ESTRUCTURALISMO Y SUBJETIVIDAD EN LA OBRA DE RICOEUR: MARCOS DE UN ITINERARIO
2.2. Estructuralismo y Hermenéutica: ¿Un injerto en un plantón?
2.2.2. La semántica en la hermenéutica: la búsqueda del sentido del ser
Los ensayos que componen el libro El Conflicto de las Interpretaciones constituyen, como se ha dicho, un conjunto de las principales cuestiones que han ocupado a PR a lo largo de su producción filosófica. Una de esas cuestiones es la búsqueda del sentido del «yo» y de la «subjetividad».
Para construir estos conceptos y alcanzar su refinamiento el filósofo recorrió un largo camino, pasando por la semántica, la pragmática y la teoría de la narrativa. En esta parte se va a estudiar su diálogo con la semántica y las relaciones que se pueden establecer entre ella y el proceso hermenéutico, teniendo como base el ensayo “El Problema del Doble Sentido” del “Conflicto”, donde el autor demuestra las distinciones entre la interpretación hermenéutica y la interpretación semántica, pero subrayando la importancia del estudio semántico como una puerta posible para adentrarse al sentido del ser.
semánticos: el lexical, el gramatical y el pragmático. El primero fue profundamente estudiado por autores como Guiraud, Pottier, Greimas en Europa y Bendix, en Estados Unidos. En este nivel, los lingüistas se dedican al estudio de las palabras como los signos básicos de la significación. Estos signos se componen de elementos mínimos constitutivos del semema, como se vio en el primer capítulo. También se estudian en este nivel, las polisemias, los campos semánticos, sinonimias y antonimias, metáforas y metonimias. En el segundo, se estudia la significación en las relaciones oracionales, a partir de las relaciones básicas entre los actantes y las acciones, los ejes semánticos, como en el modelo de AG. Y, en el tercero, el estudio de la significación desborda el sistema hacia el contexto situacional. En este último nivel son abordados los verbos performativos, las presuposiciones, los acarreamientos, las implicaciones y escalaridades en los actos discursivos.
PR, con todo, se limita al análisis del doble sentido. El enseña que, en la función alegórica del lenguaje, hay a la vez un sentido primario y un sentido secundario. Esos dos sentidos se realizan en el discurso considerado como texto: Lo que define la
hermenéutica, por lo menos relativamente a los otros niveles estratégicos que vamos a considerar, es, inicialmente, la extensión de las secuencias con las cuales ella opera y a las que llamo texto. Su concepto de texto, por tanto, se refiere a conjuntos lingüísticos
significantes más complejos que la frase.
Reconoce que existen distintas hermenéuticas, como, por ejemplo, la exégesis bíblica, el psicoanálisis, etc. y que todas tienen como objeto el texto en el sentido referido, pero que se distinguen por la técnica de análisis y por la función. En psicoanálisis, la técnica es un descifre psicológico que tiene por función desvelar las mistificaciones de las falsas conciencias del «ego». En la exégesis bíblica, la técnica es una investigación etimológica que posibilita la explicación de las alegorías, esto es, de los múltiples sentidos y la función es hacer una preparación para que se comprenda algo que fue dicho/escrito en determinadas circunstancias espacio-temporales, atribuyéndole un sentido en la actualidad.
Luego, como dice el autor, la hermenéutica no cierra el universo de los signos, sino que hace un movimiento de apertura de los signos hacia el contexto, la historia, la experiencia vivida. En ese sentido, se advierte que, desde sus ensayos reunidos en el
“Conflicto”, el autor delinea lo que va a ser su «antropología filosófica»: la búsqueda del ser como «sí» (soi), a partir del texto en cuanto una de las acciones posibles del hombre y que, como narrativa, se constituye también de secuencias temporales de acciones. Esta hermenéutica tiene un carácter próximo del tercer nivel de la semántica lingüística – la semántica pragmática, aunque el autor, en este ensayo, haya limitado su diálogo a los niveles lexical y gramatical.
La gran preocupación de PR con el estudio de los símbolos, en las primeras fases de su obra, se justifica por su concepto de sujeto y subjetividad como algo que no se muestra, que necesita un rodeo, un pasaje por los signos y símbolos tras los cuales se oculta. Y hasta los símbolos mismos necesitan una interpretación, puesto que no sólo muestran sino que ocultan algo de sus sentidos. Para él, por tanto, el único interés
filosófico del simbolismo consiste en que él revela, por su estructura de doble sentido, la equivocidad del ser: él se dice de múltiples maneras. La razón de ser del simbolismo es la de abrir la multiplicidad de sentido a la equivocidad del ser.
En su estudio sobre la semántica léxica, PR presenta la polisemia como el punto central de la semántica de una lengua. Un signo es polisémico porque tiene una «intención cumulativa», es decir, se sobrecarga de significaciones que llegan hasta la paradoja de no significar más. Por ejemplo, la luz tiene tantos significados simbólicos que ya no significa nada. Por otro lado, la palabra, aunque considerada como signo apartado del sistema, tiene sus límites en el campo semántico que, en sí, constituye una estructura de significados. La teoría del campo semántico nos muestra que un signo está en correlaciones con otros. Esa teoría será llevada más lejos por Pottier, que demuestra que una palabra está en relaciones de oposición, implicación, participación y asociación con otras, como se vio en el primer capítulo, creando un sistema más o menos cerrado en el nivel del significado. Como ejemplo, se podría citar la palabra «pecado» que está en relación de oposición con las palabras «falta», «violación», y se incluye en «mala intención» , bien como participa de «religión» y se asocia a «suciedad», «mancha», «impureza». Esas relaciones se encajan en los dos ejes, de la sintagmática y de la paradigmática. Así, las lexías – pecado, mala acción intencional y religión están en relación sintagmática. Puedo definir «pecado» como «una mala acción intencional», desde el punto de vista de las religiones. Las relaciones entre pecado, falta, violación,
mancha, impureza, suciedad son paradigmáticas. Sólo el contexto lingüístico determinará la elección de una u otra.
Según PR, es en la concatenación de esos dos ejes, de la sintagmática y de la paradigmática, que se definen los límites sintácticos y semánticos. Eso también define la simbólica, en el sentido de que, en el simbolismo, el eje de las similitudes es el de las sustituciones, de los paradigmas y es por él que se crean las metáforas. El eje de las concatenaciones es aquél de las contigüidades y posibilita la creación de las metonimias. El análisis de esos dos ejes en relación a la metáfora y a la metonimia se fundamenta en la teoría de RJ tal como se presenta en el libro “Lingüística y Comunicación”.
Esas posibilidades de creación de sentido tienen una naturaleza cerrada en el sistema, pero sólo se realizarán en el contexto, o discurso. Esa naturaleza cerrada del sentido se refiere a la semántica gramatical o estructural, que tiene como unidad mínima no la palabra, sino la frase,.
Al tratar de la semántica estructural, PR busca la contribución de AG, con relación a los niveles jerárquicos del lenguaje: el lenguaje objeto, el descriptivo y el metalingüístico, o lenguaje de la conceptuación. En este nivel estructural, lo que se busca son las relaciones de sentido y no los términos aislados, o sea, la realización de las lexías en el nivel de manifestación del discurso. Es en el discurso mismo que ellas van a relacionarse en las frases, creando el sentido. Ese sentido está sometido a un nivel inmanente más profundo, el de la estructura sintáctica. Según el autor, las palabras poseen un modo de presencia distinto del modo de existencia de esas estructuras.
En el contexto se establece la isotopía del discurso, a saber, un nivel homogéneo de sentido. Sin embargo, el discurso no ocurre siempre de forma isotópica. Él puede estar sujeto a ambigüedades, a polisemias, esto es, hay casos en los que el contexto no es suficiente para filtrar los sentidos más apropiados y permite que varios sentidos discordantes aparezcan a la vez.
La dirección hacia el sentido en el discurso que ya se presenta en las primeras obras de PR y que se ratificará definitivamente en sus trabajos más recientes como “Temps et Récit I, II, III”, “Soi-même comme un autre” y otros, apunta para cuatro puntos fundamentales de su hermenéutica: 1) el status analítico de la hermenéutica; 2) la elección del discurso como objeto de análisis; 3) el carácter interdisciplinario de su obra;
4) el carácter eminentemente filosófico de la búsqueda del «hombre», a través de sus acciones y manifestaciones.
1) Por el status analítico de la hermenéutica se comprende la utilización del método estructuralista, el cual consiste en la segmentación de la cadena hablada en unidades cada vez menores y en la descripción de sus modos de articulación. Es éste un primer nivel de penetración en la obra y también el más pasible de comprobación por las evidencias. Empieza por las grandes unidades del discurso, más precisamente el texto; después pasa al nivel de los sentidos de las palabras, utilizando los métodos de la semántica léxica. Finalmente, utilizando las constelaciones sémicas de la semántica estructuralista se llega al significado inmanente.
La elección del discurso como objeto de análisis nos conduce al encuentro del sujeto, aquél que se apropia de la lengua en determinado momento y la sojuzga a sus acciones e interrelaciones con otros que también se colocan como seres del discurso:
Último trazo de la instancia del discurso: el acontecimiento, la elección, la innovación, la referencia también implican un modo propio de designar al sujeto del discurso. Alguien habla a alguien: radica aquí lo esencial del acto de comunicación. Por ese trazo, el acto de la palabra se opone al anonimato del sistema. Hay un habla, allá, donde el sujeto puede retomar, en un acto, en una instancia singular del discurso, el sistema de signos que la lengua coloca a su disposición.
La acción discursiva presupone la atribución de un rol a alguien y eso conduce Ricoeur a la afirmación de que atribuir una acción a alguien es, principalmente, reconocerlo como sujeto de la acción. A través del discurso, el sujeto relata sus acciones, así como sus sentimientos y pensamientos. Por otro lado, el discurso en sí mismo es una acción que se articula con las otras acciones del sujeto. Este tema de la acción discursiva será retomado y ampliado en el quinto capítulo.
2) El estudio del discurso como acción empezó con Austin y su discípulo Searle. Fue a partir de la constatación de que hay muchas cosas más allá de la verdad o falsedad de una aserción que Austin, en 1955, observando las cosas que se hacen por medio del lenguaje, distinguió tres tipos de actos de habla advenidos de la interacción entre los locutores: el acto «locucionario», que equivale a una proposición declarativa, poseedora de sentido y referencia; el acto «ilocucionario» en que el propio acto de habla realiza la acción nombrada; el acto «perlocucionario» que tiene como función influenciar al destinatario, amonestándolo, sorprendiéndolo, causándole miedo, etc.
En los actos «locucionarios» hay el predominio del uso de los verbos en la tercera persona, o, si se quiere, la «no persona». Son verbos «constatativos», es decir, se trata tan sólo de una constatación. Ej. “El tren llegó con un retraso de dos horas.” En los actos «ilocucionarios», se usan los verbos «performativos» (del inglés “performance”- desempeño, acción, comportamiento) en la primera persona. Por tanto, sólo hay verbos «performativos» en referencia a la primera persona. Ej. “Te bendigo, te perdono, te bautizo.” El acto mismo de decir “bendigo” ya realiza la bendición, por el acto de decir “perdono” el destinatario ya está perdonado y lo mismo con bautizo. En los actos «perlocucionarios», no hay un tipo de frase o de verbo específicos para mostrar la dirección del habla hacia el oyente. Distintos tipos de frases pueden manifestar la intención de influenciar al destinatario. Por ejemplo, tanto la frase: “Convencí a Maria para que saliera” en que la presuposición del verbo convencer es que el otro realizó lo que se quería, o sea, en este caso, Maria salió, como la frase: “Avisé a María del peligro de conducir borracha”, en la que nadie puede garantizar que María no va a conducir borracha, dejan clara la intención del emisor de cambiar el comportamiento del destinatario. En los actos «locucionarios», el movimiento es en dirección al tema, en los «ilocucionarios» y «perlocucionarios», es en dirección al destinatario, a la segunda persona.
Searle, basándose en la teoría de Austin, amplió esta clasificación, descubriendo otras categorías y construyendo otros conceptos que no son el caso de presentar en este trabajo. Así, al mostrar que, en el lenguaje ordinario, el decir puede ser también hacer: preguntar, amonestar, perdonar; o alcanzar algún resultado: convencer, sorprender; y no ser solamente una aserción, esos filósofos trajeron para la noción de discurso una contribución muy grande, pues probaron que el sentido sólo se hace en la relación entre locutores y contexto y ejercieron, según PR, una influencia libertadora del positivismo. Para el positivismo, las proposiciones son válidas cuando describen hechos y pueden ser comprobadas empíricamente. La teoría de los actos de habla, sin embargo, comprobó que existen cosas más allá de los hechos: emociones, creencias, actitudes, intenciones, etc.
En la obra “Teoría de la Interpretación: El discurso y el exceso de significación" PR ratifica la distinción entre dos especies de lingüística: la lingüística de los signos –
semiótica y la lingüística del sentido – semántica. Esa subdivisión es un tanto distinta de la de Saussure, pues, para este último, la lingüística sería una rama de la semiótica, mientras la semántica, la rama de la lingüística que trataría de los significados (no de los sentidos) de los signos verbales. Para PR, la semántica se ocuparía del estudio del discurso, es decir, de los medios por los cuales los participantes de un acto de habla construyen los sentidos a través de la lengua. Esta distinción entre semiótica y semántica adoptada por el filósofo se estriba en la teoría de EB, como se ha mencionado en varios pasajes de esta tesis.
El autor deja claro también que su concepto de discurso no es el mismo que el concepto de habla -«parole» , como en la distinción langue-parole de Saussure. El habla es individual, heterogénea, contingente y diacrónica. Como un evento, no se presta a un análisis científico. Él considera el discurso un evento del lenguaje, sí, pero subraya su aspecto de prioridad ontológica sobre el sistema. Sólo el discurso tiene una existencia temporal y eso manifiesta su actualidad: De hecho, el sistema no existe. Tiene solamente
una existencia virtual. Únicamente el mensaje proporciona actualidad a la lengua en cuanto opuesto a una mera virtualidad del sistema.
Desde ese punto de vista, el discurso es un evento del lenguaje y una predicación, o sea, el discurso es un evento significativo y es justamente eso que hace que él se realice solamente a través de una unidad significativa que es la frase, entendida como proposición: compuesta por sujeto y predicado o por lo menos por predicado. ¿Sería, entonces, el discurso una cuestión de sintaxis? El autor se anticipa en contra de esa posibilidad de interpretación de su teoría, al aclarar que la frase, como unidad base del discurso, es una construcción sintética y no sintáctica, a saber, tiene un significado global y no puede ser analizada en unidades discretas. El sentido emana del todo y no es mera suma de las partes:
En la terminología de «langue» y «parole», solamente «langue» es un objeto homogéneo para una ciencia única, gracias a las propiedades estructurales de los sistemas sincrónicos. «Parole», como hemos dicho, es heterogénea, además de ser individual, diacrónica y contingente. Pero la parole presenta también una estructura irreducible en un sentido específico al de las posibilidades combinatorias abiertas por las oposiciones entre entidades discretas. Esta estructura es la construcción sintética de la propia frase en cuanto distinta de cualquier combinación analítica de entidades discretas. Mi sustitución del término «discurso» al término «parole» apunta no sólo a subrayar la especificidad de esta nueva unidad en que se apoya todo el discurso, sino también legitimar la distinción entre semiótica y semántica
como las dos ciencias que corresponden a dos especies de unidades características del lenguaje – el signo y la frase.
La frase, aunque se construya a partir de unidades discretas en un proceso sintáctico, no es, en sí misma, una unidad discreta, puesto que no es previsible, tampoco se organiza en paradigmas cerrados. Por eso, se trata, como aclara el autor, de una síntesis que, como tal, es creativa, imprevisible e infinita. Se trata, pues, de una unidad de otro nivel, el del habla, no en el sentido saussuriano, sino como discurso. Finalmente, la tesis de PR es que lo que se pretende comprender no es el discurso como evento transitorio, sino su significación – el entrelazamiento entre nombre y verbo; el significado auto referencial del locutor por medio de los deícticos y de los tiempos verbales. Aquí se percibe muy claramente la directa filiación de esta teoría a la teoría de Benveniste planteada en el primer capítulo.
A los actos locucionarios, ilocucionarios y perlocucionarios de Austin y Searle, PR añade otra categoría de la enunciación: el acto interlocucionario - en que subraya el trazo más importante del discurso que es el de ser dirigido a alguien, pues es la presencia del otro en el discurso que instituye el lenguaje como comunicación.
3) Tercero, el carácter interdisciplinar de la obra de Ricoeur es un hecho que muestra su profundo conocimiento y respeto a otras teorías y autores, buscando siempre, según Reagan, la interpretación más generosa para los textos ambiguos u oscuros y dar mérito a los autores que leemos y de quienes aprendemos alguna cosa. Sin embargo, no se puede confundir la interdisciplinaridad de su obra con ecletismo. PR realiza la conexión entre la hermenéutica y otros campos del conocimiento a través de un proceso profundamente crítico y dialéctico cuya síntesis resulta en una totalización fecunda que propicia espacios de autoría para pensar mejor y comprender más. Él articula varias teorías con la hermenéutica, en el punto que ellas tienen en común, o sea, el lenguaje, pero las utiliza sin salir del eje hermenéutico filosófico: el análisis de la acción humana en todas sus formas, principalmente la acción comunicativa.
4) Y, como último principio, la búsqueda del hombre más verdadero que, a través de la reflexión sobre sus acciones y manifestaciones, se conciencia de las estructuras que lo aprisionan y alienan. Este hombre cuya «identidad» no siempre es «ipseidad»; el