EL TIEMPO LIBRE ENTRE EL TRABAJO Y LOS CUIDADOS
5. EL OCIO Y LA VIDA: ENTRE LOS TRABAJOS
Ese tiempo autónomo, “mi tiempo”, como un derecho ganado a partir de las otras categorías de tiempo, de trabajo pagado o de trabajo no pagado. En relación con las otras actividades y el tiempo de los otros, no es sólo fuente y producto de valor. No sólo existe una relación de complementariedad en la generación de valor, sino también de conflicto. Ya ambas relaciones están articuladas.
Una relación conflictiva derivada de un sencillo punto de partida: a) la jornada tiene un número limitado de horas para todas las actividades; b) las distintas categorías de tiempo compiten entre sí; c) hay que recordar la relación entre escasez y valor del tiempo de ocio; d) la legitimación del tiempo de ocio deriva precisamente de las otras categorías de tiempo, con las que compite en la jornada; e) se puede establecer una especial regla de proporcionalidad: cuanto más tiempo dedicado a las actividades legitimadores, mayor legitimación del tiempo de ocio y de las decisiones sobre las actividades que lo concre- tan; f) un aumento de la legitimación del tiempo de ocio es, a su vez, una fuente de com- petencia frente a los otros tiempos: se desea trabajar menos –o, al menos, no más– ya sea en el mercado, ya sea en el ámbito doméstico y familiar, intensificándose la de- manda de “mi tiempo”, de ese tiempo discrecional, frente a los tiempos obligatorios.
La obligación laboral es un obstáculo para ese tiempo autónomo: “te está quitando mucho tiempo” (GCajeras-Madrid)2. El trabajo remunerado aparece así como enajena- ción del tiempo propio, como radical oposición a la autonomía. O como en el siguiente fragmento de una entrevista:
Necesitaría más tiempo para mí, tiempo libre porque sí que es verdad que al tra- bajar en una jornada laboral quita muchas horas. Estamos la mayor parte de la vida, pero… (Administrativa, 43, sin pareja ni hijos, San Carlos de la Rápita).
Centrémonos ahora en un término que ya ha sido mostrado en dos ocasiones: quitar. Veremos como se opone a ganar. El trabajo remunerado como potencial usurpador del tiempo propio. Algo que, en principio, parece distinto a la idea de la venta de tiempo, enajenación voluntaria de tiempo, a cambio de un salario, y la fuerza de trabajo con el tiempo como uno de sus componentes centrales. No se trata de que el sujeto vende su tiempo discrecional sino que la dedicación laboral le quita tiempo discrecional. Ni que decir tiene que vender no es lo mismo que quitar, situándose aquí el sujeto como víctima, en lugar de cómo actor, y el sistema social organizado sobre la lógica de este robo del tiempo. Los otros, la sociedad en sus diversas concreciones, como ladrones de tiempo discrecional, empezando, en esta referencia central por la empresa. Pero, a pesar de que puede costar expresarlo, el tiempo dedicado a las actividades domésticas y de cuidado son las que más pesan a la hora de plantearlas como fuetes de conflicto con el tiempo
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2 A partir de aquí, aparecen algunos verbatims de grupos de discusión (Cajeras, Funcionarias) realizados en una investi-
gación anterior con una temática semejante a la que aquí se presenta: Tiempo de trabajo negociado y temporalidades
sociales vividas en el marco de las transformaciones en curso de la norma de empleo temporal de empleo (2001-2003),
discrecional. Posiblemente porque ese tiempo de dedicación es percibido con mayor discrecionalidad que el tiempo de trabajo pagado, se subraya que el tiempo de trabajo de cuidados “quita”: “yo creo que los hijos te quitan mucho tiempo, y que te quitan
mucho tiempo….” (GAmas de casa clases populares-Madrid). Es un “quita” que parece
sustituir a un “dar”. Ellos (los hijos) quitan porque ellas se dejan quitar, que no es exac- tamente lo mismo que dar. Es como una especie de dar obligado (Mauss, 1985). Sin embargo: “al horario suyo [de los hijos] no le quito nada, no sé si cuando sean un po-
quito más mayores…” (G-Funcionarias, Tipo A,Madrid). Los demás me quitan, salvo
a los hijos que “no les quita”. A los hijos se les da. A pesar de que existe la conciencia de que el tiempo discrecional emerge, en buena medida, de lo que se quita al tiempo de trabajo remunerado, no aparece como un conflicto con éste, puesto que ganarlo aquí supone decisiones que se consideran vitales. En cierta forma, esa quita de mi tiempo
discrecional por parte del trabajo y aunque el sujeto se sitúe como víctima, es fruto de
la conciencia de un pacto, de una compraventa: quita porque se ha vendido, lo que ex- cluye el conflicto salvo en el momento que haya que volver a pactar (convenios, cambios de categoría laboral, por ejemplo). Algo que no pasa con la lucha entre ese tiempo dis- crecional de ocio y el tiempo de los trabajos domésticos y de cuidados, especialmente al aparecer éste en negociación continua.
En cuanto tiempo opuesto a lo obligatorio, el tiempo discrecional es el de la desco-
nexión (GD-Profesionales-Madrid), produciéndose una interferencia con los tiempos
de ocio menos discrecionales y, por lo tanto, más obligatorios. Se superpone con el de- nominado tiempo libre, apareciendo así el tiempo discrecional como una especie del tiempo libre.
Bueno es, es eso que dicen que tú, que al final todo sale, todo sale, es verdad que, que tienes poco tiempo libre, para ti, pero bueno también. (Superocupada,
33, pareja con hijos, barcelona)
El tiempo libre parece dividirse así entre el tiempo con los otros –y para los otros y, en este sentido, con las mismas connotaciones de heteronomía que los tiempos de tra- bajos y tareas- y tiempo estrictamente para mí, discrecional en sentido estricto. No obs- tante, la convertibilidad entre tiempo libre heterónomo y tiempo libre autónomo parece alta. Tiempo libre general que queda sobrante, líquido, disponible, desemboca en tiempo discrecional. También al contrario y, así, puede sacrificarse el tiempo discrecional para salir con otros, cuando tal salir con otros se percibe dentro de la lógica de las obligacio- nes sociales, de los compromisos sociales.
La vinculación material con el tiempo de ocio no puede llevar a confundirlos. El tiempo de ocio tiende a aparecer como tiempo perdido, insatisfactorio; mientras que el tiempo autónomo es ganado y tendente a generar satisfacción. Tal vez, el peso de una cultura tradicional que ha condenado el ocio se encuentre detrás, al situarlo como pér- dida.
Normalmente la rutina del hombre español es levantarse, trabajar, comer, tra- bajar y ya está,… y ver la tele un par de horas y ya está, y a acostar. Si tuviera más tiempo: gimnasio, irte de compras, una película de vídeo o cualquier cosa;
un poco más de todo […] Si tuviera más tiempo al día, lo mismo una carrera… otra carrera no estaría mal ¿eh?. (Mujer en GJóvenes con empleos tiempo par-
cial-Madrid).
Por otro lado, al ser un tiempo discrecional puede pensarse que disponen más del mismo quienes menos obligaciones tienen. Sin embargo, tal cuestión está mediada por el origen de tal falta de tiempo obligatorio. Hay que resaltar que el tiempo discrecional de ocio es algo que se vive como un derecho cuyo principal origen es el cumplimiento de las obligaciones asignadas (trabajo remunerado, estudios, tareas domésticas o de cui- dados). Así, en el grupo de parados varones encontramos una aparente contradicción: no tienen tiempo autónomo. Reconocen que tienen más tiempo (en cantidad), pero cua- litativamente asignado apenas lo consideran como discrecional: “tienes tiempo, pero
no se disfruta” (GParados larga duración). En cuanto es una disponibilidad de tiempo
no querido –el del desempleo– es un tiempo ajeno y heterónomo.
Es así que “mi tiempo” pasa del exclusivo régimen de la materialidad del tiempo al de las legitimaciones y, por lo tanto, el de los conflictos y las luchas por el poder. La deslegitimada posición no reclama tiempo autónomo, discrecional. Los legitimados que perciben que tienen menos disponibilidad de tiempo discrecional de ocio del que se creen con derecho, la reclamarán en su vida cotidiana. Los que la ostentan –como hemos visto en los fragmentos discursivos del médico y de un grupo de mujeres en Sevilla– parecen erigirse en signo de poder, frente a los demás: los demás tienen una deuda con respecto a ellos o ellos tienen un derecho frente a los demás.
La designación de ese tiempo discrecional en los discursos no sólo conlleva una apropiación del tiempo, sino una apropiación individualizada, negando el carácter co- lectivo de este tiempo. Matriz estructural de las consideraciones del tiempo: un tiempo individualizado (“mi tiempo”) y un tiempo colectivo, aun cuando suele arrastrar la con- notación de tiempo heterónomo.
En el tiempo colectivo-ajeno, se inserta la dedicación a actividades concebidas como obligatorias. Son obligatorias porque son colectivas y son colectivas porque son obli- gatorias. Donde se insertan las obligaciones laborales, familiares y, al menos ciertos ocios. El tiempo discrecional, por el contrario, se sitúa fuera de las obligaciones. Apunta a tiempo asocial, descargado –al menos– del peso de la sociabilidad convencional. De un tiempo carente de nosotros (Elias, 1990:230). Sobre todo, porque rehúye com- promisos:
Pero me refiero a la gente que te dice: “vamos a tomar una cerveza después del trabajo”, pues no. Porque yo después del trabajo tengo ganas de hacer cosas para mí, porque he estado todo el día haciendo cosas para otros y luego llegar a casa tranquila. Es que hay gente que le cuesta, pues quedamos el fin de semana, y te dicen que no porque el fin de semana yo tengo novio, o tengo niños, o tengo padres o tengo excursión. (Técnica publicidad-comunicación, 35, vive sola, bar-
celona).
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En cuanto tiempo individualizado, se pone por delante de los otros tiempos, es- pecialmente por los jóvenes. Es un tiempo que no puede faltar, aunque sea escaso. Así, puede llegar a decirse que: “me falta tiempo para todo, incluso para mí” (joven be- caria, 28, en piso compartido, barcelona). Como tiempo individualizado, es un tiempo que tiene prioridad, donde parecen sobrar los demás, incluyendo la pareja.
Si quieres hacer lo que tú quieras y ser tú mismo el estrés es mucho mayor si estás en pareja. Tienes que encontrar tiempo para ella y tiempo para ti y el tiempo para ti es importante. Yo pienso que es mucho más importante mi tiempo que el que paso con ella porque no sé sabe nunca. La inversión en ti tiene que ser im- portante y más viviendo fuera de casa. (Profesor FP, 30, vive solo, barcelona).
Hay que apuntar en el fragmento anterior la vinculación que se establece entre el tiempo discrecional de ocio e inversión del tiempo. De esta manera, siguiendo esa declaración, la posible dedicación de parte del tiempo discrecional de ocio a la pareja puede ser una mala inversión. Al menos, se vive como una inversión menos segura que si se invierte en uno mismo, con independencia de qué quiere decirse con el término in- versión. Pero, además, señala que el tiempo discrecional de ocio es un tiempo que se gana a los otros. Es el tiempo de los otros lo que permite tener tiempo propio (Nowotny, 1992:148). De aquí que genere conflictos, cuando el otro es cercano, con quien se con- vive, señalando directamente al compromiso con la relación y, así, al difícil balance entre las expectativas de la propia relación y las expectativas individuales en sociedades individualizadas:
Si es que tampoco es cuestión de plantarse, es cuestión de decir bueno somos dos vamos a dividir […] hay cosas que las puedes hacer tú porque te gustan o… En mi casa no se ha hablado mucho de quien tira la basura porque es absurdo… El que baja la tira. (Educadora Social, tiempo parcial, pareja y dos hijos, 46, bar-
celona).
De manera directa –reclamando el tiempo– o indirecta –acortando las actividades cuyos principales beneficiarios son los otros, como en el caso de las amas de casa que se autoculpabilizan por no saber gestionar el tiempo que dedican a los otros y, por lo tanto, no disponer de tiempo propio– es un tiempo ganado a los otros. Un conflicto entre tiempos que deriva del conflicto inserto en las relaciones de género, entre categorías sociales, aunque se vivan personalizadas.
La autoculpabilización nos inserta aún más en vivencias individualistas, en conflictos micros, apenas categorizados en clave de género o edad. Conflicto entre dos lógicas contrapuestas –individualista y familiarista– dos roles que aparecen desarticulados en la cotidianidad –mujer y madre– y dos estrategias vitales actualmente incompatibles, pues una reposa en la concepción de un sujeto autónomo y, en cierta forma, aislado de sus compromisos sociales, con todo los horizontes vitales abiertos para constituirse como individuo; y la otra en una estrategia colectiva cuya unidad es la familia.