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EL MITO DE LA “TRAGEDY OF THE COMMONS”

¿Pero la idea de los bienes comunes no está acaso destinada al fracaso? Durante décadas, los economistas convencionales han supuesto que cualquier sistema de administración compartida tendría como resultado inevitable una “tragedia de los bienes comunes”.

Este mito fue popularizado por el ecologista Garrett Hardin en su famoso ensayo de 1968, en el que afirma que la gente que comparte una tierra inevitablemente la sobreexplotará.18 Cita el ejemplo de un pastizal común al que cualquiera puede llevar

más ganado a pastar sin restricciones. Cuando un agricultor puede obtener beneficios privados de los recursos comunes sin considerar su “capacidad de sustento” general, Hardin afirma que un recurso compartido necesariamente se arruinará. De ahí la metáfora de la “tragedia”.19

La única solución, según los economistas convencionales, consiste en establecer derechos de propiedad privada sobre la tierra y dejar que el “libre mercado” decida cómo la usará. Los economistas sostienen que sólo los propietarios privados tendrán los incentivos necesarios para cuidar la tierra y hacer en ella inversiones valiosas. Se dice que ni los gobiernos ni los individuos cuentan con los incentivos y las capaci- dades adecuados para administrar los recursos comunes de una manera competente.

En apoyo de esta conclusión general, los economistas suelen citar los experimentos del juego del “dilema del prisionero”,20que demuestran las dificultades

para lograr que los individuos cooperen a fin de solucionar los problemas comunes. En su influyente obra La lógica de la acción colectiva, de 1965, el economista Mancur Olson afirmaba que “los individuos racionales con intereses personales no actuarán para lograr sus intereses comunes o de grupo”.21 El mito de la “tragedia de los bienes

comunes” se invoca rutinariamente para tratar de desacreditar la idea de los bienes comunes. Una generación de economistas y expertos en políticas ha recurrido a este argumento a fin de criticar la propiedad común de la tierra como algo poco práctico, y de celebrar la propiedad privada y los mercados como el mejor sistema para la administración de los recursos.

Sin embargo, los críticos han objetado tanto el relato de la tragedia de los bienes comunes como los experimentos del dilema del prisionero tachándolos de modelos irrealistas. Señalan que en la vida real, los miembros de una comunidad desarrollan una confianza social recíproca, colaboran y solucionan problemas. Los estudiosos de

18 HARDIN, Garrett: “The Tragedy of the Commons. Science”. 13 de diciembre de 1968. p. 1243-1248. 19 Véase LERCH, Achim: “La tragedia de la “Tragedy of the Commons’”. En este libro.

20 El dilema del prisionero es un problema de la teoría del juego. Su enunciación clásica es: “La policía arresta a dos sospechosos. No hay pruebas suficientes para condenarlos. Tras haberlos separado, un oficial visita a cada uno y les ofrece el mismo trato. Si uno calla y el cómplice confiesa, el primero recibirá esa pena y será el cómplice quien salga libre. Si ambos callan, lo único que podrán hacer será encerrarlos durante seis meses por un cargo menor. Si ambos confiesan, ambos serán condenados a seis años”. Se supone que cada jugador, de modo independiente, trata de aumentar al máximo su propia ventaja sin importarle el resultado del otro jugador. Al analizar la situación se llega a la conclusión de que cada jugador puede escoger traicionar al otro, tratando de aumentar su propio beneficio, pero ambos jugadores obtendrían un resultado aún mejor si colaborasen. El problema radica en que cada jugador está incentivado individualmente, ninguno sabe cómo actuará el otro.

los sistemas de recursos comunes naturales, sociales y culturales, en particular aquellos relacionados con la Asociación Internacional para el Estudio de los Bienes Comunes (International Association for the Study of the Commons, IASC)22 citan

cientos de sistemas de gestión colectiva de recursos comunes en funcionamiento, en especial en naciones en desarrollo, lo que revela que el escenario abstracto de Garrett Hardin es empíricamente erróneo.

También se ha señalado que el “escenario trágico” descrito por Hardin no es, en realidad, un bien común. Hardin describe un régimen de acceso abierto no regulado. La tierra de la que habla no tiene límites, ni existen reglas para gestionar el acceso a ella y su uso. Cualquiera se puede apropiar de lo que desee. Nadie está gestionando las tierras comunes. Dicho de otra forma, de lo que habla Hardin es de una tierra de nadie.

Pero eso no es un bien común. Se trata, más bien, de un sistema de autogestión y derechos de consenso para controlar el acceso a un recurso y su utilización. Por lo general, los bienes comunes exitosos, cuando menos los naturales, tienen límites bien definidos. Están sujetos a reglas bien entendidas por sus participantes. Hay suficiente apertura para poder identificar y castigar a los “advenedizos”.

Las reglas de gestión de un bien común pueden ser informales e implícitas, y estar plasmadas en las tradiciones y normas sociales. O bien, pueden ser explícitas y estar codificadas formalmente en la ley. En un caso u otro, la gente que participa en un bien común tiene una comprensión social compartida de quién tiene derecho a usar los recursos y en qué condiciones.

Es una cuestión simple. Un bien común no tiene porqué ser una tragedia. Un bien común puede ser completamente sustentable. Es una alternativa seria y sustentable distinta de la administración de mercado de un recurso.

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