Desde que Haeckel propusiera a mitad del siglo XIX el término ecología para referirse a la ciencia que estudia las relaciones de los seres vivos con su medio ambiente, su reconocimiento ha sido cada vez más importante en muy distintos ámbitos de aplicación de las ciencias sociales. De hecho, este marco teórico constituye la orientación más aceptada y difundida en la propia psicología comunitaria (Hawe y Riley, 2005; Heller, 1990; Levine, Toro y Perkins, 1993). Una de las razones que explican este peso en la disciplina se debe a que este marco proporciona para todos los niveles de interrelación, principios explicativos de la interdependencia persona-ambiente (Serrano-García y Álvarez, 1992).
En esencia, como recordamos, el planteamiento básico que orienta el marco ecológico en la psicología comunitaria es, como hemos señalado en capítulos precedentes, la comprensión de la interrelación que se establece entre el individuo y los sistemas ambientales en los que éste se desenvuelve -nicho ecológico-. Entre ambos sistemas -individuo y ambiente- se produce una relación constante; un proceso de ajuste, adaptación mutua y acomodación. Este proceso de retroalimentación continuada que permite el desarrollo de ambas partes, es el que determina en cada momento el comportamiento individual (D'Augelli, 2003; Musitu y Buelga, 2004; Herrero, 2004).
Como ya expresaba Lewin en los años treinta, en su ecuación clásica: Conducta= f (Persona x Ambiente), se entiende que este es un proceso de influencia recíproca en el cual intervienen dos grandes fuerzas: la presión ambiental y el individuo. Un aspecto fundamental de la interrelación, es como resalta el autor, la primacía de lo fenomenológico sobre el ambiente real en la orientación de la conducta. Esta primacía implica que para la comprensión de la conducta es indispensable conocer el significado que tiene el ambiente para las personas que están en el entorno. Este significado no es constante, sino que varía históricamente, espacialmente y de un individuo (grupo) a otro, según las experiencias personales que se tienen en el entorno. Como sostiene la escuela de Chicago, entender el comportamiento a partir de las propiedades objetivas y físicas del ambiente no es adecuado para comprender la conducta.
En esta línea, Bronfenbrenner (1979/1987) propone un modelo ecológico que tiene en cuenta tanto los aspectos sociales como físicos del entorno, entendiendo que configuran un
sistema del que forma parte la persona. El ambiente ecológico para Bronfenbrenner se concibe como un conjunto de estructuras concéntricas (llamadas micro, meso, exo y macrosistema) que contienen en un nivel cada vez más alto, a cada uno de los entornos anteriores (ver Gráfico 2). El entorno inmediato de la persona es el microsistema que se define según Bronfenbrenner como sigue:
El microsistema es un patrón de actividades, roles y relacionales interpersonales que la persona en desarrollo experimenta en un entorno determinado con características físicas y materiales particulares (Bronfenbrenner, 1979/1987)
De acuerdo con esta definición, el acento se pone al igual que Lewin en el punto de vista fenomenológico; se entiende que los aspectos del ambiente que más influencia tienen en el desarrollo de la persona son aquellos que tienen un significado para la persona en una determinada situación. El microsistema contiene contextos tan significativos para la persona como la familia, la escuela o el trabajo. Estos contextos son considerados como «escenarios»
(settings), es decir, un lugar donde la gente puede mantener interacciones cara a cara
(Bronfenbrenner y Crouter, 1983). Así, los distintos entornos que configuran el microsistema tienen su propia dinámica y presentan patrones de interacción relativamente permanentes. Estos patrones de interacción no dejan, sin embargo, de evolucionar con el tiempo, lo que permite en última instancia, cambios en la conducta y, en consecuencia, el desarrollo individual.
El microsistema no se refiere exclusivamente al entorno inmediato de la persona sino también a las distintas interrelaciones que se tienen lugar dentro de cada contexto; tipo de relación con las personas que comparten este contexto, naturaleza de estos vínculos e influencia de estas interrelaciones en el desarrollo de la persona. En un nivel más alto, este principio de interrelación hace referencia a los entornos denominados mesosistema y exosistema. El mesosistema se refiere a las interrelaciones que se producen entre los distintos microsistemas en los que la persona participa activamente, mientras que el exosistema hace referencia a aquellos vínculos en los que la persona no participa directamente, pero se ve influida por la influencia de esos microsistemas.
Un mesosistema comprende las interrelaciones de dos o más entornos en los que la persona en desarrollo participa activamente; por ejemplo para un niño, las relaciones entre el hogar, la escuela y el grupo de pares del barrio; para un adulto, entre la familia, el trabajo y la vida social (Bronfenbrenner, 1979/1987).
El mesosistema se refiere, por tanto, a las relaciones entre contextos-microsistemas- en los que la persona experimenta la realidad. La cantidad de relaciones o vínculos entre entornos, su calidad y la diversidad entre estos microsistemas expresan la calidad y riqueza del mesosistema de una persona. En general, se plantea que cuanto más fuertes, positivas y diversas sean las relaciones entre los contextos, el mesosistema será más sólido y beneficioso para el desarrollo del individuo. Un amplio espectro de mesosistemas implica de esta manera oportunidades para el desarrollo mientras que un conjunto pobre de mesosistemas deterioros en el desarrollo, sobre todo, cuando esas relaciones empobrecidas repercuten en el hogar y en la escuela en los niños y, en el hogar y en el trabajo en el caso de los adultos.
Un exosistema se refiere a uno o más entornos que no incluyen a la persona en desarrollo como participante activo, pero en los cuales se producen hechos que afectan a lo que ocurren en el entorno que comprende a la persona en desarrollo, o que se ven afectados por lo que ocurre en ese entorno (Bronfenbrenner, 1979/1987)
Asimismo, el exosistema, según la definición, contiene entornos en los que la persona no tiene un papel directo, pero que influyen, no obstante, en su desarrollo. Es el caso, por ejemplo, del trabajo de los padres que repercute en el niño ó en el grupo de iguales de los hijos lo cual influye indirectamente en la vida de los padres. Por tanto, los exosistemas optimizan el desarrollo cuando permiten a las personas significativas para el sujeto, aumentar su calidad de vida o bienestar social. En cambio, lo deterioran cuando tienden hacia su empobrecimiento.
Finalmente, Bronfenbrenner (1979/1987) integra los entornos anteriores en el macrosistema. Este entorno muy amplio incluye los patrones generalizados (ideología y organización de las instituciones sociales) de una determinada cultura o subcultura.
El macrosistema se refiere a las correspondencias en forma y contenido de los sistemas de menor orden (micro, meso y exo) que existen y podrían existir, al nivel de la subcultura o de la cultura en su totalidad, junto con cualquier sistema de creencias o ideología que sustente estas correspondencias. (Bronfenbrenner, 1987)
El macrosistema configura las normas acerca de cómo debe producirse el desarrollo y la naturaleza y estructura apropiada de los micro, meso y exosistemas. Desde esta perspectiva, se considera que dentro de una sociedad o grupo social en particular, la estructura y funcionamiento del micro, meso y exosistema tiende a ser similares. Este presupuesto no implica que no se reconozcan patrones de diferenciación dentro de una misma sociedad. Al contrario, Bronfenbrenner plantea que en una sociedad determinada, el micro, meso y exosistema de grupos sociales socioeconómicos, étnicos o religiosos distintos presentan patrones diferentes que reflejan sistemas de creencias y estilos de vida propios. En este sentido, tanto en una sociedad como en otra, el macrosistema por ejemplo, de los grupos económicamente favorecidos es diferente al de los grupos económicamente deprivados. Así, y siguiendo a este autor, los hogares, las guarderías, los entornos de trabajo y las relaciones entre estos entornos son distintas para las familias acomodadas que para aquellas en situaciones de riesgo social.
En definitiva, el modelo de Bronfenbrenner proporciona para la psicología comunitaria, una delimitación precisa de los distintos entornos en los que participa el individuo (grupo, comunidad) en desarrollo. En esta línea, Ávila, Sorín y Tovar (1998) sugieren que la psicología comunitaria se articula en torno a un modelo teórico-metodológico que opera en tres niveles: el macromedio o la sociedad en su conjunto, el micromedio o contexto específico en el que se expresa el fenómeno estudiado y el sujeto de la acción como agente portador del fenómeno social.
De acuerdo con las autoras, el macromedio incluye las instituciones sociales, educativas y culturales que reflejan los sistemas ideológicos de la sociedad y las características sociopsicológicas y propósitos de la sociedad. El interés está, desde la psicología comunitaria, en intensificar y potenciar la participación ciudadana en los espacios institucionalizados con el fin de que los ciudadanos tengan un mayor control sobre lo que ocurre en la esfera social, y con ello, posibilitar la transformación social de la realidad.
Por otra parte, el micromedio es fundamental para el individuo porque en este entorno, tal y como señalaba Brofenbrenner, están aquellos grupos sociales con los que la persona tiene una relación más directa. La familia o el grupo de iguales tienen en este sentido, un elevado potencial de influencia sobre las personas. Por ello, se plantea desde la psicología
comunitaria, la necesidad de potenciar y fortalecer los recursos que recíprocamente aporta el micromedio al individuo. Finalmente, el sujeto de la acción como individuo único, contribuye a crear de modo singular la red de interrelaciones que se establecen entre los niveles.
La consideración simultánea de estos tres niveles define, por tanto, la acción comunitaria. Cada uno de estos niveles tiene, en consecuencia, su propio sistema conceptual y categorial de interpretación, que ha de tenerse en cuenta cuando se explica el comportamiento de la persona y de los grupos humanos. Las interrelaciones que se producen entre el macromedio, el micromedio y el individuo están, por su parte, mediatizadas por las condiciones físicas, ambientales y urbanísticas, por lo que resultan específicas y singulares en cada comunidad concreta.
Por otra parte, Kelly (1966, 1971, 1986) establece para la psicología comunitaria y, en particular, para la intervención comunitaria, un conjunto de principios de la ecología derivados del estudio biológico de los ecosistemas. El autor propone cuatro principios fundamentales: interdependencia, recursos cíclicos, adaptación y sucesión.
El principio de interdependencia de los elementos del sistema postula que los cambios en un componente de una unidad social producen cambios en otros componentes del sistema. La comunidad es la unidad de análisis en la intervención. De acuerdo con Chacón y García González (1998) el concepto de interdependencia no se refiere únicamente a una influencia mutua entre los componentes de la comunidad sino a una interacción dinámica en el tiempo. Hombrados (1996) ilustra claramente este principio al señalar que el proceso de desinstitucionalización de los hospitales psiquiátricos ha producido cambios no solo en el sistema sanitario sino en otros sistemas, tales como la familia que debe atender ahora al enfermo en el hogar.
El principio de recursos cíclicos o de procesamiento de recursos hace referencia a aquellas estrategias, cualidades, estructuras o acontecimientos que pueden ser movilizarse en una comunidad determinada para resolver un problema específico o contribuir al desarrollo de la misma. Desde el punto de vista de la intervención comunitaria, este principio implica la necesidad de conocer los recursos propios de cada comunidad y la forma en que se utilizan y son modificados en función de las nuevas demandas. Retomando el ejemplo de Hombrados acerca de la desinstitucionalización, la falta de previsión acerca de los recursos necesarios para responder a las nuevas demandas explica, en parte, el fracaso en el proceso de reinserción de los enfermos mentales en la comunidad. Es un hecho contrastable que la falta de recursos residenciales como pisos tutelados, hospitales de día o unidades residenciales, ha generado situaciones de abandono y marginación del enfermo en la comunidad (Buelga, 1993). La familia se convierte, en las políticas de integración, en el recurso prioritario del enfermo, pero cuando éste no tiene apoyo social necesario o cuando la presión en la unidad familiar es insostenible para la convivencia, la falta de otros recursos sociales conduce inevitablemente a situaciones como las mencionadas. Esta situación pone en evidencia la existencia de un problema social que se origina por una planificación inadecuada de los recursos necesarios.
Relacionado con la utilización y aprovechamiento de los recursos, el principio de
adaptación, denominado por Serrano-García y Álvarez (1992) congruencia ambiente-persona,
alude al proceso por el cual los organismos modifican sus conductas en función de los recursos disponibles. Desde este axioma, se presupone que cuanto mayor sean los recursos de la persona -habilidades y estrategias- más capacidad tendrá para adaptarse al ambiente. La intervención comunitaria consiste, en este sentido, en optimizar la adaptación persona-
ambiente. Una intervención dirigida a proporcionar recursos económicos y sociales permite una mejor adaptación al entorno social. De hecho, de acuerdo con la teoría de sistemas, la optimización permite a la persona adaptarse mejor a la evolución y cambio que se produce de forma inherente en los sistemas abiertos (Hawe y Riley, 2005). En este sentido, y desde el último principio, el de sucesión o evolución se presupone que el entorno social no es una realidad estática sino que está sujeto a continuos cambios que pueden favorecer a ciertas poblaciones y desfavorecer a otras.
A partir de la aportación de Kelly, se establecen cinco principios que fundamentan y orientan la praxis comunitaria:
1. Los problemas surgen en un entorno o situación. Los elementos del entorno desencadenan, incrementan o mantienen los problemas.
2. Los problemas se mantienen cuando el entorno social no dispone de los recursos necesarios para hacerles frente
3. Es importante ayudar a localizar adecuadamente la manifestación de los problemas. La ayuda se dirige más a los entornos que los sujetos identifican como problemáticos, que a las personas en sí, para lo cual es importante la dimensión espacial como temporal del problema.
4. Los objetivos de la intervención deben ser consistentes con los valores y objetivos del entorno. Intervenir sobre objetivos o valores distintos a los que se mantienen en el contexto pueden generar conflicto y resistencia a la intervención. Los cambios deben ser consistentes con los valores implícitos o manifiestos de la comunidad.
5. Una adecuada intervención proporciona las bases para que la comunidad se desarrolle de forma autónoma a partir de sus propios recursos. Se trata de institucionalizar los propios recursos del entorno a través de la creación de redes de apoyo, organizaciones de voluntarios, etc., para proporcionar una base adecuada donde asentar la comunidad (ver Hombrados, 1996).
Finalmente, una aportación especialmente interesante con respecto a la comprensión contextualista de la conducta es la realizada por Musitu (1998a) y Gracia y Musitu (2000). Estos autores proponen tres núcleos fundamentales (supuestos teóricos, construcción del conocimiento y estilo y procesos de colaboración) que caracterizan el modelo ecológico.
En lo que concierne a los supuestos teóricos, Musitu (1994) y Herrero (2004) proponen la existencia de diez proposiciones teóricas que permiten describir y comprender las interrelaciones que tienen lugar entre las personas-profesionales y miembros de la comunidad- y los contextos en los que participan.
1. Los significados de personas y contextos se infieren de las apreciaciones del profesional y de los miembros de la comunidad y de la construcción de una comprensión mutua del contexto compartido.
2. Se observa a las personas en el contexto en términos de su ejecución de rol de creadores de recursos y en su habilidad para afrontar las constricciones personales, organizacionales y comunitarias.
3. Los contextos sociales se observan en términos de la definición de las normas sociales tal como influyen en la utilización de los recursos y en las respuestas a las constricciones.
4. Los contextos sociales matizan el significado y la experiencia compartida de las personas.
5. La conducta adaptativa se define en términos de los recursos que las personas crean y utilizan en sus contextos.
6. La conducta adaptativa y sus criterios pueden variar según la situación y el momento.
7.Las relaciones son recíprocas: Las personas influyen en los contextos y los contextos influyen en las personas; las personas influyen en otras personas y un contexto influye en otro contexto.
8. Los eventos, contextos y personas fuera del contexto social inmediato, influyen en la expresión de estructuras, roles y normas dentro de los contextos sociales.
9. Las transacciones persona-contexto en un medio concreto, generan efectos indirectos tangibles en las interacciones de otras personas en otros contextos.
10. Los procesos sociales pueden facilitar o inhibir la interdependencia de personas y contextos sociales, de roles y normas sociales (Musitu, 1998b)
Desde el acercamiento ecológico se sugiere, en consecuencia, que no es posible comprender el significado de las personas o sistemas en el contexto a menos que los participantes (profesional y miembros de la comunidad) desarrollen criterios mutuos para la definición del contexto. Lo importante, como señalaría Habermas, es el acuerdo intersubjetivamente compartido por los miembros que emana de los procesos de entendimiento que tienen lugar en la acción comunicativa. El mundo sólo cobra objetividad si es reconocido por una comunidad de sujetos capaces de lenguaje y de acción (Habermas, 1981/1999).
Una cuestión esencial relacionada con el significado que surge de los procesos de entendimiento, es obviamente la construcción social del conocimiento. En este sentido, Gracia y Musitu (2000) consideran que los comportamientos de las personas en los contextos sociales reflejan la construcción social que profesionales y miembros de la comunidad han creado de su contexto. Desde esta perspectiva, los autores plantean que el estilo de trabajo que caracteriza la perspectiva ecológica -y añadiríamos que el Zeitgeist o espíritu de los tiempos de la psicología comunitaria- es la colaboración entre los profesionales y miembros de la comunidad.
El proceso de colaboración supone que el profesional y los miembros de la comunidad tienen una relación de trabajo fundamentada en la cooperación (Buelga, 2001, Cantera, 2004b). Entre todos, se definen y se valoran las actividades a realizar. Lo que no es consistente con el acercamiento ecológico, es la imposición por parte del profesional de conceptos e hipótesis que solamente están en su mente porque al actuar de esta manera, estaría omitiendo el contexto propio de los participantes.
El significado epistemológico de las relaciones de colaboración se basan en el hecho de que ocurren en un contexto en el cual las ideas se contrastan, elaboran, redefinen, examinan, reexaminan y evolucionan. Las relaciones de colaboración se convierten así en una estructura social en la que tienen lugar los procesos de descubrimiento y comprensión (Musitu, 1998b). Esta relación de colaboración entre el observador - profesional de la comunidad- y lo observado - participantes- permite crear una agenda compartida para descubrir y comprender los contextos de la comunidad. Desde aquí, se plantea que la validez de la intervención ecológica sólo se consigue cuando los participantes comprenden su contexto, roles e intereses específicos del programa de colaboración.
El acercamiento ecológico proporciona según Musitu (1998b), la oportunidad para comprender lo que es complejo y único en un contexto o situación específica. Se trata de un acercamiento inductivo, exploratorio y contextual que requiere una contrastación y retroalimentación constante. La contrastación de las ideas ocurre regresando y avanzando entre los conceptos y la experiencia del profesional y los participantes. En resumen, los procesos de investigación/acción se construyen e influyen por sus parámetros espacio- temporales y sociopolíticos, agendas o marcos de referencia (Cantera, 2004b).
En realidad, se podría decir con Heller (1990) que nos encontramos en la disciplina de la psicología comunitaria, no con un único modelo ecológico sino con un conjunto de