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La metáfora da a pensar

IV CAPÍTULO

LA METÁFORA ENSEÑA: OTRA PARADA NECESARIA EN LA VÍA LARGA DE RICOEUR

4.3. La metáfora da a pensar

Se ha tratado de mantener, en la interpretación de la teoría de la metáfora de PR, el objetivo primero de esta investigación el cual se desdobla en dos líneas: a) investigar la utilización del estructuralismo, por el filósofo, como método de análisis de la metáfora; b) analizar el valor de la metáfora como interpretación del ser.

La primera línea fue bastante estudiada y aclarada por la inteligencia de la metáfora como una predicación impertinente, bajo el soporte de la teoría benevistiana de la semántica, como estructura que se realiza en el discurso. La segunda línea, sin embargo, necesita de una mayor profundización, como fue sugerido algunas veces, puesto que no se han resuelto todavía algunas cuestiones como: ¿Hay un valor filosófico en las metáforas? ¿Tienen las metáforas una capacidad interpretativa? ¿El discurso filosófico utiliza lo poético? ¿Se pone PR de acuerdo con la teoría de que son los conceptos metáforas muertas?

PR inicia la discusión sobre tales cuestiones por el prisma de la pluralidad de las esferas del discurso y por el reconocimiento de la fecundidad de intersección de sus objetivos semánticos. La tesis de la pluralidad de las esferas discursivas posibilitó al filósofo postular la distinción entre discurso poético y discurso especulativo. Mientras la metáfora es uno de los recursos más fundacionales del lenguaje poético, el lenguaje especulativo tiene a la analogía como uno de los métodos posibilitadores de la trascendencia formal, para la descripción del concepto.

Para comprobar esta tesis, PR analiza el discurso ontológico a partir de las aporías encontradas en el análisis categorial de Aristóteles. Para responder a la pregunta ¿qué es el ser?, Aristóteles se depara con la paradoja de que el ser se dice de muchas maneras. Pero esa plurivocidad de sentidos del ser no es de la misma naturaleza que la plurivocidad de sentidos en la metáfora. Aunque sean también planteados por la función predicativa, los sentidos del concepto son regulados por las categorías de la sustancia, es decir, tales categorías son los predicados que amplían el sentido del ser.

Este discurso que se puede nombrar «descriptivo» encuentra en la analogía su carácter más científico, o lógico tal vez. La analogía es trascendental, o sea, su uso no se limita a un contexto dado, o a un único acto discursivo, o a la descripción de un único ser. Por eso, la analogía es una forma, no un contenido. Esta forma se realiza plenamente en las matemáticas, donde el simbolismo de la proporcionalidad – A es a B lo C es a la D

– se puede aplicar a cualesquiera cantidades. Eso también ocurre en el discurso especulativo, donde no importan los entes comparados, sino las relaciones que se establecen entre ellos.

En cuanto a la metáfora, aunque analógica, es siempre contextual. En ella, lo más importante es el contenido, o los contenidos posibilitadores de nuevas e inusitadas significaciones. Los sentidos de una metáfora no pueden, pues, ser regulados como los sentidos que la analogía describe para los seres. No existen categorías para las metáforas, su atribución predicativa es libre y, cuanto más imprevisible, más sentidos podrá evocar. En el caso de las analogías, la polisemia regulada del ser ordena la polisemia

aparentemente desordenada de la función predicativa como tal, ya en el caso de las

metáforas, su sentido múltiple no tiene ninguna regulación u ordenación de función predicativa. Una (la analogía) reposa sobre la predicación de términos trascendentales,

la otra (la metáfora) sobre las predicaciones que traen consigo su contenido material.

PR, basándose en la obra de Aubenque, afirma que la ontología aristotélica trae en su constitución una aporía porque, al mismo tiempo que propone un recurso formal y trascendental, el cual posibilita generalizaciones tan necesarias al conocimiento científico, postula, bajo la influencia de la teología platoniana, la existencia de un ser primero - «un orden astral sobre lunar, motor inmóvil, pensamiento del pensamiento» - que mantiene la problemática de la unidad. Un ser uno no posibilita generalizaciones, no se le puden dar atribuciones; porque es uno, no tiene diversidad como las que se aplican a las cosas físicas – sustancia, cantidad, calidad etc. El planteamiento de un ser único y primero establece una jerarquía de los seres en cuanto tales y caracteriza el discurso teológico cuyo proyecto es llegar al ser primero.

Por otro lado, el movimiento que afecta a los seres, torna imposible, en su principio, la unidad del ser. En otros términos, el movimiento escinde el ser entre la esencia y el accidente, estableciendo, entonces, una secuencia de significaciones del ser que caracteriza el discurso ontológico, cuyo principal objetivo es dar a conocer el ser, a través de su descripción. Eso significa que la aporía de la ontología aristotélica procede de su exigencia de tener como objetivo a una ciencia no genérica del ser. En síntesis, el

movimiento hace que la ontología no sea una teología, sino una dialéctica de la escisión y de la finitud. Un ser divisible, predicable, plurisignificativo y pasible de análisis

y descripción es un ser en movimiento hacia el fin. Allá donde alguna cosa adviene, la

predicación es posible: la predicación se establece sobre la disolución física introducida por el movimiento. El ser único, inmóvil, que está allí desde siempre, no

adviene, «es», por lo tanto, no es susceptible a una predicación.

Se infiere del análisis ricoeuriano que la ontología aristotélica es aporética no por reunir dos órdenes de discurso – el ontológico y el teológico - sino por confundir dos objetivos – la búsqueda del ser primero y la descripción de los seres. Entre estos dos objetivos hay, con todo, una comunicabilidad que es la «ousía», la sustancia, la esencia, en la que las categorías del discurso atributivo se cruzan con el sentido único del ser divino. A partir de este punto, los dos discursos se divergen, conforme lo afirma el filósofo:

(...) es cierto que la heterogeneidad denunciada entre el discurso ontológico sobre las múltiples significaciones del ser y el discurso teológico sobre el ser «apartado» no podría llegar a una incomunicabilidad entre esferas de sentido, so pena de tornarse impensable la interferencia exigida por su propia tesis según la cual la ontología aporética recibe su perspectiva de la teología unitaria.

A pesar de las críticas que han sido hechas sobre el uso de la analogía, acusándola de no ser científica porque compara seres entendidos como sustancias, por lo tanto, individuales y no genéricos conforme lo exigen las ciencias, los tratados de las categorías sólo fueron posibles porque una vez fue pensada la diferencia entre la analogía del ser

y la metáfora poética.

En la visión desconstructivista de Derrida, la génesis de los primeros conceptos, no de los conceptos empíricos, por supuesto, sino de los llamados «filosofemas», se da a partir de una metáfora viva. Cuando ésta se apaga, pierde su poder creador, posibilitando el surgimiento de «filosofemas» como «teorías», «eidos», «logos», que se articulan en el campo de la metafísica. Según Derrida, citado por PR, la metafísica apagó en sí misma

la escena fabulosa que la produjo y que permanece, con todo, activa, turbulenta, inscripta con tinta blanca, dibujo invisible y oculto en el palimpsesto.

La crítica de PR a esta concepción del concepto como una metáfora muerta tiene dos puntos de mira: el desconstructivismo y el discurso filosófico en general. Con relación al primero, el filósofo afirma que esta táctica del desconstructivismo no quiere arruinar solamente el concepto, al considerarlo como una metáfora muerta, por eso

«blanca», en que subyacen las huellas de la metáfora viva, creadora, que le dio el origen. El objetivo del desconstructivismo es también eliminar todas las oposiciones que constituyen la metafísica: lo semántico y lo sintáctico, lo figurado y lo propio, lo sensible y lo inteligible, lo convencional y lo natural. En síntesis, arruinar por la aporía el discurso metafísico.

En cuanto al segundo objetivo, PR nos pone en guardia para la distinción que se debe hacer respecto al uso de la metáfora en el discurso filosófico. Él plantea que hay un uso banal de la metáfora, como si fuera una extensión del lenguaje ordinario que tiene como objetivo rellenar una laguna de denominación. Así, si un filósofo describe una significación nueva para la cual no existe una palabra, él recurre a las metáforas lexicalizadas o muertas para recubrir aquella significación. No obstante, PR afirma que puede haber un uso de la metáfora mucho más interesante, al cual el discurso filosófico recurre, deliberadamente, para extraer nuevas significaciones de la impertinencia semántica, a la luz de nuevos aspectos de la realidad, por la acción de la innovación semántica.

Esta posición de Ricoeur deja claro: 1) que para él el concepto no es una metáfora muerta; 2) que discurso filosófico y discurso poético son dos cosas distintas; 3) que la filosofía puede echar mano de las metáforas sin perder su identidad.

En otras palabras, el postulado ricoeuriano de que hay distintos modos de discurso y que el discurso especulativo no se mezcla con el discurso poético no es contraria a la existencia de una ínter animación entre modos de discurso. Esta ínter animación no significa continuidad entre ambas discursividades, por el contrario, existe, en la opinión de PR, una discontinuidad entre lo poético y lo especulativo.

Una de las características que los distingue es que el discurso especulativo tiene que lidiar con la aporética cuestión ontológica: ¿Qué es el ser? y, en consecuencia, con la cuestión de la verdad. En esta búsqueda ontológica, hay un elemento lingüístico común entre los dos discursos: la predicación. El ser se define también por la metáfora, como se mostró en los versos de Lorca, pero estas definiciones metafóricas sobrepasan la cuestión especulativa y crean nueva aporía con relación a la cuestión de la verdad.

El discurso especulativo, si se pretende algún grado de cientificidad, necesita buscar otro tipo de definidor, que, como se ha dicho, es la analogía. Ésta, según PR, es

el resultado de todo un proceso de pensamiento que consiste en sobrepasar la realidad de los objetos, reduciéndolos a una red de relaciones. En la analogía hay dos relaciones: de dominancia y de jerarquía. En el caso de la fórmula citada, «A» es el dominante, aquello que se define. Los otros, «B», «C», «D» ocupan una posición jerárquicamente inferior por remitir al «A». Desde el punto de vista de PR, la analogía se impuso como solución para la aporía central del discurso ontológico. Tal vez podamos decir que la analogía se distingue de la metáfora por la ausencia de opacidad. Su sentido es trasparente porque muestra las relaciones abstractas entre los seres. Una «analogía» sería aquí pertinente para explicar la diferencia entre analogía y metáfora: la analogía es al diagrama lo que la metáfora es al icono (diagrama e icono en el concepto peirciano). PR explicita la contribución de la analogía, al afirmar:

Mi propósito expreso es mostrar como, pasando al campo de la problemática del ser, la analogía, a la vez, contribuye con su conceptualismo propio y recibe la calificación trascendental del campo al cual es aplicada. En la medida en que, en efecto, es cualificado por el dominio en lo que interviene con su articulación propia, el concepto de analogía recibe una función trascendental y, en el mismo lance, jamás es reconducido a la poesía, pero mantiene, con relación a ella, el desvío inicial engendrado por la metáfora.

Este desvío inicial es lo que aproxima la metáfora de la analogía. Los versos de Lorca: «el agua da sal, la tierra fruta, y nuestro vientre guarda tiernos hijos» podrían ser interpretados en el esquema matemático: «el agua es a la sal, lo que la tierra es a la fruta y el vientre al hijo». Sería un tipo de analogía metafórica, pero no tendría la fuerza de la analogía formal porque no se aplicaría a otros entes. En la analogía metafórica, el contenido es lo más importante.

PR, sin embargo, mantiene una posición distinta respecto a la relación entre metáfora y concepto, puesto que comparte la teoría de Le Guern según la cual la metáfora gastada, dilucidada, es parte del léxico, consta en el diccionario, pasando, por consiguiente, a tener un sentido literal.

Desde este punto de vista, lo más importante y que merece la pena ser analizado no es el uso extensivo del lenguaje ordinario para rellenar una laguna de denominación del concepto filosófico, sino la utilización, por la filosofía, de metáforas vivas, como un recurso heurístico y hermenéutico.

influencia de la semántica, tanto en el sentido benevistiano como en el sentido lingüístico, confirmando, así, el postulado predicativo, sintagmático de la metáfora, y, a la vez, permitiendo que se vislumbre el postulado de la intersección de las esferas del discurso y las posibilidades de «dar a pensar» de la metáfora.

Aunque los discursos especulativo y metafórico sean discontinuos por tener constitución y función distintas, uno no anula el otro. Si la constitución del discurso especulativo ocurre, según el filósofo, en un espacio conceptual que no puede ser derivado de la percepción o de la imagen y, por otro lado, el discurso metafórico se construye en la imaginación que engloba imágenes mentales, asimilaciones y esquematizaciones predicativas, esto significa que estos dos discursos están en niveles distintos. Pero esto no impide que exista una intersección entre ambos. El discurso especulativo puede nutrirse con el metafórico y éste necesita de algún grado de especulación para ser comprendido.

Discurso filosófico y discurso poético pueden, pues, reavivarse mutuamente, a través de la revivificación de la función semántica de la expresión metafórica. La dimensión poética es el elemento nuclear del símbolo, puesto que es la expresión del verbo creador. Así, la filosofía puede enriquecerse con este poder creador, a través de la articulación del discurso conceptual con el discurso poético. La concretización de tal articulación se procesa por la vía de la hermenéutica que posibilita la combinación de la exigencia descriptiva del concepto y la plenitud simbólica de la metáfora. Este camino

implica un «estilo hermenéutico» que tenga simultáneamente el poder clarificante del concepto y la capacidad constituyente de la metáfora.

Esta capacidad constituyente de la metáfora se traduce por la innovación de sentido, por la irrupción de significaciones creadoras que no sólo muestran aspectos de lo real que no habían sido antes percibidos, sino también presentan un gran poder de interpretación del mundo, en la medida en que lo configura y posibilita al intérprete refigurarlo.

Por otro lado, el discurso especulativo también tiene el poder de vivificar el discurso poético, a través del concepto. Éste no tiene el poder de generar significaciones y sentidos nuevos; con todo, puede clarificar y discriminar las significaciones, ofreciendo, de este modo, al discurso poético, un cuadro analítico de sus posibilidades significativas.

La tensión entre los dos discursos se resuelve por la interpretación, pues, es ésta la que pone en movimiento las interrelaciones entre sus distintas semánticas, contribuyendo para un «pensar a más» en el nivel del concepto, o, como en las palabras del filósofo, la metáfora no es viva sólo por vivificar el lenguaje constituido. Lo es por

inscribir el impulso de la imaginación en un “pensar a más,” en el nivel del concepto. Esta lucha para un «pensar a más», bajo la conducción del «principio vivificativo», es el «alma de la interpretación».

Este «pensar a más» no puede ser el resultado de una concepción ingenua según la cual la semántica de la enunciación metafórica por si sola daría cuenta de la ontología inmediata, es decir, del «ser» puesto por el discurso metafórico, cabiendo a la filosofía solamente desvendarlo y formularlo, a través del lenguaje especulativo. En verdad, la semántica de la metáfora, en su doble articulación entre un sentido literal y una predicación impertinente, no sólo no muestra de inmediato el ser, sino que lo oculta tras las innúmeras posibilidades de significaciones. Es esa tensión que abre una fenda por donde penetra el discurso filosófico, en la búsqueda de una ordenación y regulación de las múltiples posibilidades significativas del discurso poético.

Dos tareas están ahí implicadas, segundo PR: 1ª) la construcción de una teoría general de las intersecciones entre las distintas esferas de discurso; 2ª) la proposición de una interpretación de la ontología implícita a los postulados de la referencia metafórica que tome en cuenta la dialéctica de las modalidades del discurso.

Esta interpretación es posible a través del discurso especulativo que, como se vio, se construye en la articulación de los conceptos, los cuales se caracterizan por su funcionamiento totalmente racional y metafísico, teniendo por instrumento básico de análisis la analogía. No obstante, esa necesidad que, según PR, se liga al propio espíritu, o mejor, es el espíritu reflejándose, puede encontrar en la esfera del discurso poético el dinamismo semántico de la enunciación metafórica.

En síntesis, el discurso especulativo de la ontología plantea el ser explícitamente, a través de las categorías o de la analogía, mientras el metafórico plantea el ser implícitamente, por el juego de la referencia doble del «ser y no ser» y de la referencia segundo grado, por la suspensión del referido primario, hecho que permite que broten los referidos secundarios. Estos juegos causan un choque semántico en la metáfora, entre

sentido literal y sentido metafórico. Es exactamente este choque que «demanda» una explicación y una explicitación que sólo son posibles por el concepto.

La referencia metafórica demanda una ontología explícita y, para que ésta pueda realizarse, es necesaria la traducción de los sentidos de la enunciación metafórica por conceptos. Esta explicitación ontológica, además de clarificar el ser y el sentido de la metáfora, amplía su referencia. Como lo afirma PR: Toda ganancia en significación es a

la vez una ganancia en sentido y en referencia.

Si se traduce esta afirmación para los conceptos de significado, sentido y significación de Guiraud, tal como están mostrados en el apartado 4.1. , la explicitación filosófica crea nuevas signi – ficaciones, posibilitando la ampliación de los sentidos inmanentes en el sistema y, con eso, aclarando, profundizando y ampliando las referencias para un nivel metafísico. Así, el campo referencial puede extenderse más allá

de las cosas que podemos mostrar, e incluso más allá de las cosas visibles y perceptibles.

La dialéctica entre el discurso especulativo de la filosofía y el discurso metafórico