9 “ D AME UN BESO”
16. J UEGOS DE MIRADAS
Marta pidió un brindis por Teia.
- ¡Por que te vaya muy bien en esta nueva etapa que estás empezando!- dijo después de haber puesto en pie a las dos docenas de mujeres que habían respondido a la convocatoria que por vía e-mail había lanzado Eva. Todas brindaron, las más mirándose a los ojos, que por mucho que las menos se consideraran supersticiosas, sólo la posibilidad de siete años sin sexo intimidaba a cualquiera.
Tras el brindis, Cintia abrazó a Teia. Hacía sólo dos días que había empezado su nuevo trabajo como guía turística. Cintia recordaba lo nerviosa que Teia se había levantado y la tila que se había tomado para desayunar la primera
mañana. Y aquel mismo día Teia había llevado todas sus pertenencias a su nuevo hogar. Había estado con ellas un par de semanas, pero a Cintia le gustaba tener a su amiga en casa, y se le había hecho corto aquel tiempo. Se reían compartiendo cotilleos mientras se ocupaban de las tareas en la cocina, recordando batallitas en la cena y planeando cosas para ese futuro inminente que volvían a compartir, como por ejemplo la tarde de playa y voley que habían planeado para el día de San Juan. Le daba un poco de vergüenza sentirse algo mamá con su amiga, pero no podía evitarlo, la había echado tanto de menos mientras había estado en Francia que ahora que había vuelto y la había tenido en casa le había vuelto el miedo a volverla a perder. Necesitaba abrazarla.
Durante la cena, las conversaciones fueron de un lado a otro de la alargada mesa que ocupaban platos de ensaladas, quesos, embutidos y patés que, junto con sus correspondientes cestitos llenos de rebanadas de pan, se
amontonaban vencidos a los pies de las diversas botellas, unas medio llenas, otras medio vacías.
Mireia estaba sentada junto a Sara, y frente a ella estaba Cintia, que tenía a un lado a Marta y al otro a Teia, que a su vez se sentaba frente a Sara. Desde la otra punta de la mesa llegó una conversación sobre si algunas preferían en la cama a una mujer experimentada o a una chica joven. La mayoría decía que se priorizaba la experiencia. Una de las comensales, Natalia, que parecía no acabar de creerse que ninguna eligiera tirarse a una tía buena de veintitantos, llamó la atención sobre Mireia, por ser la más joven de la mesa con quien tenía suficiente confianza como para serle directa.
Mireia admitió que, para su desgracia, parecía ser verdad eso de que en general se prefería a mujeres mayores antes que a las más jóvenes.
- Yo tengo veintisiete y a mi aún me siguen diciendo que no porque se me ve demasiado joven
––dijo resignada.
- Pues, mi vida ––dijo Natalia sin dudar––, si tu quieres yo te doy una clase de lo que tú quieras cuando tú quieras.
Mireia quedó sorprendida por el comentario de Natalia, que la había pillado totalmente desprevenida. Sin darse cuenta miró instintivamente a Teia, que por primera vez la miraba fijamente. Mireia sonrió con complicidad y, sin mucho esfuerzo, las diversas conversaciones siguieron normalmente entre las comensales.
No obstante, algo había cambiado, desde ese momento. Algo en Teia se había movido sin esperarlo. Todo el interés que había puesto Mireia a lo largo de la cena en llamar su atención no había movido un ápice la roca de aquella entrada y, de repente, Natalia la había barrido de un solo soplido sin ni siquiera proponérselo. Al sentir las palabras de aquella mujer a quien Teia no conocía, algo se le había despertado por dentro y la mirada que se encontró Mireia era la invitación de Teia
para conocerla y ser conocida. Si alguien tenía que enseñarle algo a Mireia, y dudaba que fuera así, lo que fuera se lo iba enseñar ella.
La hora de irse para el casal, había llegado. Salieron del restaurante y se dirigieron calle abajo, hasta la primera esquina, y luego anduvieron unos metros más. Al llegar al casal se sorprendieron porque más chicas se habían añadido a la convocatoria. Entre ellas Úrsula, que al ver a Teia fue hacia ella. Todas entraron y fueron ocupando los lugares que habían quedado libres en los laterales. Los asientos formaban una U. Teia se sentó en una de las bandas, y a su lado se colocó Úrsula, que intercambió con ella algunas frases.
Sara y Mireia se colocaron al otro lado, frente a ellas, en las últimas sillas desplegadas que quedaban libres.
Tras una breve presentación que Eva se había preparado para darle más importancia a la velada, se atenuaron las luces y empezó la película.
Mireia, como el resto de mujeres que había en la sala, se sentó para seguir la historia de una mujer que en los ochenta había luchado por vivir su vida más allá de las convenciones. Frente a ella, Teia, una mujer que llamaba su atención irremediablemente. Y la atención de la cual quería para sí. Tenía, entonces, dos opciones: mirar la película o mirarla a ella. Y la opción era clara. Mireia miró a Teia en diversas ocasiones. La primera vez que se sintió interceptada desvió la mirada hacia la pantalla simulando estar siguiendo la película, con un interés totalmente ficticio. Al notar que la mirada de Teia volvía a la pantalla la suya volvió a salir de ella. De nuevo fue interceptada. Era evidente que Teia sabía que la estaba mirando, así que podía dejar de mirarla o mantenerle finalmente la mirada y esperar que fuera Teia quien impusiera el siguiente movimiento. Esta vez, Mireia no dejó de mirarla, y Teia la miró fijamente a su vez. Se quedaron unos instantes así, hasta que la mirada de Úrsula
también dejó de mirar la pantalla y se paseó primero por la de Mireia y de allí resiguió el recorrido que ella había trazado hasta llegar a Teia que estaba justo a su lado. Se interrumpió momentáneamente el juego. Mireia había vuelto a mirar la película durante unos instantes cuando sintió que Teia llamaba su atención en silencio. Giró de nuevo su rostro y encontró a Teia mirándola con una dulce sonrisa. Siguiendo con el juego de nuevo, dejó de mirarla y simuló interesarse por la pantalla, para acabar claudicando y aceptando las tablas, antes de encontrarse frente a frente con los ojos de Mireia.
El resto de mujeres, de imágenes, de silencios, dejaban de existir y ellas se miraban sin tapujos simulando sorprender o ser sorprendidas.
Y acabó la película. Mireia debía marcharse, se había olvidado del tiempo y debía darse prisa para no llegar demasiado tarde a la discoteca. Nada más encender las luces miró el reloj y, al ver la hora, miró instintivamente hacia