Capitulo VII Un retorno que da inicio
7.3 El mito que introduce al padre: la ficción de su ausencia
Retomaremos aquí el mito que Freud plantea en el texto de “Tótem y Tabú”, dado que me servirá de apoyo para ir articulando cómo se produce este encuentro entre el sujeto y el significante. Recordemos brevemente que Freud ubicó esta primera muerte, necesaria para el advenimiento de la cultura, en el asesinato del padre de la horda primitiva. Estos hermanos que unidos ante un padre que detenta el goce, le dan muerte con la ilusión de acceder así a él. Grande será la sorpresa cuando al eliminar el estorbo el goce cobra todo el estatuto de su imposibilidad: una vez muerto el padre, es ahora el retorno del amor al padre transformado en culpa, lo que vuelve imposible ocupar su lugar, aquí el goce mítico del Otro.
Pero no nos confundamos: nunca hubo tal padre; Freud desarrolla un mito. Este padre solo existe en tanto está muerto. En su lugar se erige un tótem, una versión que lo supone, la fantasía de que es posible construirlo, hacerlo existir a cambio de entregarse a él. Siguiendo la metáfora que el mito nos entrega, para que el asesinato no vuelva a ocurrir será necesario que el lugar del Padre quede vacío. La exclusión del padre, de allí su presencia en tanto significante y dice Lacan: “… Tótem y Tabú, el mito freudiano es la equivalencia del padre muerto y el goce. Esto es lo que podemos calificar con el término de operador
estructural.”181
Lacan se refiere al padre real, que al mismo tiempo está definido como imposible. Entonces el operador estructural en el que se apoya el mito edípico descansa sobre un real imposible, pues este goce supuesto a este padre ahora muerto, es del orden de lo imposible. “…lo real es lo imposible. No en calidad de un simple tope contra el que nos damos de cabeza, sino el tope lógico de aquello que, de lo simbólico, se enuncia como imposible. De aquí surge lo real.”182
Digamos que es de la intervención de lo simbólico en la naturaleza de donde surge lo real, lo imposible de nombrar, de abarcar por medio de lo simbólico, y es este encuentro lo que instaura un agujero en la simbolización.
Sigamos con el mito freudiano, para entender la articulación que aquí se establece con la identificación del sujeto y el lugar de esta primera muerte como operador de la estructura. Esta primera muerte del padre totémico introduce un nuevo discurso: los hermanos ahora tienen que legislar para conservar la especie, para poner un límite y acceder al reparto de bienes, pues de otra manera se irían eliminando unos a otros como lo hicieran con el padre. El lugar del padre quedó vacío por ello en su lugar viene el símbolo equivoco que lo hace existir: la palabra. La palabra hace existir a este padre muerto como muerto y no de otra manera. De esta forma la verdad se articula en un mito que al mismo tiempo la recubre.
Sobre la base de este mito de la muerte de un padre todopoderoso se funda la cultura, la culpa es ahora borde ante el incesto; de no mediar esta culpa cualquiera de los hermanos podría ocupar el lugar del padre y el asesinato volvería a ocurrir. Reconozcamos el valor del mito, pues el goce es supuesto e imposible. Este sentimiento de culpa proviene del
181
.-Jacques Lacan, El Seminario 17. “El reverso del psicoanálisis” Barcelona: Paidós, 1992, pp 131
amor que retorna luego del asesinato y que antes no era reconocido; así el amor se transforma en un sentimiento culposo. Hay ahora una mujer a la cual no se puede acceder, la mujer del Padre: la Madre. Vemos así como se le va haciendo un lugar al objeto que falta por imposible.
El acto mismo de nombrar elimina al objeto, incluyéndolo en una lógica de sustituciones, ahora vuelto significante. El objeto es nombrado, mas no apresado; la palabra lo representa pero el objeto nunca estaría incluido del todo en ella. Aquello que se pierde, que la palabra no alcanza y que no puede así ser nombrado, lleva la marca de una muerte simbólica en tanto marca de lo que “ya fue”, de una ausencia. Es esta palabra que intenta capturar al objeto aquello que se interpone entre la imagen y el vacío. La podemos leer como “Nombre del Padre” o “ley que prohíbe el incesto”, será en todo caso aquello que preserva al sujeto de la locura, de la caída al abismo, al vacío que la imagen recubre. Es la identificación simbólica la heredera de esta marca, este nombre y esta ley: del Padre.
Continuando con Freud podemos decir que es a “este Padre” al que se identifica el sujeto, esto es: a un significante, la marca de una ausencia. ¿Pues qué otra cosa es sino este padre muerto? Es ésta la primera identificación simbólica a la que Lacan llama “rasgo unario”, marca del advenimiento del sujeto del inconsciente; “rasgo del padre”, como significante de su ausencia, lugar de la articulación significante. Todo hijo llevará ese Nombre del Padre como marca de este advenimiento en el acto que instala la prohibición. Algo ya no es posible: satisfacer el deseo, ocupar el lugar del padre frente a La mujer, esa que para Lacan tampoco existe, queda así establecida una continuidad entre el padre totémico e imposible y La mujer, ambos ubicados en el registro de lo real. Es así entonces como el significante atraviesa el cuerpo, a
través de un deseo, una muerte y una ley. Ahora bien, el Nombre del Padre lo que designa es un agujero.
Retomemos el mito freudiano y pensemos en esto: ese lugar ocupado por el padre es un lugar simbólico, y es desde allí desde donde su palabra tendrá estatuto de ley, siempre en relación con el deseo materno. Esto implica que ya en el deseo de la madre está inscrita la palabra del Padre (como operador simbólico en el discurso) y de esta manera la madre le da su lugar.
El niño con su deseo mata al padre y lo torna significante, es así como el significante determina la ausencia del objeto. Porque el niño supone al padre en el lugar de aquello a lo que la madre dirige su deseo. Y como el padre es un significante, lo que queda allí ubicado es el significante primero, “re-dicho” ahora en el mito individual y así articulado, como significante fálico.183
Es decir que mientras para el niño la madre desea el falo, este se va situando como aquello que representa su ausencia como tal, dado que el padre muerto del que habla Freud en “Tótem y Tabú” no existe sino en tanto significante. Aquí la confusión: pues si “el Padre muerto” es un significante y como ya se dijo, el significante viene al lugar del objeto ausente, el falo no lo tiene nadie. Esto quiere decir que, al ser un significante, se definirá por su función y no por la pertenencia.
Volviendo al Estadio del Espejo, a la frase: “ese eres tu Pedro”, podemos agregar: “...lo que yo deseo”. Destacando así este lugar fálico que el niño ocupa en el deseo de la madre. Es importante indicar aquí
183.-Pensemos a este significante dicho por segunda vez, como la inscripción del mito en la
estructura particular de cada sujeto, inscripción que será singular en cada caso, destacando su estructura de ficción. Cada sujeto deberá producir su propia versión del mito descartando de esta forma el ideal de único modelo a seguir en el que se ampara la identificación del lado imaginario. La identificación simbólica aludiría bajo esta perspectiva a la producción singular de un nombre propio.
que éste es un lugar a ocupar para constituirse como sujeto, pero también es un lugar de sustituciones; ya que será necesario ubicar posteriormente otra cosa en ese mismo lugar para que el sujeto se constituya como deseante. De esta forma el sujeto tiene la posibilidad de historizarse a través de los objetos que causan su deseo, un deseo que por medio del desplazamiento se dirige hacia objetos externos, más ya no la madre.
Este movimiento se produce, como vimos en el capitulo anterior, vía la metáfora paterna: momento en el que, para el sujeto, la palabra del Padre se articula al deseo materno y el significante fálico viene a resignificar al deseo de la madre. Es decir que el ideal materno al cual se identifica el niño es resignificado por el significante del Padre, es el S1 del deseo de la madre retomado por la autoridad que representa el significante del Padre, la autoridad que prohíbe el acceso al objeto de goce y que señala la vía del deseo para su articulación.
A este tiempo se lo puede leer como repetición de ese primer encuentro significante que ejemplifica el mito freudiano. Es decir, es necesario que el encuentro se repita y en esa repetición, en su fallido intento por capturar el objeto (el codiciado y supuesto objeto del cual gozaría el padre de la horda primitiva), este cae como resto de la operación de la metáfora paterna. Es decir que el sujeto del inconsciente se produce en el encuentro entre el deseo materno y la ley simbólica del padre. Lo que cae como resto de este encuentro es un objeto imposible de articular simbólicamente, algo que siempre se escapará al decir. Allí donde la prohibición del incesto se actualiza, el sujeto tendrá que buscar en los objetos del mundo, pero con la fuerza de su deseo hacia el único objeto al cual no podrá acceder: aquello representado en el mito como el goce del padre muerto el cual, por otro lado, nunca existió. De esta
manera nuestro pequeño sujeto se vuelve portador potencial de una ley a trasmitir en su ingreso a la cultura.