El abordaje del trabajo reflexivo y original en la última edición de Conversaciones con Enrique Lihn es afín a la propuesta de Friedrich Nietzsche en El Ocaso de los Dioses, donde emparienta la vida contemplativa con una pedagogía del mirar, lo
que significa
acostumbrar el ojo a mirar con calma y con paciencia, a dejar que las cosas se acerquen al ojo, es decir, educar el ojo para una pro- funda y contemplativa atención, para una mirada larga y pausada (citado por Han, 2012: 53).
Es un ritmo necesario en este texto, que indaga en los tránsitos del ser humano y en las poéticas de la creación, cuya forma y contenido son insolubles, por su pro- fundo perfil humano. Desde su presentación como objeto infrecuente, distinto y artesanal, sugiere el tipo de lectura a la que se verá enfrentado el lector. Se trata
de una obra exigente y elaborada en el tiempo, cuya presencia histórica, basada en la memoria y la intertextualidad, requiere una atención sostenida, una energía mental y una manualización del conocimiento de “procesos sensoriales, cogniti- vos y motores continuos que deben ser sincronizados con exactitud en el tiempo” (Lanier: 25). Procedimientos relacionados con la lectura de un texto impreso, ca- racterizada por Anne Margen, catedrática de literatura, citada por Nicholas Carr, como un acto multisensorial, visual y táctil, en el cual hay un vínculo entre “la experiencia sensoriomotriz de la materialidad de una obra escrita y el procesa- miento cognitivo del contenido del texto” (2014: 114). En este sentido, la presencia de las voces personales y eruditas de Lihn y Lastra configura la obra como un um- bral hacia la fascinación del pensamiento de lo vital que, muchas veces, necesita ser descifrado. Por medio de la introspección y reflexión intelectual se desarrolla la abstracción y la creatividad, donde el artificio del texto es también un artificio de lectura. Como señala, Gomes (1991), el ritmo de la obra es pausado y sin ansias de llegar a conclusiones en una atmósfera íntima y acogedora para el lector. De modo tal, las conversaciones evocan sus orígenes como género que
alguna vez fue una forma de ir creando, persona a persona, un mundo de referencias: lo que un joven escritor decía, en este mismo suplemento hace algunos días, que era la cultura que le faltaba a la generación (Valdés, 1990). Por esto, el lector es atraído a “sentarse más cerca” (Iris, 2010) e interactuar en las experiencias humanas y poéticas compartidas, entre los críticos y poetas, para desplegar su capacidad imaginativa, desenvolver su capacidad crítica en el espa- cio literario y crear su propia visión de lectura, donde “no abunda en novedades; es rico en el retorno siempre distinto de lo mismo” (Lastra, 2014: 168). Sin duda,
Conversaciones con Enrique Lihn es una apuesta a una lectura inclinada a la se-
rena condición humana y a la distinción sublime de una obra aurática ligada a la lectura singular, prolongada y concentrada, que deriva en que el lector “hace sus propias asociaciones, saca sus propias inferencias y analogías, desarrolla sus propias ideas. Piensa profundamente porque lee profundamente” (Carr, 2014: 85) Sin duda, la adecuada forma del soporte material de Conversaciones con Enrique Lihn en su última edición está en sincronía con el despliegue de un discurso ince-
sante y creativo, mediatizado por la palabra, que habita la memoria y el lenguaje poético, según el propio Lihn. Por ejemplo, en el análisis del poema “La derrota”, Enrique Lihn indaga en una temporalidad y persistencia en el tiempo, constitui- da por un mundo poético paralelo a lo real, que explora “otra dimensión de la experiencia: la de la incertidumbre de lo real y también de la memoria” (Lastra, 2014: 38). Es la llamada “poesía situada” en que
el tiempo actual reitera el pasado, lo presentifica. Se trata de un tiempo, pues, que pasa y no pasa, que se extiende más y más hacia ese pasado a medida que avanza hacia el futuro (2014: 46).
En este sentido, la obra requiere relecturas de desciframiento en el acto de la conversación y funciona como un objeto orgánico, cuya memoria, procesada en el tiempo, se relaciona con el planteamiento de Jared Lanier sobre el libro impre- so, en tanto “un objeto físico será plenamente intenso y plenamente real hagas lo que hagas con él […] es que resulta imposible representarlo del todo” (173). En este caso, es la imposibilidad de capturar la vitalidad del pensamiento en imágenes mercantilizadas y, más bien, inscribir Conversaciones con Enrique Lihn dentro
de la categoría del “libro vivo” que propone Francois Meyronnis en El eje de la Nada (2003), en tanto está “en estado de perpetua actividad, siempre en proce-
so de escribirse. Un libro mallarmeano que “solo ha tenido lugar: hecho, siendo” (462). En este punto, el libro de Lastra reside en una zona intermedia entre la realidad y la representación, permitiendo virtualidades de la experiencia en que “la imaginación literaria se alimenta continuamente de los datos de la experien- cia en su esfuerzo por complementarlos” (Lastra, 2014: 54). Incluso, en términos de Philippe Sollers, citado por Frédéric Badré en El futuro de la literatura (2003),
hablaremos de “la literatura como una experiencia espiritual, fundada en el len- guaje” (116), lo cual le da un significado nuevo a la literatura y requiere de los libros una forma-energía que explora y explota diversos espacios y tiempos hacia límites expresados en un lenguaje transgresor; es decir, relacionado con “el estilo insurreccional” de Guy Debord, recuperado por Meyronnis:
cuando hay escritura e incluso memoria de todo lo que ha sido escrito, memoria hoy día prohibida a los vivos de la especie humana […] ¡hay que vivir esta memoria! ¡Deviene esta memoria! No la dejes a distancia y bajo una forma congelada. ¡Reintrodúcela en la circulación para que ella opere a la manera de un explosivo! Reintrodúcela como una pre- sencia permanente posible, al precio de una REESCRITURA CONSTANTE (2003: 304-305).
Entonces, ¿es el trabajo de Pedro Lastra acaso una reescritura constante de Con- versaciones con Enrique Lihn? Por supuesto, la descripción mencionada es equi-
valente a las continuas y adecuadas variaciones en las ediciones realizadas por Lastra, en busca de la persistencia del vigor de la obra y la reafirmación de su carácter aurático, que, sin duda, la singulariza en el instante de su producción y la hace perdurar en forma metonímica en esta cuarta reedición, cuyo rito de
hojear con lentitud nos regresa al pasado de su concepción. Como en el poema de La pieza oscura de Enrique Lihn, donde el poeta vincula la memoria y el len-
guaje poético a los límites de la experiencia de la infancia, su imposibilidad de reconstrucción y su evocación textual en el proceso poético. Así, leemos, que la escritura es “una instancia a favor de la memoria, de la sedimentación en ella de la palabra poética” (37). De igual modo, la última edición de Conversaciones con Enrique Lihn enaltece la noción de libro vivo o libro energía del estilo in-
surreccional cuando Lastra incorpora el texto de Adriana Valdés que alude a la asombrosa concordancia poética entre dos poemas, uno de Enrique Lihn, escri- to entre mayo y junio de 1988, y descubierto entre los manuscritos de Diario de muerte (1989) y uno de Pedro Lastra, escrito en junio de 1988, sobre la muerte de
Lihn, en las que rescatamos los siguientes versos:
Pedro Lastra definió esta plausible concomitancia en la presentación del libro como “un testimonio de esto que puede llamarse un caso de sincronía poética de comunicación poético-espiritual” (Valenzuela, 2014). Para nosotros, la base de la vitalidad de lo humano en la literatura.
enemigo monta guardia en él sin pegar una sola pestañada dueño y señor de la ciudadela tomada
(Lihn, mayo-junio, 1988)
Tal vez debieras regresar
a compartir la suerte de los míos en la plaza sitiada
[…]
Yo tendré mi papel como sobreviviente.
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* Una primera versión de este texto fue presentada en el Seminario Pensamiento Afrocari- be, realizado en la Universidad Nacional Autónoma de México el 10 de marzo de 2016, en el marco del proyecto foNDECyT 1150278, “Filosofía y Literatura en América Latina (fines del siglo xIx y primeras décadas del xx)”. Agradezco a Hugo Herrera Pardo por su lectura y comentarios del texto.
** Magister en Estudios Latinoamericanos. Universidad de Chile.