Mayra Fernández
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cualquier ámbito, sabemos que cada una de las cosas que quere- mos contar tiene su propio perio- do de maduración y cuando lle- ga el momento de la eclosión se convierte en un fantasma obse- sivo que se sirve de cada peque- ña pincelada de cotidianidad para decir “estoy aquí, no puedes igno- rarme”. Eso mismo nos ocurrió a nosotros. La primera vez que me
enfrenté al texto de Ad de Bont
Mirad, un chico de Bosnia corría
el año de 1995 y no fue fortuito el “enamoramiento abrasivo” al que me sometió. Era un estudiante de arte dramático a punto de termi- nar la escuela (lo que signifi ca que estaba cansado de intentar hacer mías historias ajenas a mi rea- lidad diaria) y por otro lado los informativos nos hacían desayu-
nar todos los días con el genoci- dio que se estaba llevando a cabo en Yugoslavia. Nunca he podido olvidar a una mujer sexagenaria hablando a la cámara y diciendo: “Nos están matando a todos. Lle- ga el invierno y no tenemos ni si- quiera zapatos que ponernos en los pies”. A raíz de conocer a May- ra le hice llegar el texto y pensé que era ella con quien quería sa- carlo adelante. Y así, casi sin dar- me cuenta, han pasado diez años. Otras prioridades, otros proyec- tos y por fi n un equipo humano con quien poder desarrollarlo (Xuaco, Borja, Gonzalo, Carmen, Alberto, Azucena) y sabiendo que todos viviríamos esa pulsión con la misma intensidad que un día me estremeció a mí. No preten- do continuar una biograf ía (que por otro lado resultaría bastante sosa), lo que queremos haceros llegar es un encuentro que Mayra y yo tuvimos con Djuka y Fazila Balic, los protagonistas de Mirad. ¿Pirandelliano? Sin lugar a dudas, pero espero que os resulte tan cla- rifi cador y estimulante como nos resultó a nosotros.
Nos hemos reunido en casa. Fazila toma un té turco (sabemos que es el que más le gusta). No- sotros café. Solo y sin azúcar para Djuka. Ellos agradecen la invita- ción trayéndonos unas hojas de col rellenas para la cena. “Un pla- to típico”, nos aclara Fazila.
Mayra Fernández.
Nacho y Mayra.- Lo prime- ro que queríamos preguntaros es ¿qué se siente al ver vuestra vida sobre el escenario?
Fazila.- (Ríe) Un poco de ver- güenza, como es natural… y algo extraño en el estómago. Lo que he pasado, lo que todos hemos pasa- do es algo que nunca podremos olvidar. Nos gustaría pensar que este “exhibicionismo” de nues- tras vidas sirve para que el públi- co nos vea como seres humanos y no sólo como historias ajenas en un televisor.
Nacho y Mayra.- ¿Y no os resulta un poco extraño el veros encarnados en dos personas más jóvenes que vosotros?
Djuka.- ¿Tan mayores nos veis? Pensad que cuando ocurrió todo aquello teníamos diez años menos y no éramos mucho ma- yores que vosotros. (Ambos guar- dan silencio.) Hemos visto cómo nuestros amigos, nuestra familia e incluso los niños que antes co- rrían por delante de nuestra casa en Sarajevo, envejecían de golpe y cuando te fi jabas en sus ojos, los que no retiraban la mirada por miedo, por pudor o vete a saber qué, daban la sensación de haber vivido un millón de vidas de gol- pe, en una sola. (Silencio.)
Fazila.- Pero no nos ponga- mos tristes. A mí me gusta mucho ver a Mayra haciendo de mí en el escenario. Me ayuda a recordar
cómo era antes, cuando todo mi pelo era negro y porque además yo también estaba todo el tiempo riéndome… de cualquier tontería, no sé, lo importante era sonreír.
Djuka.- Es verdad. Daba la sensación de estar un poco loca y muchas veces cuando terminabas de hablar con ella te dabas cuenta de que no te había escuchado en absoluto. Simplemente se queda-
ba mirándote y sonriendo. Fazila.- Es que eras un hom- bre muy guapo. Si hubierais co- nocido a Djuka hace unos años… tan alto, tan serio. Era el periodis- ta más guapo de todo Sarajevo.
Djuka.- Pero el que tuvo, re- tuvo… ¿no?
Fazila.- Djuka, no te irás a poner tonto ahora por tener una chica delante… a tus años. (To-
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dos nos reímos.) ¿Qué más que- réis saber?
Nacho y Mayra.- Cuando Ad de Bont nos envió el texto nos sorprendió mucho que vosotros no fuerais los protagonistas de vuestra propia historia sino que todo se articulase alrededor de vuestro sobrino Mirad. ¿Por qué?
Fazila.- Cuando vives una si- tuación tan terrible como la que en nuestro país hemos pasado, aprendes a gritar en silencio por lo que te ocurre a ti, por lo que sientes, pero sin embargo alzas la voz de una forma casi inconscien- te por la gente a la que quieres, por tu marido, tus hijos y en este caso por Mirad.
Djuka.- Mirad es lo más pare- cido que hemos tenido a un hijo. No sólo es lo que le ocurrió a él, si no a mi hermano (su padre), a mi cuñada, a nuestra sobrina Djlana. No es cierto que cuando habla- mos con de Bont no le contára- mos cosas de las que nos habían ocurrido pero preferíamos apos- tar por Mirad porque confi ába- mos en que él sí pudiese olvidar y cambiar el mundo que nosotros le habíamos dejado. ¿Puedo hace- ros yo una pregunta?
Fazila.- Ya salió el periodista. Tendréis que perdonarle, no pue- de evitarlo.
Nacho y Mayra.- Adelante, si no es muy dif ícil…
Djuka.- ¿Por qué queréis con-
tar nuestra historia después de diez años?
Mayra.- Fundamentalmente pienso que un acontecimiento de estas características, como es una guerra y un genocidio, necesita un periodo de reposo. No tanto porque la gente pueda asimilar los sucesos y en ocasiones hasta olvi- darlos, si no por la distancia que nosotros necesitamos para poder contarlo de forma que el dolor no te obligue a interrumpir en cada párrafo. Como actores queríamos transmitir la historia de una for- ma más cotidiana.
Nacho.- Yo pienso un poco como Mayra, creo que como ac- tores tenemos una responsabili- dad de cara al público, tenemos que entretener, tenemos que lle- var al escenario historias intere- santes, pero no podemos olvidar el momento histórico en que vivi- mos y sobre todo que tenemos la obligación moral de ser cronistas de nuestra propia época. Sabemos que para vosotros es dif ícil hablar de esto por todo lo que habéis de- jado atrás, pero también sabemos que desde la distancia las cosas se ven de otra forma.
Djuka.- En eso tenéis razón. A mí me ha costado años arran- carme el odio del cuerpo. Ahora creo que todos fuimos igual de culpables y de inocentes, pero… no puedo olvidar.
FAZILA.-Quién puede olvi-
dar algo así, es casi imposible. De todas formas me gustaría pensar que si bien para todos aquellos que lo hemos vivido en primera persona no va a ser factible olvi- dar, las generaciones venideras podrán perdonar y recuperar ese proyecto global que existía en Sa- rajevo para toda Bosnia, donde serbios, croatas y musulmanes puedan vivir en paz.
Mientras nos servimos un nue- vo café nuestros gatos hacen su entrada en el salón. Tenemos dos, Jazz y Blues. La verdad es que han estado bastante tranquilitos en su cesta hasta ahora. Nada más ver- los Fazila se levanta del sofá y se acerca a gatas hacia ellos.
Fazila.- Tenéis dos gatos… qué bonitos. A mí me encantan los gatos y debe de ser cosa de fa- milia porque a Djlana también le gustaban mucho… bueno, ya sa- béis que a Djlana…
Djuka.- Sí, lo saben. No te ol- vides que están contando nuestra vida en el escenario. Como si fué- semos los protagonistas de una novela.
Fazila.- ¿Y cómo lo hacéis? Quiero decir; convertir en vues- tra la vida de otras personas que han pasado por cosas que voso- tros no habéis sufrido.
Mayra.- Nuestro motor de arranque es el rechazo visceral que ambos sentimos hacia las guerras, sean de la índole que
sean y desgraciadamente hemos asistido a muchas. Irak, Cheche- nia, el Golfo, los Balcanes por su- puesto…
Nacho.- Teníamos el texto que sobre vosotros escribió Ad de Bont y a raíz de eso profundiza- mos en la información que pudi- mos recavar de Cruz Roja Inter- nacional, Amnistía Internacional, unesco y todo lo que encontrá- bamos sobre infancia y guerra.
Mayra.- Lo que sumado a los artículos de prensa y páginas Web que visitamos, nos dio un perfi l de lo que tuvo que ser para voso- tros esa experiencia. En nuestro caso concreto el miedo a perder a la gente que queremos, asesina- dos por la sinrazón, nos facilitó
el entrar en qué sentíais vosotros cuando lo contasteis.
Djuka.- Dicho así parece fácil pero un poco frío ¿No?
Nacho.- Puedo garantizarte que vuestra historia es muchas cosas, pero... ¿fría? Es capaz de conmover a las piedras.
Fazila.- Ojalá se hubiesen conmovido así nuestros dirigen- tes, de ese modo nuestro país no tendría que haber pasado por esta miseria, por la disolución de las familias, por el miedo a los veci- nos, por enterrar a nuestros seres queridos cuando eras capaz de encontrar sus pedazos, por no sa- ber si un francotirador tenía una bala con tu nombre como la tuvo para la niña de seis años que viste
crecer en la casa de al lado, por te- ner que dejar tu casa, tu tierra, tus amigos… (se mordisquea los pu- ños). Lo siento, no es justo com- portarse así con quien nos acoge en su casa.
Mayra.- Lo que no es justo es que estas cosas sucedan. Tran- quila.
Fazila se agarra del brazo de Mayra mordiéndose los labios. Djuka permanece callado miran- do el fondo de la taza de café como si pudiera ver a través de ella y yo siento que mi estómago se empe- ña en salirme por la boca. ¿Qué puedes decir a alguien que ha per- dido a sus seres queridos por una etiqueta de pureza de sangre, por unas fronteras históricas llenas de
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polvo en estantes olvidados? Hoy más que nunca me doy cuenta de que no olvidan porque no pueden, que quien ha vivido en el infi erno lo recuerda con sólo ver la llama de un cigarrillo.
Djuka.- Bueno, yo pensaba que esto iba a ser una agradable velada y nos estamos poniendo panfl etarios. Contadnos cosas de vosotros. Habitualmente traba- jáis para niños ¿a qué se debe este cambio?
Mayra.- La verdad es que el trabajar para niños nos gusta mu- cho y seguiremos haciéndolo pero necesitábamos ampliar un poco el espectro del público al que nos dirigimos y de nosotros mismos como actores.
Nacho.- Nosotros no cree- mos en la diferencia de teatro para niños y teatro para adultos. El teatro es teatro vaya a quien vaya dirigido. Los códigos para hacer comprensible una drama- turgia no tienen que hacerse dife- rentes dependiendo de quien sea el receptor.
Mayra.- Claro que las temá- ticas que hay que desarrollar no pueden ser las mismas en ambos casos, debido básicamente a la ló- gica de los conocimientos no ad- quiridos “todavía” por el público infantil. Aún así concebimos este trabajo dirigiéndolo fundamen- talmente a adolescentes… como Mirad.
Nacho.- Podemos pecar de pretenciosos pero nuestro prin- cipal interés no es que asistan al teatro, sino fundamentalmente que lo vivan y saquen sus propias conclusiones de lo que allí se les cuenta.
Fazila.- ¿Y no creéis que pue- de ser contraproducente para vo- sotros dirigir un espectáculo tan “crudo” a adolescentes?
Nacho y Mayra.- A noso- tros no nos parece crudo. Muy al contrario; creemos que es es- peranzador. De hecho aquí estáis vosotros, los auténticos protago- nistas, contándonos cosas en pri- merísima persona y ayudándonos a clarifi car conceptos. Hablamos de vuestra realidad y de la nues- tra. Dos perspectivas distintas de un mismo punto. Pretendemos ser honestos en lo que hacemos y por qué lo hacemos y desde luego entendemos que esconder la rea- lidad no ayuda a nadie. Hablamos en primera persona, de hechos reales y sobre todo buscamos la proximidad para estar “al alcance de la mano”.
Djuka.- Uno no puede dejar de pensar que hace sólo unas se- manasMilosevic fue enterrado en el jardín de su casa familiar, que estuvieron los ex jefes del Estado Mayor del Ejército yugoslavo Pav- kovic y Ojdanic y el ex vicepresi- dente del Gobierno yugoslavo Sai- novic, los tres acusados de críme-
nes de guerra ante el Tribunal Pe- nal Internacional para la antigua Yugoslavia y que “no pasa nada”. Sólo una noticia más a la hora de comer. ¿Creéis que lo que nos ha ocurrido le interesa a alguien?
Fazila.- Djuka… por favor. No puedes pretender que aquí las cosas se vivan como en Bosnia.
Djuka.- Perdona. Perdona… tienes razón, pero cuando ves que todo lo que hemos pasado cae en el olvido… te quita las esperan- zas.
Fazila.- Siempre queda espe- ranza… una mínima esperanza.
Djuka.- ¿Qué esperanza? Fazila.- Aunque sea sólo esta; que aquí no suceda lo que allí nos ha sucedido.
Sin darnos cuenta ha empe- zado a anochecer. Vemos el can- sancio en los ojos de nuestros in- terlocutores y aunque por noso- tros estaríamos horas haciéndo- les preguntas sobre su marcha de Bosnia, su condición de refugia- dos y sobre todo por las últimas noticias que tengan de Mirad (al que casi sentimos como sobrino nuestro), preferimos aplazar la conversación para otro momen- to. Hoy, en nuestra mesa, cena- rán juntas dos culturas, dos vi- vencias, dos parejas de narrado- res y dos gastronomías; nuestra tortilla de patatas y sus hojas de col rellenas. Se me olvidaba... y dos gatos.