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Manuel Dannemann y la ciencia del “folclore”

Dentro de los académicos que más han teorizado en torno al concepto de folclore está Manuel Dannemann. Antropólogo de profesión, inició su carrera universita- ria en la década de 1960 y ha tenido una obra prolífica en publicaciones, buscando siempre vincularse a la labor realizada por Lenz, tanto en las materias en estudio como en el afán organizativo, pues ha sido él quien ha mantenido en funciona- miento la Sección de Folklore de la Sociedad de Historia y Geografía.

En los años sesenta inició esta faceta al alero del Instituto de Investigaciones Mu- sicales de la Universidad de Chile y utilizando como plataforma la Revista Musi- cal Chilena, abordando temáticas como fiestas religiosas, formas musicales, oficio

de los poetas y cantores populares, formas poéticas como el romance, entre otras. Ya en 1964 publicó junto a su compañera de trabajo Raquel Barros una guía para la investigación del folclor, en la cual esbozó los primeros elementos de su plan- teamiento teórico, pues puso el énfasis en el “comportamiento folclórico” más que en un grupo social. Como ha señalado Marta Blache, Dannemann fue inno- vador en el contexto latinoamericano al apartarse del debate sobre la definición del pueblo (folk) y concentrarse en los materiales a recopilar (lore)50. Así, en el

texto mencionado, los autores propusieron abandonar el estudio descriptivo que se venía realizando y profundizar en la comprensión del folclor a partir de la “cultura folclórica”, enfatizando en los “hechos” y “comportamientos” sociales.

[...] Nuestro planteamiento metodológico [...] considera que la esencia del folklore emana del comportamiento del elemento humano, cuya co- hesión en torno a la práctica de los hechos constituye las comunidades folklóricas. El comportamiento folklórico es un complejo de funciones culturales que satisface la necesidad de expresión tradicional por medio de bienes comunes, capaces de representar y aglutinar a una comuni- dad [...] dicho comportamiento se traduce en un estado anímico que se exterioriza en los fenómenos, otorgándoles su carácter folklórico. En se- gundo término, se demuestra la índole integral del folklore, que siempre está expuesta a discordancias si se le juzga conforme a los hechos51.

50 Blache, op. cit., p. 254.

51 Dannemann, Manuel y Raquel Barros, “Guía metodológica para la investigación folklórica”, Revista Mapocho, Tomo II, Nº. 1, 1964, pp. 173-174.

Un par de años más tarde, Dannemann volvió a definir el objeto de estudio de la “ciencia del folklore” a partir del concepto de “comportamiento” social:

Entiendo por folklore el comportamiento de una comunidad folklórica, vale decir, el usufructo tradicional de los bienes culturales que, con res- pecto a ella, hayan adquirido la calidad funcional autónoma de comu- nes, propios, aglutinantes y representativos52.

Dicho comportamiento, entonces, se hace “folclórico” en la medida que responde a las funcionalidades mencionadas, las cuales aclara en el mismo escrito:

Lo de común debe entenderse en el sentido de acervo comunitario es- piritual, en cuanto a producto de etapas de selección, simplificación y re-creación; lo de propio, corresponde a la posesión tradicional que ejer- cen los miembros de una comunidad folklórica sobre los bienes que los congregan; lo de aglutinante, porque, infaltablemente, en diversos gra- dos actúan fuerzas de vinculación entre los integrantes de una comuni- dad folklórica, dada la participación que les cabe en un usufructo tradi- cional; y lo de representativo, en virtud de la depuración y consolidación de caracteres que suscitan en las cosas folklóricas rasgos genuinos53.

Otra característica importante fue la definición de comunidad, la cual no alu- día a un grupo humano geográficamente asentado sino que correspondía a un conjunto de personas que participaban en el comportamiento folclórico, el cual aparecería según su funcionalidad:

Se trata más bien de una incorporación o participación de una o más personas en un comportamiento configurado y consagrado por el usu- fructo tradicional de bienes con función autónoma de comunes, pro- pios, aglutinantes, y representativas respecto de esas personas. Por lo tanto, cuando cesa el comportamiento folklórico —reunión para

52 Manuel Dannemann, “Atlas del folklore chileno. Metodología General”, Revista Musical Chilena, vol. 26, Nº. 118, 1972, p. 6.

narración de cuentos, o faena comunitaria de cosecha en beneficio de uno de los participantes— desaparece la comunidad folklórica54.

Treinta años después, sistematizó sus reflexiones en una enciclopedia compilato- ria de su labor, donde volvió sobre la definición recién presentada:

Todas las acepciones y todas las tareas concernientes al estudio del fol- clore emanan de la percepción e interpretación de una realidad: de la cultura folclórica, que en oportunidades anteriores el autor ha denomi- nado folklore-vida. Ella está compuesta por conductas habituales que

funcionalmente efectúan personas de todos los grupos humanos, como muy propias de éstos, no para exhibirlas ante un público sino que para satisfacer sus necesidades espirituales y materiales en su ambiente, si- guiendo tradiciones muy representativas de su identidad55.

En este documento reconoció que el concepto folclor está en desuso en el mun- do académico nacional, lo que no sucedía en otras partes del mundo donde aún se conservaban y trabajaban los institutos y secciones de folclor universitarias56.

También volvió sobre el concepto de comunidad folclórica definiéndola como “el objeto de estudio de la Ciencia del Folclore”, y sobre la cual han actuado —duran- te el siglo XX— siete tendencias académicas, políticas y culturales: investigación, docencia, proyección, aplicación, intervención, conservación y preservación57.

A pesar de reconocer la constante intervención en la “comunidad folclórica” y, por ello, en el desarrollo de los “comportamientos folclóricos”, Dannemann no abandonó la convicción de definir folclore como una manifestación “pura”, es decir, “sin intervenciones o deformaciones”; lo que sí se puede detectar, según su planteamiento, es el “grado de pertenencia identificatoria” de un hecho folclórico con los integrantes de la comunidad. Y también el grado de flexibilidad de esos hechos, pues para una comunidad puede ser folclórica, pero no necesariamente es así en otras comunidades58:

54 Ibíd., p. 7.

55 Manuel Dannemann, Enciclopedia del folclore de Chile, Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 1998, p. 17.

56 Ibíd., p. 13. 57 Ibíd., p. 17. 58 Ibíd., p. 49.

Los comportamientos folclóricos y los bienes que los materializan pueden adoptar cualquier forma, así como cualquier contenido; su funcionalidad básica tiene la misma amplitud que la de cualquier otra instancia de la cultura, su proceso de enseñanza-aprendizaje, su comu- nicación y su propagación muestran distintos procedimientos, aunque mayoritariamente el empírico-oral; su duración en un evento puede ser larga hasta fugaz, su permanencia temporal en un grupo, breve o pro- longada. Por lo tanto, estos factores no son, en rigor, determinantes para la cultura folclórica, pero sí lo es, en gran medida, el de la pertenencia, con su repercusión en el de la identidad, la cual en el folclor llega a su más alto grado59.

Así, concluye señalando que la cultura folclórica es un “sistema” donde los ele- mentos mencionados intervienen dinámicamente en el tiempo y en el espacio. Esta teoría, cuyos inicios provienen de la década de 1960, se mantiene vigente para Dannemann y ha sido transmitida en talleres y cursos realizados a integran- tes de agrupaciones artísticas y profesores de música y danza folclórica, espacios donde este concepto se niega a desaparecer.