2.1 ¿QUÉ ES TRADUCIR?
2.3. LA TRADUCCIÓN POÉTICA
2.3.5. LA METÁFORA
2.3.5.1. LA METÁFORA COGNITIVA Y SU TRADUCCIÓN
La metáfora, según Eduardo de Bustos (2015), aproximadamente hasta 1980 estaba considerada un recurso estético o persuasivo que producía un significado indirecto mediante una determinada expresión. Esta, añade Bustos, había sido estudiada por filósofos del lenguaje que, según la tradición general, insistían en el valor meramente decorativo o retórico de este elemento, como señala Nubiola (2000), quien añade que estaba considerada como algo marginal en el ámbito de la filosofía analítica. Había una categórica separación entre el lenguaje cognitivo, el de la ciencia y el de la poesía o el arte, que hacía que se excluyera la metáfora como tema de investigación filosófica, a excepción de Max Black, Nelson Goodman y Donald Davidson (ibid.).
Según expone Jaime Nubiola (2000), Black propone
una versión modificada de la “teoría de la interacción” desarrollada por I. Richards en 1936, que tendría gran influencia. Se basaba en la idea de que cuando usamos una metáfora tenemos en una sola expresión dos pensamientos de cosas distintas en actividad simultánea. El significado de la expresión metafórica sería el resultante de la interacción de los dos elementos (p. 75).
Lo más importante de la teoría de Black es que las metáforas se pueden agrupar en un «alto nivel de abstracción» por temas o por familias, aunque es más importante aún, siguiendo a Nubiola (2000), que aquí las metáforas pasan de ser vistas como productos artísticos a elaborar y construir significados, en un cambio que va de la semántica a la pragmática, gracias a la moderna revolución cognitiva que busca la comprensión de la inteligencia.
Es a partir de los años 80 cuando, Lakoff y Johnson proponen un enfoque nuevo para una cuestión antigua con la publicación de Metaphors we live by (Masid Blanco, 2019). En esta obra se vislumbra que los fenómenos lingüísticos que se asociaban a esta figura, sobre todo el de desplazamiento de significado, eran el reflejo, en realidad, de una dinámica cognitiva, es decir, de los procesos que construyen y modifican las estructuras conceptuales mediante las cuales se asimila la experiencia (Bustos, 2000). La metáfora trascendía la formulación retórica, y relacionaba el lenguaje con la construcción de realidades experimentadas, expone Krippendroff (1997). De esta forma, según este autor, se abandona la idea del lenguaje como medio para representar algo externo, que ahora se concibe como una manera para constituir experiencias que se relacionan entre sí.
Según escribe Nubiola (2000), la obra de Lakoff y Johnson entronca con textos de Aristóteles que giran en torno a la naturaleza cognitiva de la metáfora en lo que es un campo minoritario, en el que se pueden incluir también las aportaciones de Giambattista Vico (cf. Arduini, 2000; Peirce, 1931; Eco, 1990, 2010-2012), y, más recientemente, la teoría de la interacción, Ivor Richards y Max Black. En Metaphors we live by, el lingüista norteamericano Lakoff y el filósofo Johnson (1980) apuntan que las metáforas están en todas partes, impregnando el lenguaje del día a día y formando todo un complejo sistema de relaciones que implica tanto a las nuevas creaciones metafóricas como a las más antiguas («catacresis») que, aunque ahora estén fosilizadas, un día estuvieron vivas. Esta red afecta a las representaciones internas que tenemos las personas, a cómo pensamos y a cómo configuramos nuestra visión del mundo y de las cosas, pues la metáfora es un fenómeno cognitivo y no puramente lingüístico, como se creía en las teorías clásicas, una perspectiva que se basa en las averiguaciones previas de Sapir y Whorf, explican Lakoff y Johnson (1980) en su obra.
Los tres tipos de metáforas que presentan Lakoff y Johnson (1980) son: las metáforas orientacionales, ontológicas y estructurales, que se corresponden con tres campos básicos de experiencia (Masid Blanco, 2019) y que nos permiten a las personas comprender a través de términos concretos, pues la experiencia es la base sobre la que se fundan los conceptos metafóricos. De hecho, ninguna metáfora puede entenderse o representarse sin contar con esta base que da la experiencia (ibid.). Por tanto, las metáforas están directamente ligadas a la categorización conceptual de nuestra experiencia vital, al conocimiento, y tienen un puesto privilegiado en nuestro sistema ordinario de pensamiento y de lenguaje, señala Nubiola (2000). Podemos decir, citando a Lakoff y Johnson (1980), que «vivimos a través de las metáforas», como dice el título de su obra.
Para la mayoría de la gente, la metáfora es un recurso de la imaginación poética, y los ademanes retóricos, una cuestión de lenguaje extraordinario más que ordinario. Es más, la metáfora se contempla característicamente como un rasgo sólo del lenguaje, cosa de palabras más que de pensamiento o acción. Por esta razón, la mayoría de la gente piensa que pueden arreglárselas perfectamente sin metáforas. Nosotros hemos llegado a la conclusión de que la metáfora, por el contrario, impregna la vida cotidiana, no solamente el lenguaje, sino también el pensamiento y la acción. Nuestro sistema conceptual ordinario, en términos del cual pensamos y actuamos, es fundamentalmente de naturaleza metafórica (p. 39).
Aunque a diario actuamos de forma automática, si observamos el lenguaje podemos ver en él la respuesta a nuestras acciones, pues este refleja cómo es nuestro sistema conceptual y, así, podemos comprobar que su naturaleza es en gran medida metafórica (ibid.). Por tanto, la metáfora, que trasciende las palabras, posibilita que experimentemos algo en términos de otra cosa (ibid.). Es nuestra necesidad de aprehender la realidad, conocer y estructurar la experiencia
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vital lo que nos lleva a proyectar un dominio conceptual familiar en otros términos, con el fin de entender así una realidad en una clave singular y organizar la experiencia, manifiesta Krippendroff (1997) y repite Nubiola (2000) pues, según este último, la metáfora permite esta estrategia de forma sistemática.
Lorca, como decíamos, tendría una concepción de la metáfora similar a la del enfoque cognitivo y, por tanto, similar a la planteada por Lakoff y Johnson. El célebre autor, de hecho, denominaba «paisaje» a lo que en lingüística cognitiva se denomina «dominio» (Holm, 2002). “[…] poetry […] in Lorca´s view rely on the ability to present or organise the two different worlds, or, in Lorca’s words ‘shape the landscapes’ (‘ordenar los paisajes’)” (p. 227).
Krippendroff (1997) advierte que los dos dominios que se ponen en relación en la metáfora tienen que compartir un común denominador, por débil que sea, es decir, ciertos rasgos estructurales tienen que interactuar, como decía Black. Una vez establecida la ligazón, esta acarreará implicaciones en el dominio en el que se emplea. Estamos así ante una teoría constructivista del lenguaje y del pensamiento pues, como vemos, es a partir de nuestras vivencias y experiencias diarias como este se construye (Nubiola, 2000). De este modo, una nueva metáfora, por ejemplo, aporta una nueva forma de comprender la realidad ya que, usando nuestros mecanismos motores y perceptivos, los seres humanos realizamos construcciones que proceden de inferencias abstractas para comprender la vida (ibid.).
La creación de nuevas y sorprendentes construcciones metafóricas es el campo de acción de poetas como Lorca, a quien se le atribuye genialidad en este sentido. No obstante, muchas de las que llamamos metáforas originales o nuevas son extensiones de metáforas o combinaciones de elementos que han aparecido en estructuras anteriores (Lakoff y Turner, 1989). Una nueva metáfora no solo «crea» una nueva realidad, sino que, como decíamos, nos induce a actuar según estas manifestaciones, sostiene Krippendroff (1997).
Las metáforas creativas confieren sentido a nuestra experiencia de la misma manera que las convencionales: proporcionan una estructura coherente, destacan unos aspectos y ocultan otros. Son capaces de crear una nueva realidad, pues contra lo que comúnmente se cree no son simplemente una cuestión de lenguaje, sino un medio de estructurar nuestro sistema conceptual, y por tanto, nuestras actitudes y nuestras acciones. Las palabras por sí solas no cambian la realidad, pero los cambios en nuestro sistema conceptual cambian lo que es real para nosotros y afectan a la forma en que percibimos el mundo y al modo en que actuamos en él, pues actuamos sobre la base de esas percepciones (Nubiola, 2000, p. 81).
En relación con la traducción de estos elementos, lo cierto es que la traducción de la metáfora puede plantear un problema serio para los traductores, uno más al que ya de por sí constituye toda traducción, como se ha descrito previamente. Aunque, como apunta Al Hasnawi (2007), se ha escrito e investigado ampliamente sobre este tema y se han propuesto distintas
teorías, solo recientemente se ha planteado una aproximación a su traducción desde el punto de vista cognitivo, que se basa en la hipótesis de la traducción cognitiva propuesta por Mandelblit en 1995. Esto supone un cambio de paradigma, pues tradicionalmente las metáforas se consideraban simplemente manifestaciones de naturaleza lingüística (Fernández Jaén, 2019).
Antes de continuar desarrollando esta cuestión, conviene repasar, como aciertan a hacer Elena A. Burkanova y Nadezda I. Marugina (2014), cuáles han sido los argumentos que han dado los principales teóricos de la traducción con respecto a la traducción de la metáfora en general. Estas autoras muestran tres posturas principales:
• Las metáforas no se pueden traducir.
• Las metáforas se pueden traducir completamente.
• Las metáforas se pueden traducir, pero hay un alto grado de inequivalencia.
Según defienden, la primera tesis, sustentada por Nida (1964) y Dagut (1976), cae por su propio peso, pues es evidente que las metáforas de una u otra forma se traducen. En cuanto a la segunda, que estaría respaldada por Reiss (1971) y Mason (1982), tampoco se puede decir que se considere veraz del todo, ya que las metáforas por sus características estilísticas y culturales plantean grandes dificultades a los traductores, por lo que la postura de van den Broeck (1981) y Newmark (1988), que tienen sus reservas en cuanto a la posibilidad de la traducción de la metáfora, es la más sensata. Newmark (1988), de hecho, relaciona el procedimiento de traducción que debería emplearse con el tipo de metáfora empleada. De esta manera, según este autor, si la metáfora está muerta se traduciría utilizando la misma imagen y si se trata de un cliché habría que traducirlo por una imagen diferente. Por otra parte, una metáfora estándar se vería reducida a la búsqueda del sentido en la traducción y en una metonimia buscaríamos rescatar el sentido y la imagen del TO, una metáfora debilitada pasaría a ser un símil y, por último, una metáfora redundante se omitiría.
En concreto, si se trata de metáforas originales, como las que vamos a encontrar en PNY, Newmark (1988) establece que, en principio se debe de mantener la imagen en el TM y, como mucho, se adaptaría. Es decir, si se tratase de algo difícil, o que no fuera muy relevante, se podría reemplazar la metáfora original por una de tipo descriptivo, o se podría reducir manteniendo solamente su sentido. En cualquier caso, los procedimientos que Newmark (1981) enumera para la traducción de metáforas e imágenes son los que hemos señalado anteriormente, a lo que habría que añadir que, en el caso de traducir una metáfora por un símil, habría que tratar de retener la imagen, tal y como dice este autor. Asimismo, añade que la metáfora también se puede traducir por un símil añadiendo o explicando el sentido de esta o traduciéndola por otra metáfora donde se explicite este sentido y, en última instancia, se puede traducir utilizando la misma metáfora y combinándola con un apunte en cuanto a su sentido que la refuerce.
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El traductor que se enfrenta con la traducción de la metáfora tiene que hacer dos esfuerzos, primero tiene que interpretar su significado, cifrado en la LO a nivel figurativo, un ejercicio difícil incluso para un nativo manifiesta Al Hasnawi (2007), teniendo en cuenta que el traductor suele traducir de una lengua extranjera a la lengua propia, y, en segundo lugar, se enfrentaría con la ardua tarea de buscar un equivalente en la LM. La Teoría de la Traducción, según Schäffner (2003), se ha ocupado eminentemente de la traducibilidad de las metáforas y de los procedimientos traductológicos para lograr verterlas a otra lengua pues, una vez identificadas, las metáforas tienen que trasladarse a ser posible indemnes al TM, aunque las diferencias culturales plantean serios problemas al traductor, que según Al Hasnawi (2007) debería ser, no solo bilingüe, sino también bicultural. Cuanto más similar sea la forma (forma del contenido) en que dos culturas conceptualicen la realidad, más similar va a ser el mapeo que establezcan y con el que construyan sus relaciones metafóricas y, por ende, más fácil resultará también la traducción de estas metáforas (Eco, 2009).
Según Christina Schäffner (2003), muchos autores creen que la imagen (forma de la expresión y forma del contenido) que aparece en el TO no puede conservarse en el TM, porque estaría ligada a la metáfora original y sería desconocida en el TM, o bien porque las conexiones que puede despertar no serían las mismas en el TO que en el TM. Por su parte, Van Den Broeck (1981) propone también, como Newmark, una serie de soluciones teóricas para la traducción de las metáforas, aunque no cree que la metáfora original haya de ser preservada como tal. Las alternativas que ofrece son: la traducción sensu strictu, trasladando tanto el tenor como el vehículo del TO al TM, la sustitución (cambiando el vehículo, pero manteniendo, más o menos, el mismo tenor), o bien optar por la paráfrasis, anulando así la expresión metafórica como tal.
Desde el punto de vista de la lingüística cognitiva, como sabemos, un dominio actúa proyectándose sobre otro dominio, estableciendo conexiones, indica Schäffner (2003). Hay que distinguir aquí entre la «metáfora», que sería esta construcción o mapeo conceptual (conceptual
mapping, como lo denomina esta autora), como, por ejemplo, EL ÁRBOL ES UN SER VIVO y
la «expresión metafórica», que se basa en la anterior, por ejemplo «árbol de muñones», utilizando una de PNY. Poder señalar de qué mapeo proviene la expresión metafórica de un texto es relevante para la traducción, pues así la traducción de la metáfora no va a depender ya de ser capaz de traducir una expresión concreta (la forma de la expresión), sino que el traductor se remite a un campo más amplio, a la red que forma el sistema en que conceptualizamos la realidad, tanto en la LO como en la LM (ibid.) (formas del contenido). Estas redes están estrechamente vinculadas a la cultura y pueden revelar diferencias en este sentido (ibid.), pues las metáforas son un reflejo de la cultura y, además, de cómo el autor filtra su experiencia a través de esta ya que, como señalan Lakoff y Johnson (1980), lo que hace la cultura es proporcionarnos una fuente de metáforas para entender la realidad.
El problema de las connotaciones y restricciones culturales que puede plantear una metáfora es algo que podemos ver en textos de Lorca como Romancero gitano o La casa de
Bernarda Alba de manera más acusada que en PNY. En cualquier caso, si tuviéramos que traducir
una metáfora que activa dos conexiones diferentes en dos culturas se debe evitar la traducción literal y optar por buscar un equivalente en el TM o por parafrasear el TO, advierte Christina Schäffner (2003), que coincide así con lo expuesto previamente por Peter Newmark. Si lo que se pretende es subrayar el carácter cultural distintivo de una metáfora, se debería entonces de recurrir a reproducirla en el TM añadiendo una explicación que la haga accesible al lector meta, recurriendo, si acaso, a la nota al pie de página, añade esta autora, aunque, como veíamos previamente, los críticos en general no son partidarios de esta solución tampoco en el caso de las metáforas.
Stienstra (1993) cree que, en general, todos somos partícipes de las mismas experiencias, pero lo que varía es la realización lingüística de las mismas que, para Al Hasnawi (2007), depende de la cultura, que nos hace entender y catalogar la realidad de formas distintas a cada población. Cuanto más distantes sean las culturas, más difícil será la traducción y viceversa (ibid.). Según Al Hasnawi (2007), “[…] difficulty of metaphor translation is not the absence of an equivalent lexical item in the TL, but rather the diversity of cultural conceptualization of even identical objects or worlds in both communities whose languages are involved in translation”. En este sentido, Dagut (1976) y Snell-Hornby (1995) aseveran que la traducibilidad de la metáfora dependería de lo arraigada que esta esté culturalmente, así como de las conexiones que establezca en la LO y cada metáfora es diferente.
Desde un punto de vista cognitivo, Schäffner (2003) identifica algunas estrategias para la traducción de la metáfora que aportan una nueva perspectiva para los estudios traductológicos, pues el hecho de que el traductor pueda operar conociendo las bases de la metáfora conceptual ayuda sin duda en este proceso de modelado del TM. El traductor puede, por ejemplo, identificar la expresión metafórica y reproducirla de manera que resulte adecuada en el TM o mostrar un aspecto de esta que se considere pertinente, entre otras estrategias. Lo importante es tener en cuenta, cómo el lector del TO percibe el mundo y conceptualiza su experiencia y adaptarlo a la estructura del lector del TM para lograr lo que Nida denomina «equivalencia dinámica», consiguiendo así crear el mismo efecto en los lectores a ambos lados de la traducción (Al Hasnawi, 2007), lo que Eliot llamaba «correlato objetivo». De este modo estaremos trabajando también en pos de una «equivalencia cognitiva», pues las metáforas, como hemos visto, no son meros constructos lingüísticos o retóricos, sino representaciones de experiencias.
Según la «Hipótesis de Traducción Cognitiva» (Cognitive Translation Hypothesis) de Mandelblit (1995), los mapeos cognitivos pueden ser de dos tipos: los que establecen un esquema donde se dan unas condiciones similares entre las dos lenguas (aquí se encuentran los
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«universales culturales») y, por el contrario, aquellos donde se observa una condición distinta en el mapeo cognitivo también entre dos lenguas. En el primer caso, la traducción será mucho más fácil, mientras que, en el segundo, puede que, finalmente haya que sucumbir a la nota al pie de página, a la paráfrasis, o incluso, en último caso, puede que haya que prescindir de la metáfora, anota Al Hasnawi (2007), quien, además, añade un tercer tipo a estos dos de Mandelblit, pues también es posible que se den situaciones de mapeo donde las condiciones son parecidas y donde, sin embargo, las realizaciones a nivel léxico son diferentes (cf. Eco, 2009, pp. 184-186).
Como se ha descrito, las metáforas no serían comparaciones donde se omite, por ejemplo, el relator «como», sino que, insistimos, son construcciones verbales que logran erigir nuevas realidades, nos permiten ponerle palabras a experiencias y sensaciones y, es más, su influencia incluso llega a hacer que actuemos según sus dictámenes. Por lo tanto, la metáfora no es solamente un recurso de la poesía, sino que forma parte de los mecanismos de los que estamos