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i tomamos los relatos de la resurrección como punto de partida, y tal y como los encontramos escritos, podemos hacer- nos muchas preguntas al respecto de la resu- rrección de Jesús. Preguntas que, depen- diendo de cómo hayamos entendido estos re- latos, responderemos de una u otra manera y es muy posible que, incluso, orienten nuestra propia forma de entender y vivir la fe. Por ejemplo: si atendemos a lo que leemos en Lucas, podríamos afirmar que las apariciones de Jesús se dieron durante un día solamente. Si tenemos en cuenta los Hechos de los Após- toles, serían cuarenta. Y si nos atenemos a la primera redacción de Juan, tendríamos una semana.Por otro lado están las cuestiones relativas al cuerpo visible de Jesús resucitado. ¿Era un cuerpo orgánico, exactamente igual al nuestro o al que tenía antes de morir?. Si era un cuerpo físico, como el nuestro ¿realmente po- dría atravesar puertas o paredes? ¿Era visible por cualquiera, o solamente se hacía visible a aquellos a quienes se manifestaba?...
Si entendemos los textos como testimonios de sucesos, estas preguntas pueden tener sentido, pero jamás se podrán armonizar las respuestas. En realidad, preguntarse esto u otras muchas cosas más, en este sentido, ca- rece de utilidad, pues estos relatos “no son re- latos de sucesos”. Son, como hemos dicho otras veces, relatos cuyo valor preferente es dar un testimonio de fe.
Los discípulos habían entendido muy mal a Jesús. Solo hay que ver, por ejemplo, las dis- putas de algunos de sus discípulos por estar en sitios de preeminencia, cuando llegara el
reino. O la inquietud por saber cuándo éste iba a ser restaurado y se le devolvería el poder y la hegemonía a Israel sobre todas las nacio- nes.
Pero todas estas expectativas, parece que quedaron enterradas con el cadáver de Jesús. Su muerte había vaciado la vida de aquellas personas de deseos y de toda esperanza. Todo había terminado con la cruz.
Sin embargo, un día después de esa muerte, o siete, o cuarenta... o toda una vida, la fe vuelve a los corazones de los discípulos. Ahora no es la fe en la restauración política y hege- mónica de Israel; esa fe había muerto. Es más, tenía que desaparecer, como desapareció el Templo; porque la nueva fe no necesitaba templos construidos por manos de hombres. Cada corazón podía convertirse en Templo del Dios Altísimo.
Esta nueva fe, no estaba fundamentada en ningún poder religioso y político, ni siquiera en el dinero; pero a diferencia de la antigua fe, era capaz de hacer que aquellos y aquellas que la vivían lo hicieran como auténticos her- manos. Esta nueva fe era capaz de cambiar re- almente los corazones.
Y aquí está el punto álgido de toda la cuestión: ¿Qué significa la resurrección de Jesús y qué experiencia de ella hemos tenido cada uno de nosotros? ¿Hemos visto a Jesús? ¿hemos po- dido tocar sus heridas? ¿Se nos ha aparecido, como a los primeros discípulos, según los tex- tos?... Mucho me temo que la respuesta es un NO rotundo. Y, queridos hermanos y herma- nas, es que no puede ser de otra manera. Porque El Resucitado no se manifiesta desde
Por Juan Larios Presbítero de la IERE
RESURRECCIÓN
fuera, ni desde las alturas estelares; ni lo hace con rayos y truenos, al estilo de Zeus. Metámonos en la cabeza que Dios no es un espectáculo circense. Fijaos en los símbolos que el propio Jesús usaba para hablar del Reino: una semilla que pasa des- apercibida. Una pizca de levadura que es capaz de fermentar toda la masa. Un hombre que poseía una viña. La misericordia. La justicia...
El encuentro con el Resucitado se produce desde dentro; desde lo más profundo de nuestro ser. En silencio, paulatinamente, insistentemente, de ma- nera imparable. Es la experiencia que nos lleva, sin saber muy bien como, a la adhesión a una persona y su mensaje, sin ambigüedades; sin posibilidad de marcha atrás.
Todo esto quiere decir que antes nuestra fe era una fe fundamentada en lo que nos habían con- tado; en la escuela dominical, en casa, en la propia iglesia, incluso en una cuestión social que formaba parte de nuestra propia cultura. . Quizás ahora ya no es así, ahora es un convencimiento personal que brota de la experiencia interior de cada uno de nosotros. Algo así como el amor, que se da desde lo profundo y se hace visible en cada gesto, en cada palabra, en la consciencia de amar. En la propia manera de vivir con la otra persona. Y esta experiencia es una realidad que se desarro- lla y crece, porque se alimenta de la fe, se alimenta en la esperanza, en el silencio, en las obras de cada uno, en la comunidad. Todo ello son la puesta en práctica de los valores del Reino, que no son sino los del propio Jesús. Deberíamos ser capaces de transmitir esta experiencia y contagiar a otros. Pero para esto necesitamos, sin lugar a dudas, dejar a un lado las mitologías y las idolatrías, que a veces son tan sutiles que se nos cuelan en nues- tro corazón sin darnos cuenta.
Nuestra experiencia con el resucitado es la progre- siva adhesión a su persona y a sus valores, así como la progresiva necesidad de construcción de su Reino; sin renuncias, sin reproches. Hasta el punto de darlo todo por él. Aun con todos nues- tros errores y fracasos; en última instancia será él quien valore toda nuestra vida. Esta será siempre, por tanto, la medida de nuestra propia fe, la dis- posición y necesidad de vivir esos valores y la ne- cesidad de seguir sus huellas sin renuncias. R