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MUNDO POSIBLE DE «LA AURORA»

In document UNIVERSIDAD DE MURCIA (página 197-200)

6 «VUELTA DEL PASEO»

VUELTA DEL PASEO

9 Tropezando con mi rostro distinto de cada

7.2. MUNDO POSIBLE DE «LA AURORA»

Este poema es, quizás, el más popular del conjunto, ampliamente conocido por el público gracias, entre otras cosas, a haber sido musicado por el cantaor granadino Enrique Morente en Omega, así como por el cantante Manolo Tena. A pesar de ser un poema no muy extenso y que no parece especialmente complicado, lo cierto es que, como se puede ver en el análisis de Álvarez Sanagustín (1991), todos los elementos están perfectamente relacionados y entrelazados llegando a significaciones nada aparentes y que le confieren una gran unidad y riqueza al conjunto. A continuación, se interpretará en este apartado el mundo posible de esta «aurora» lorquiana.

En primer lugar, el poema está dividido en cinco estrofas de cuatro versos cada una, marcadas las tres primeras por asonancias. Entre las dos primeras estrofas, que son más irregulares, hay versos de nueve sílabas (1, 5, 6 y 8), versos de ocho sílabas (2 y 7), de diez (3) y de once (4). A partir de la tercera estrofa los versos son alejandrinos. Esta decisión del poeta tal vez responda a que el verso alejandrino (14 sílabas) es bueno para pasajes que buscan meditar y trascender, como ocurre en «La aurora» (García Posada 1981).

«La aurora» es «[…] una sucesión de versos con tendencia a la uniformización, de finales extraordinariamente variados. Solo hallamos mínimas asonancias en los finales de los versos 1 y 15 (ée), entre el 2 y el 13 (éo), entre el 3 y el 9 (óa) y entre el 5, el 10 y el 18 (íe)», comenta Álvarez Sangustín (1991). Según este autor, los ocho primeros versos tienen una persistente acentuación en la 4ª sílaba (5) y en la 8ª sílaba (4), mientras que en los 12 versos restantes la acentuación predomina en la 3ª, 6ª y 10ª y en la 2ª, 6ª y 10ª sílaba. Cada verso está dividido en dos hemistiquios de siete sílabas cada uno y se acentúa la penúltima de cada (6 y 13) mayoritariamente. «Los primeros versos marcan un ritmo más ágil que los últimos en homología con el contenido que expresan», dice este autor (p. 98).

Además, para Sangustín, se dan otras observaciones de recurrencias fonéticas diseminadas por el poema que incluyen, por ejemplo, el hecho de que en este poema podamos ver el diptongo y las vocales de «aurora» que parecen casi coincidir, invertidas, en «Nueva York»: au-o-a; ue-a-o. Como ocurre también, observa, con los sustantivos «ciencia» y «raíces» (ie-ia; ai-e), «aurora» y «naufragio» (au-o-a; au-a-io) o «cuatro» y «columnas» (ua-o, o-u-a). También se pueden observar hasta tres aliteraciones, en el verso 2 en c, «cuatro columnas de

cieno», el verso 16 en s, «juegos sin arte», «sudores sin fruto», y en el 18 en r, «impúdico reto

aunque el traductor ha de conocerlas para poder «compensar» donde pueda, como sugiere Eco (2009) y tomar las decisiones adecuadas para el conjunto del poema teniendo en cuenta el peso que tiene aquí la sustancia de la expresión.

En este poema García Lorca describe un amanecer en Nueva York, pero, aunque sí concreta el espacio de la acción, no hace lo mismo con el tiempo. Presumiblemente, se referiría a un amanecer contemplado en Nueva York durante su estancia en la ciudad, aunque no haya querido situar el poema en el tiempo, tal vez para otorgarle así esencialidad (Álvarez Sangustín, 1991). Sin embargo, este amanecer que describe Lorca es especial. En primer lugar, llaman la atención los tintes apocalípticos que se le atribuyen a un elemento como la aurora, normalmente admirado por su belleza, aunque este contraste estaría en línea con lo que podemos ver en toda la colección. Además, esta aurora aparece con un profundo sentido religioso, y es que las referencias religiosas del poemario también son una de sus principales características.

En línea con este sentido religioso de «La aurora», Arango (1998) plantea su propia hipótesis, según la cual el poeta se estaría refiriendo en este texto a los nueve primeros capítulos del Antiguo Testamento y conecta la aurora de Lorca con lo que avista Noé después del diluvio:

El contenido de este poema tiene relación con los temas del origen de la humanidad. En efecto el concepto bíblico sobre el que se funda sobre todo el octavo capítulo del Génesis el cual se refiere al diluvio y al arca de Noé […] después de cuarenta días de lluvia, Noé envía una paloma a fin de saber si las aguas han bajado de su cauce, y así comienza el nuevo día, la aurora (pp. 388-389).

Lo cierto es que en «La aurora», Lorca esboza un paisaje del amanecer en el escenario urbano de Nueva York como si fuera una obra pictórica. Como explicábamos en las páginas precedentes y, tal y como anota Anderson (2015b), «La aurora» es el mayor ejemplo dentro de

PNY de un poema hecho al estilo paisaje del alma avant-garde al que nos referíamos en

anteriores secciones (apartado 3.1.1., «Del paisaje del alma al objetivo correlativo»), pues en este poema podemos comprobar cómo el poeta vuelca en el paisaje su desazón, su desesperanza, su angustia, al tiempo que muestra su rechazo por el sistema de vida americano. Este paisaje del alma de «La aurora» está compuesto por correlatos objetivos o hechos poéticos, siguiendo la terminología de Lorca, donde el léxico se combina para causar impacto emocional en el lector.

Si consultamos la edición de Anderson, referencia para nuestro cotejo, este poema pertenece a la sección número tres del poemario, denominada «Calles y sueños», el mismo lugar que ocupaba en la versión de Séneca (Millán 2010). Sin embargo, la primera traducción de 1940 de Norton sitúa el poema en la primera sección de la obra, en «Poemas de la soledad en Columbia University» (véase Tabla 6). No obstante, este poema encaja mejor en la sección tres,

Ordenando paisajes: Un recorrido hermenéutico y traductológico por las estaciones de “Poeta en Nueva York”| Rocío Saavedra Requena

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ya que es ahí donde «[…] se encuentran los poemas más referenciales de la realidad neoyorquina, los que hablan de Wall Street y de las multitudes de la gran ciudad» (p. 248).

Esta sección, la número tres, es una de las cinco del poemario que viene precedida de un epígrafe. En este caso es Aleixandre el que abre con sus versos este horizonte: «Un pájaro de papel en el pecho / dice que el tiempo de los besos no ha llegado». Estos versos de La

destrucción o el amor hablan sobre el amor perdido y cómo solo queda la posibilidad de soñar

para olvidar, algo que lo relacionaría directamente con el título de la sección «Calles y sueños», señala Millán. Ese sueño de amor y de olvido, añade, es el que recorre PNY, y su importancia es tal que Lorca nos regala este epígrafe para guiar así la lectura de esta sección.

En Cirlot (1992) podemos averiguar que esta «aurora», protagonista del poema, es símbolo del amanecer, del despertar, del nuevo día y, por tanto, es símbolo de esperanza. En la obra de Lorca se puede ver cómo este topos aparece en numerosas ocasiones, sin embargo, los recorridos temáticos que traza, como indica Álvarez Sanagustín (1991), son muy diversos. Él mismo recoge estas ocurrencias y su tratamiento en la obra de Lorca, en la cual suele aparecer con los valores positivos tradicionales, como por ejemplo en el poema a la muerte de Ignacio Sánchez Mejías: «buscaba el amanecer / y el amanecer no era», donde la aurora sería el símbolo de la esperanza, de lo positivo, aunque esta es negada. Sin embargo, en este poema del ciclo neoyorquino, los valores que se le atribuyen a este fenómeno son antitéticos al concepto, representando el poema un oxímoron en sí mismo, con una aurora oscura y sanguinaria. Así, se da una expansión disfórica negativa asociada al alba o a la aurora de la que nos alerta este autor, algo que ocurre también en el poema «Alba» de Lorca fechado en 1919.

En este poema Lorca expresa su agonía. Por ello, la aurora es, desde que entra en escena, una aurora oscura, violenta y destructiva que, como bien sabemos, «tiene cuatro columnas de cieno / y un huracán de negras palomas» (versos 2-3). Es una aurora con apariencia casi monstruosa, que gime como un animal, «buscando nardos de angustia» (versos 5 y 8), continúa la lectura.

Esta luz de la aurora prácticamente no «cuaja», como si no llegara a producirse y, cuando lo hace, «llega y nadie la recibe en su boca» (verso 9). Harris (1978, p. 38) también coincide en decir que aquí “The traditional symbol of hope in the dawn is associated with negated positive symbols”. Además, «[…] la negación de la aurora en este poema no alude únicamente al fenómeno físico del “Amanecer” (como señala uno de sus títulos desechados) sino que también representa la falta de mañana para todos los que viven en este entorno, y para el mismo poeta» (Millán, 2010, p. 254), es decir, el poema simboliza la falta de esperanza.

A continuación, vamos a analizar en detalle los distintos elementos de la composición, que parte de la contemplación, por parte del lector, de la escena de este pseudoamanecer en la

ciudad de Nueva York desde los privilegiados ojos de este genio, que traslada su malestar al paisaje. La aurora aparece sobre «columnas de cieno» (verso 2) irrumpiendo en la escena del poema. Según escribe Anderson en 2015, estas columnas podrían representar las humeantes chimeneas de las fábricas de la ciudad o el pórtico neoclásico del edificio Wall Street, en el que una serie de imponentes columnas sostienen el corazón de las finanzas de NY (véase Figura 22), y que es un lugar de gran importancia para la obra, aunque también las columnas podrían hacer alusión a los grandes rascacielos que pueblan la ciudad. No se puede determinar a ciencia cierta su significado, pero sabemos que las connotaciones de la palabra «columna» son «fuerte» y «noble».

Figura 22. Pórtico neoclásico de Wall Street (derecha), centro financiero de Nueva York.

Por su parte, el profesor Harris (1998) apunta en este sentido que, en 1929, año en que Lorca llega a Nueva York, el primer edificio con el que se encontraba la gente al salir de la aduana, en el muelle donde atracaban los transatlánticos, era el Standard Oil Building (veáse Figura 23) que, casualmente, estaba coronado por una especie de cúpula con tres caras y cuatro columnas en cada lado. Por este motivo, Harris considera plausible que Lorca se refiriese a este edificio cuando menciona las «cuatro columnas».

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