En Memorias de una joven formal, el primer volumen de su obra autobiográfica,
Beauvoir relata sus primeros veinte años de vida y su temprana vocación de es- critora; en las páginas de ese libro se lee entonces la persistente inquietud de una joven Beauvoir que quiere tocar el porvenir y moldearlo con sus manos, aquellas con las que escribirá su vida: “Mi vida sería una hermosa historia que se volvería verdadera a medida que yo me la fuera contando”8. En La plenitud de la vida, el
segundo volumen de su autobiografía, Beauvoir relata la realización de ese deseo y de ese proyecto que la animó desde su juventud: “abrazarlo todo y testimoniar todo”9, deseo y proyecto que concretó con una vasta, diversa y no poco polémica
obra escritural. En el libro que siguió a Memorias… y a La plenitud de la vida,
leemos la misma determinación a vivir la existencia en libertad; sin embargo, en
La fuerza de las cosas, ha acontecido un cambio que transforma de modo irreme-
diable su vida: el tiempo ya no está delante de ella, sino atrás. Beauvoir escribe: Todas las páginas, todas las frases exigen una invención fresca, una de- cisión sin precedentes. La creación es aventura, es juventud y libertad. Pero en cuanto abandono mi mesa de trabajo, el tiempo transcurrido se congrega detrás de mí. Tengo otras cosas en qué pensar; bruscamente me precipito en mi edad. Esta mujer ultra madura es mi contemporá- nea: reconozco este rostro de muchacha demorada en una vieja piel.10
8 Simone de Beauvoir, Memorias de una joven formal, Buenos Aires, Debolsillo, 2010, p. 172. 9 Simone de Beauvoir, La plenitud de la vida, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1970, p. 29. 10 Simone de Beauvoir, La fuerza de las cosas, Buenos Aires, Debolsillo, 2011, p. 744.
Beauvoir describe así la experiencia del “propio” envejecimiento como la de una experiencia del tiempo “demorada” o retrasada con respecto a sí misma: una ex- periencia de “vieja piel” que la pone, en cierta manera, fuera de sí y la hace habi- tar a la fuerza en un límite que le recuerda el hecho de la ineluctable finitud:
Lo más importante, lo más irreparable que me ha sucedido desde 1944 es que −como Zazie−, he envejecido. Esto significa muchas cosas. Y ante todo que el mundo a mí alrededor ha cambiado: se ha achicado y enco- gido. Ya no olvido que la superficie de la Tierra es finita, finito el número de sus habitantes, de las esencias vegetales, de las especies animales y también el de los cuadros, libros y monumentos que en él están deposi- tados. Cada elemento se explica por ese conjunto y solo remite a él: su riqueza también es limitada.11
Y, unas páginas más adelante, leemos también la determinación que le impone su vejez, una pérdida de la libertad y de un cierto tiempo:
¿Qué veo? Envejecer es definirse y reducirse. Me he debatido contra las etiquetas; pero no he podido evitar que los años me aprisionen […]. He vivido tendida hacia un porvenir y ahora, recapitulo, en el pasado: se diría que el presente ha sido escamoteado. Durante años he pensado que mi obra estaba ante mí y he aquí que está detrás; en ningún momento ha tenido lugar.12
Este raro tiempo de la vejez, que se sustrae a la plenitud del presente y a la posi- bilidad de un acontecimiento por venir, estará vinculado de un modo particular al cuerpo, el que inscribe una distancia en las vivencias de la misma Beauvoir, a la vez que le impone tristes renunciamientos. Y con ello su cuerpo no solo la exhorta a pensar la finitud, sino que la obliga a vivirse como siendo nada más que un cuerpo:
Sí, ha llegado el momento de decir: ¡nunca más! […]. Nunca más me des- plomaré aturdida de fatiga, en el olor del heno; nunca más me deslizaré
11 Ibíd., p. 741. 12 Ibíd., p. 743
solitaria por la nieve de las mañanas. Nunca más un hombre. Ahora, tanto mi cuerpo como mi imaginación han tomado su partido. Pese a todo, es extraño no ser más que un cuerpo; hay momentos en que esta extrañez, por su carácter definitivo, me hiela la sangre. Lo que me mo- lesta, mucho más que estas privaciones, es no encontrar en mí deseos nuevos: se condenan a sí mismos antes de nacer en ese tiempo rarificado que es desde ahora el mío […].
Lo único a la vez nuevo e importante que me puede acontecer es la desdicha.13
Así, Beauvoir parece “asumir” su vejez con tristeza y rebeldía, dos modos que, como ella misma afirma, constituirían las formas en que la mayoría de los hom- bres y las mujeres la acoge.14 Pero, ya antes ella se rebelaba contra esa vejez que
veía precipitarse en los otros. Así leemos en Una muerte muy dulce, texto en el
que relata la vejez y la muerte de su madre, y que abre con los siguientes versos de Dylan Thomas: “No entres con tranquilidad en esta buena noche. La vejez de- bería arder de furia, al caer el día; rabia, rabia contra la muerte de la luz”15. A
estas primeras emociones dolorosas y coléricas frente a la vejez de los otros y ante la suya, le seguirá una especie de resignación “voluntaria” profundamente significativa; porque, como veremos más adelante, el cruce entre la “propia” ex- periencia vivida y la de los otros suscitará en Beauvoir un pensamiento sobre su/ la vejez entendido, a la vez, como una asunción de la “condición humana”. En una
entrevista del film Simone de Beauvoir: por ella misma (dirigido por Josée Dayan
y Malka Ribowska), Beauvoir responde de esta paradójica resignación: C. LANZMANN: Quisiera comprender un poco mejor cuando dices que la angustia ha desaparecido. ¿Qué quiere decir eso? ¿Que uno se ha ade- cuado, en cierto modo, a la situación en que vive?
S. DE BEAUVOIR: Sí, pienso que es eso […].
La angustia ha desaparecido y, en cierto modo, la rabia. Me acuerdo que cuando escribí un libro sobre la muerte de mi madre, había des- tacado unos versos de Dylan Thomas que me gustaban mucho […]. Y yo pensaba que había que rabiar de algún modo. ¿Pero contra
13 Ibíd., pp. 745-746.
14 Simone de Beauvoir, La vejez, Buenos Aires, Debolsillo, 2011, p. 665.
quién? […]. No puedo enfurecerme contra un Dios en quien no creo, no puedo enfurecerme contra mis células y contra mi cuerpo, que son como los de todo el mundo a mi edad, luego no tengo ningu- na razón para sentir rabia ni… en el fondo para angustiarme. En- tonces ya no existe, como antes, o la plena luz o la oscuridad […]. Ha sido de manera voluntaria que he renunciado a enojarme contra mi condición que, en suma, es la condición humana.16
La extraña resignación o aceptación que se deja leer en este extracto es la cues- tión de cómo acoger esa experiencia demorada que es la vejez, pues ella parece
ser la experiencia de una impropiedad: algo así como la de un cuerpo que no habitamos, sino que más bien nos habita (y sin que tengamos poder o soberanía
sobre él). En La ceremonia del adiós, Beauvoir escribe los últimos años de quien
fuera su compañero de vida, Jean-Paul Sartre. Aquella narración entremezcla pa- sajes de unas vidas consagradas a la escritura y a la política y, al mismo tiempo, episodios de una decadencia física que afectaba a Sartre. Según Beauvoir, si bien él se abocaba (todavía) con decisión a una de las tareas que estimaba como más urgente —la del intelectual políticamente comprometido—17, también “sentía
una difusa inquietud a propósito de su cuerpo, su edad, la muerte”18. Beauvoir
nos describe, asimismo, una escena en donde obliga a Sartre a revelarle la incon- tinencia urinaria que padecía desde hace algún tiempo, y que la hizo ser cons- ciente de la irreversible degradación de la vejez:
Entonces le dije:
−Usted tiene incontinencia de orina. Hay que decírselo al médico. Me quedé estupefacta cuando me respondió con un tono completamen- te normal:
−Ya se lo he dicho. Hace tiempo que esto dura: son unas células de menos. […] le pregunté si su falta de control no le incomodaba. Sonriendo me respondió:
−Hay que ser modesto cuando se es viejo.
16 Simone de Beauvoir, Simone de Beauvoir: por ella misma, Buenos Aires, Losada, 1982, pp. 97-100. 17 Cfr. Simone de Beauvoir, La ceremonia del adiós, Barcelona, Edhasa, 2008, p. 55.
Me conmovió su simplicidad, esta modestia tan nueva en él, y al mismo tiempo me apenó su falta de agresividad, su resignación.19
La vejez de los otros no es, aquí, simplemente el objeto de una meditación por
parte de un sujeto, porque ella resulta fundamental para la propia experiencia de la vejez. Según Beauvoir, la vejez no puede ser más que acogida desde los ojos de la
alteridad: son los otros los que reconocen en nuestro cuerpo los signos del tiempo, antes de que nosotros mismos podamos percibirlos. La escritora nos confiesa su estremecimiento cuando, a los 50 años de edad, una estudiante le contó la impre- sión que una compañera suya tuvo al momento de conocerla: “¡Pero entonces Si- mone de Beauvoir es una vieja!”20. Y frente a este recuerdo, Beauvoir dice: “Es ló-
gico, puesto que en nosotros es el otro el que es viejo, que la revelación de nuestra edad nos venga de los otros. No la aceptamos de buen grado”21. La mirada de los
otros nos pone así frente a una experiencia inaudita: aquella que acontece al suje- to sin que pueda asumirla completamente, sin que pueda reconocerse plenamente en ella, como si fuera sujeto y objeto a la vez. Es por ello que Beauvoir dirá que
[…] la vejez pertenece a esa categoría que Sartre ha llamado los irrealiza- bles […]. Lo que somos para los demás nos es imposible vivirlo a la ma- nera del para sí […]. La vejez es un más allá de mi vida del que no puedo tener ninguna experiencia interior plena”22.
Y, sin embargo, añade: “[…] esa vejez que somos incapaces de realizar, tenemos que vivirla. Y ante todo la vivimos en el cuerpo.23
La vejez parece poner en escena un cierto desarme del sujeto que se quiere ple- no, activo y soberano, y es, quizás, por esta razón que ella ha sido invisibilizada. El anudamiento entre la experiencia de su vejez y la de los otros llevará a Beau- voir aún más lejos, pues desde ello repensará también la “condición humana” y la exclusión de viejos y viejas de ésta. Si vivimos ante todo la vejez en el cuerpo, no podemos olvidar lo que la misma Beauvoir nos ha enseñado: el cuerpo no es solo un hecho biológico, él es político. Porque en torno al viejo cuerpo, la so- ciedad impone modos de pensar, de vivir y de relacionarse con otros, al tiempo
19 Ibíd., p. 73.
20 La vejez, op. cit., p. 357. 21 Ídem.
22 Ibíd., pp. 360-361. 23 Ibíd., p. 373.
que guarda un concertado silencio sobre la edad senil. Es por esto último que, en la introducción de su ensayo titulado simplemente La vejez (casi idéntico en
su estructura y en su extensión a su célebre ensayo El segundo sexo), Beauvoir
explicita que escribe este libro “para quebrar la conspiración del silencio”24. Y en
ese mismo lugar, señalará que:
Para la sociedad, la vejez parece una especie de secreto vergonzoso del cual es indecente hablar25;
Si los viejos manifiestan los mismos deseos, los mismos sentimientos, las mismas reivindicaciones que los jóvenes, causan escándalo; en ellos el amor, los celos parecen odiosos o ridículos, la sexualidad repugnante, la violencia irrisoria.26
Son las dimensiones social, cultural y política las que esta vez Beauvoir querrá examinar, visibilizando la situación de aquellos y aquellas que, considerados como “cadáveres ambulantes”27, según la dura expresión usada por Beauvoir, han
sido relegados fuera de la humanidad. Para quien ha leído El segundo sexo o, al
menos, sabido algo respecto de la reflexión sobre la “condición femenina” que Beauvoir despliega allí, resulta evidente que esta exclusión de la condición hu- mana es, por excelencia, la situación de las mujeres. Y es por ello que el exilio de viejos y viejas podría ser, analógicamente, comprendido a partir de aquel otro exilio (que, tal vez, no es tan otro), pues se funda también en la determinación fatal de su encarnación: viejos y viejas (tal como las mujeres) han sido considera- dos y definidos ante todo como cuerpos y, entonces, como lo otro del sujeto, una alteridad—objeto que los relega más acá de una razón (masculina) que se quiere universal y etérea. Recordemos El segundo sexo:
La mujer tiene ovarios, útero; son condiciones singulares que la encie- rran en su subjetividad; se suele decir que piensa con las glándulas. El hombre olvida olímpicamente que su anatomía también incluye hormo- nas, testículos. Percibe su cuerpo como una relación directa y normal con el mundo, que cree aprehender en su objetividad, mientras que con- sidera el cuerpo de la mujer lastrado por todo lo que la especifica: un
24 Ibíd., p. 8. 25 Ibíd., p. 7. 26 Ibíd., p. 10. 27 Ibíd., p. 13.
obstáculo, una prisión […]. Y ella no es más que lo que el hombre decida […]: para él, es sexo, así que lo es de forma absoluta […]. Él es el Sujeto, es el Absoluto: ella es la Alteridad.28
En La vejez, Beauvoir escribirá en un tono similar:
En tanto que la vejez aparece como una desgracia: aun entre las gentes a las que se considera bien conservadas, la decadencia física que entraña salta a los ojos […]. Antes de que nos caiga encima, la vejez es algo que solo concierne a los demás. Así se puede comprender que la sociedad logre disuadirnos de ver en los viejos a nuestros semejantes.29
Beauvoir exhorta a reconocernos en ese viejo y en esa vieja, porque solo así, pre- cisa, es posible asumir en su totalidad nuestra condición humana.30 Sin embargo,
quizás haya que empujar más allá la meditación beauvoriana en torno a la vejez, precisamente desde una reconsideración de aquello que sea asumir o reconocer- se. Porque la experiencia de la vejez figura una alteridad, pero que no es solo
aquella que Beauvoir asimila, tal vez, demasiado a prisa a la categoría de “objeto”. Si la vejez constituye esa experiencia demorada, ella bien puede ser el ejemplo del
hecho de que no hay nunca experiencia interior plena de una subjetividad, pues toda interioridad es desde siempre una relación con el cuerpo, en un presente que es también desde siempre un “tiempo rarificado”. Quizás la vejez sea aquello que, por excelencia, recuerda que la subjetividad es algo así como una experiencia
de la alteridad en mí y que el cuerpo no cesa de decir, aún en su pretendido olvido
o silenciamiento.
28 Simone de Beauvoir, El segundo sexo, Madrid, Ediciones Cátedra, 2011, p. 50. 29 La vejez, op. cit., p. 11.
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