Adriana Badagnan
3. Entre la novela y el testimonio: La casa de los conejos
En La casa de los conejos existe, en primer término, un exilio de la lengua. La novela fue publicada originariamente en francés y editada por Gallimard en el 2007. Posteriormente fue traducida por Leopoldo Brizuela y apareció en Argentina en el 2008, publicada por Edhasa. Esta distancia del idioma marca al texto desde su propio título. En francés fue titulada Manège, término que puede traducirse como carrusel, siendo una alusión a la circulación de imágenes traumáticas. El vocablo tiene una segunda acepción ya que significa maniobra o manipulación. En este sentido el título hace referencia a la traición de uno de los integrantes de la casa operativa y al modo que utiliza para descubrir la ubicación de la imprenta montonera.
En castellano el libro se tituló La casa de los conejos en referencia explícita a la artimaña utilizada por Montoneros para encubrir la edición del periódico Evita montonera bajo la supuesta actividad de la cría de conejos. Pero el argumento queda más adelante invertido: son los integrantes de la casa operativa los que están cercados, los que van a ser cazados como conejos:
Después los momentos de calma se volvieron más raros. El miedo estaba en todas partes. Sobre todo en esta casa.
Yo ya no conseguía creer que los conejos blancos pudieran protegernos. ¡Qué pésimo chiste! Tan malo como envolver los periódicos para regalo.
Cada semana, César nos traía noticias que no siempre aparecían en los diarios. Centenares de militantes Montoneros eran asesinados día a día; grupos enteros desaparecían. Porque si a veces los asesinaban en la calle, lo más frecuente era que desaparecieran. Así, de golpe. (Alcoba, 2008: 110)
El título La casa de los conejos incluye una tercera alusión: el relato se abre con una reflexión a partir de la idea de hogar. La madre de la protagonista le cuenta a su hija que se mudan a una casa, justo como ella quería. Obviamente la idea de casa de la infancia tenía que ver con un deseo de normalización que era imposible por la militancia de los padres. A partir del malentendido sobre el deseo de hogar Alcoba muestra el extrañamiento, el rechazo o la condena hacia la militancia de los padres como forma de impedimento de vivir una niñez normal.
…a menudo, yo soñaba en voz alta con la casa en la que hubiera querido vivir, una casa con tejas rojas, sí, y un jardín, una hamaca y un perro. Una casa como ésas que se ven en los libros para niños. […]
Tengo la impresión de que ella no ha comprendido bien. Referirme a una casa con tejas rojas era, apenas, una manera de hablar. Las tejas podrían haber sido rojas o verdes; lo que yo quería era la vida que se llevaba ahí adentro. Padres que vuelven de la casa a
cenar, al caer la tarde. Padres que preparan tortas los domingos siguiendo esas recetas que uno encuentra en gruesos libros de cocina, con láminas relucientes, llenas de fotos. Una madre elegante con uñas largas y esmaltadas y zapatos de tacón alto. O botas de cuero marrón, y, colgando del brazo, una cartera haciendo juego. O en todo caso sin botas, pero con un gran tapado azul de cuello redondo. O gris. En el fondo, no era una cuestión de color, no, ni en el caso de las tejas, las botas o el tapado. Me pregunto cómo hemos podido entendernos tan mal; o si en cambio ella se obliga a creer que mi único sueño, el mío, está hecho de jardín y color rojo. (Alcoba, 2008: 13-14)
Otro título que Alcoba evaluó entre los posibles fue Embute. Esta palabra de origen lunfardo, cuyo significado es hoy elusivo, era de utilización frecuente entre los militantes en los ‘70 para hacer referencia a un lugar en el que se escondían objetos que era peligroso tener: libros, panfletos o armas. Ante esta palabra de significado olvidado Alcoba reflexiona sobre la distancia política e ideológica con respecto a un tiempo violento que hoy nos resulta incomprensible:
Cuando pienso en esos meses que compartimos con Cacho y Diana, lo primero que viene a mi memoria es la palabra embute. Este término del idioma español, del habla argentina, tan familiar para todos nosotros durante aquel período, carece sin embargo de existencia lingüística reconocida.
Desde el mismo instante en que empecé a hurgar en el pasado –sólo en mi mente al principio, tratando de encontrar una cronología todavía confusa, poniendo en
palabras las imágenes, los momentos y los retazos de conversación que habían quedado en mí– fue esa palabra el primer elemento que me sentí compelida a investigar. Este término tantas veces dicho y escuchado, tan indisolublemente ligado a esos fragmentos de infancia argentina que me esforzaba por reencontrar y restituir, y que nunca había encontrado en ningún otro contexto. […]
“Embute” parece pertenecer a una suerte de jerga propia de los movimientos revolucionarios argentinos de aquellos años, más bien anticuada ya, y visiblemente desaparecida. (Alcoba, 2008: 47-50)
Se simboliza así la dificultad de comprender otra época histórica, el riesgo que supone juzgarla con parámetros anacrónicos o exaltar la violencia. Alcoba reflexiona (Aguirre, 2008) que escribió intentando no caer en la doble trampa: la de juzgar a sus padres y su generación con los parámetros de esta época; o la de enaltecer sus figuras transformándolos en héroes. Con esta perspectiva se coloca en una línea similar a la de varios trabajos de la ensayística reciente (Calveiro, 2005; Longoni, 2007) que consideran indispensable una crítica a las experiencias de aquellos años que no sea una justificación de la violencia estatal.
La versión castellana de La casa de los conejos, de Leopoldo Brizuela, presenta las mismas dificultades propias de la traducción, con el agravante de que la realidad a la que se hace alusión es argentina: “No quise hacerlo yo –dijo Alcoba–. Hubiera sido escribir otro libro. Leopoldo hizo un trabajo excepcional y extraño, más que una traducción, porque fue trabajar con una lengua de origen ausente” (Aguirre, 2008).
La lengua materna es definida por la propia Alcoba como una lengua ausente. Es por ello que asistimos a un complejo proceso: Alcoba traduce esa experiencia al francés, y Brizuela la traslada o restituye al castellano. La identidad argentina de Alcoba resulta negada desde la propia lengua en un relato que juega constantemente con las palabras: las perdidas en el tiempo, que tienen que ver con el lenguaje de la militancia, las perdidas en el espacio que ella olvida con el exilio de la madre que se transforma en el propio exilio de la cultura que torna significativas las experiencias narradas. De esta manera, Argentina no es para Alcoba un espacio de retorno, sino una identidad a construir enteramente. La casa de los conejos parece ser una operación clave en el proceso de construcción o invención de la propia identidad desterrada.
Esta identidad desterrada se construye a partir de fragmentos, de retazos. Estas formas fragmentarias se vinculan con los recuerdos de infancia, pero Alcoba no se limita a un recuento de la experiencia traumática de la niñez, sino que su novela es un verdadero trabajo con la memoria apuntado a la construcción de la propia subjetividad. Esta operación puede leerse a partir de marcas textuales que se constituyen como las formas escriturarias que adquiere la experiencia del exilio.
El exilio de Alcoba adquiere una forma particular ya que no es una elección consciente, sino que se trata del exilio de la madre; y por otro lado, las razones que perpetúan la permanencia fuera del país de origen son voluntarias en el sentido que no continúan operando las razones políticas que llevaron a su familia a
huir de la Argentina, pero paralelamente la escritora construye una identidad desdoblada en la lengua, en el espacio y en las referencias culturales que marcan de forma significativa la figuración de autor.