ella, a quien siempre le había asociado una vida apasionante hecha con alguien tan interesante como ella misma.
Durante toda la cena, frente a una película que ni recordaba, se había repetido a si misma que aquella tarde sería sólo una más de las que poder recordar con una sonrisa condescendiente, sin pensar en ir más allá. Pero ahora, abrazada por la oscuridad de la noche, entre la libertad de sus sábanas, María volvería a hacerse presente y aquel momento en que se había sentido sorprendida por
ella tendría ahora un nuevo final. Y entre ensoñaciones pasó parte de la noche.
Al día siguiente, no obstante, Mireia volvía a tener trabajo del que ocuparse. La traducción que le habían encargado tenía que estar hecha antes de final de mes y le interesaba hacerlo bien si quería recibir nuevos encargos de aquella editorial. Debía salir de la cama, pero eso, ni con el despertador sonando cada cinco minutos, era tarea fácil para ella. Finalmente, retiró el edredón, se giró hacia el lado de la cama que le permitía salir con más comodidad, se incorporó, sacó las piernas y puso los pies en el suelo, los dos a la vez, por no discriminar, ni dejar su suerte a la fortuna. De este modo, decía, si el día era malo la culpa era compartida y si era bueno también era mérito de los dos. Sentada al filo de la cama, encaró el despertador, en dos minutos volvería a sonar. Lo apagó. Se levantó y se acercó al armario, sacó braguitas y calcetines del cajón, cogió unos pantalones cómodos y una camiseta y,
con los pies ya en sus pantuflas, se fue hacia el baño.
Mientras el agua caía sobre ella, se preguntaba cómo lo hacía antes de conocer a Virginia. Antes acostumbraba a ducharse por la noche, lo hacía por costumbre, no porque durmiera más relajada, como decían en algún programa matutino de bienestar. De hecho, recordaba que le costaba dormirse si no se secaba bien el pelo. Pero después, desde Virginia, se había acostumbrado a las duchas matutinas. A menudo cuando, gracias a una, se sentía revivir en un nuevo día, se acordaba de las mañanas pasadas junto a ella y le agradecía, en la distancia y el tiempo, haberle descubierto aquel placer.
Cuando acabó la ducha, mientras se ponía aceite corporal, recordó de nuevo a María, y el modo en que masajeaba su cuerpo inconscientemente cambió. Varió la manera de tocarse a la par que miraba cada una de las curvas de su desnudez imaginando que la mano que las
recorría era de María. Le fue fácil reproducir aquellas manos, sabía cómo eran, cómo las movía, cómo se movía toda ella. Poco a poco, los movimientos fueron ralentizándose, entreteniéndose cada vez más, escogiendo entre las demás la curva donde empezaban sus pechos. Primero el izquierdo, que se endurecía para recibir la caricia tácitamente prometida. En breve, el derecho se erizaba bajo otra caricia gemela. El aceite resbalaba y las mismas manos erizaban ahora el vello de los brazos por donde se deslizaba su paso, hasta que encontrándose al final, ellas se reseguían a su vez. Como si de la primera vez se tratara, como dos amantes guiaron sus pasos hacia la habitación. La cama deshecha recordaba la noche pasada. Ambas conocían el tacto de aquellas sábanas, y se apoyaron ofreciendo confianza al resto del cuerpo, que suavemente se reclinó y dejó que se entretuvieran en un sensual recorrido tan conocido y tan por descubrir a cada nueva oportunidad. De nuevo se encontrarían,
volverían a cruzarse sus caminos, la derecha hacia el norte, la izquierda hacia el sur, y los movimientos de ambas, compensados como viejas conocidas, llevarían al resto del cuerpo hacía un único destino.
CORREO NÚM. 1
From:
[email protected] miércoles, 4 de junio
To: Pauluna@yajú.esp
Buenos días, Paula.
Suponía que tu nombre era Paula. Por cierto, me parece un sugerente y bello nombre, pero como hay nombres tan especiales, pues he preferido que seas tú misma quien me sacara del error, espero recibir tu perdón por parecer un pelín ingenua.
Como ves, he vuelto a aparecer. Si no me equivoco, la última vez que escribí era el miércoles o el jueves pasado, no por falta de ganas, pero es que el ordenador de casa se ha estropeado, un troyano cabrón, que se me ha colado y me ha jodido todo lo que tenía. Y me han tenido que instalar un software nuevo.
Hacía mucho tiempo que no conectaba con nadie como lo he hecho contigo. Me interesas, simplemente. Me pareces una estupenda conversadora, aunque hasta ahora no haya podido escuchar tu voz. Sin embargo, empiezo a sentir mariposas en el estómago cuando abro el correo y deseo encontrar un mensaje tuyo en la bandeja.
Debo pedirte que no te asustes. Intento, además de compartir contigo mis sensaciones, que me conozcas un poco mejor. Tus líneas son una parte importante de todas aquellas pequeñas cosas que hacen que me sienta feliz cada día.
Me dices en tu mensaje que trabajas en el museo de arte moderno. Interesante, muy interesante,
siempre me ha gustado el arte (esto puedes interpretarlo como proposición indecorosa o de una manera ya más abstracta, con ambas aciertas). Por cierto, tienes razón al decir que a veces esto de expresarse con letras hace que sea mucho más difícil saber si dices todo lo que quieres y si, además, la interlocutora entiende lo que tú quieres que entienda. Pero a mi no me pasa eso contigo, leo tus palabras y siento que las recibo tal y como tú me las transmites, será una questión de ¿química?
CORREO NÚM. 2 From: Pauluna@yajú.esp jueves, 5 de junio To: [email protected] Buenas tardes,
acabo de leer tu mensaje y debo reconocerte que se me ha puesto una sonrisita traviesa muy divertida .
Me dices que no conectabas con nadie como lo has hecho conmigo. Pues a mi me pasa lo mismo,
con la media docena de mails que llevamos, también te considero una estupenda conversadora. Y, por lo de las mariposas, gracias por el cumplido, debo decir que eres valiente al dejar que dichos animalillos empiecen a revolotear en tu interior ¿no te asusta? La verdad es que a mí tus mensajes tampoco me dejan indiferente, sino no dedicaría un porcentaje tan elevado de mis pensamientos a intentar olvidar que pienso en ti más de lo razonable. Pero, parece tan bueno… Los principios siempre deben ser así ¿no crees?
Tus líneas me gustan porque son inteligentes y elegantes sin ser estiradas ni perder la espontaneidad de una sonrisa pícara.
También me dices que encuentras interesante que trabaje en un museo. La verdad es que trabajo en la taquilla, vendiendo los tiques y dando los dípticos, lo digo para que no te imagines a una mujer supercultivada que entiende y trata de arte en subastas y con grandes sumas de dinero. Eso me da a mí que sólo pasa en las pelis, y si no que
se lo digan a la de Lworld. Supongo que ya conocerás la serie, yo la he conocido hace poco, me bajé unos capítulos de internet y la verdad es que estoy enganchadísima.
También aprovecho este correo para decirte, con un poco de tristeza por saber que no podré escribirte estos días, que mañana me voy a Bilbao, a mi tierra. Mis padres tienen muchas ganas de ver a los nietos, así que aprovecharé que me puedo tomar unos días de vacaciones y se los llevo, que mi madre está como loca por oír como parlotea el niño. Además, he hablado con mi hermana y me ha dicho que también estará por allí estos días, así que, mira, ya aprovecho y me quedaré toda la semana. ¡Tengo unas ganas de volver a pasearme mi ciudad! Y que conste que, para mí, Barcelona también es mi ciudad, pero ya me entiendes.
Por lo que voy recibiendo de ti, me alegra pensar que te gusta leerme tanto como a mi me gusta leerte a ti. Por cierto, no sé si es química pero me encantaría conocerte.
Un beso muy fuerte, Paula
4. UN CALUROSO RECIBIMIENTO
- ¡Holaaaaa!- dijo la pareja al mismo tiempo.
- ¡Holaa!- respondieron Teia y Juli, su hermano, mientras sacaban las maletas del ascensor.
- ¡Bienvenidos a vuestra casa!- les recibió Marta abriendo la puerta de par en par.
- ¿Os ayudamos con las maletas? - se ofrecó Cintia, que ya había salido al rellano de la escalera y cogía la primera bolsa que tenía a su alcance para meterla en casa.
- Gracias. Ya está, lo tengo todo aquí - dijo Teia señalando los diferentes bultos.
- ¡Pasad, pasad!- insistía Marta sujetando con una mano la puerta abierta y con la otra a
Neula, que se moría de ganas de salir a olisquear a los recién llegados - . Neula se muere de ganas de comeros a lametones y… ¡yo, a besos! ¡Venga, entrad, si sois valientes!- les retó mientras cerraba la puerta y soltaba a la perra, que daba brincos para llegar a los abrazos y besos que se repartían en el recibidor, ahora lleno de gente y maletas.
- ¿Y no tienes nada más? - preguntaba Marta mientras contaba las dos maletas y un par de bolsas más.
- Sólo he traído la ropa ––contestó Teia––, el resto de cosas las he dejado allí. No valía la pena tomarse la molestia de cargar con mil historias que acabarían acumulando polvo en el garaje de casa de mis padres. Tocaba cambio, pues vida nueva, cosas nuevas.
- ¡Di que sí!- la animó Cintia, abrazándola. Neula no paraba de dar vueltas yendo de una a otra de las diversas piernas, maletas y bolsas. Finalmente, parecía que se iba a encariñar especialmente de los pantalones de Juli, por los
que se paseaba una y otra vez. Y él correspondía el interés siendo quien más caso le prestaba, mientas las tres chicas hablaban y se preguntaban atropelladamente, con prisa por decirlo, preguntarlo y saberlo todo.
- ¡Chicas!- las interrumpió Marta - Me vais a disculpar un momento. Pero creo que será mejor que saque a Neula - dijo mirando a la perra, que levantó las orejas algo sorprendida.
- No la hemos sacado antes porque cuando viene gente y se pone muy contenta luego siempre tiene ganas de mear, así que hemos preferido esperar y sacarla sólo una vez, cuando ya hubierais llegado - les explicó Cintia.
- Debe ser de la emoción - añadió Marta mientras le ponía el collar a Neula, que no paraba de sacudir a todo el mundo con su cola - , pero en seguida volvemos, ¿verdad, Neula? - dijo mirando a la perra, que ya se había colocado frente a la puerta - Venga, vamos.
veinte minutos, en los que Cintia acogió a Teia y, con la ayuda de Juli, dejaron todas las maletas y bultos en la habitación. A la vuelta, Neula siguió buscando caricias allá donde las hubiere. Ahora las recibía de Teia, con la cabeza reposando sobre su falda, ahora de Juli, que se había acercado y a quien la perra parecía querer abrazar con sus patas delanteras. Marta intentaba frenar la posición acaparadora de Neula y hacerla volver a su esquina, donde solía pasar la mayor parte del día, pero las caricias que Teia le propinaba le hacían muy difícil obedecer las órdenes de alejamiento que recibía. La perra miró a Marta buscando una comprensión que llegó gracias al beneplácito de Teia y Juli, así que pudo seguir recibiendo carantoñas y cosquillas durante un rato más, mientras no llegó la hora de la cena.
Marta se metió en la cocina, Teia fue a asearse y Cintia y Juli aprovecharon para ponerse al día mientras iban y venían, con vasos y cubiertos, de la cocina a la mesa del comedor,
seguidos de cerca por Neula.
Cintia y Juli hacía siete u ocho años que no se veían. Se llevaban sólo cinco años, pero Cintia le había dado clases de inglés, cuando Juli apenas era un adolescente que simulaba olvidarse de hacer los deberes más complicados porque sabía que así los haría con ella. Para Cintia, en aquella época él era una especie de hermano pequeño, que en alguna ocasión le había preguntado como se besaba a una chica. Pero ahora, pasados los años, Juli se le aparecía hecho un hombre, se le había agravado la voz, tenía el pelo oscuro, era alto y fuerte y le suponía un gran éxito con las chicas. Siempre le había despertado ternura aquel listillo simpático que ahora era un apuesto joven que le contaba con la misma cercanía de siempre cómo había ido cambiando su vida desde que había acabado el instituto. Ahora ya había acabado sus estudios de criminología y le faltaban sólo unos meses para licenciarse también en la escuela de policía, como siempre había querido. Se le veía
contento y satisfecho. Sólo tenía una queja, decía. En la escuela había muchas chicas guapas, pero todas las que le gustaban a él resultaban ser lesbianas. Y entre risas decía que para la próxima vida se pedía ser mujer y lesbiana.
Después de poner la mesa se metieron en la cocina, donde Marta terminaba con la ensalada, y entre los dos acabaron de preparar las rebanadas de pan con tomate y la bandeja de embutidos. La cena estaba lista.
- ¡Tipical catalanish!- enunció triunfalmente Cintia mientras dejaba el plato con el pan en la mesa y Teia aparecía de nuevo en el comedor.
Los cuatro se sentaron a la mesa, cenaron y la velada fue amena, pero el día había sido largo para todos, y al día siguiente también tocaba madrugar. Así que Juli se marchó pronto y, justo después, las chicas se retiraron también a sus respectivas habitaciones. Para Teia ahora empezaba una nueva etapa, y Marta y Cintia querían que mientras estuviera allí se sintiera
5. A LAS SEIS EN EL DESPACHO
Mireia llamó a Sara para decirle que no podía llegar a tomar un café con ella antes de ir al despacho de María. La señora Montserrat la había encontrado en el rellano de la escalera y había aprovechado para que le mirara unas cartas que le habían llegado durante la semana. Algunas de propaganda, otras de los bancos, el ayuntamiento, e incluso una que tenía que ver con los datos del censo, que, por raro que pareciera, después de cuarenta años en la misma finca, tenía errores como el número de la puerta y el nombre de residentes en el hogar, donde aún constaba inscrito su marido ocho años después de su fallecimiento.
sabía que a la mujer la angustiaba mucho tener asuntos que no entendía sin solucionar. Además, la semana se le presentaba complicada, así que Mireia prefería no tener a la mujer pendiente de ella, sabiendo además que le sabía mal tener que pedirle ayuda tan a menudo. Mireia quedó con Sara en encontrarse directamente en clase.
Sara seguiría con el plan previsto. A las seis tenía cita con María, para comentar el tema de su próximo trabajo; luego, tal vez iría a la cafetería o aprovecharía para pasarse por la biblioteca y empezar a trabajar.
Mireia fue reabriendo las diversas cartas que la señora Montserrat había ido guardando durante los últimos días, le explicó de donde venía cada carta y su motivo, marcó en fluorescente alguna cantidad del extracto bancario para que fuera devuelto y rellenó el formulario, tal y como pedía la oficina censal si había algún error en los datos recibidos, y lo introdujo en un sobre que la misma oficina facilitaba en su envío. Así, la
señora Montserrat se quedaba tranquila y al día siguiente podía ir al banco, que le pillaba de camino al mercado y, por la tarde, se podía acercarse a la oficina de correos para enviar la carta, porque los buzones urbanos no le parecían de confianza. Decía que si había gente capaz de robar coches y abrir puertas, mucho más fácil podía ser abrir aquellos recipientes y llevarse las cartas sólo por hacer una maldad.
Ya en la facultad, Sara se dirigía hacia el despacho de María cuando se la encontró justo cerrando la puerta. Aún faltaban diez minutos para su cita.
- Ah! Hola, Sara. Venías a hablar conmigo, ¿verdad?
- Sí. Pero si le va mal… ––dudó Sara.
- No. Es sólo que llevo toda la tarde trabajando y recibiendo alumnos y he pensado que tal vez tenía diez minutos… ¿Pero te importa que tratemos del trabajo en el bar? Al café invito yo.
hoy me he medio dormido viniendo en el autobús. Llegaron al ascensor. María metió la pequeña llave en la cerradura y en unos segundos la puerta se abrió. Se acababa de poner un poco de perfume y el olor embargó rápidamente el pequeño espacio. Aquel escote con el colgante en forma de lágrima también era inevitable y todos los pliegues de su ropa la hacían sentir deseable. Sara, como el resto de las alumnas que debían haber pasado aquella tarde por el despacho, se había fijado de inmediato. Mientras estaban en pie, una junto a la otra, en silencio, Sara empezó por besarle el cuello hasta sumergirse más allá de aquella lágrima que parecía hundirse en un mar de deseos. Sus muslos se apoyaban en el contacto contra la pared en que estaba recostada ella y se perdían baja la falda. Cuando a Sara empezaba a entrarle calor de verdad, la puerta se abrió.
- Vamos - la invitó María, que fuera de sus sueños seguía perfectamente incólume.
orientación del trabajo de Sara, María volvió a su despacho.
Era un espacio pequeño que compartía con un profesor que nunca estaba allí. Él prefería el despacho al que tenía acceso por poseer desde hacía muchos años una plaza política mejor conectada. Desde entonces, apenas había vuelto a poner los pies allí y María se sentía en aquel despacho como en una de las habitaciones de su casa. La mesa de él la había habilitado formando una L con la suya. De este modo tenía el ordenador en ella y mucho espacio para los papeles que cubrían siempre su mesa original.
Al despacho acudían alumnos, unas veces requeridos por ella y, otras muchas, buscando encontrar en aquel escondite algún tipo de complicidad que les ascendiera de la mera posición de alumnos subyugados a sus encantos. Ella, por su parte, hacía bastantes años ya que se permitía tener un horario de tarde, exclusivamente. Por las tardes, los alumnos eran mayores, solían
ser estudiantes de másters o postgrados, y eso le facilitaba no tener clases, en ocasiones, de hasta un centenar de neo-universitarios desbordados por los cambios y novedades que les ofrecía aquel eslabón previo a su vida adulta. Las tardes olían menos a goma de mascar, decía. Además, en los estudios superiores, siempre había alguna alumna que conseguía llamar su atención con buenas reflexiones o comentarios críticos y sin tapujos. Estos últimos eran los que más le despertaban su parte intelectual y la hacían seguir teniendo ganas de impartir aquel tipo de seminarios sociales. Por otra parte, disfrutaba del privilegio que suponía poder mantener despierta una sensual coquetería juguetona. Segura de sus encantos, desde la seguridad de su puesto y experiencia, ese era uno de los placeres que en la facultad se permitía ejercer.
Ese año había conocido a Mireia, una joven despierta, no sabría decir si madura o no, aunque algo insegura aún. Su aspecto aniñado le inspiró
ternura y vivió con una sonrisa pícara cómo al acercarse a ella, le ocurrían todas aquellas malas pasadas que juega la inexperiencia. La jovencita se sonrojaba, se ponía nerviosa, se le caían los papeles y, no obstante, todas aquellas situaciones combinaban con una joven que presentaba una gran seriedad en el aula y unas muy buenas propuestas y capacidad argumentativa ante sus iguales. Sin duda, daría que hablar, y tal vez en un futuro se encontraran.
Mireia salió a las seis de casa de la señora Montserrat para llegar a la facultad con tiempo de pasar por el despacho de María. El rato que había pasado leyendo y explicando los extractos del banco la había calmado algo y había conseguido que dejara de pensar en todo lo que podía pasar dentro de aquel despacho. Llevaba dos noches soñando con ello, se había imaginado a la profesora invitándola a pasar, encajando la puerta tras de si y cerrando con llave. Su subconsciente había reproducido un supuesto despacho con un
suelo enmoquetado de terciopelo rojo sobre el cual los tacones de María se paseaban rehaciendo el camino de vuelta a su mesa, sobre la que se apoyaba de espaldas antes de indicarle que se acercara. Llegados a ese punto, Mireia se despertaba, sudando en medio de la noche.
Pero aquella tarde no era un sueño. Iba a su despacho y tendría que mantener la compostura sin que su mirada la delatara mientras fijaban entre las dos el tema de su trabajo. Se había arreglado más de lo habitual y seguro que María lo notaba, pero tampoco eso iba a sorprenderla, el día que daba ella las clases del máster, los y las alumnas se arreglaban más. Los pantalones ajustados y las faldas más vaporosas aparecían en las aulas siempre los lunes y los miércoles, nada que ver con los tejanos descuidados y cuellos altos del resto de la semana. Si Mireia lo había percibido, María también, porque no debía ser aquel el único año que aquello pasaba. Había cosas que no valía la pena ocultar, porque ella ya
había ganado hacía mucho tiempo la partida en todas, así que se trataba solamente de ser una más de sus alumnas. Pero costaba tanto ser sólo una más...
Había llegado a la facultad, había cruzado el pasillo y ahora sólo quedaba subir las escaleras. Subió la primera hilera de escalones y paró en el primer rellano, abrió el bolso y buscó la ampollita de las emergencias. La abrió y se dejó caer cuatro gotitas bajo la lengua. Tapó el pequeño recipiente y volvió a guardar el rescue en el bolso. Esperaba que eso le ayudara en los últimos escalones y en el tramo final de pasillo, antes de enfrentarse a la puerta del despacho. Una vez frente a la puerta, respiró profundamente, como asegurándose el aire para los próximos minutos.
A María le quedaban por ordenar aún algunas cosas para la clase de aquella tarde y en ello estaba cuando, pasados un par de minutos de las seis y media, llamaban de nuevo a su puerta. Era Mireia.
- Adelante - se oyó desde el interior del despacho. El simple sonido de su voz ya pusó a prueba el efecto de las gotas de rescue que Mireia se había tomado momentos antes. Notó como las manos dudaban a la hora de girar el pomo de la puerta, pero este cedió.
- Pasa, pasa, te estaba esperando - la invitó María, que estaba sentada tras su mesa, escribiendo en el ordenador que había en una mesa perpendicular a la que presidía el espacio y que aparecía llena de papeles.
- Siéntate, Mireia, ahora estoy contigo - continuó María.
Ella se sentó en la silla que había frente a la mesa de la profesora. María tecleó unas palabras más y cerró la página que mostraba la pantalla. Entonces, se impulsó suavemente y su silla giratoria la dejó frente a frente con Mireia, a una distancia de la mesa suficiente para que Mireia pudiera ver como María separaba las piernas y se le arremangaba la falda, que dejaba al descubierto
buena parte de sus muslos.
Mireia se sonrojó, se sofocó, se olvidó del tema e intentó balbucear alguna cosa. María que vio complacida la reacción de Mireia, cerró las piernas y la invitó a sentarse en otra mesa circular más pequeña que estaba justo al lado, donde ella misma también iba a sentarse para hablar del tema y enfoque que había que dar al trabajo.
6. UN NUEVO TRABAJO
Al día siguiente se iniciaban muchas cosas. Teia tenía que empezar a buscar trabajo y casa. Desde París, mediante correo electrónico, ya había comunicado su regreso a sus amigas y conocidos. Les había informado de su vuelta y había aprovechado para pedir que la avisaran si alguien sabía de algún piso en que hubiera alguna habitación libre. En relación al trabajo, había hablado con Pilar, una antigua compañera de piso de la época universitaria que se había convertido en una de sus grandes amigas de la época adulta. Pilar llevaba muchos años al cargo de una agencia de viajes y, en muchas ocasiones, había dicho a Teia que si volvía la avisara de inmediato, que no dudaría en ofrecerle una plaza en la empresa. Siempre le recordaba lo bien que le iría su vuelta porque no siempre era fácil encontrar guías que
hablaran francés, ahora que a todo el mundo le había dado por el inglés. El momento de regresar a Barcelona había llegado para Teia y el empleo en la agencia de viajes era una buena posibilidad para empezar de nuevo.
Eran las nueve de la mañana. La última vez que había hablado con Pilar, estando aún en París, ya habían quedado en verse. Teia recordó, entonces, la retahíla de argumentos que Pilar le había propinado al saber la noticia de su vuelta: “¡Por fin, niña, ya era hora que volvieras, que es una faena tener una amiga tan lejos! ¡Venga a comer bechameles y cruasanes todo el día, vuelve antes de que se te acabe poniendo un culo como una perola! ¡Si es que dónde vas a estar mejor que aquí! ¡Claro que sí, ole, ole, tú para casa!”. Mientras reproducía aquellos comentarios tan típicos de Pilar, Teia se miraba en el espejo del ascensor y, sin darse cuenta, se fijó en la sonrisa que se le había dibujado en la cara.
recoger a Pilar para ir a desayunar. Al verla entrar en la agencia de viajes, poco antes de las diez, Pilar se quitó el auricular con el que respondía al teléfono, se levantó y fue rápidamente a buscar a su amiga.
- ¡¡¡Niña!!! ¡¡¡Ay, que alegría!!!- exclamó mientras abría los brazos para capturar a Teia con todas sus energías. Se abrazaron y besaron, se miraron y se volvieron a abrazar. A Teia le hacía mucha gracia su amiga. Era grande y voluminosa, y estar entre sus brazos era como volver de alguna manera a la sensación de ser pequeña y estar entre los brazos de tu tía preferida. Todo lo que Pilar tenía de grande, y medía casi metro ochenta, lo tenía de ternura.
- ¿Y así es verdad? ¿Esta vez vuelves para quedarte? - se aseguraba Pilar mirándola, sin soltarla todavía.
- Sí. Vuelvo a casa. Ya estaba bien de tardes nubladas - respondía satisfecha Teia.
aquí con nuestro solecito y nuestras terracitas! ¡Si ellos van locos por escaparse y venirse a que les de el sol! Uy, pero ven, no te quedes ahí. Ven, ven que cojo el bolso y salimos a desayunar y me cuentas que planes tienes y todas esas cosas - dijo Pilar acercándola hasta su mesa cogida de la mano. Allí la soltó, pasó por detrás de la mesa, se dirigió al perchero y cogió el bolso y su gabardina. Teia no había tenido tiempo de decir nada todavía y ya salían de la oficina dejando de guardia un sacrificado cartel de “vuelvo en 10 minutos”.
Fueron a una cafetería cercana, en la que Pilar pidió “lo de siempre” al chico que se cruzó con ellas nada más entrar en el establecimiento.
- ¿Y tú, Teia? - le preguntó Pilar.
- Un café con leche, gracias - le dijo directamente al camarero.
- Y ponnos un par de magdalenas de esas vuestras, una de chocolate y la otra de nueces - y añadió mirando a Teia - ya verás que son
buenísimas, niña.
Se sentaron en la única mesa libre que quedaba.
- Bueno así que, cuenta, cuenta - la animó Pilar.
- Pues nada, que he vuelto. Llegué ayer y, como ya te conté, por ahora me quedaré en casa de Cintia y Marta.
- Ay, sí, y como les va, no las he vuelto a ver desde que vinieron a contratar el viaje de bodas, ¿siguen igual de adorables que siempre?
- Sí. La verdad es que son un encanto y se las ve tan monas juntas.
- ¿Y en París lo has dejado todo arreglado, ya? ––preguntó Pilar.
- Sí. De cualquier cosa que quede pendiente del piso ya quedé de acuerdo con Michelle que se haría cargo ella. Y el resto, poca cosa. Así que, en principio, París ya ha quedado atrás.
- Así me gusta y ahora para adelante. ¿Te ha contestado alguien que tuviera alguna habitación
libre?
- No ––contestó Teia––. Parece que por ahora no ha habido suerte. Una amiga, Irene, me dijo que ella había dejado libre su habitación en el piso que compartía con dos chicas más, pero que las habían llamado y ya la tenían ocupada. Ayer me pasé el día buscando por internet y estuve mirando, pero un piso para mí sola sale muy caro, y para compartir sólo encontré estudiantes, y la verdad es que me da un poco de pereza ponerme a los treinta y cinco años a compartir el baño con jovencitas de dieciocho.
- Sí, la verdad es que sí ––reconoció Pilar––. A mi tampoco me haría ninguna gracia. Lástima… Bueno, pero por ahora puedes estarte con Cintia ¿no?
- Sí, si por ellas no hay problema ––dijo Teia––, pero también me sabe mal. Ya sabes, las parejas necesitan intimidad y esas cosas, así que intentaré encontrar algo lo antes posible. Pero para eso necesito encontrar también trabajo, que los
ahorros, ya sabes, cuestan de acumular pero luego se gastan sin que una se entere.
- Y que lo digas ––asintió su amiga––. Pero por el trabajo creo que sí puedo hacer algo por ti. Que no está la cosa como para dejarse escapar a una mujer guapa que habla inglés y francés... Además, en la facultad tú diste clases de alemán, ¿verdad?
- Sí.
- Y con lo difíciles que son las dichosas declinaciones esas ––siguió Pilar––, que dicen que una misma palabra la cambian según la función que tenga. Yo lo he intentado un par de veces, pero me parece que ya no lo pruebo más. Mira que son complicados, hija, si un microondas tiene la misma función lo pongas como lo pongas, ¡siempre te va a servir para calentar la leche o para descongelar la lasaña! Para qué se complicarán tanto. Y luego, total, si todos hablan inglés. ¡Yo no sé porqué no se pasan directamente y nos ahorramos problemas todos!
- ¡Qué bruta eres, Pilar!- se rió Teia, que se alegraba de recordar como era su amiga de la facultad.
- Bueno, un poco sí. Pero no me negarás que algo de razón tengo.
- Si tú lo dices…
- Oye, no me des la razón como a los tontos - se quejaba divertida Pilar.
Mientras, llegó el camarero, que sonrió al oír el último comentario y dejó las dos tazas y una bandejita con dos magdalenas y un par de cubiertos.
- Gracias - dijeron sonriendo también las dos amigas.
- De nada, que aproveche. - Gracias.
Pilar cogió el azucarillo, lo abrió y lo vertió en su café, mientras Teia hacía lo propio con su café con leche.
- En fin, a ver, lo que nos interesa ––dijo Pilar retomando la conversación––. Ya sabes que
si te interesa a mí siempre me hacen falta guías y, si tú quieres, un sitio es tuyo. Lo único es que las excursiones y salidas suelen ser, principalmente, de jueves a domingo, ya lo sabes. No te digo que no tengas alguna visita por la ciudad entre semana, pero las más de las veces serán en fin de semana. Este trabajo es lo que tiene.
- Sí, ya lo sé, pero en estos momentos no tengo grandes planes y este trabajo me irá genial. Necesito conocer gente y que me toque el aire –– respondió Teia.
- Pues si es por eso te podrás dar más que por satisfecha ––siguió Pilar––. Ahora, no te voy a engañar, el sueldo no es gran cosa. Como se considera que el puesto ya implica trabajar en fines de semana, se cobran como si fueran días normales, y los festivos igual.
- ¿De cuánto estamos hablando? ––preguntó Teia.
- No te lo puedo decir seguro porque el trabajo varía de una semana a otra y siempre se
cobra por días trabajados, y depende de si es todo el día o si sólo vas unas horas con un grupo a algún sitio concreto... Lo que puedes ganar al mes no te lo puedo asegurar, pero bueno, a grosso modo te puedo decir que de media te pueden salir entre 1000 y 1500 euros. En verano, si realmente te interesa trabajar, bastante más.
- Por mí de acuerdo ––aceptó Teia––. Además, parece que en eso voy a tener suerte, se acerca la buena época, ¿no?
- Sí, en eso llevas razón. Es un buen momento para empezar a trabajar en el sector turístico.
- Entonces, ¿de acuerdo? - preguntó Teia alargando la mano a su amiga, al más puro estilo profesional.
- De acuerdo - se la encajó Pilar tras soltar el trozo de magdalena que iba a meterse en la boca - . Bienvenida a la empresa.
- Muy bien ––sonrió Teia satisfecha––. Entonces, ¿ahora qué tengo que hacer?
- Te pediré los papeles para contratarte y eso, pero ya lo arreglaremos. Lo primero que necesitas es volver a estudiar durante unos días.
- ¿Estudiar?
- Sí, bonita. Estudiar ––recalcó Pilar–– ¿O acaso ya te sabes cómo murió nuestro queridísimo Gaudí?
- No ––admitió Teia––, pero ¿lo que interesa a la gente no es lo que hizo mientras estaba vivo? -añadió medio en broma.
- Ay ––suspiró Pilar––, a veces eres más inocente... A la gente le interesa todo, y cuanto más chismoso o más escabroso mejor.
Teia no supo qué decir.
- No te preocupes - retomó la conversación Pilar - , ahora vamos a la oficina y te paso diferentes catálogos y libros de diferentes sitios de interés turístico. Los más representativos para empezar y, luego, si hace falta, ya irás cogiendo tú lo que necesites en cada momento. Pero, por ahora, te pasaré las guías de los edificios más
emblemáticos de la ciudad y de los museos, y tú te los miras. No te creas. Tampoco necesitas grandes cosas, en realidad, al final todos nos quedamos siempre con cuatro detalles y alguna anécdota.
Teia asintió con la cabeza.
Después de desayunar, las dos amigas volvieron a la oficina. Pilar abrió y quitó el cartel que la había estado cubriendo. Una vez dentro, fue cogiendo, de aquí y de allá, libros y revistas, catálogos y panfletos para convertir a una filóloga en guía turística. Cuando lo tuvo todo apilado sobre su mesa, dio un rodeo y abrió el armario que había junto a la pared. Sacó una bolsa de publicidad de la empresa y metió allí todo lo que había recolectado momentos antes.
- Anda. ¡Toma! ¡Ya está! Con esto tendrás más que suficiente ––dijo Pilar alargándole la bolsa ceremoniosamente.
Teia se lo agradeció y estiró las manos para alcanzar el paquete que a simple vista ya se presumía pesado.
- ¿Y cuánto tiempo tengo para saberme todo esto? - le preguntó al notar que los brazos se doblaban bajo el peso de la bolsa.
- Pues lo que tú tardes. Cuánto antes te lo sepas antes podrás empezar. Pero no sé pongamos ¿quince días? ––calculó Pilar–– ¿Te ves capaz de tener cuatro cosas claras de cada uno de los sitios imprescindibles en la visita de un guiri a la ciudad?
- Quince días. Me parece bien. En quince días me lo sabré todo. O casi - sonrió Teia.
- Muy bien. Pues en quince días empiezo a contar contigo. Ya te llamaré y te diré cuando empiezas ¿vale, guapa?
- Vale, y gracias por todo, en serio.
- No tienes que agradecerme nada, tú necesitas trabajo y yo necesito gente con idiomas. El favor es mutuo. De veras ––la tranquilizó Pilar.
- Sí, pero…
- Nada, mujer. Tú ahora estudia mucho y ya verás que todo irá bien. Y si me entero de algún
piso, yo te lo digo.
- Aish, si es que eres un encanto - dijo Teia soltando un momento la bolsa y abrazando a su amiga.
Pilar rió al notarse apresada por Teia, la cabeza de la cual le llegaba al pecho.
- Si necesitas algo más aprovecha ––le recordó–– que ahora mismo me siento generosa. Va. Un pisito en Alicante, un mulato descomunal... Ay, no, que se me olvidaba que a ti eso no te interesa, bueno pues una mulata…
- Qué payasa eres, Pilar ––repuso Teia–– ¡Aish! ¡Si no fuera porque tú no me quieres me quedaba contigo entera!
- Uy, quita, quita ––dijo Pilar––, que mira que yo soy muy grande, y no sé si iba a caber en tu cama…
Teia sonrió mientras se separaba de su amiga y la dejaba por imposible. Sabía que cuando Pilar se ponía guasona no la paraba nadie.
deberes, señorita.
- Eso, tú a estudiar ¡y que no me entere yo que te los copias de alguien!
Teia se había ido acercando a la salida y Pilar, tras ella, le aguantó la puerta mientras se incorporaba a la circulación de los transeuntes.
- ¡Adiós, Listilla!- se despidió Teia. - ¡Adiós, guapa! Cuídate.
- Sí ¡Nos vemos en quince días!
- Oh, si quieres pásate algún día y comemos en casa ––la invitó Pilar.
- Mira empiezo a mirarme los libros y si tengo preguntas ya te llamo y quedamos ––sugirió Teia.
- Muy bien ––asintió Pilar mientras dejaba cerrar nuevamente la puerta–– Adiós.
CORREO NÚM. 3
From:
[email protected] sábado, 7 de junio
To: Pauluna@yajú.esp
Paula… Buenos días,
hoy es sábado por la mañana, y aprovecho que he tenido que venir un ratito al despacho para escribirte, mientras sigo esperando el próximo párrafo que me llegue de ti, y en las horas que a lo tonto a lo tonto me paso pensando…
No creas que por no ser una magnate del mundo del arte, no me vas a resultar interesante. De hecho, toda tú para mí ya lo eres. Además, quién sabe, igual algún día me paso por el museo, así aprovecho también y me culturizo, que ya lo decía mi abuelo: “El saber no ocupa lugar”, lástima que tiempo el sí, y hoy en día nos falta tanto uno como el otro.
En cuanto a las famosas mariposas, la verdad es que es una de las sensaciones más auténticas que podemos vivir; y sí, supongo que la reacción que se tiene ante ella, es miedo, pero un miedo similar al que puedas tener cuando estás a punto de subir a una montaña rusa, de esas que tienen miles de tirabuzones, a cual más retorcido. Quiero decir que a veces tendemos a confundir miedo con alteración y, si tengo que escoger, te diré que me tienes alterada, ya ves.
Otra cosilla, ya debes haber supuesto que soy Sagitario, símbolo, según los entendidos, de la amistad, de la lealtad y, bueno, unas cuantas cosas
más, todas ellas buenísimas. Así que te pido encarecidamente que no dudes de mí. Sería incapaz de tomarle el pelo a nadie en una cuestión como la que nos traemos entre manos. Debes saber que, de todos los contactos, tan sólo me escribo contigo. Ya sé que suena un poco raro, pero es así, no he conectado con nadie igual que contigo, por lo tanto, mi tiempo para esto es totalmente tuyo.
En tu mensaje dices que te da miedo dejarte llevar y lo comprendo, lo que no acabo de entender es que pienses que no puede ser verdad ¿Qué es lo que no puede ser verdad? ¿Que sea tan bueno? ¿La decepción? Sea lo que sea, sólo puedo decirte que no te preocupes, que todo va bien, que vivas esto con todo el ímpetu y energía de que seas capaz, que la decepción casi siempre viene de pensar si habremos hecho lo suficiente. Puedes pensar que vaya rollo te he metido, pero estoy segura de que me entiendes.
descansar el teclado, no sin despedirme diciendo que ahora que sé que no te leeré, te voy a echar de menos. Espero que te lo pases en grande y disfrutes mucho en tu tierra, con los tuyos. Yo, desde aquí, prometo tener muchos pensamientos llenos de energía positiva para ti.
7. TARDE DE LECTURA
De vuelta a casa, Teia descargó la bolsa. Cintia y Marta estaban preparando la comida y Teia se les añadió. Mientras comían les contó que ya tenía trabajo y que se moría de ganas de ponerse a mirar los libros y panfletos que Pilar le había procurado.
Después de comer, Cintia retomó la lectura d e La elegancia del erizo, estirada en el sofá, Marta se estiró en el otro sofá a echarse su siesta diaria de diez minutos y Teia ocupó la mesa del comedor, hojeando libros, desplegando panfletos y saltando de un sitio a otro como si intentara empaparse de todo a la vez. Era su primer contacto con lo que debía ser su sustento, al menos por el momento y quería que todo empezara a serle familiar lo más rápido posible. No obstante, a cada nueva publicación que cogía se hacía más consciente que eran tantas cosas las
que debería memorizar que debería ir asimilándolas poco a poco. Pero eso vendría después, aquella tarde era para abrir uno tras otro cada ejemplar y mirarlo deprisa, como miran los niños los juguetes la mañana de reyes, para emborracharse de la esencia de todo, y luego ya decidiría por donde empezar.
Pasado un cuarto de hora, Marta despertó con la alarma de su móbil. Necesitó unos intantes más para desperezarse y, cuando lo consiguió, miró a un lado y a otro:
- Ostras, chicas esto parece una biblioteca. Qué modositas las dos, cada una con sus cosas.
Cintia y Teia se miraron sin decir nada y sonrieron a Marta.
- Bueno, pues no sé. ¿Qué me sugerís que haga para estar a la altura? Porque yo esta tarde pensaba espatarrarme en el sofá para mirar alguna peli. Pero, tampoco querría molestar.
- No, mi vida, si tú no molestas nunca - respondió Cintia - . Por mí puedes mirar a
ver qué peli echan, igual hasta me añado. Marta miró a Teia.
- Por mí también podéis poner lo que queráis, yo puedo seguir ojeando esto sin problemas.
- Vale - se incorporó Marta.
Cogió el mando, encendió la tele y empezó a mirar si había alguna oferta interesante.
- Mira, aquí echan una de Woody Allen –– pareció interesarse––. Buff, pero empieza dentro de una hora.
- Pues no la pongas ––repuso Cintia––, recuerda que a las seis tenemos que ir para La Fábrica.
- Ostras ¿era hoy?
- Sí. Y recuerda que me dijiste que a ésta te venías - le respondió Cintia sin darle opción a réplica - Teia, ¿tú también te vienes, verdad? - añdió mirando hacia ella.
- ¿Eh? ¿Qué? ¿Dónde? - dijo Teia sacando la cabeza de un callejero del barrio gótico.
- Tenemos reunión con la asociación - la informó Cintia.
- Mmm, no sé, es que ya me había hecho a la idea de pasarme toda la tarde aquí trabajando ––explicó Teia.
- Venga mujer, si aún te puedes estar un par de horas más mirando trípticos y culturizándote y luego, como necesitarás desconectar igual, pues te puedes venir con nosotras.
- Además - añadió Marta - ¿tú no decías ayer que necesitabas que te diera el aire de Barcelona para acabar de dejar atrás todo lo que ya no te hace falta? ¿Y que querías empezar a conocer gente nueva? Pues mejor que hoy, que tendrás a un montón de mujeres a tu alrededor… Y como después nos iremos de cena con las niñas igual hasta ligas y todo.
- ¿Ves? ––intentó convencerla también Cintia–– ¿Qué más quieres? Si es que no nos puedes decir que no.
––Si me lo ponéis así no sé cómo voy a decir que no. La verdad es que sí que me apetece. Pero también me sabe mal irme de fiesta tan rápido, con todo lo que tengo por leer.
- Pero si estás recién llegada, que no hace ni cuarenta y ocho horas que aún pisabas suelo francés, mi vida. Yo creo que puedes relajarte un poquito, a ver si no te nos vas a adaptar bien - dijo Marta burlona.
Cintia y Teia sonrieron.
- La verdad es que tiene razón ––dijo Cintia––. Mira que si no te nos adaptas bien a la ciudad nos vamos a sentir responsables ¿eh?
Teia no dejaba de sonreir.
- Pero como os vais a sentir responsables vosotras, con lo buena gente que sois - y se acercó al sofá a abrazarlas, primero a una y luego a la otra.
- Bueno eso es que te vienes ¿no? - confirmó Cintia.
pasaré toda la tarde buscando cómo murió Gaudí. - Lo atropelló un tramvía - resolvió Marta. Las otras dos la miraron sorprendidas.
- ¿Y tú como sabes eso? - preguntó Cintia. - Oh, baby, yo sé muchas cosas ––respondió Marta.
Teia se rió con ellas y volvió a sentarse a la mesa, frente a su improvisado aparador turístico.
8. UNA CHICA NUEVA
La Fábrica era un local social medio cívico, medio ocupa. Allí se encontraban las mujeres de la asociación, una vez al mes o cuando hacía falta, previo aviso, eso sí, por si no había salas disponibles.
Cintia, Marta y Teia llegaron a las siete. Eva y Helena ya estaban allí.
- Hola chicas - las saludaron. - Hola - respondieron las tres.
- ¿Qué tal? ¿Todo bien? - preguntó Eva. - Sí ¿Y vosotras? - se interesó Cintia. - Bien, bien. Gracias.
- Ella es Teia - dijo Cintia presentándola - , y ellas son Eva y Helena - añadió indicando cuál era cuál.