5.5. Posición de género
5.5.3. Las mujeres serían naturalmente histéricas, celosas y más competitivas que
Proveniente ya de los egipcios, para quienes todos los males de las mujeres se asociaban a una mala posición de la matriz que requería volver a colocar el útero en su lugar, luego tomado por el psicoanálisis para instalarse en el discurso social, la histeria se presenta como una enfermedad de las mujeres, como un atributo natural de ellas. Como sostiene Foucault (2000), la histerización del cuerpo de la mujer forma parte de los “dispositivos de la sexualidad”, dispositivos de saber y poder dirigidos a controlar la conducta de las mujeres:
El cuerpo de la mujer fue analizado, calificado y descalificado, como cuerpo integralmente saturado de sexualidad, según el cual
ese cuerpo fue integrado, bajo el efecto de una patología que le sería intrínseca, al campo de las prácticas médicas; según el cual, por último, fue puesto en comunicación orgánica con el cuerpo social (cuya fecundidad regulada debe asegurar), con el espacio familiar. (Foucault, 2000:127).
Todo malestar, cambios en el humor que no se justifiquen en problemas o lesiones visibles, se argumentan por problemas de histeria. “La mujer es más histérica”, dirían las entrevistadas:
Por lo menos me llevo más con los varones que con las chicas, más confianza con ellos. Porque yo me juntaba con dos chicas y esas dos chicas tuvieron problemas con las otras chicas, y ellas se contaban las cosas que hablábamos con otras chicas y se hacían las pulentas. Después me sacaban el cuero a mí y a la otra chica y ellos no son así. Me llevo mejor, no son histéricos. (Gise, Entrevista, 2013)
Así, la histeria es sinónimo también de desconfianza, al considerar que las mujeres son más competitivas e histéricas que los varones se produce una desvalorización de las capacidades de ellas mismas y de las otras, que dificulta la unidad en los grupos, las oportunidades de constituir amistades y las posibilidades de ver los problemas que realmente afectan al género.
5.5.4. Las mujeres son madres
El mito de que solo se es mujer si se es madre es reproducido por todas las mujeres entrevistadas. La maternidad se presenta como natural, como un fenómeno de la naturaleza y no de la cultura, “su pertenencia al orden simbólico hace posible su capacidad ordenadora de las relaciones objetivas, intersubjetivas y subjetivas” (Fernández, 2014:164). Esta naturalidad de la maternidad se asocia a lo biológico y al instinto materno que guiaría la crianza. Es decir, ser madre no se considera una potencialidad del cuerpo de quien porta útero, ni una posibilidad más entre otras, sino una determinación. Como sostiene
Jelin (1994b), las mujeres siguen asociadas y asociándose fuertemente a la identidad de madre porque la maternidad y “el control de la sexualidad y capacidad reproductiva por parte de los otros” (Jelin, 1994b: 95) es una realidad considerada inevitable. Además, existen trabas materiales concretas para planificar si tener o no tener hijos/as, como no contar con suficiente información o métodos anticonceptivos y verse involucradas en relaciones violentas que dificultan el control sobre la planificación familiar, teniendo consecuencias como los embarazos no deseados.
El mito mujer=madre supone, también, que no existan objetos de deseo más importantes que no sean los/as hijos/as, y que todo lo que se perciba como contradictorio a este mandato sea sancionado socialmente. Lo que produce, entre otras cuestiones, que problemáticas como el aborto se vuelvan tabú, ya que “deseo de hijo tiene como par complementario no-deseo de hijo” (Fernández, 2010:172), aspecto oculto y silenciado del mito mujer=madre que censura y estigmatiza el aborto.
En el caso concreto de las mujeres que ayudan a otros/as, no cuentan con educación sexual, y mucho menos han podido controlar o planificar su familia. Los embarazos “ocurrían” y ellas los asumían como un destino inevitable: “porque yo pensaba que dándote un beso quedabas embarazada” (Lidia, Entrevista, 2014). Mientras que las militantes parecen contar con mayor información debido a su participación en grupos de género o debido a relaciones en los grupos de militancia que se tornaron fuentes de información sobre el tema. En el caso de las referentes, si bien en su juventud pueden no haber contado con información, su rol las ha llevado a formarse en estos temas para poder ayudar a otras, lo cual impacta en sus propias vidas, ya que cuentan con mayor control sobre sus propios cuerpos.
Por otro lado, si bien el mito mujer=madre condiciona los tiempos, oportunidades y proyecciones de las mujeres, estas también muestran otros proyectos vitales de vida, transgresiones de este mito a través de las prácticas políticas que desarrollan a diario. En ese sentido, es importante flexibilizar el poder de determinación de este mito sobre la vida de las mujeres y analizar no solo las restricciones que genera, sino las oportunidades que implica. Las mujeres se sienten impulsadas a participar por sus hijos/as, ellos/as son la excusa para salir de sus hogares, intentar mejorar sus condiciones de vida, generar nuevas oportunidades, formarse, aprender cosas nuevas y “no darse por
vencidas”. Es decir, hay un potencial político muy fuerte involucrado en la maternidad.
La familia, los/as hijos/as, también instalan otros objetos de deseo y de interés, como la necesidad de su bienestar que impulsa a las mujeres a participar, a involucrarse en política y ocuparse de hacer comunidad: “y tanto pasar necesidades y ver que mis hijos no tenían comer, me fui al comedor” (Miriam Libertador, Entrevista, 2014); “estoy cansada pero por mis hijos tengo que salir adelante, ellos me dan ganas de seguir luchando” (Beatriz, Entrevista, 2013).
Así, como muestran los testimonios de las mujeres, los mitos a veces se distancian de la realidad de las prácticas o se relativizan en la acción. Por ejemplo, para Rosita, referente de Villa Libertador, los días “de hacer política” se
negocian con la familia, “son días míos”, dice. Entre las militantes, la militancia es vivida “como tiempo libre”, haciendo alusión a que hacer política también es un paréntesis de las tareas domésticas y familiares. Los/as hijos/as acompañan, la familia se ve involucrada: “siempre me organicé así, porque siempre he participado y mis hijos también. Entonces no se quedaban de lado para que yo haga lo que me gusta y además los cuidamos entre todos los compañeros” (Mica, Entrevista, 2014). La maternidad es resignificada, no se vive como una función privada, ajena a la política, sino que ahora es pública y se ejerce muchas veces colectivamente. Ser madre se vuelve compatible con participar políticamente, involucrarse con otros/as y también hacer actividades distintas de las maternales.
Como todas las mujeres entrevistadas son madres, la temática del embarazo y la niñez se tornan preocupaciones centrales. La política se involucra de tal manera con la maternidad, que la preocupación por los/as niños/as y por garantizar actividades dirigidos hacia ellos es permanente. Por eso, tanto
militantes como referentes y las que ayudan a otros/as trabajan permanentemente en la organización comunitaria del día del/la niño/a, campañas de salud dirigidas a esta población, gestión de recursos, apoyos escolares, etc., valoran medidas políticas que se destinen a la niñez y apoyan acciones territoriales que los/as tengan como principal destinatarios/as.
5.5.5. Los mitos en relación a la violencia de género y las relaciones de