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EL TIEMPO LIBRE ENTRE EL TRABAJO Y LOS CUIDADOS

6. EL TRABAJO DEL OCIO

Aquí se ha querido situar el ocio entre dos trabajos (familiar-doméstico y mercanti- lizado); pero el propio ocio es un trabajo, entendido como esfuerzo y derivado del es- fuerzo. No solamente hay que legitimar el ocio, trabajar en el mercado o en los cuidados para ganar el ocio, sino que el propio ejercicio del ocio conlleva un esfuerzo, como es, al menos, el esfuerzo de defenderlo ante los demás, de negociarlo frente al derecho al ocio de los otros, con los que se convive, por lo que se incrusta en las conflictivas rela- ciones de género, y de reivindicarlo cuando apenas se dispone de él, como pasa entre los parados y las cuidadoras. Hay un trabajo para ejercer el ocio.

…yo salía todos los fines de semana, mi marido se quedaba en casa. Y yo los fines de semana a las seis de la mañana, me daba un paseo hasta Entrevías, iba al mercadillo del Pozo, cerca de Vallecas. Y luego veinticuatro horas en mi casa.

(GCuidadoras).

Un esfuerzo que cuenta con la satisfacción de ser el ámbito preferencial para cumplir las expectativas de vida autónoma. Pero un esfuerzo al fin y al cabo. Como el que dicen que hacen los parados, cuando señalan que siguen acudiendo al mismo gimnasio que cuando trabajaban, para mantenerse vivos. El esfuerzo vinculado al estudio –de idio- mas– en el grupo de jubilados. O el de los ejecutivos que se privan de una sobremesa para ir a jugar al padel. Es el tiempo que da vida, esa vida autónoma y esa vida social. Estar excluido de este tiempo propio es estar excluido de la sociedad. De aquí que no solo sea un derecho, sino que también sea obligatorio. Derecho y obligatoriedad del ocio aparecen unidos.

Un esfuerzo que se manifiesta en el esfuerzo de estetización de la vida a través de la dedicación a: el deporte o la gimnasia como estetización del cuerpo, de la práctica del arte o el consumo cultural, de la cocina-gastronomía –para ocasiones especiales– porque relaja, etc.. Muestras, a su vez, de que se cumple con la obligatoriedad del ocio, ostentación del cumplimiento de la obligación del ocio.

Una disponibilidad para cumplir con la obligatoriedad social del ocio que es distinta para las diversas categorías sociales. Es mayor entre los varones, que entre las mujeres, incluso cuando éstas cumplen con dos o más fuentes de legitimidad –cuando son ocu- padas y trabajan como amas de casa–; entre los más jóvenes, donde el ocio se convierte en espacio para construir su autonomía y por lo tanto queda legitimado como espacio de socialización, y entre los más mayores, que invocan manifiesta o latentemente a: “todo lo que han trabajado”. Así, la ostentación del ocio, especialmente del tiempo de ocio discrecional, es también la de los trabajos que legitiman ese ocio.

Volviendo a la discusión con la teoría clásica, no es el tiempo de ocio, por sí mismo, el que genera distinción, el que marca unas posiciones sociales frente a otras, como puede derivarse de la lectura de la obra de Veblen (1974). Como hemos visto en los datos del MTUS, sería un bien demasiado extendido como para generar distinciones,

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aunque las haya y notables entre categorías sociales y, sobre todo, entre sexos cuando aproximadamente comparten las mismas circunstancias ocupacionales. Lo que distin- gue, como apunta bourdieu (1998:223), es la apropiación que se hace de ese tiempo de ocio, lo que conlleva su sentido y, por lo tanto, de donde viene –su fuente de legitima- ción– y hacia dónde va –las expectativas vinculadas al esfuerzo que supone la concre- ción del tiempo de ocio. Visto así, el trabajo del tiempo discrecional de ocio es el de la distinción: distinguirse de los demás, hasta la separación familiar, y distinguirse de los otros tiempos obligatorios. También, aunque no ha sido objeto de este trabajo, distin- guirse en los tiempos obligatorios a partir de la distinción obtenida en el tiempo discre- cional de ocio, como muestra la relevancia obtenida por los apartados relacionados con los hobbies o los estilos de vida en los currículum vitae destinados a la competencia en el mercado laboral.

Una distinción entre tiempos de ocio y tiempos de trabajo que no siempre es fácil. Por un lado, porque la misma actividad puede tener el sentido de trabajo o de ocio: co- cinar, artesanía, artes plásticas, jugar con los hijos pequeños, etc. Por otro lado, porque el ocio coloniza el trabajo remunerado –el valor de un empleo está en buena parte de- terminado por el tipo de ocio que posibilita– y el trabajo doméstico y de cuidados –las amas de casa o los parados que convierten su trayecto de vuelta, tras dejar a los hijos en el colegio, en una actividad de ocio (bicicleta, paseo)–; y el trabajo coloniza el ocio: la disponibilidad hacia el reciclaje formativo en pos de movilidad profesional, en tiempo propio de ocio.

El trabajo es donde se gana el ocio –el derecho al tiempo discrecional de ocio, la le- gitimidad al tiempo de ocio– y el tiempo de ocio es donde se gana la vida, el estilo de vida, pues el reconocimiento social –y en buena medida eso que llamamos identidad- viene por las prácticas de ocio. Ahora bien, el empleo parece dar seguridad ontológica –en el sentido que le da Giddens (1991)– mientras que el tiempo discrecional de ocio da individualidad autónoma. buena parte del impulso inicial que adquiere la sociología del ocio deriva de su concepción como alternativa al trabajo, como horizonte de una sociedad de no trabajo, ya sea por la declaración –un tanto prematura– de su final (Rif- kin, 1996) o de su declinar (Méda, 2010); mientras que aquí se ha revelado una fuerte relación de sentido entre tiempo de trabajo y tiempo de ocio, que va más allá de sus res- pectivas duraciones.

CAPÍTULO VIII

EL PARO COMO DESORDEN DEL ORDENAMIENTO DE LA VIDA

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