• No se han encontrado resultados

2. RECONSTRUCCIÓN DE MUNDOS VITALES DESDE LA INIQUIDAD

2.3. CONFRONTACIÓN MUNDOS VITALES DE AYER Y DE HOY.

2.3.2. COMPRENSIÓN – COMPARACIÓN DESDE LA INIQUIDAD

2.3.2.3. MICROPLANO O NIVEL DE LA FUNCIÓN

Comparar y comprender el microplano o nivel de la función en la reconstrucción de los mundos vitales de ayer y de hoy, es reconocer la iniquidad como configuradora de estas sociedades. Es identificar comportamientos típicos de las relaciones interhumanas y las funciones de los sujetos dentro de la sociedad grecorromana del mundo de ayer y de la sociedad de la capital del país, en el mundo de hoy, que reflejen realidades de injusticia, discriminación, división social, juego político de poder, abuso, marginación, entre otros. Ya sea como producto de la condición humana que se debate entre el pecado y la virtud o por la fuerza de las circunstancias que jalonaron procesos de injusticia y desigualdad, casi de manera inevitable, la iniquidad ha sido el trasfondo del devenir histórico, más presente en unas épocas que en otras, pero siempre presente, que ha dado forma a las sociedades tanto en el mundo de ayer, como en el de hoy.

Podría afirmarse que la condición del hombre como ser social, que necesita vivir en comunidad, está directamente relacionada con la aparición de su tendencia a sentirse y manifestarse mejor que los demás, más fuerte que otros, superior a otros, para ejercer

sobre ellos poder y dominación. Es tan necesario para el hombre vivir en comunidad, como ser reconocido por ella. De ahí, se ha desarrollado la teoría de las necesidades humanas, trabajada por el psicólogo Abraham Maslow189, quien sostiene que las necesidades del ser humano están jerarquizadas de forma tal, que se van cubriendo desde aquellas orientadas hacia la supervivencia, hasta las que se orientan hacia el desarrollo. El asunto radica entonces, en que es imposible que todas las personas cubran su escala de necesidades de la misma forma o al mismo ritmo, lo cual lleva a que siempre existan quienes van delante de otros en la escala de satisfacción de necesidades y lleguen primero a la satisfacción de la necesidad de aceptación social o autoestima e incluso autorrealización o auto-trascendencia y otros que nunca pasen de la satisfacción de las necesidades básicas. Esto genera las diferencias de desempeños, de habilidades, de carismas, de inteligencias, que van ubicando a unos por encima de otros y van manifestando dominación y poder de unos sobre los otros.

Las mismas leyes de la naturaleza ejercen su poder para ratificar la condición humana que busca trascender, aún si para lograrlo debe pasar por encima de quienes no llevan el mismo ritmo o no tienen las mismas ventajas. Bajo estas leyes, la humanidad ha justificado y legitimado desde tiempos antiguos, la supremacía de unos que nacieron mejor dotados, en mejores lugares, con mejores ascendencias familiares y en mejores condiciones, sólo por las fuerzas aleatorias de la naturaleza, sobre otros muchos, quienes simplemente no corrieron la misma suerte. Y por lo tanto, es legítimo que unos dominen sobre otros para mantener la armonía de la naturaleza y de la sociedad.

De ésta manera, desde el principio se aceptaron las diferencias sociales que fueron configurando las ciudades tanto en el mundo de ayer, como en el de hoy y bajo esta premisa, la iniquidad encontró asidero para contribuir a dar forma a las realidades que se viven hoy en día y que vienen pasado de generación en generación, convirtiéndose en pilares estructurales de desarrollo social, económico, político y cultural.

Una mirada comparativa entre los mundos vitales de ayer y de hoy, con el lente de la iniquidad, desde el microplano o nivel de la función, permite reconocer sus efectos, las consecuencias de la inclinación natural al mal, que ha acompañado a la humanidad durante toda su historia, el pecado presente en las dinámicas sociales, que tiene su raíz en los pensamientos e intenciones pecaminosas de los seres humanos que los han fraguado y los han cimentado en el imaginario de vida, crecimiento y desarrollo de las sociedades a través del tiempo.

189

Abraham Maslow nació en Brooklyn, Nueva York el 1 de abril de 1908. Fue el primero de siete hermanos y sus padres eran emigrantes judíos no ortodoxos de Rusia. Se doctoró en Psicología en la Universidad de Wisconsin en 1934. Una de las cosas más interesantes que Marlow descubrió mientras trabajaba con monos fue que ciertas necesidades prevalecen sobre otras. Por ejemplo, entre el hambre y la sed, se tiende a calmar la sed antes que comer. Recogiendo esta idea creo su teoría de la Jerarquía de Necesidades, las que ubicó en una pirámide empezando por las necesidades básicas, hasta la necesidad de trascendencia en la cúspide de la misma. Así la escala completa empieza con las necesidades fisiológicas, luego las de seguridad, aceptación social, autoestima y autorrealización.

En esa vía, tanto en el mundo de ayer, como en el de hoy, la iniquidad ha tenido su principal efecto en los códigos de relaciones humanas que se han establecido entre los miembros de la sociedad. Inicialmente en el mundo grecorromano, la brecha relacional entre el pater y los miembros de su familia, quienes le rendían culto, devoción y obediencia. Según la reconstrucción del mundo de ayer, podría afirmarse que en ese momento histórico del nacimiento de la ciudad de corte romano, la relación que generaba mayor iniquidad era la del hombre y la mujer, mediada por la religión y el matrimonio. En esta relación, la mujer era parte de la propiedad privada del pater y luego del esposo, era totalmente dependiente, no podía heredar, no ejercía ninguna autoridad, siempre estaba en un segundo plano, inferior al hombre, no tenía derechos y no se le permitía participar en la política, en la literatura, ni tampoco podía ser cabeza de familia.

Luego cuando la ciudad se consolidó en asociación de tribus, el modelo social del patronazgo definió los roles que ubicaban en situaciones opuestas al patricio y al cliente, al amo y al esclavo, al hombre y a la mujer, a los adultos y a los niños y de esta manera las normas de comportamiento iban dando forma a una cultura específica de ese momento histórico.

Podría afirmarse igualmente a partir de la reconstrucción del mundo vital de ayer, que la relación que generaba mayor iniquidad era la del patricio, el cliente y el esclavo. A pesar de que los clientes podían gozar de algunos privilegios y confianzas de parte del amo patricio, siempre eran vistos como sirvientes, dependientes, necesitados de favores y ayudas; y respecto a los esclavos, la brecha era infranqueable. Los esclavos eran considerados como parte del patrimonio del amo, como niños, sin mucho uso de razón y a quienes debía hacérseles obedecer los mandatos. No tenían derechos jurídicos dentro de la sociedad, ni derecho a la familia y el amo podía disponer hasta de la vida del esclavo y él sólo podía rendirse a sus caprichos. La existencia de la esclavitud era normalmente aceptaba, no se discutía siquiera la posibilidad de cambiar esta situación y se creía que era cuestión de suerte, estar bajo la condición de esclavo.

Estas relaciones aceptadas, potenciadas y conscientemente conservadas, se convirtieron en germen de iniquidad, en generadoras de injusticia, desigualdad, marginación, que fueron cimentándose en la sociedad y haciendo parte de su normal desarrollo. Así, se encuentra en la ciudad de corte romano, la figura no solo del patricio, sino más tarde del emperador que se declara dios y por lo tanto con facultad de ordenar y realizar su divina voluntad por más aberrante que ésta pudiera resultar.

La dinámica de las relaciones en el mundo de ayer, estableció ideas de iniquidad que fueron convirtiéndose en pilares de creación de cultura. Por ejemplo la idea de pertenecer y no pertenecer a una familia, a una tribu, a una ciudad; la idea de estar fuera o dentro de un límite territorial que marcaba diferencia social; la idea de vivir en un espacio grande o pequeño que definía su rol en la sociedad; la idea de ser parte de los organismos gubernamentales o no serlo; la idea de estar arriba o abajo en una escala social que

determinaba situación de bienestar o precariedad; la idea de ser hombre o mujer que definía posibilidades de ejercicio de ciertas libertades o el desempeño de ciertos roles sociales.

Una mirada analógica a las relaciones de la ciudad de corte colonial, que han jalonado la historia hasta la ciudad de hoy representada en Bogotá, permite constatar que en realidad, se dieron las mismas situaciones.

Para el momento de la Conquista y la Colonia, el modelo iniquitativo de relaciones estaba tan arraigado en la sociedad, que prácticamente para nadie era motivo de análisis o reflexión alguna. Había pasado tanto tiempo de aceptación de las diferencias sociales desde el mundo grecorromano de ayer, que la sociedad se configuraba automáticamente bajo este modelo. Así, encontrar una aristocracia noble llena de privilegios por su procedencia, su riqueza, sus títulos nobiliarios y hasta su apariencia, en la ciudad de corte colonial, era normal. Los mismos nativos americanos, aceptaron esta supremacía de los invasores desde el principio, por cuenta de las evidentes rarezas que suponían para ellos, los caballos, los hombres montados en los caballos, los atuendos de los conquistadores, los barcos en que llegaron, el lenguaje, al punto de considerarlos dioses que los visitaban y a los que debían servir y complacer.

Esto ubicó a los nativos en franca desventaja a la hora de entablar relaciones con los españoles, para quienes era familiar un modelo social donde unos eran dominadores y otros dominados y hasta abusados.

De ésta manera, los conquistadores venidos de un mundo que se movía bajo el modelo iniquitativo de la desigualdad, continuaron el ejercicio de dominación y abuso, que les era más ventajoso para sus propios intereses de enriquecerse y escalar peldaños sociales en la sociedad jerarquizada de la España conquistadora.

En este sentido, mirando analógicamente, puede comprenderse el origen de este modelo iniquitativo colonial, que empezó a gestarse en el mundo de ayer y su cimentación logró que trascendiera el tiempo hasta el mundo de la Colonia e incluso el de hoy, representado en Bogotá.

Por esto, entender el esquema iniquitativo en el que se mueve la sociedad de hoy en día, un esquema que es apenas reconocido por algunos, casi siempre por quienes sufren sus consecuencias, pasa por reconocer que en el mundo de hoy, el concepto de pecado se ha relativizado, se ha flexibilizado para dar cabida a prácticas que ya no se consideran pecado. Un ejemplo típico es la aceptación social de la convivencia en el mismo espacio o ciudad de una franja de población que no cuenta con los recursos mínimos para vivir con la misma dignidad con que vive otro segmento al que le sobran los recursos y por ello vive en opulencia. Las ciudades del mundo, desde la antigüedad, han aceptado la convivencia de ricos y pobres como algo normalmente aceptado por la sociedad, sin reconocer en ello ninguna conducta pecaminosa.

Tal vez, esta es la práctica de iniquidad más arraigada en todas las sociedades y por eso mismo, más difícil de erradicar porque supone transformar estructuras de pensamiento y comportamiento que han trascendido generaciones enteras y muchos siglos en el tiempo. Incluso han sobrevivido a procesos de civilidad, avance de la humanidad, progreso en todas las disciplinas del conocimiento y especialmente a años de reflexión teológica y moral.

Por lo tanto, comprender y comparar el microplano o nivel de la función, es reconocer situaciones similares tanto en el mundo de ayer como en el de hoy, que han ido configurando la cultura social tal y como la conocemos y aceptamos. Es reconocer la misma lucha de muchos por sobrevivir en una sociedad que los margina, los desconoce, los abandona, por una condición de inferioridad que no propiciaron, sino que heredaron por cuenta del azar. Es decir, los menos favorecidos de las sociedades actuales, son los mismos de las sociedades antiguas, que simplemente no nacieron bajo las mismas condiciones, o amparados por las mismas prebendas o con los mismos recursos que otros pocos, pero que no tuvieron la posibilidad de elegir tal suerte.

Así, en la ciudad del mundo de hoy, circulan los mismos imaginarios que ubican a unos y otros en lugares opuestos, unos de dominación y otros de dominados: los nobles y los campesinos, los amos y los esclavos, los gobernantes y los gobernados, los blancos y los negros o indígenas, los españoles y los criollos, los que viven en la plaza principal y los que viven en las periferias, los que poseen casas de dos pisos con espacios diferenciados y los que cuenta con un solo espacio vital para toda la familia.

CONCLUSIÓN

Llegar al tercer capítulo en este estudio de mundos vitales con el método Hermenéutico desde un criterio analógico, significa haber logrado desarrollar un ejercicio de mirada analógica de los mundos de ayer y de hoy, con el lente de la iniquidad como criterio teológico de análisis, para descubrir semejanzas, diferencias y situaciones que han prevalecido en el tiempo.

Es importante reconocer el origen de las situaciones de iniquidad que se pueden evidenciar en el mundo de hoy, porque esto permite comprenderlas y trabajar para erradicarlas o evitar su conservación en el tiempo.

Constatar que la sociedad se ha configurado en la iniquidad desde el principio, que este modelo está tan firmemente arraigado en el inconsciente colectivo de la humanidad, que lo lleva a aceptarlo, a verlo como normal e incluso necesario, me pone de frente a la pregunta de si otro tipo de sociedad es posible, de si el ser humano está condenado a vivir en un esquema que margina a unos y privilegia a otros, sin mayores méritos, a reconocer que el azar del nacimiento condena a algunos a ser despreciados y a otros a ser admirados.

Estas preguntas me llevan entonces, a valorar los efectos del encuentro del mundo de ayer y de hoy con el cristianismo, con los procesos de evangelización y con la fe en el señor Jesucristo.

Estas inquietudes abren el último capítulo de este trabajo que busca proponer acciones político simbólicas tendientes a la transformación de las realidades de iniquidad que se pueden encontrar en el mundo de hoy, representado en la capital del país, que intenta poner en marcha un plan de evangelización orientado a fortalecer la adhesión a la persona de Jesús y mejorar la vivencia cristiana, con miras a transformaciones vitales y sociales.