El matadero donde se sacrifica el ganado que hemos tomado como ejemplo está herméticamente cerrado contra testigos. Por dentro, está definido con precisión el camino del horror para los animales. Después del transporte del ganado, la mayoría de las veces con los animales castigados por el hambre y la sed, estos deben esperar en unos cubículos muy estrechos; posteriormente, son conducidos por angostos pasillos hasta el denominado box de aturdimiento. Allí, un verdugo les coloca entre los ojos la pistola de perno cautivo. Los pernos de acero penetran en el cráneo y el animal se desploma inconsciente o muerto.
SI LAS COSAS «MARCHAN BIEN», CAEN MUERTOS A LA PRIMERA
Esta sería la situación macabra ideal. Aun cuando todo «vaya bien», lo que no siempre ocurre, el escenario es, dicho en términos suaves, horripilante. En palabras de Christiane Haupt, que actualmente ejerce de veterinaria después de cursar unas prácticas reveladoras: «Quisiera hablar de los días de sacrificio de vacas, de sus dulces ojos marrones aterrorizados. De sus intentos de huida, de todos los golpes y maldiciones hasta que finalmente el desgraciado animal queda acoplado en el cuartucho de hierro esperando el impacto de un perno y teniendo ante su ojos una vista panorámica del recinto donde sus congéneres son desollados y descuartizados; luego el disparo fatal y al instante siguiente unas cadenas que lo agarran de las patas traseras y levantan al animal abatido, pero aún consciente, para cortarle de mala manera la cabeza estando suspendido boca abajo. Y aún más, descabezado y lanzando chorros de sangre, el cadáver se encabrita y sigue dando patadas… Además está el terrorífico sonido que se oye cuando un torno va separando la piel del cuerpo, y el automatizado movimiento circular de los dedos del matarife para extraer los globos oculares (torcidos, enrojecidos y salidos de las órbitas) y arrojarlos a un agujero en el suelo donde desaparecen como si fueran basura. La plancha de aluminio por la que caen los intestinos que han sido retirados del enorme cadáver decapitado, y luego el hígado, el corazón, los pulmones y la lengua (todo eso es apto para el consumo), desaparecen por una especie de colector de basura».87
Son muy frecuentes los casos en que no todo funciona con tanta «normalidad». El percutor no se coloca en el sitio apropiado o tiene muy poca presión y el perno no penetra a suficiente profundidad. La vaca no queda inconsciente y siente su cráneo lancinado por terribles dolores, aunque también puede ocurrir que se recupere poco tiempo después, mientras la están descuartizando.
En los tiempos en que se difundió el miedo a la encefalopatía espongiforme bovina (EEB) o mal de las vacas locas, no se utilizaban estos percutores de pernos por el temor de que pudiera sangrar la masa cerebral y nerviosa del cráneo. Por aquel entonces, las vacas se colgaban todavía vivas y eran despellejadas estando conscientes, circunstancia que provocó grandes protestas en numerosos países.
En muchos mataderos, la pistola de perno cautivo está configurada a propósito con menos presión para que el animal no muera de inmediato, porque si se le para el corazón, el desangrado dura más tiempo. Y el tiempo siempre es escaso en las factorías de sacri ficio modernas. Además, la sangre que se mantiene en el interior del animal es una fuente de problemas bacterianos. El escritor estadounidense Jonathan Safran Foer ha transmitido su experiencia tras investigar la industria de la carne norteamericana: «Los animales se desangran, luego se les quita la piel y se les descuartiza, pero estando plenamente conscientes. Esto ocurre de forma constante y tanto la industria como las autoridades lo saben. Varios centros que han sido sancionados por practicar el desangrado, el desollado o el descuartizado de animales vivos, defienden su postura alegando que es una práctica totalmente normal en la industria de los mataderos; lo único que quieren saber, en cierto modo con razón, es el motivo por el que han sido ellos precisamente los escogidos».88
Una inspección que se realizó en Estados Unidos dio como resultado que «muchos, casi todos, los mataderos no conseguían aturdir a las vacas con un único perno». Foer explica la alta cuota de fallos por la «combinación de una elevada velocidad de sacrificio, que en los últimos cien años ha aumentado en un 800 %, y la mala preparación de los trabajadores, que realizan su labor en terribles condiciones». Estos trabajadores tienen, con una diferencia del 27 %, el índice de siniestralidad más alto de todas las «profesiones» y, además, reciben una paga miserable por hacer turnos en los que se llegan a sacrificar a más de 2.000 vacas.89
QUIEN NO ES UN SÁDICO, ACABA POR SERLO
El hecho de que bajo ciertas condiciones los seres humanos normales pueden convertirse en sádicos es algo que demuestran diversos estudios científicos; en determinados escenarios que pueden resultar banales en un principio, los hombres pueden evolucionar rápidamente hacia la crueldad. A las personas sometidas a esos estudios las atormentaron con intensos estímulos haciéndoles creer que se hacía en pro de la ciencia. La película alemana El experimento(2001), de Oliver Hirschbiegel, habla de una forma espeluznante sobre los es tudios que tratan este contexto.
Bajo las condiciones en las que se realizan las matanzas industriales, la mayoría de las personas que allí trabajan no actúan como seres humanos, y eso lo he expresado con palabras muy comedidas. Dicho de otra forma: lo que ingiere un consumidor de carne ha sido manipulado por individuos en cuyas condiciones de trabajo existe una sombra del sadismo y la perversión.
Los mismos operarios de un matadero, durante su trabajo, rodaron en secreto una película que fue presentada en el Washington Post. Allí se veían vacas plenamente conscientes, y no aturdidas, que eran llevadas por una cinta transportadora hacia la zona de descuartizamiento, o bien aplicaban electroshocks en el morro de los animales. Unos 20 trabajadores avalaron con sus firmas que estas circunstancias no solo eran reales, sino algo muy conocido por las autoridades.
Otras afirmaciones documentadas por Foer en su libro describían el horror de una forma aún más nítida: «He visto miles, y digo miles, de vacas vivas conducidas a la zona de descuartizamiento… en ocasiones permanecían colgadas en las cintas durante siete minutos y aún estaban vivas. Se procedía a desollar al animal incluso cuando todavía vivía. Luego se les quitaba la piel desde el cuello hacia abajo».90
Lo cierto es que la res ya debería estar muerta mucho antes de que los encargados del degüello la decapiten y le arranquen la piel por la cabeza para transformarla en las denominadas canales. Esa es la teoría. Pero aquí destacan las palabras de un trabajador: «En muchas ocasiones el degollador está cortando la cabeza por un lado y se da cuenta de que el animal todavía está vivo y consciente, pues comienza a dar violentas patadas».91
Luego la vaca, es decir, lo que va a ser transformado en canal, llega al «cortador de patas». Foer recoge el comentario de otro trabajador: «Cuando algunas todavía se recuperan […] da la impresión de que quisieran subirse corriendo por las paredes y cuando llegan a la zona del cortador de patas…, bueno, el individuo no suele tener ganas de esperar a que alguien venga de nuevo para disparar otro perno al animal. Se limita a usar unas tenazas para cortarle las patas traseras. Y cuando lo hace la vaca se muestra totalmente violenta y reparte patadas en todas direcciones». Para acabar, se trocea al animal…»92
El sufrimiento llega hasta límites insospechados. ¿Alguien puede imaginarse presenciando todo esto? Lo mejor, pues, es no fomentar este tipo de acciones y negarse a comprar y comer esta carne.
todavía existen niveles de horror más altos, como señalaba otro trabajador: «Una novilla de tres años llega al pasillo del matadero y en ese momento pare un becerro, directamente allí, y lo lleva medio colgando. Yo sabía que iba a morir y le saqué el ternero. […] Ese animal recibió el nombre de Glitscher («Escurridizo») y su sangre fue utilizada en experimentos para el cáncer. […] Normalmente esto es lo que ocurre cuando las vísceras de la vaca caen sobre la mesa de reconocimiento: se acerca un trabajador, rasga la placenta y saca al ternero. Tampoco es nada anormal ver que tienes una vaca colgada delante de ti y que el ternero dé patadas porque quiere salir […]. ¿Sabe usted?, yo estuve en los marines. La sangre y todas esas cosas no me perturban en absoluto. Pero el trato es verdaderamente inhumano. Sencillamente es demasiado».93
Recojo ahora otro pasaje del informe de la ya mencionada médica veterinaria Christiane Haupt, en referencia a los mataderos ale-manes «normales», que prácticamente no se diferencian de los austríacos y de los suizos, y que no proceden de la Edad Media, sino que son centros del siglo xxi, que se hallan en la vuelta de la esquina y en los podríamos trabajar cualquiera de nosotros: «Quiero comentar que una y otra vez, en medio de toda esta montaña sanguinolenta y viscosa, es posible encontrar úteros que contienen fetos de pequeños terneros, algunas crías ya están totalmente formadas y son de todos los tamaños, suaves y desnudas, con los ojos cerrados en sus protectoras bolsas amnióticas, que ya no los pueden proteger más; el más pequeño puede ser del tamaño de un gatito recién nacido, una verdadera miniatura de vaca, el más grande tenía pelo, marrón y blanco, unas largas pestañas y le quedaban muy pocas semanas para nacer. “¿No es un milagro que la Naturaleza consiga hacer algo así?”, piensa la veterinaria que ese mismo día ha estado de turno y tuvo que tirar úteros, con los fetos dentro, a un cubo de basura. […] También la pobre y desdichada vaca que cuando llegué a las siete de la mañana ya estaba en el pasillo de hierro situado muy cerca del box de sacrificio, y no había quien se compadeciera de ella y le aplicara un rápido pistoletazo con un perno. Lo primero que hay que hacer con los animales de matadero es prepararlos y terminar con ellos. Sin embargo, cuando llegué al mediodía allí seguía el animal y a pesar de mis requerimientos, nadie la había redimido. Me acerqué a soltar un cabestro que se estaba clavando despiadadamente en su carne y le acaricié la cabeza. Me miró con unos ojos enormes y fui consciente de que las vacas pueden llorar».94
Lo que una aspirante a veterinaria no podía soportar, ni tampoco el exsoldado de élite que ha elevado su protesta a las más altas esferas, es aparentemente normal. El psicólogo Helmut Kaplan subraya que Haupt ha estado en un matadero de tipo medio. Pero incluso en un matadero modelo, de los 30 animales que fueron sacrificados en una hora a base de impactos con pernos, seis de ellos recuperaron la conciencia en la fase de descuartizamiento.95
¿Quién es capaz de comerse eso? ¿Espera usted poder escapar de tal campo de vibraciones de los animales torturados y no difundirlas dentro de usted cuando «disfruta» de un filete de esa vaca o de cualquier otra? Nuestra compasión está del lado de los ani males, pero también sentimos compasión por las personas que
permiten que este estado de cosas llegue tan lejos.
Temple Grandin, una controladora muy crítica con estas situaciones, visitó personalmente una serie de mataderos y llegó a la conclusión de que en más de una tercera parte de ellos se llevaban a cabo de forma regular y consciente esas terribles prácticas. Y eso ocurría en los mataderos que aceptaban los mencionados controles. Lo que se hacía en los otros, que no permitieron ningún tipo de inspección, es algo que se puede dejar a la fantasía de cada uno.!
LAS TORTURAS QUE ACEPTAMOS Y COMEMOS
El miedo que ingerimos con la carne de animales procedentes de la cría intensiva se concreta en las correspondientes hormonas y neurotransmisores. El dolor y la tortura que se causa a los animales por medio de la actual «cría» industrial es algo que también deglutimos, aun cuando no podamos medirlo ni nombrarlo científicamente. La angustia y el pánico que sufren estos animales frente a su terrible final traspasa todos los límites y se inocula en quienes lo provocan: los consumidores de carne. Estoy seguro de esto porque me ocupo de este tema desde hace ya más de 30 años y la gran mayoría de mis pacientes eran carnívoros, al menos cuando llegaron.
El miedo de los animales no proviene del aire, aun cuando se puede asegurar que el aire en los mataderos está repleto de terror. Es una energía muy real que también puede implantarse en personas que no sabían nada de estas situaciones y que hubieran preferido no llegar a conocerlas.
El miedo no es solo un fenómeno desagradable. Está reforzado por otros síntomas que, a la larga, llevan a la depresión. Eso es algo en lo que deberían pensar las personas que acostumbran a comer de todo. El miedo es algo razonable y nosotros, al contrario de lo que les ocurre a los animales del matadero, que no tienen la más mínima oportunidad de salvarse, podemos evitar lo que nos produce miedo o bien enfrentarnos a él de forma consciente.
Los carnívoros, desde mi punto de vista, han dado la razón al miedo que se ha apropiado de ellos. El primer paso de un tratamiento debe ser, como siempre, conocer las causas, es decir, decidirse por abandonar por completo y para siempre el consumo de carne.
Más allá de las terribles descripciones anteriores, también aquí encontramos otro plano de explicación científica para los síntomas de ciertas enfermedades provocadas por el consumo de carne. No tengo más remedio que remitirme a las palabras del médico suizo Ernst Walter Henrich: «… yo no quiero ni puedo cerrar los ojos […]. Me avergüenzo de las criminales actitudes que provocan la muerte de unos 40.000 niños al día a causa del hambre y la desnutrición porque se prefiere utilizar los alimentos vegetales para dar de comer a unos animales maltratados de los que después se obtiene carne, leche y huevos. Con estos productos animales, los ciudadanos de la civilización de la prosperidad están devorando las enfermedades que transmiten, incluidas también las del bienestar, y como súmmum del abandono moral de la industria sanitaria, esta, además, lleva a cabo estudios con animales casi siempre inútiles».96
EL ESCÁNDALO DE LA CARNE
Con tantas malas noticias para los consumidores de carne referidas a los numerosos escándalos que saltan a los medios (aunque el consumo de carne es, en sí mismo, un escándalo permanente), algo bueno les queda. Y es que los escándalos de tiempos pasados sobre el consumo de carne descompuesta no han supuesto serias ame nazas de salud porque el ser humano es capaz de soportar la carne pasada. Puede sobrevivir como si fuera un carroñero. La carne fresca de los mamíferos no sería comestible debido al rigor mortis que, como sabe muy bien cualquier aficionado a las novelas policíacas, aparece en el cuerpo al poco tiempo de ocurrir la muerte. Por ello, el ama de casa experta le pregunta al carnicero si esa car-ne está en su punto. De esa manera está preguntando, dicho con lenguaje científico, si la descomposición autolítica ha avanzado tanto que la descomposición de los filamentos de actina- miosina del tejido muscular ha eliminado el rigor mortis. Con su lenguaje, ella quería saber si la carne estaba bien tierna y jugosa.
Quien haya abatido a una pieza de caza (que al menos ha caído de una forma considerada al evitarse el pánico de la espera previa a la muerte), después habrá tenido que poner esa carne en adobo para favorecer su descomposición y que así resulte más blanda.
En este punto, los consumidores de carne pueden relajarse un poco. Como solo comen carne descompuesta, solo carroña, en realidad no es tan decisivo su grado de descomposición. De hecho, nadie ha tenido problemas por comer carne pasada, sin tener en cuenta, eso sí, de que la carne ya es nociva de por sí. En los mercados africanos es posible ver carne rodeada de nubes de gusanos y moscas que, sin embargo, se vende y, supuestamente, se consume. Aquí tie-ne un papel decisivo el efecto desinfectante del elemento fuego.
¿CARNE ARTIFICIAL COMO ALTERNATIVA?
Puede que, en breve, los apasionados carnívoros dispongan de una alternativa ofrecida por los investigadores. Los expertos en biología celular de la Universidad de Eindhoven intentan actualmente conseguir una carne artificial. Las incoloras células musculares de los ratones crecen entre dos trozos de velcro. Una industria holandesa de embutidos financia lo que supuestamente hará que en cierto momento se pueda renunciar a la cría intensiva y al sacrificio de animales, y se reduzcan considerablemente los gases de efecto invernadero. Los investigadores, cuyo objetivo es preparar carne artificial de cerdo, todavía no han probado por sí mismos los resultados obtenidos, lo que significa que no se fían demasiado.
UN TEMA DE CRITERIO: OTROS PAÍSES Y OTROS USOS
Durante mucho tiempo, la carne fue considerada un alimento muy valioso y su consumo era un signo de riqueza, pues disfrutar de un buen asado no estaba al alcance de todos los bolsillos. Nuestros antepasados la consumían solo en días de fiesta. Quien fuera rico se lo podía permitir en más ocasiones y muchas personas hoy la comen a diario. En las cortes principescas y reales de hace unos siglos, se consumían cantidades elevadas de carne, y precisamente en esos entornos surgían frecuentes episodios de gota y reuma, mientras que el pueblo llano no los padecía. En Prusia se hablaba del «gabinete de gotosos» del rey, y en otras cortes europeas el personal sabía que, al menos, lo que se ahorraba en carne también lo hacía en reuma. Hoy en día no tenemos nada en contra de degustar un ternero y lo hacemos sin pensar en sus suaves ojos llenos de ternura. Disfrutamos de la gelatina, una mezcla hecha de patas, ojos y otros desechos de vaca cocidos, la colocamos sobre pasteles y de esa forma los cubrimos como si los envolviéramos en un sudario. En cambio, otros comen perros y delfines, y cuando nos enteramos, se nos revuelve el estómago y sentimos gran indignación. Los japoneses se horrorizan con nuestra carne pasada y nuestros huevos, y nosotros pensamos que es insoportable ver cómo matan a los peces, incluso delante de sus propios ojos, y devoran su carne cruda cuando los animales aún se mueven.
En este sentido se me quedó muy grabada una escena: en una isla filipina fuimos invitados a comer como señal de agradecimiento por una ayuda médica que les habíamos prestado. Nos sentamos cómodamente en el suelo y nos reunimos alrededor de un puchero tradicional. Los trozos de carne de cerdo que allí se identificaban, como la cola, no suscitaron ningún entusiasmo, pero fueron aceptados por los consumidores de carne del grupo. Pero cuando la cocinera del clan tuvo que admitir que había utilizado una de las conocidas cabras del grupo, nuestro apetito se