Más de 55 enfermedades se han asociado al gluten.
Se estima que el 99% de las personas que padecer enfermedad celíaca o hipersensibilidad al gluten nunca llegan a ser diagnosticadas.
Hasta el 30 % de la población de origen europeo es portadora del gen de la enfermedad celíaca, con el consiguiente riesgo de problemas desencadenados por el gluten.
Un reciente estudio, publicado por la prestigiosa revista Gastroenterology, comparó 10.000 muestras de sangre tomadas a personas hace 50 años y otras 10.000 tomadas en la actualidad, constatando que ha habido un aumento del 400% en la incidencia de la enfermedad celíaca.
Un estudio desarrollado entre 1969 y 2008, en el que se procedió a seguimiento de 30.000 pacientes con enfermedad celíaca diagnosticada, enfermedad celíaca no diagnosticada (que se puso de manifiesto en el curso del estudio) e hipersensibilidad al gluten, determinó que en cada uno de los tres grupos se registraba una mortalidad significativamente superior a la de los participantes no afectados por el gluten.
Como se verá en el resto del presente capítulo, el gluten contribuye al desarrollo de intestino permeable de muy diversas maneras. Si una persona se encuentra perfectamente sana, tardará poco tiempo en restablecerse, pero, con sinceridad, ¿por qué correr riesgos innecesarios? Según se podrá comprobar en los dos capítulos siguientes, nuestro mundo está lleno de toxinas y de factores generadores de estrés que no se pueden eludir; así que ¿por qué exponer a nuestro organismo a un potencial riesgo que sí podemos evitar?
En cualquier caso, cuando se sufre una enfermedad autoinmune, o cuando se está dentro del espectro autoinmune, es decir, cuando se experimenta cualquiera de los síntomas enumerados en las páginas 35-37, uno no puede permitirse ni el más leve
empujoncito hacia el desarrollo del intestino permeable, por no hablar de los ingentes ataques que pueden desencadenar incluso cantidades mínimas de gluten. Para hablar sin rodeos, el gluten es una sustancia que nos intoxica, no solo de una manera, sino a través de las más diversas rutas.
La enfermedad celíaca es un trastorno autoinmune, además de ser la alteración más grave específicamente vinculada al gluten. Este hace que el propio cuerpo ataque a las células del intestino delgado. Así se degradan las terminaciones de las microvellosidades que, como vimos en el capítulo anterior, ayudan a que los nutrientes sean absorbidos del flujo de los alimentos, al incrementar la superficie del propio intestino delgado. Sin un desarrollo adecuado de las microvellosidades, no se es capaz de absorber los nutrientes que se consumen. Se puede comer mucho, incluso prestando especial atención a llevar una alimentación sana, y continuar estando malnutrido porque el intestino delgado simplemente no absorbe los nutrientes que, por tanto, no pasan a la circulación sanguínea. Hay que insistir de nuevo en que lo que importa no es lo que se come, sino lo que se digiere y se absorbe.
Solo 1 de cada 133 personas sufre de enfermedad celíaca, aunque esa correlación está aumentando, tanto por la omnipresencia del gluten como por el hecho de que, como veremos a continuación, las explotaciones agrícolas comerciales y los fabricantes de la industria alimentaria han alterado la naturaleza del propio gluten. En definitiva, los celíacos son solamente el 1% de la población y solo un 0,5% son alérgicos al trigo. Por consiguiente, si no se forma parte de ese porcentaje, ¿cuál es el problema?
El problema es lo que yo llamo el espectro de hipersensibilidad al gluten que, en este caso sí, comprende a un gran número de personas que experimentan algún tipo de reacción de hipersensibilidad ante esta proteína. Ciertos estudios estadísticos sitúan la incidencia de esta alteración en un ya de por sí ingente valor del 30% en relación al total de la población, si bien algunos expertos consideran que esta cifra es mayor. Según mi experiencia clínica, cuando se padece una enfermedad autoinmune, siempre se está incluido en algún nivel del espectro de hipersensibilidad al gluten y, en consecuencia, el consumo del mismo ha de evitarse a toda costa.
Como vimos en el capítulo 3, las alergias son provocadas por anticuerpos IgE, que desatan una rápida, y en ocasiones mortal, respuesta ante la percepción de la presencia de un intruso que se manifiesta, por ejemplo, cuando la intensidad de una reacción inmunitaria da lugar a inflamación de las vías respiratorias, que se obstruyen. Las reacciones de hipersensibilidad alimentaria son activadas por los anticuerpos IgG, que generan una respuesta a menudo menos intensa a corto plazo, pero extraordinariamente perjudicial en el largo plazo.
Conviene recordar que la respuesta originada por los anticuerpos IgG en ocasiones no se concreta hasta después de 72 horas. Así pues, si se toma un bol de granola o un pescado con salsa de soja el lunes, a veces no se piensa que un dolor de cabeza, un brote de acné o un episodio de gases abdominales o de dolor articular, pueda guardar relación con esos alimentos, en apariencia saludables, que ya ni tan
siquiera se recuerda que se han tomado.
Para quienes sufren una enfermedad autoinmune o, de cualquier modo, están incluidos en el espectro de autoinmunidad, las noticias son aún peores. Como hemos visto en los dos últimos capítulos, estas personas están comprometidas en una enconada batalla contra la inflamación. Esta hace que los síntomas empeoren y que se evolucione hacia un área de mayor agravamiento dentro del espectro, aumentando el riesgo de configuración de un trastorno autoinmune concreto, si es que aún no se padece. La reducción de la inflamación es la mejor de las armas para revertir y prevenir la autoinmunidad. Sin embargo, el gluten no hace más que inflamar el organismo y es el causante de que las cosas vayan exactamente en la dirección equivocada.
Lo crea o no, las malas noticias no acaban aquí. Hay un término que puede hacer que la evolución de los acontecimientos sea incluso peor: se trata del mimetismo
molecular.
El mimetismo molecular es un fenómeno en virtud del cual el sistema inmunitario puede realmente confundir una parte del propio organismo con un agente invasor extraño.
¿Recuerda el modo en el que los anticuerpos de la viruela vacuna atacaban al virus de la viruela humana? Bien, basándose en el mismo mecanismo, los anticuerpos que atacan al gluten, el complejo de proteínas presente, como se ha dicho, en el trigo, el centeno, la cebada y otros muchos cereales, pueden dirigirse contra el tejido de la glándula tiroides, dando lugar a una alteración autoinmune frecuente llamada tiroiditis de Hashimoto. Básicamente, cuando las moléculas de gluten se filtran a través de la pared intestinal al torrente circulatorio, en este caso el sistema inmunitario las considera «invasores extraños» y hace que los anticuerpos las ataquen como si fueran perniciosos virus o bacterias. Cuando se es víctima de la enfermedad de Hashimoto, esos mismos anticuerpos llegan incluso a un estado de mayor confusión y no solo tratan al gluten como un invasor mortal, sino que atacan al propio tejido tiroideo como si de gluten se tratara. De este modo, la tiroides comienza a ser destruida.
Esta es solo una de las razones por las que es necesario eludir el gluten cuando se sufrens trastornos autoinmunes o se está dentro del espectro autoinmune. Debe impedirse que se desate una situación en la brigada de seguridad envíe a la central de mando una imagen de la propia tiroides que se asemeje a la imagen de la molécula de gluten.
El mimetismo molecular se ve asimismo implicado en otros trastornos autoinmunes, en los que los anticuerpos desarrollados contra la gliadina, una de las proteínas clave presentes en el gluten, confunden otros tejidos con las moléculas de gluten. Por fortuna, como he podido comprobar en incontables casos, después de que mis pacientes y yo conseguimos aplacar el estado del sistema inmunitario y reforzarlo mediante la puesta en práctica de los cuatro pilares del método Myers, el mimetismo molecular ralentiza su actividad o la interrumpe por completo. Si nos concentramos en mantener una dieta apropiada, en sanar el tubo digestivo y en seguir
un estilo de vida saludable podremos eludir los efectos del mimetismo molecular. En cualquier caso, es importante estar alerta, ya que recientemente se ha descubierto que, incluso la ingestión de una pequeña cantidad de gluten puede elevar el nivel de autoanticuerpos durante un periodo de hasta 3 meses. En consecuencia, cuando afirmo que es necesario evitar la ingestión de gluten en un 100%, me refiero estrictamente a ese porcentaje, no a un 99%, ni tan siquiera a un 99,5%. Incluso la más mínima cantidad de gluten puede activar esos anticuerpos y hacer que el sistema inmunitario inicie su ataque contra los tejidos del propio cuerpo.
Mimetismo molecular
Sé que se trata de un planteamiento muy poco intuitivo. Es probable que se piense: «Bien, he limitado el gluten al mínimo, aunque lo tomaba habitualmente, y ahora lo hago apenas cuatro veces al año: en los dulces navideños, el roscón de Reyes, la tarta de cumpleaños y las golosinas del primer día de colegio de mis hijos. Cuatro dosis de gluten al año. ¿Qué daño pueden hacerme?».
Y, sin embargo, para cierto tipo de alteraciones autoinmunes reactivas al gluten, esas cuatro pequeñas porciones pueden mantener los niveles de anticuerpos contra el gluten elevados durante todo el año. Y cualquiera que sea el trastorno que se padezca, el hecho de ingerir gluten siempre incrementa el nivel de inflamación y, en consecuencia, el riesgo de desarrollo y/o empeoramiento del estado de la autoinmunidad.