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La necesidad de la sustancia para fundar la unidad e identidad del

a) No hay estados espacio-temporales.

El primer motivo por el que no puede concebirse el cambio como una sustitución discontinua de estados es que en realidad estos no existen por sí mismos, no hay tales estados (y, como vamos a ver, no hay partes temporales de la sustancia, por ejemplo, el individuo x en t1) que se sigan unos a otros en una relación de sucesión. Los estados no son diferentes realmente, a parte rei, sólo se distinguen secundum rationem, con una distinción de razón (al igual que los accidentes de una sustancia o los diversos ahoras,

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instantes o eventos que pueden distinguirse al congelar mentalmente el único ahora presente real). Por ejemplo, el estado “Corisco en el mercado” es una abstracción de lo único que existe, que es él mismo cambiando constantemente, y además, ese estado suyo que hemos distinguido comprende en la realidad muchos otros accidentes153 (pues, en ese preciso momento, además de estar en el mercado, también tiene el pelo castaño, cierta altura, etc.), por lo que podría decirse que es una abstracción en doble sentido, o que es una abstracción de una abstracción. En el ejemplo que toma Inciarte siguiendo a Aristóteles:

Al igual que no hay un ahora siguiente a un ahora dado, excepto abstrayendo del único ahora y haciendo dos de uno –como si el final del ahora pasado fuera un ahora diferente del principio del futuro ahora–, igualmente tampoco hay un estado contingente siguiente de Corisco que siga a uno previo. Sólo está Corisco cambiando continuamente en el sentido de alterándose, incluso

aunque nosotros no lo notemos la mayoría de las veces154.

Es decir, lo único real, lo único que existe realmente es éste, Corisco, la sustancia y un único ahora presente real. Ésta es la analogía que Inciarte encuentra entre el tiempo metafísicamente considerado y la teoría metafísica de la sustancia, y lo que le permite ofrecer, como él mismo dice, “una visión de la noción tradicional de sustancia más orientada a un modelo temporal que espacial”155, que está además en concordancia con los intentos de Heidegger de reconstruir (licuando, pero no liquidando156) las nociones de tiempo y sustancia.

b) La sustancia es el único sujeto de los cambios.

Si hemos visto que los estados espacio-temporales de las cosas no existen, queda claro que no puede entenderse el cambio como una sustitución de ellos, puesto que lo que no existe no puede cambiar. Además, Inciarte va a demostrar que el sujeto de los cambios tampoco pueden ser los accidentes, ni algún compuesto de sustancia y accidente. Ya hemos visto el motivo por el que rechaza, siguiendo en este punto a Aristóteles, la existencia de accidentes de accidentes (incluso aunque se admitan sobre

153 Cfr. Ibíd., p. 285.

154 Ibíd., p. 285.

155 Si se conciben los accidentes como realmente idénticos a la sustancia (es decir, como aquello que

simplemente da cuenta de la dimensión cambiante de la sustancia), desaparece la tentación reísta –que acompaña inevitablemente a la representación espacialista de la sustancia que veremos– de considerarlos como ciertas “cosas” al margen y además de la sustancia, y que ésta, concebida como un núcleo interior e invariable, soporta.

la base de una sustancia que ya se ha reconocido, como ocurre en el caso de Grossmann, es decir, incluso aunque sean accidentes de una sustancia modificada accidentalmente de cierto modo), ya que su admisión implica poner en peligro el principio de no contradicción, en tanto que, si se dice que es ‘Sócrates blanco’ el que es educado, no se distingue la esencia de los accidentes, se considera que el predicado participa en la constitución del sujeto, por lo que éste no significaría una sola cosa, se confundiría el significar y el predicar, el significar acerca-de, y no sería posible decir nada falso, cosa que es precisamente lo que el principio de no contradicción niega.

Además, no puede hablarse de que un ‘individuo en t1’ haga algo y ‘el individuo en t2’ haga otra cosa, pues esto es absurdo: ninguna fase espacio-temporal de un objeto puede hacer nada, sino sólo el individuo a secas, que está completo –no sólo una parte suya– en cada momento de su existencia, y lo está en estados continuamente cambiantes, como también Geach objeta a Quine. Pone el ejemplo, siguiendo a Geach, de que ni es ‘McTaggart-en-1901’ el que cree en la dialéctica hegeliana, ni es un ‘hombre blanco’ el que es educado, sino simplemente McTaggart y un hombre respectivamente157:

A pesar de que la blancura de Sócrates… no es, a parte rei, distinta de Sócrates, [ya que las propiedades no son ‘partes’, sino que afectan a toda la sustancia, a ésta en su totalidad, como

veremos] es sólo Sócrates –y no Sócrates con su blancura– el que es músico158.

Y los números se asemejan a los accidentes en este respecto, pues estos tampoco pueden cambiar sin ser destruidos o, lo que es lo mismo, no permiten ninguna modificación accidental, sino que todo cambio suyo es esencial, por lo que no hay números variables ni movimientos de movimientos:

Ningún movimiento acelera y/o ningún número cambia, incluso aunque insistamos en expresarnos de esta manera (contundente)… Es, por supuesto, no el número de habitantes de Berlín el que aumenta; cuando Berlín aumenta su número de habitantes, un número más pequeño de habitantes es reemplazado por uno mayor, al igual que cuando la sustancia cambia (por ejemplo, cuando un tren acelera) los accidentes, que permanecen inalterados porque no existen como tales, se sustituyen unos a otros (y el tren asume gradualmente velocidades diferentes pero

en sí mismas invariables)159.

Así se ve que el único sujeto de los cambios puede ser la sustancia, los accidentes sólo pueden serlo de ella, y están inmediata o directamente relacionados con

157 Ibíd., pp. 67-68.

158 Inciarte, F., TSL, p. 41; también en p. 111.

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ella (y no con una parte temporal suya, ni con el compuesto de una sustancia y un accidente, ni tampoco con otro accidente). La sustancia es “la que carga todo el peso del cambio continuo” y, a la vez, “la que da cuenta de la continuidad del cambio” 160, la única que cambia y permanece, como Inciarte recoge también de Kant: “El surgir y el desaparecer no son modificaciones de lo que surge o desaparece”, sino –tendríamos que decir– de lo que permanece, por lo que “sólo lo permanente, la sustancia (“wird verändert”) se modifica [no: “cambia”]; lo mudable no sufre modificación (“Veränderung”) alguna, sino cambio (“wechselt”)” 161.

Por tanto, la posición de Quine se enfrenta a la de Inciarte en estos dos sentidos al defender, por una parte, que hay estados espacio-temporales y, por otra, que estos pueden ser el sujeto de los cambios. Dado que Quine no admite las sustancias, ha de decir que lo que cambia son los estados mismos, los accidentes, y entonces tiene que admitir accidentes de accidentes o propiedades de los eventos. Por esto dice Inciarte que es de esperar que también hable Quine de números variables.

c) A través de sus continuos cambios, la sustancia permanece.

Hemos visto el aspecto de la sustancia por el que se puede decir que ella es la única que cambia, y no los accidentes. Pero, en tanto que cambia accidentalmente, no lo hace hasta el punto de que es siempre diferente, como si cada cambio suyo fuera un cambio esencial, por el que adquiriera una identidad nueva (y esto tendría que ocurrir a cada instante por su carácter fundamentalmente temporal), sino que cambia permaneciendo, sin perder su identidad. Ahora hemos de entenderla en este otro aspecto de su permanencia, como aquello que permite que una cosa se mantenga la misma a través de sus cambios.

Al pasar a tratar de esta dimensión de la sustancia ya sabemos que, aunque sea ella lo que permanece, no lo hace en el sentido de que no cambie, de que permanezca como algo estático, invariable, como un núcleo fijo inafectado escondido debajo de los accidentes. En esto Inciarte insiste mucho, pues tal concepción de la sustancia y de la identidad corresponde a lo que él llama una representación espacialista de ella, que ha traído innumerables críticas a la noción de ésta hasta llegar en último término a su eliminación (pues es natural que se acabe prescindiendo de algo que nunca es afectado,

160 Ibíd., p. 286.

que permanece siempre invariable). Sin embargo, estas críticas al concepto de sustancia en general resultan injustas en la medida en que están basadas en una interpretación simplista de ella que puede reconocerse como falsa, como más abajo estudiaremos al rastrear su origen. Por ejemplo, como dice Inciarte, “que algo no se modifique esencialmente no quiere decir que su esencia no se modifique. La confusión consiste aquí en no distinguir entre modificación esencial y modificación de la esencia”. Y, aplicando esto a un ejemplo, dice lo siguiente: que un hombre no cambie esencialmente, “que no cambie como hombre no quiere decir que su ser-hombre no cambie por poco que sea. ¿Qué si no? Por supuesto, él. Pero, ¿qué es él si no su ser-hombre? Dicho de otro modo, su ser o esencia concreta no es, como el ser hombre en abstracto, una especie de bloque que atraviese inalterado toda modificación temporal”162.

Inciarte sostiene que esa concepción está muy lejana a la aristotélica, y dice que la prueba de ello está en que la sustancia auténticamente primera para Aristóteles, que es totalmente idéntica consigo misma, es pura actividad. Además, no cabe decir que la sustancia permanezca como algo rígido invariable si hemos admitido que los accidentes, que representan el aspecto mutable de la sustancia, son realmente idénticos con ella, no son a parte rei nada separado de ella.

Si trasladamos esta relación de sustancia y accidentes en el nivel del individuo al de la especie, tampoco en este caso puede decirse que la diferencia específica se añada desde fuera a un género que permaneciera siempre el mismo, inalterado a través de todas las especies subordinadas, como si fueran algo externo lo uno a lo otro. Como dice Inciarte, entre ellos no se da una relación lógica unívoca, sino metafísica, es decir, el género es algo análogo, y por ello afirma siguiendo a Aristóteles que “el modo como el hombre es bípedo no es el mismo que el modo como el pato es bípedo, de la misma manera que la animalidad del pato no es la misma que la del hombre”163.

Por tanto, la sustancia permanece, se mantiene siendo la misma siendo ella también lo único que cambia, es decir, a través (y no a pesar) de sus modificaciones continuas, existe en estados accidentales continuamente cambiantes, que no son otra cosa sino la sustancia cambiante misma. Así, hay que rechazar dos concepciones erróneas de ella (y también del género, como acabamos de ver) que la entienden o como

162 Ibíd., p. 107.

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algo inafectado (fig.1), como ocurre en su representación espacialista, o como algo siempre cambiante, como es propio de una visión como la de Quine (fig.2)164, y que Inciarte representa gráficamente de la siguiente manera165:

Fig. 1 Fig. 2

El aspecto de permanencia de la sustancia que vamos a tratar ahora es el que, bien entendido, permite justificar la identidad de la sustancia a lo largo del tiempo, sin caer en esa representación imaginativa espacialista suya.

Según Inciarte sólo si se admite la sustancia (cosa que hemos visto que no ocurre en Quine ni en la visión antropológica que se deriva de la ontología de Grossmann) puede fundarse una verdadera unidad y asegurarse la identidad de las cosas a lo largo del tiempo. Si hay una sustancia permanente, que permanece precisamente a través de sus cambios, siendo ella la que cambia, puede hablarse de una auténtica continuidad, porque, aunque los cambios, los accidentes o estados por los que pasa la sustancia desaparecen, ninguno de ellos es dejado atrás, sino incorporado en el ser de la sustancia. Esto significa que estos no son externos unos a otros como si fueran partes suyas –con la connotación espacial que éstas implican (partes extra partes)–, sino que, a diferencia de las partes, le siguen acompañando, quedan integrados, fundidos en su ser, participando en la constitución de los estados posteriores166. Por ejemplo, no podría estar en el estado en que actualmente me encuentro, sabiendo inglés por haberlo estudiado como lengua extranjera, es decir, teniendo el inglés como aprendido, si antes no lo hubiera ignorado o si lo hubiera aprendido como lengua materna. O, con el

164 Lo mismo afirma Inciarte acerca de las cuestiones a lo largo de la historia de la filosofía, como hemos

dicho brevemente más arriba: no se puede decir que siempre hayan permanecido las mismas en el sentido de invariables (como si las diversas respuestas que los filósofos han aportado no hubieran supuesto una transformación de la pregunta misma), ni que estén continuamente cambiando de modo absoluto, de manera que no haya conmensurabilidad entre ellas, sino que más bien están continuamente cambiando, sin que esto impida que sean al fin y al cabo las mismas.

165 Inciarte, F., FPSA, p. 284.

166 De hecho, como hemos visto, los accidentes no son nada realmente separado o al margen de la

sustancia, sino idénticos a ella, son ella en su dimensión cambiante, y así se da cuenta de su continuidad. Sólo si los estados fueran distintos y separados entre sí a parte rei, convirtiéndose así en verdaderas

ejemplo de Inciarte: “El estar Corisco ahora en el Liceo es diferente simplemente por su haber estado previamente en el mercado, de lo que habría podido ser si no hubiera estado ahí”167; su estar ahora ahí tal y como lo está depende de lo que ha hecho anteriormente. Es decir, los accidentes que adquiero o pierdo se modifican mutuamente, y dice Inciarte que “no sólo los posteriores a los anteriores, sino también al revés”168. La identidad de una sustancia a lo largo del tiempo se mantiene precisamente porque “la sustancia física es, en virtud de su temporalidad, análoga a un caracol que carga en sí todas sus pertenencias –omnia mea mecum porto-, o como un árbol que tiene sus anillos dentro de él”169, en los que ninguno de sus cambios se queda atrás, como si estos se sucedieran o sustituyeran de manera discontinua, sino que es incorporado. En esto consiste el aspecto de permanencia de la sustancia.

Si se tiene esto en cuenta, puede matizarse la propuesta de Fernández Beites a la hora de estudiar la subjetividad. Desde su punto de vista no puede tratarse a ésta adecuadamente mediante la noción de sustancia, ya que la considera cargada con connotaciones reístas o cósicas, pegada únicamente al presente objetivo (dice: “En el caso de estas sustancias cósicas, lo único que permanece es justamente el presente (su tiempo es el tiempo objetivo)”170), y por ello propone recurrir a una noción próxima a la de sustancia, aunque sin caer en ella, que sea capaz de tomar en cuenta la unidad temporal esencial de la subjetividad, esto es, su capacidad de integración, de unificación de lo pasado vivido en el presente, reteniendo, conservando (no sustituyendo) aquél precisamente como pasado e incoando el futuro en una unidad. En este sentido se pone del lado de Scheler al considerar inadecuado el modelo de una res para entender a la persona. Dice:

Por mi parte, creo que para acabar de escapar del actualismo será finalmente inevitable contar con una noción cercana a la “sustancia”, pero el punto clave es que no se puede tratar de la

sustancia de la tradición, entendida de modo cósico171.

Y en la misma línea:

El problema es, no obstante, buscar un esquema ontológico que sirva de alternativa al actualismo, porque, como indica Scheler, parece que la única opción alternativa disponible es el

167 Inciarte, F., FPSA, p. 265.

168 Inciarte, F., TSL, p. 108.

169 Inciarte, F., FPSA, p. 265.

170 Fernández Beites, P., Tiempo y sujeto. Después de Heidegger, p. 196.

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“sustancialismo” clásico, y éste viene lastrado también con fuertes problemas de fondo,

relacionados con la cuestión de la temporalidad y el cambio172.

Pero precisamente la interpretación de la sustancia que Inciarte ofrece –que recupera el sentido originario de ésta, llenando de contenido la relación sustancia- accidentes más allá de interpretaciones simplistas de ella– es lo que permite explicar de manera adecuada el cambio y reparar en la naturaleza radicalmente temporal de los objetos y el comportamiento de la subjetividad respecto de ellos. Así, en esta propuesta de Inciarte se da la clave precisamente para lo que Fernández Beites persigue: “Ligar la teoría de la sustancia al problema de la temporalidad”173. Es decir, se observa que, así comprendida la sustancia, sí puede entenderse la subjetividad desde este modelo, pues da cabida también a la cuestión de su temporalidad.

Inciarte es consciente de nuestra tendencia a imaginar espacialmente la sustancia, dejando de lado el tiempo (que Heidegger también critica al decir que la noción de ousía ha sido empobrecida al perder sus aspectos temporales174), que lleva consigo una tendencia cosificadora que nos predispone a representarnos erróneamente los estados previos de algo como si hubieran quedado atrás invariables en el pasado. En general tendemos a pensar todas las cosas en nuestro trato cotidiano con el mundo en un sentido abstracto como si permanecieran o perduraran de manera estática, es decir, como si fueran puramente espaciales, destemporizando el tiempo para luego espacializarlo (como hace, por ejemplo, el pintor, aunque en su caso de manera inevitable), e Inciarte dice que, a causa de esta tendencia, tiene mucha razón el pintor Giorgio Morandi al afirmar que lo más abstracto de todo es el mundo visible175.

Pero en realidad las cosas son temporales, están constituidas o consisten de tiempo, éste les es interno, perteneciente a su ser, de manera que a cada instante ya han cambiado, aunque sea imperceptiblemente. Por esto dice Inciarte que el realismo tiene razón desde el punto de vista espacial (la casa existe como algo permanente en el espacio), pero el idealismo la tiene desde la perspectiva temporal, en relación con el tiempo, ya que la casa no existe como algo permanente en el tiempo, sino que sólo existe el instante presente, que está fluyendo continuamente. Y que, si bien “hay al

172 Ibíd., p. 247.

173 Ibíd., p. 248.

174 Cfr. Inciarte, F., FPSA, p. 247.

menos algo de verdad en lo que Hegel decía de que el tiempo es la verdad del espacio”176, lo contrario (que el espacio es la verdad del tiempo) no es el caso.

Si esto es así, tenemos que hacernos cargo de que la presentación de cosas permanentes y extensas en el tiempo es únicamente fruto de la reconstrucción abstracta que lleva a cabo la conciencia en su poder retencional y protencional que, por otro lado, nos resulta necesaria para manejarnos más fácilmente en el mundo, ya que sin esta tendencia, a la que Inciarte califica de innata y no artificial, “no sabríamos a qué atenernos o, incluso, no podríamos ver las cosas, nos pasarían desapercibidas”. Éste es,