La Ciudadela es una iniciativa de los líderes comunitarios de la comuna. Ese equipo, que con el tiempo recibió el nombre de Equipo Gestor, fue el que finalmente gestó la idea. Su interés central era lograr la construcción de un colegio de bachillerato. En
87 Testimonio de una líder comunitaria. Taller con Equipo Gestor, 17 de septiembre de 2003. 88 Ibíd.
esos momentos iniciales era un grupo de presidentes de Juntas de Acción Comunal y habitantes de la comuna. El grupo, en algún momento del proceso, llegó incluso a superar las cincuenta personas. Hoy, sin embargo, solo quedan en el equipo dos de los primeros líderes ‘gestores’ del proyecto; el resto son dirigentes que, en su mayoría, llegaron cuando el proceso ya se encontraba en marcha.
Uno de ellos recuerda con claridad los orígenes de la idea: “Volviendo ya a las raíces de la Ciudadela, la primera intentona que se hizo no estoy seguro si fue el 27 de diciembre, pero sí fue en diciembre de 1987. Esa fue la primera intentona que se hizo de tratar de reunirse los líderes de la comuna para hablar lo del colegio. De ahí sale lo de que en el predio del Divino Niño, ahí era donde se iba a construir el colegio. A esa reunión no fue el presidente del Nueve de Abril, que era Rómulo Rodríguez, que, entre otras cosas, duró mucho tiempo ahí, porque en ese entonces era liderado por los movimientos FILA y esos. Esa fue la primera intentona que yo vi que se hizo. Yo considero que ahí nace el sueño. Esa fue como la primera intentona de tratar: ‘bueno, ¿cómo nos unimos?’”.90
La idea inicial fue de los dirigentes comunitarios: “en el trabajo de la escuela veíamos la necesidad del colegio de bachillerato, porque al finalizar los estudios con los alumnos del grado quinto siempre era la angustia de nosotros saber si los niños iban a poder continuar; unos porque deseaban continuar, pero no había los cupos en los colegios donde ellos querían, como era el Industrial, o el Técnico de Comercio. Mandábamos cartas, buscábamos a los rectores y siempre veíamos que en la comuna se necesitaba el colegio de bachillerato. Entre nosotros los directo- res, hablando del colegio veíamos que de pronto en la Nueva Granada, que en el Jorge Eliécer, donde fuera, pero que funcionara”.91
Pronto surgió la necesidad de encontrar un terreno para levantar el colegio. La directora de la Ciudadela recuerda con precisión: “En esa época, me acuerdo, se pensaba que el bachillerato iba a ser en el Barrio Divino Niño. Esos eran uno terre- nos del Instituto de Crédito Territorial y ahí, decían todos los presidentes de las Juntas de Acción Comunal, que ahí iba a funcionar el bachillerato para la Comuna. Decían: ‘esto va a ser ahí porque este alcalde sí va a ayudar, y el otro y el otro’. Todos iban a ayudar. En el año 89 o 90 sabíamos que ahí estaban los terrenos y todo, pero en realidad no había voluntad política para hacerlo y, segundo, porque en ese tiempo los agentes de la comunidad estaban muy vinculados a la guerrilla y la guerrilla no iba a permitir que se hiciera el colegio allí. La guerrilla tenía otros intereses ahí: que allí se hiciera una invasión, adecuar ahí las casas para la gente.
90 Testimonio de un líder comunitario. Taller con Equipo Gestor, 17 de septiembre de 2003.
Comenzamos a averiguar con otros compañeros si era cierto o no que esos terre- nos estaban programados para un colegio. Encontramos que no, que no era cierto, que eran solamente promesas y promesas, porque esos terrenos eran del Instituto de Crédito Territorial y no había conversaciones para poderlos negociar ni nada. Entonces nosotros apoyamos la invasión del Divino Niño.
“El colegio era una necesidad de la comunidad desde esa época. Incluso mucho más, cuando hicimos la evaluación participativa de Fe y Alegría en el año 87, 88, nosotros hicimos entrevistas y la gente comentaba que el colegio iba a ser allá. La gente de la comuna tiene unos treinta años de estar soñando con el colegio de bachillerato.
“Se invadió lo del Divino Niño y la necesidad seguía. Los pelados y los mucha- chos terminaban quinto de primaria y era la lucha terrible de los directores para tratar de buscar quién les colaboraba para ubicar los muchachos en los colegios, porque eran peleados los cupos. Se daban, además, muchas veces prejuicios en los colegios porque los muchachos eran de la comuna, incluso en instituciones como la Normal. Eso para nosotros, que estábamos como directores, era un problema. ‘¿Us- ted de dónde viene?’. ‘Del Nueva Granada, de El Campín, de la Comuna 7’. Y todos comenzaban a decir que son problemáticos, que son guerrilleros, que sus papás no sé qué, lo cual muchas veces era cierto. Además, si lográbamos meter a los mucha- chos en los colegios de bachillerato, el problema real era mantenerlos; lográbamos el cupo pero económicamente no seguían. Los pelados se venían para acá para las sedes de las escuelas: ‘¿Usted por qué no fue al colegio?’. ‘No, es que no hay para el bus’. Y empezaba uno a notar que se aburrían los muchachos: una semana sin ir a estudiar. Los papás preferían darles de comer que mandarlos a estudiar. Había mucha deserción. Los enviaban, por ejemplo, a El Castillo; era el colegio más cerca- no, o al Camilo. Los pelados, irse y venirse a pie, se cansaban”.92