IV CAPÍTULO
LA METÁFORA ENSEÑA: OTRA PARADA NECESARIA EN LA VÍA LARGA DE RICOEUR
4.2. Ser y no ser: el paso a la hermenéutica de la metáfora
La concepción de la metáfora como una predicación conduce a una segunda cuestión, a saber, a la cuestión de la relación o no de la metáfora con el mundo. Dicho de otro modo, si se considera que el sentido del discurso es trascendente, supera el mundo de la lengua hacia el mundo de los hechos, o de la «existencia de estado de cosas» como define Wittgenstein, la metáfora, como un hecho del discurso, también sobrepasa su realidad lingüística hacia las cosas y los acontecimientos. Con esto, la pregunta de PR
¿qué dice el enunciado metafórico sobre la realidad? replantea dos cuestiones: la de la
interpretación y la de la verdad en la metáfora.
Sobre la referencia, PR presenta dos teorías opuestas pero que a él le parecen complementarias y no irreconciliables – la de Frege y la de Benveniste. Para el primero, la proposición tiene una denotación, pues es de la referencia del nombre que un
predicado es afirmado o negado. Todo aquél que no admite que el nombre tenga una referencia no le puede atribuir ni negar un predicado a él. Cada nombre puede
significar un concepto, un género o un objeto individual. Una palabra como «caballo», por ejemplo, designa un concepto en una frase como: «Esto es un caballo». Esta palabra, en ese contexto, significa «animal, cuadrúpedo, mamífero, herbívoro, domesticable, macho, que sirve para el transporte de cosas o personas, etc.» En una frase como: «Este caballo está estropeado», la palabra caballo significa un objeto específico, tiene una relación directa con el ser real que allí está. Pero cuando se dice: «El caballo es herbívoro», la palabra caballo tiene una extensión mayor porque se refiere a todos los animales de aquél género. Esas consideraciones de Frege evidencian la característica de su concepción de referencialidad de los nombres que, según este autor, permite la atribución de un predicado o la negación. Delante de una vaca se puede afirmar: «Esto
no es un caballo»; refiriéndose a un caballo, se puede atribuirle un predicado: «este caballo es pequeño». Así, para Frege, la palabra tiene un valor literal, denota algo o, en términos saussurianos, tiene un significado. Estos tres significados que se atribuyen a una palabra son denotativos, tienen que ver con la realidad a la que la palabra se refiere. Para Frege, la búsqueda de una denotación de la palabra pertenece a la intención que tenemos al hablar o pensar. Tal intención es el «deseo de verdad» y es eso que nos conduce del sentido hacia la referencia. La verdad sería entonces la relación del sentido con la referencia. Pero se podría preguntar: ¿ Cuál es el sentido de la palabra relación en Frege? ¿Se trata de una adecuación entre sentido y referencia? ¿Cómo comprobar el carácter de verdadero o falso en la relación sentido/referencia en el caso de las metáforas? Para Benveniste, por el contrario, la denotación irrumpe de la frase entera hacia la palabra. O sea, la palabra es un haz de significados, por eso, paradójicamente, nada significa fuera del contexto. Sólo en un contexto específico de la frase entera, la palabra «fijará» el sentido adecuado a aquella situación discursiva. En la primera teoría, la referencia es un hecho del nombre «propio», en el sentido lógico de «adecuado», hacia la frase, o sea, un nombre es verdadero o falso dependiendo de las relaciones en la frase. Se parte de la palabra hacia la frase. En la segunda, la referencia es un hecho de la frase que se segmenta en el interior del sintagma hacia la palabra. Desde este punto de vista, la palabra sólo adquiere significado en la frase que, en cuanto tal, es un hecho del discurso. La primera teoría reafirma un camino sintético, mientras que la segunda privilegia el analítico.
Concluye PR:
Las dos concepciones de referencia son complementarias y recíprocas: sea que se remonte, por composición sintética, del nombre propio a la proposición, sea que se baje, por disasociación analítica, del enunciado a la unidad semántica de la palabra. Al cruzarse, las dos interpretaciones de la referencia hacen aparecer la constitución polar de la propia referencia, que puede ser nombrada objeto, si se considera el referente del nombre, o estado de cosas, si se considera el referente del enunciado entero.
La referencia tiene dos funciones: de identificación y de denotación. Considerada como la relación entre el nombre y el objeto, realiza la función de identificación. El nombre es propio, adecuado a la identificación de la cosa. Así, al escuchar o hablar la palabra «caballo» no se piensa en perro, vaca u otro animal cualquiera. Cuando se refiere a un estado de cosas, tiene una función de denotación, a saber, el sentido se proyecta en
el mundo, en la existencia. Se advierte en esta postulación, una vez más, el carácter mediador y totalizador de la dialéctica ricoeuriana, que busca siempre una tercera vía, conciliatoria tal vez, huyendo de las posiciones dicotómicas y antagónicas, pero no cayendo en un relativismo fácil. PR no hace un ecletismo con teorías opuestas, sino que construye una nueva posibilidad teórica a partir de ellas.
El postulado de la referencia como la relación del sentido con la existencia, en fin, como denotación, tiene que ser, según PR, reelaborado, cuando se considera la obra, que es una realidad discursiva, completa en sí misma y compleja, que no se reduce a un conjunto de frases, consideradas como unidades del discurso.
PR define obra, desde una matriz marxista, como una estructura discursiva constituida de categorías prácticas de producción y de trabajo. Como producción, la obra no se limita a una suma de frases, sino que resulta de la codificación del lenguaje en determinado género, como la novela, el poema, etc. Son estos géneros que regulan la praxis del texto. Como trabajo, la obra es el resultado de una composición singular. Por consiguiente, son los géneros que regulan la composición, la praxis del texto. Tras esa concepción marxista, como no podría dejar de ser, subyace una concepción estructuralista que postula reglas específicas, aceptadas por la comunidad lingüística, que especifican los géneros literarios.
El trabajo de la interpretación se dirige hacia el texto como obra: Tal es la cosa a
la que se dirige el trabajo de interpretación: es al texto como obra, disposición, pertenencia a géneros, efectuación en un estilo singular, son las categorías propias de la producción del discurso como obra.
Por este prisma, el texto es una estructura que crea un mundo propio, el mundo de la obra. La hermenéutica es el paso de la estructura de la obra al universo por ella creado. En la concepción de PR, la estructura es a la obra, lo que el sentido es al enunciado; el mundo de la obra es para ésta lo que la denotación es para el enunciado. El análisis estructural aún no se puede entender como hermenéutico porque se limita a la inmanencia del sistema, sin preocuparse con la relación entre los sentidos recreados en el mundo de la obra y el mundo real y la vida del lector que la obra proyecta, por un proceso de presentación y ocultación. Hay sentidos que no están dados claramente en la obra; hay preguntas que la obra no contesta claramente. Empieza ahí el trabajo de la
hermenéutica.
La concepción del mundo de la obra exige un despliegue en el sentido de la referencia, puesto que crea una referencia de primer grado, la que se dirige al mundo, a la existencia real, y una referencia de segundo grado que se dirige al mundo de la obra, al universo creado por ella. Esto permite a PR postular que el discurso literario no es sólo connotativo, como afirman algunos teóricos, sino que es denotativo también, por consiguiente, la denotación no es prerrogativa del discurso científico. La diferencia está en que, en la obra literaria, hay una suspensión de la referencia de primer grado para que se desvele el mundo de la obra, la referencia de segundo grado.
En este cuadro de dos referencias, es posible comprender la metáfora como la relación entre la referencia en suspensión y la referencia actualizada, por eso, es posible
que el anunciado metafórico sea precisamente aquél que muestra con claridad la relación entre referencia suspensa y referencia desvelada. El enunciado metafórico se
constituye en cuanto tal sobre las ruinas de lo que se puede llamar, por simetría, su
referencia literal
.
Sin embargo, hay, desde la retórica y de la poética estructural, una argumentación en contra de la concepción del discurso poético como referencial. La retórica, al decir que la metáfora es sólo un ornamento, niega su poder de añadir nuevos sentidos a la expresión y, en consecuencia, niega la posibilidad de interrogar sobre la verdad de la metáfora. La poética estructural, al considerar el mensaje en sí mismo, en el discurso poético, elide, o por lo menos desprecia, la función referencial. RJ, en el artículo “Lingüística y Poética,” considera a esta última como parte de la lingüística, al afirmar:
La poética trata de los problemas de la estructura verbal, así como el análisis de la pintura se ocupa de la estructura pictórica. Como la Lingüística es la ciencia global de la estructura verbal, la Poética puede ser encarada como parte integrante de la Lingüística. Cabe, según este autor, a la Poética contestar a la pregunta ¿Qué hace de un
mensaje verbal una obra de arte? Al considerar la Poética una rama de la Lingüística, la respuesta a esta pregunta es obvia: lo que hace de un mensaje verbal una obra de arte es el juego en el sistema. Un juego que se realiza aprovechando los elementos de la lengua, pero jugando con ellos de una manera que pone en evidencia el mensaje por sí mismo. Por esa perspectiva, el lenguaje poético se basa en dos aspectos: una posición de desvío
de la norma y una reducción del desvío, por una nueva estructuración, sin, con todo, huir de las posibilidades del sistema, es decir, hasta el error gramatical es previsible por el sistema. O sea, la «impertinencia» tiene que ser siempre «pertinente». Esta concepción deja una laguna. ¿Qué es el mensaje? ¿Es una idea previa que se quiere transmitir? ¿Es una nebulosa que será revestida por el código? ¿Tiene algo que ver con la realidad? O, por el contrario, ¿es algo que se construye en el juego de relaciones dentro del sistema verbal? Si se considera la Poética como parte de la Lingüística estructuralista, como lo hace RJ, la respuesta tiene que ver con la última cuestión. Por lo tanto, no se refiere a la realidad.
La confusión se origina de una mezcla de niveles de análisis. Para resolver esas incoherencias, RJ coloca en un mismo nivel de análisis los hechos de codificación del lenguaje poético y las funciones a que se presta el lenguaje. Cohen, autor representativo de la Poética Estructural, intenta aclarar este problema, postulando que si se atribuye un sentido al lenguaje poético, por lo tanto, también una referencia, puesto que, como se ha dicho, el sentido es construido en el sistema, pero se dirige a lo real, en este caso, entonces ya no se trata más del mensaje por sí mismo, como sistema de signos, sino del
efecto subjetivo producido en el receptor. Con eso, se infiere que, para Cohen,
considerar una función para el lenguaje poético es cambiar de nivel de análisis. Pasar del nivel de la estructuración para el nivel de la comunicación, en el que el lenguaje ejerce varias y distintas funciones.
RJ, el autor de las seis funciones del lenguaje centradas en los seis elementos constituyentes de un acto comunicativo, aclara que sería muy difícil encontrar mensajes verbales que rellenasen una única función, por el contrario, la diversidad radica no en el
monopolio de alguna de estas funciones, sino en un orden jerárquico distinto de las funciones. Para este autor, reducir la función poética al ámbito de la poesía, o colocar la
poesía como cumpliendo sólo la función poética, sería una simplificación «excesiva y engañosa».
Del texto de Lorca se pueden sacar ejemplos que confirman las afirmaciones de RJ en cuanto a la imposibilidad de que un texto realice solamente una función. La sonoridad de las palabras, el tono de lamento, la entonación de los versos y las metáforas dramáticas tienen que ver con el mensaje por sí mismo, es decir, construyen una
opacidad para los signos y realizan la función poética del texto. El enfoque de la primera persona - «yo tengo», «(yo) pido», «mi angustia», «mi vestido», «me está clavando» - realiza la función emotiva. La presencia de un destinatario, aunque imaginario, representado por la segunda persona - «tú has de venir, amor, mi niño – muestra el lenguaje en su función conativa. La definición de los pechos como «dos manantiales», como «paloma sin ojos» además de la función poética, realiza también una función metalingüística.
Sobre el postulado de PR de una doble referencia, se puede hablar de un «referido primario» que remite a la realidad de la existencia (por ejemplo, en el poema de Lorca, las «cosas» puerta, hijo, pecho, agua, sal, tierra, fruta; los «sentimientos»: dolor, angustia) que queda obnubilado por un «referido secundario» que remite al universo del poema y de la obra entera.
La teoría de RJ permitió que la poética, de base estructuralista y con soporte en la epistemología positivista, condujera los estudios poéticos a la «cosificación» del mensaje poético. La poesía es estudiada como si fuera un icono en el que el movimiento
no se consume hacia fuera, sino en el interior.
Desde esta perspectiva, la cuestión de verdad y, en consecuencia, de la interpretación, no son pertinentes. En la opinión de PR, si el sentido del discurso dice lo que dice y nada más, es decir, si se trata de icono y el icono no se interpreta, se percibe, sacar el sentido de un poema es percibirlo en su totalidad. A partir de esta postulación, se justifica la dicotomización entre lenguaje cognitivo y emocional. Con eso se ratifican lo poético y lo metafórico como discursos sin referencia, no pasibles de verificación.
En contraposición a esta teoría positivista de la metáfora, PR presenta la teoría de la denotación generalizada, de Nelson Goodman. Se trata de la designación del lugar de una teoría francamente denotativa de la metáfora en la que referencia y denotación quieren decir lo mismo. Esta teoría asume, además, que los sistemas simbólicos construyen y reconstruyen el mundo: reorganizan el mundo en términos de obra y las
obras en términos de mundo. La consecuencia más importante de esta teoría, según PR,
es la recusación a distinguir cognitivo y emotivo, puesto que para Goodman, en la experiencia estética, las emociones funcionan cognitivamente: lo estético presupone acción (re) creadora.
Por otro lado, PR cuestiona la teoría de Goodman por su nominalismo pragmático y por considerar la metáfora como una unión bígama, una resistencia del hábito a la innovación, y no una «epojé» de un modo de referencia como condición de la emergencia de otro modo. No se trata, pues, de una cuestión de «cambio de etiqueta», tampoco de una (re) organización de la realidad, sino que se trata de una manera de ser de las cosas, a través de una innovación semántica. El enigma del discurso metafórico, para PR, está en el hecho de que él inventa en el doble sentido de la palabra: lo que él
crea, lo descubre, lo que él encuentra, lo inventa.
El debate de PR sobre la verdad metafórica empieza por un estudio comparativo entre metáfora y modelo, basado en la teoría de los modelos de Max Black. Para este autor, la metáfora es para el lenguaje poético lo que el modelo es para el lenguaje científico. En el lenguaje científico, el modelo tiene la función de descubrir las «verdades» científicas o, por lo menos, destruir la interpretación inadecuada y trazar el
camino para una interpretación más adecuada. El modelo teórico es, pues, un aparato
ficticio, puesto que creado por el científico, a través del cual se redescribe la realidad. ¿Qué se comprende por la realidad que el modelo redescribe? ¿Aunque ficticio, sería el modelo un instrumento de comprobación, tal como una prueba científica?
Anticipándose a estas y otras preguntas, PR aclara que el modelo, en cuanto una ficción, no pertenece a la lógica de la prueba, sino a la de la descubierta. Esto quiere decir que el modelo es un instrumento que posibilita interpretar la realidad a través de sus redes de descripción. Por ejemplo, una teoría como el psicoanálisis trata de comprender el psiquismo a partir de la construcción teórica de las estructuras de las «tópicas» y de la economía del deseo. No hay modos de comprobación empírica, o lógica sobre si nuestro psiquismo está o no estructurado de tal manera, pero este aparato da cuenta no sólo de muchos fenómenos del psiquismo, como se mostró más adecuado que las descripciones de teorías psicológicas o neurológicas anteriores. Aceptar o no el modelo, no es una cuestión de comprobación científica o lógica, sino que se trata más de una creencia. El científico tiene que creer que aquel modelo es más adecuado que otros para elegirlo.
Black, citado por PR, plantea los modelos en una jerarquía de tres niveles que se podrían traducir, en términos jakobsonianos, por icónico, diagramático y simbólico. El
grado más bajo es el icónico, llamado por Black de «modelos de escala». Una maqueta de un edificio, de un navío, o una ampliación de la pata de una hormiga, son ejemplos de modelos de escala, puesto que presentan en tamaño menor o mayor la realidad que quieren describir. El segundo grado, los diagramas, o como los nombra Black, los modelos análogos, representan un aspecto del objeto. Por ejemplo, un dibujo de las estructuras del sistema económico, a través de trazos que se interconectan. El tercer grado se constituye de los «modelos teóricos» que tienen en común con los otros los hechos de ser ficción y estructura. El modelo es, pues, una vía para el descubrimiento y no para la comprobación, pero, en definitiva, comporta un proceso cognitivo, un método
racional que tiene sus cánones y principios.
Los modelos teóricos comparten con las metáforas los siguientes trazos: son producciones «langagières», discursivas, son ficticias, crean nuevos sentidos y significaciones, posibilitan la configuración y la refiguración de la realidad y son procesos cognitivos, por lo tanto, racionales. Los trazos que los distinguen se sitúan en el nivel del discurso, es decir, la función del lenguaje más evidente en cada uno de los dos - en la