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Representaciones de la dictadura

In document El Exilio Del Retorno[1] (página 33-39)

Adriana Badagnan

1. Representaciones de la dictadura

Las imágenes literarias sobre la dictadura y la lucha armada en Argentina han sido objeto de variaciones desde la llegada de la democracia hasta la actualidad. Esquemáticamente podemos apreciar que en la década del ‘80 (en paralelo al Juicio a las Juntas) la estrategia dominante implementada por los organismos de Derechos Humanos fue la focalización en el tema del Terrorismo de Estado y sus atrocidades. En este marco la problemática de la militancia armada se transformó en un tema tabú (Dalmaroni, 2004; Longoni, 2007).

Las primeras representaciones sobre la bestialidad de la dictadura argentina fueron las literaturas del exilio. Esto es, escrituras producidas bajo la dictadura que habían aparecido en el exterior o que pudieron publicarse en el país después de 1983;

textos claves para comprender la lógica de un mundo literario en proceso de recomposición (Bocchino, 2008). En este sentido resulta productivo analizar la relación entre escrituras y exilios:

Tanto quienes son compelidos al desplazamiento geográfico como los que escriben desde un exilio interior suelen construir una posición de resistencia vinculada, muchas veces, a la recuperación de la memoria. Y en relación con la constitución lingüística de escrituras que rodean situaciones de esta naturaleza, se afronta el problema de la referencia que abre la reflexión sobre los vínculos entre los textos y lo real. Son escrituras que reproducen la irreductibilidad entre órdenes (del lenguaje y de lo real) y traducen ese ámbito borroso y diverso, exasperando el problema de la referencia y así el de la representación. Las pérdidas, los cruces de memoria y olvido, ciertos reconocimientos o encuentros, el miedo, la esperanza, la impostergable necesidad de seguir escribiendo tensan la relación entre las palabras y las cosas. En las tramas, en las figuras retóricas, en los ritmos, en los saberes inscriptos, en los silencios de las distintas escrituras se despliega el discurso de lo social; la historia se desliza en trazas que son, en definitiva, estimulantes operaciones ideológicas de nuevas interpretaciones. (Bocchino, 2008: 6)

En opinión de Adriana Bocchino las literaturas de exilio se caracterizan por un particular montaje de lo real, rompiendo con la idea de referencia. Lo real, concreto o deseado, aparece como la imposibilidad de rearmarse; la situación determina un presente que se congela y una inversión de los términos pasado y futuro. La

experiencia del desplazamiento marca las escrituras, y por tanto, las lecturas de aquellos textos. El sujeto escribe escribiéndose en situación de exilio con una insistencia en el gesto autobiográfico. La quita, la pérdida, es señalada obsesivamente como forma paradójica de darse un suelo propio. Exiliarse se torna una forma de no dejar de deslizarse, una incertidumbre como estructura fundamental que descuartiza a un sujeto que construye su retórica del desplazamiento. Es por ello que en esta literatura aparece un cruce inevitable de lo literario con lo extraliterario determinado por las estructuras de producción. En este punto las escrituras de exilio se contraponen a la idea de Foucault (1985) de la muerte del autor, ya que quien escribe resulta central; si Foucault asocia el rol del Estado a la individuación burguesa, en las escrituras de exilio ocurre lo inverso: el sujeto se reafirma frente al Estado, se escribe para no morir en un reverso obstinado del asesinato; el gesto de la escritura es un reafirmarse para no desaparecer, el hacerse reconocer está asociado fuertemente al nombre y al apellido.

Los acontecimientos traumáticos en lo político y el cruce con las temáticas sociales aparecen como alusiones no siempre directas en una escritura que suele trabajar con lo omitido, los silencios, lo no dicho. De allí que la figura predominante sea la alegoría. Walter Benjamín (1987; 2005) analizó la alegoría en función de las vanguardias del siglo XX, en las que se cuenta su propia escritura. La alegoría aparece signada por las múltiples combinaciones y las interpretaciones variables. Para definirla resulta central la idea de montaje, ya que la figura alegórica requiere una instalación

simultánea de una dialéctica de la memoria. La alegoría está asociada al hermetismo y al jeroglífico, a la cifra de un saber secreto en el que el sentido está condicionado. En el exilio existe un montaje de fragmentos de la materia real a la par que un lenguaje cifrado. En la escritura alegórica de las literaturas de exilio está inscripto el desnudamiento de la barbarie, por lo que es a la par ficción y crítica de la cultura. Lo oblicuo, los bordes, las minucias y lo no advertido aparecen como elementos mínimos desde los que se arma la alegoría moderna.

Una cuestión importante es que las escrituras de exilio requieren una idea de red: el que se afirma no es un sujeto único, aislado, sino escritores escribiéndose, citándose, dedicándose; una constelación de figuras asociadas a desapariciones y exilios (Onetti, Gelman, Walsh, Urondo, Conti, Tizón, Saer y Castillo) que se ha impuesto cuidar las palabras, evitar también el naufragio de la lengua y sus significaciones enunciando voces y saberes proscriptos, trabajando temáticas marginales, minoritarias.

Un ejemplo de la relación entre literatura y política a partir de las marcas textuales del exilio puede encontrarse en el trabajo de Sandra Lorenzano Escrituras de sobrevivencia (2001) en el que trabaja sobre las novelas de Silvia Molloy, En breve cárcel, y de Héctor Tizón, La casa y el viento. Para su trabajo utiliza el concepto de poética de ruinas, contraponiéndola a la estética fascista de los monumentos, concluyendo: “El cuerpo y el deseo (de escritura), en tanto territorios de cruce entre el yo y los otros, entre la historia íntima y la colectiva, le disputan a los

autoritarismos el espacio simbólico de la memoria” (Lorenzano, 2001: 252).

Las escrituras de la democracia incipiente también se construyen en torno a figuras alegóricas. Con posterioridad a los gobiernos militares, la literatura se distancia de la experiencia para tornarse reflexiva sobre la propia imposibilidad de contar, como una escritura que trabaja con los restos de lo real define Garramuño (2009) a las ficciones publicadas en los primeros años de la democracia. Las experiencias de la guerrilla, la tortura y la persecución política aparecen como lo inenarrable, por tanto los textos no explican ni intentan explicar, sino que simplemente son una pura exploración emocional. El hecho de que como resultado de una época convulsionada emerjan trabajos alejados de las vivencias concretas es sólo aparentemente paradójico. Ya Walter Benjamin (1982) en Experiencia y pobreza analizó cómo, con posterioridad a la Primera Guerra Mundial, existió un vacío de textos sobre esa experiencia, en gran medida como resultado del shock, produciendo un empobrecimiento de lo narrado. El análisis de Benjamin, permeado por la lectura freudiana, se relaciona también con el concepto de trauma, bajo cuyos efectos es imposible la narración de la experiencia, pero comienza a accederse a ella a partir de reflejos. De esta manera pueden ser analizados los textos de Gusmán, Lamborghini o Saer. La alegoría en lugar de la narración no tuvo que ver con los impedimentos de la censura, sino con la misma imposibilidad de contar. Los textos se centran en la mera subjetividad, en la tactilidad, en la discapacidad de narrar como tema en sí mismo.

La literatura de los ‘90 muestra importantes cambios. A mediados de los ‘90 se asiste a una serie de declaraciones de los autores materiales del genocidio, que en una época marcada por la impunidad, rompen el pacto de silencio de las Fuerzas Armadas. El más significativo de estos escritos es el de Horacio Verbitsky (1995) El vuelo, libro en el cual Scilingo confiesa el destino de miles de desaparecidos que fueron arrojados desde aviones al Río de la Plata. Este libro ofrece la particularidad de que el protagonista no escribe el testimonio de su propia experiencia, sino que su vivencia se encuentra mediatizada por la escritura de Verbitsky, un periodista en las antípodas ideológicas del militar.

En simultáneo, comienzan a publicarse testimonios de militantes de las organizaciones armadas ya que en los ‘80 la militancia era un tema incómodo. Estos escritos adquieren formas variadas: desde el oral trascripto hasta formas de novela tradicional. Lo silenciado en los inicios de la democracia empieza a ser contado, a ser narrado desde diferentes ópticas: el ensayo, la biografía, la autobiografía y la novela (Dalmaroni, 2004). Estos trabajos muestran el entramado de múltiples voces: las mujeres militantes, las batallas de los familiares de desaparecidos, la experiencia de los campos o el dolor del exilio. Al testimoniar, paralelamente, recobran sus identidades y plantean sus reclamos específicos. Este coro polifónico, elaborado desde la culpa, el arrepentimiento o la reconciliación posibilita una escritura reflexiva sobre la memoria en la posdictadura. Estos relatos sobre los ‘70, que forman una parte importante de la literatura del período, entran en juego de forma particular con la narrativa que

los nuevos escritores comienzan a publicar en los ‘90. La literatura testimonial sobre el genocidio forma parte de un clima de época signado por la preocupación por este tema, aunque también produce una cierta saturación al hacer narrable aquello que es único e inenarrable, creando una hermenéutica de la derrota.

Siguiendo a Raymond Williams (2009) consideramos que los autores de los ‘90 pueden ser visualizados como una formación con una peculiar estructura de sentir que presenta signos de estructuras emergentes. Por otra parte, resulta indispensable la noción de campo intelectual de Pierre Bourdieu (1995) para comprender cómo los autores responden a las reglas de su propio escenario. Teniendo en cuenta estas dos concepciones teóricas, Laura Ruiz (2005) señala dos rasgos salientes: el haberse educado bajo la dictadura —por lo que la temática de Malvinas y el “clima de cementerio” asociado al “Proceso” son centrales en su producción— y el haber comenzado a publicar en los ‘90.

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