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LA VIRTUD DEL SILENCIO

In document Renovación nº 33 Mayo 2016 (página 62-64)

Quienes hacen la paz serán llamados hijos de Dios porque en realidad actúan como su Padre celestial

a la propia Iglesia? Al tener en cuenta todo esto, se empieza ya a crear soluciones com- prometidas con la paz, pues en muchas oca- siones nuestro derecho personal se somete al bien de la Iglesia o a aquello que más glo- ria proporciona a Dios. Pero si no se actúa de esta manera sino que solamente se piensa en los intereses personales, el con- flicto empieza a crecer y puede fácilmente desbordarnos. Para promover la paz es me- nester actuar de forma positiva y creativa. El apóstol Pablo escribiendo a los romanos les dice: No paguéis a nadie mal por mal. Pro- curad lo bueno delante de todos los hom- bres. Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, tened paz con todos los hombres. Y dos versículos después recuerda el texto de Proverbios (25:21): si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; y si tiene sed, dale de beber (Ro 12:17-20). El cristiano tendrá siempre enemigos en este mundo porque su fe, valores y estilo de vida constituyen un es- pejo que constantemente está reflejando las injusticias e inmoralidades de aquellos que viven sin esperanza y de espaldas a Dios. Y al hombre natural no le suele gustar que le estén siempre recordando y censurando su forma de ser y vivir. A pesar de esto, debe- mos procurar vivir en paz. ¿Cómo podemos lograrlo? Mostrándonos generosos. Su- pliendo las necesidades materiales de quien no desea vivir en paz con nosotros. El pastor galés, Martyn Lloyd-Jones, cita la siguiente ilustración al respecto. “Imaginemos que te- nemos un vecino escéptico que está en con- tra del evangelio y de nuestra fe. Nos ha difamado en el vecindario, diciendo barba- ridades y falsedades acerca de nosotros. Nunca le respondimos con la misma mo- neda sino que conseguimos mantener la boca cerrada dominando así nuestra lengua. Hemos pedido al Señor en numerosas oca- siones que cambie su actitud y que le libere del poder del mal ya que está predispo- niendo a los demás vecinos no sólo contra nosotros, sino sobre todo del evangelio y de Dios mismo. Sin embargo, recientemente descubrimos que las cosas no le estaban yendo muy bien. Se había quedado sin em- pleo y el sueldo de su esposa no alcanzaba para cubrir el presupuesto familiar. ¿Qué hacer? ¿Cómo actuaría ante semejante si- tuación un hacedor de paz? Creo que bus- caría alguna oportunidad para ayudarle.

Quizás tendría que aprender a humillarse, tomar la iniciativa, acercarse a su enemigo e intentar ofrecerle su ayuda con sensibilidad, respeto y haciendo todo lo posible por crear paz donde había enfrentamiento. Si, a pesar de todo, el incrédulo rechazara nuestro apoyo sería una decisión suya, no nuestra. Pero pienso que habría muchas posibilida- des de que lo aceptara y se iniciara así una nueva relación hacia el camino de la paz y, lo que es más importante, hacia la glorifica- ción de Dios en este mundo.”(1) Quienes hacen la paz serán llamados hijos de Dios porque en realidad actúan como su Padre celestial. El Dios que se manifiesta en la Es- critura es un Padre que, desde luego, actúa con justicia pero que siempre ha procurado hacer la paz con los seres humanos porque es un Dios de paz. Cada vez que ha apare- cido en el mundo el conflicto, la división o la guerra ha sido por causa de la rebeldía hu- mana, el pecado y el propio Satanás, nunca por parte de Dios. Lo que él hizo más bien fue humillarse en la persona de Jesucristo. Es decir, no aferrarse a su dignidad de Dios sino enviar a su Hijo para producir la paz con el ser humano. Por eso quienes hacen la paz están repitiendo lo que el Creador hizo y en este sentido son sus hijos. Si Dios hubiera pensado de manera egoísta como piensa el hombre y hubiera insistido en su dignidad divina, el ser humano habría sido conde- nado eternamente a la más absoluta perdi- ción. Sin embargo, nuestro Dios es un verdadero hacedor de paz que por medio de su Hijo nos proporcionó la salvación eterna. Por lo tanto, ser hacedor de paz es ser como Dios es y también como Jesucristo, el Prín- cipe de paz. Quien se humilló como su Padre y no se aferró tampoco a sus derechos divi- nos sino que se humanó haciendo la paz me- diante la sangre de su cruz. Cristo anheló que nosotros pudiéramos disfrutar de la paz con Dios, que tuviéramos paz dentro de nos- otros mismos y con nuestros semejantes, por eso vino a la tierra y no reparó en sufri- mientos. Hacer la paz es ser así, no aferrarse a los derechos propios sino renunciar a ellos por amor a los demás. ¡Haya pues en nos- otros este mismo sentir que hubo también en Cristo Jesús! R

(1) Lloyd-Jones, M. 1976, Studies in the Ser- mon on the Mount, Eerdmans

E

l pasaje que está en Marcos 5:21-43 se abre con el ruego roto, lleno de dolor, de un padre que tenía una única hija en agonía: – Mi hijita se está muriendo. Ven y pon tus manos sobre ella para que se sane y viva”.

Jesús ya había cosechado un buen número de enemigos. Las clases más importantes de su pueblo lo rechazaban. Por supuesto, entre estas estaban las autoridades religiosas que manifestaban su clara oposición. Según de- cían, cualquier seguidor de Jesús no era otra cosa que un perdido, un pecador, un indese- able que, por supuesto estaba excluido de cualquier comunión con aquellos que prac- ticaban la religión oficial. Sin embargo, quien aquí se acerca a Jesús es el principal de una sinagoga local, uno de los jefes de la misma, sin duda, un hombre importante. Estos prin- cipales estaban encargados, entre otras cosas, de mantener el orden en las reunio- nes[1]. Su nombre era Jairo.

Jairo al acudir a Jesús se lo había jugado todo. Su posición, su prestigio, su respetabi- lidad. Había ido a pedir auxilio a un maldito según los líderes religiosos, sus propios com- pañeros de sinagoga lo pensarían. Todo ello no le importó en absoluto. Para Jairo el que fuera expulsado, tenido por pecador, des- echado por sus antiguos amigos era algo de poco valor. La mayor pérdida que podía tener era la vida de su hija.

Él habría visto morir a muchos niños y jóve- nes debido a la alta mortandad existente. Pero este profeta de Dios llamado Jesús venía precedido por una fama como realiza- dor de milagros. Si Él atendía a su petición, pensó, tal vez todavía había una posibilidad de sanidad.

Así, llegó apresuradamente ante Jesús. Se abrió paso de forma brusca entre la multitud que rodeaba al Maestro y cuando estuvo frente a él “se arrojó a sus pies”.

“Mi hija está agonizando; ven y pon las manos sobre ella para que sea salva, y vi- virá”, le dijo.

“Por favor Jesús, ayúdame. Maestro de Gali- lea ten compasión de mí. Profeta de Dios te necesito, socórreme en este día de angustia. Ven y sana a mi hijita”. Sin duda esto podría haber sido parte del ruego de este hombre. Es mejor traducir aquí “hijita” y no “hija”. Versículos más adelante se nos dice que la niña tenía doce años pero para Jairo era su “hijita”, su “pequeña”, su propia vida[2]. Ante la petición de este padre, Jesús no se lo piensa. En medio de una multitud que lo apretaba enormemente se encaminó a casa del principal.

Esta multitud parecía estar compuesta por desalmados o por curiosos insensibles. ¿Cómo puede ser, que ante una urgencia

Alfonso Ranchal*

*Diplomado en Teología (Ceibi). Miembro de la Iglesia Betesda (Córdoba, España)

Y Jesús tenía una

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