Uno de los problemas más importantes a los que he de hacer frente en mi consulta es el de las micotoxinas, compuestos orgánicos volátiles (COV) emitidos por ciertos tipos de mohos. Y, a pesar de ello, son muchas las personas que ni tan siquiera se dan cuenta de que las micotoxinas les están afectando.
¿Cómo pueden eludir las micotoxinas los medios de detección?
Bien, en primer lugar, tres cuartas partes de la población presentan genes que les permiten tolerar los efectos de las micotoxinas sin que se produzcan síntomas. Es posible, de hecho, que una persona sufra los efectos de las micotoxinas, mientras que el resto de su familia se encuentra perfectamente, incluso los familiares que puedan padecer una alteración autoinmune.
En consecuencia, resulta difícil creer que algo constituye un problema cuando ni siquiera se ve (muchos mohos no se manifiestan de ningún modo al aire libre). Y, sin embargo, se ocultan al acecho bajo la tarima del suelo, tras la pintura de las paredes o en las grietas que quedan entre las ventanas y los marcos de las mismas. Ya es bastante difícil detectar el moho en el propio hogar. Cuando se trata de un centro escolar o de un edificio de oficinas, es posible que nunca se llegue a localizar su presencia. No obstante, las toxinas que liberan al aire nos afectan todos los días del año.
Por otro lado, la magnitud del problema que los mohos suponen tiende a subestimarse, porque la mayor parte de los médicos no conocen sus efectos. Asimismo muchos practicantes de la medicina funcional ignoran en buena medida todo lo relacionado con los mohos y las micotoxinas. Yo misma solo comencé a familiarizarme con el tema después de que la consulta que tenía alquilada en el pasado sufriera una infestación por mohos después de una gran tormenta, y fue entonces cuando me dí cuenta de que nos estaban afectado tanto a mí como a otros miembros del personal, hasta el punto de que nos vimos obligados a mudarnos a otra consulta.
De ello se deduce que quien acuda a la consulta de un médico por un problema relacionado con las micotoxinas, es muy probable que no reciba un diagnóstico correcto. En general, no suelo abordar la cuestión de las micotoxinas cuando un paciente acude por primera vez a mi consulta, ya que la gran mayoría de las personas que trato consideran preferentemente lo relacionado con la aplicación estricta del método Myers, es decir, la mejora de su dieta, la curación del tubo digestivo y la potenciación de las defensas inmunitarias. Sin embargo, comienzo a valorar la posibilidad de plantear la problemática de las micotoxinas en los casos en los que:
la modificación de la dieta por sí sola no parece ser suficiente;
un paciente presenta síntomas extraños que no concuerdan con el resto de su cuadro clínico;
una persona desarrolla repentinamente una enfermedad autoinmune sin que se conozca su origen; o un paciente padece infecciones recurrentes por cándidas y otros tipos de proliferación de levaduras, a pesar de haber seguido de manera adecuada el método Myers y de haber sido tratado oportunamente.
Mucha gente suele mostrarse escéptica ante el hecho de que la presencia de mohos pueda ser el motivo de una afección si solo un miembro de la familia se encuentra enfermo, pero conviene recordar que apenas una cuarta parte de la población tiene los genes que hacen vulnerable ante este tipo de trastornos.
En cualquier caso, también he atendido numerosos casos en los que los mohos han generado alteraciones en más de un miembro de la familia. En cierta ocasión traté a dos gemelos de dos años de edad que presentaban uno de los peores eccemas que había visto nunca, con los brazos y las piernas en carne viva como consecuencia del rascado. Su estado era tan reactivo que apenas podían digerir otras cosa que no fuera arroz y carne. Tras sufrir varios brotes de proliferación de cándidas, que agravaron el estado del eccema, llegamos a la conclusión de que los mohos que habían aparecido en una pared de su casa podían ser el motivo de su estado. Sus padres hicieron lo necesario para poner solución al problema y eliminar los mohos. Los niños mejoraron rápidamente, hasta que punto de que pudieron pasar a comer por primera vez todas las carnes, frutas y verduras previstas en el método Myers. Me alegré de poder retirar el arroz de su dieta, que ciertamente no era lo ideal para ellos a largo plazo, pero que era uno de los pocos alimentos que habían tolerado hasta entonces.
Y, ¡quién lo iba a decir!, cuando los mohos desaparecieron, la madre de los niños pudo también dejar de tomar antidepresivos (como es lógico, bajo la supervisión de su médico). Hasta ese momento ella nunca había relacionado sus problemas «psicológicos» con los efectos físicos de las micotoxinas, aunque estaba claro que los mohos tóxicos eran un factor decisivo, tanto para sus trastornos como para los de sus hijos.
Si sospecha que el moho puede ser la causa de los síntomas que padece, consulte el apéndice C para acceder a más información sobre los siguientes pasos a seguir. Todo ello puede marcar la diferencia en el proceso de inversión de su dolencia o de mejora de su evolución en el espectro autoinmune.