Muchos de mis pacientes deben afrontar la carga tóxica adicional que suponen los metales pesados. Es un problema que siempre abordo de manera específica en los casos de personas que han estado expuestas de manera significativa a este tipo de sustancias, por ejemplo, los que llevan empastes dentales de amalgama de plata, los que toman con frecuencia atún o pez espada y otras especies de pescados, generalmente grandes, en los que el común la presencia de mercurio o los que han recibido otros tipos de exposiciones medioambientales. La posible contaminación por metales pesados es, asimismo, un factor que suelo tener en cuenta cuando los pacientes en los que se ha modificado adecuadamente la dieta no evolucionan al ritmo esperado. En general, en este contexto es frecuente que efectúe a muchos de mis pacientes afectados por enfermedades autoinmunes o comprendidos en el espectro de autoinmunidad pruebas de detección de plomo, mercurio, arsénico, aluminio y cadmio.
Cuando se desea someterse a una prueba de detección de metales pesados, es conveniente consultar a un profesional especializado en medicina funcional (véase la sección «Referencias»). Información adicional sobre las pruebas que se pueden tomar en consideración se incluye en el apéndice B.
Cabe la posibilidad de que se pregunte: «¿Metales pesados? ¿Cuándo he podido haber sufrido yo una exposición a sus efectos? Bien, analicemos algunos de los más difundidos y descubrámoslo.
Plomo
Las pruebas de detección del plomo las prescribo debido a que se trata de un metal muy corriente. En la década de los años setenta se decidió que el plomo debía ser retirado de las gasolinas, pero se tardó veinte años en conseguir llevar a buen término su eliminación completa. Este metal se utilizaba asimismo en el pasado en la composición de las pinturas y aún está presente en la tuberías más viejas. Aunque en las plantas de depuración de aguas se verifica la ausencia de plomo en ellas, es probable que se llegue a ingerir una dosis considerable de este metal si las conducciones de agua de la casa son antiguas. Cabe puntualizar, por otra parte, que las tuberías más recientes presentan un revestimiento plástico que contiene PCB, por lo que plantean otro tipo de problemas para la salud; en consecuencia lo más oportuno es instalar un filtro de agua (véase la sección «Referencias»).
Hay por otra parte un lugar sugerente y atractivo también para el plomo: los labios. Se estima que en unas 400 variedades de barras de labios de diferentes marcas se han detectado cantidades residuales de plomo. Los debates sobre la presencia de plomo en las barras de labios se han venido sucediendo desde la década de los noventa. Si el prospecto de la barra que se utiliza suscita sospechas, puede, una vez más, consultarse la sección «Referencias» para encontrar opciones más seguras.
Las piezas de cerámica y los juguetes de procedencia china son otra posible fuente de exposición al plomo, dado que la normativa reguladora sobre toxicidad de los productos es en China más permisiva que las de otros países. Estoy en condiciones de atestiguar personalmente la presencia de plomo en la población estadounidense. Cuando compruebo los resultados de las pruebas, casi siempre observo concentraciones elevadas. Cabe reseñar a este respecto que los investigadores han encontrado numerosos vínculos entre el plomo y el lupus, lo que me lleva a pensar que no es difícil que este metal esté relacionado también con otros trastornos autoinmunes.
Mercurio
Muchos de mis pacientes que se someten de manera sistemática a pruebas de detección de metales pesados, también dan resultados positivos para el mercurio. Algunos de los causantes de la presencia de este metal pesado son los siguientes:
cosméticos empastes dentales pesticidas cremas despigmentantes pescado vacunas
El mercurio también se halla en el aire, en proximidad de las centrales térmoeléctricas de carbón (en la página web de la Agencia de Protección Ambiental estadounidense, www.epa.gov, puede consultarse la ubicación de las centrales de este tipo en Estados Unidos). Del aire pasa a los suelos y las aguas, de ahí a las plantas y las cuencas hidrológicas, de estas a los peces y los pequeños animales que se nutren de plantas contaminadas y que beben esas aguas o nadan en ellas, a continuación a los peces mayores y a animales que se comen a los más pequeños y, finalmente, a los humanos, que comemos esos peces o la carne de esos animales. Cabe puntualizar que el salmón salvaje no se alimenta de otros peces, sino de insectos y pequeños crustáceos acuáticos, por lo que la probabilidad de que su carne contenga mercurio es inferior que la de otras especies.
Arsénico
Los aficionados a las novelas de misterio pueden pensar que el arsénico solo aparece en las viejas historias británicas de asesinatos y detectives, situadas en el marco de acogedores salones y protagonizadas por refinadas damas. Y, sin embargo, el arsénico está tan presente en nuestro mundo actual que no me queda más remedio que prescribir pruebas para su detección a todos mis pacientes. Técnicamente, el arsénico no es un metal pesado, sino que es un semimetal que puede considerarse una aleación, la mezcla de un metal con otros elementos. En cualquier caso, es un factor relevante en lo que respecta a la toxicidad que puede precipitar o agravar un trastorno autoinmune y ese es el motivo de que se incluya en este apartado.
En determinadas áreas es posible verse expuesto a los efectos del arsénico simplemente bebiendo agua. También está presente en suelos, donde en ocasiones se transmite al arroz y a diversas frutas y verduras. Recientemente se han publicado incluso informes en los que se notificaban casos de presencia de arsénico en el zumo de manzana.
Asimismo pueden encontrarse residuos en la madera tratada de las cubiertas de los barcos y, en India y China, se ha detectado también en ciertas plantas aromáticas utilizadas como condimento. Y en ciertas explotaciones avícolas de régimen industrial se utilizan compuestos de arsénico, deliberadamente, para alimentar a los pollos. De modo que, además del mercurio del pescado, también tenemos que vérnoslas con el arsénico del pollo.
Ciertamente me deja estupefacta el hecho de que el arsénico se emplee en alimentación animal. Y, sin embargo, así viene haciéndose desde los años cuarenta y, en apariencia, es seguro en los piensos animales. En su calidad de potente veneno, el arsénico combate algunas de las enfermedades de las aves de corral y favorece el desarrollo de sus tejidos y de su sistema vascular. Lo sé, va en contra de lo que indicaría la intuición, pero así es. Desde una perspectiva histórica, según un informe publicado en 2013 en Bloomberg.com, empresa de servicios financieros y noticias estadounidense, en Estados Unidos en torno al 70% de las aves de corral han sido tratadas con fármacos que contenían compuestos de arsénico. La FDA prohibió el uso de tres fármacos arsenicales que se añadían a los piensos destinados a la alimentación de pollos y cerdos, pero quién sabe cuántos quedan todavía en circulación.
Por lo que se refiere a las cantidades residuales de arsénico que se han detectado en el arroz, estas proceden del agua en la que las plantas se desarrollan, pero también de las heces de las aves de corral que, en ocasiones, se utilizan como fertilizante. Por si ello no fuera suficiente, hay que tener en cuenta que muchos preparados de cereales de arroz para bebés, con los que se alimentan muchos niños, contienen niveles de arsénico cinco veces superiores a los detectados; por ejemplo, en los copos de avena.