1. LA CUESTIÓN DEL ORDEN
1.4. Los mapas mentales
1.4.2. El nuevo paradigma
1.4.2.1. Orientación mental: la utopía
62 LECHNER, Norbert.
El cuadro social más común de América Latina, sin duda, es la inopia. Todo lo que sea discontinuo y contingente nos causa miedo y aversión, por tal motivo siempre estamos observando lo continuo y evitando lo que hay de discontinuo en nuestro entorno. Pues bien, si hacemos por un instante el esfuerzo de afrontar nuestra realidad social, nos daremos cuenta de que gran parte de los latinoamericanos viven en situaciones de profunda desilusión. La vida no tiene el mismo sabor y color para todos en el continente; una gran parte ni siquiera ha llegado a soñar, pues ¿cómo soñar en circunstancias que sofocan nuestra capacidad de imaginar? Esta es nuestra dura realidad, las imágenes del entorno son tan sanguinarias que privan cualquier imaginación de un mundo mejor. Para concretizar el pensamiento, invito a recordar las crudas imágenes de terror a lo largo del continente, de los frecuentes secuestros y asesinatos en Colombia y la creciente marginalidad urbana en Brasil (favelas), estos hechos indican la existencia de procesos de degeneración social. A nadie inspira idealizar mundos distintos cuando lo único que se ve a su alrededor es hambre, violencia, asesinatos, maltrato infantil, epidemias, etc.
No sólo el pasado echa sombras, también el mañana. Son las fuerzas que nos inhiben a imaginar lo nuevo, otro mundo, una vida diferente, un futuro mejor. Podría objetarse que no hay nada mejor que imaginar otros mundos para olvidar lo doloroso que es el mundo en que vivimos. Es lo que piensa Baudolino, el personaje de Umberto Eco, antes de comprender que imaginando otros mundos se acaba por cambiar también a este.63
No obstante, el presente trabajo consiste en la apuesta por un mundo mejor, y esto no podrá ser realidad sin un pueblo que idealice otros mundos y que luche por sus sueños. A pesar de que el contexto latinoamericano atrofia nuestra imaginación, parto del supuesto que la utopía es una parte inherente a la vida humana, y que es el punto inicial para dar sentido a la democracia. Las utopías deben ser las reacciones naturales de los latinoamericanos a las circunstancias del presente. Siendo así, termino este capítulo proponiendo la utopía como mecanismo indispensable para superar el desencanto postmoderno. Establecida esta hipótesis a modo introductorio, seguiré
63 LECHNER, Norbert.
exponiendo en qué consiste la utopía a partir de Lechner y simultáneamente argumentaré la importancia de ésta en la vida política.
Para tal propósito comencemos por examinar en qué consiste la utopía. Sobre el tema podemos encontrar una diversidad increíble de literatura, sin embargo la intención aquí es centrarme en un concepto claro de utopía que nos permita proyectarla a la política. No pretendo hacer un recorrido de todo lo que se ha dicho sobre utopía, pues si ésta fuera la intención nos quedaríamos apenas en el intento. Conviene en un primer momento reflexionar sobre la propia terminología de utopía. Utopía viene del griego ou
“no” y topos “lugar”, o sea, “no-lugar” o “lugar no existente”, que en lengua castellana viene a significar plan, proyecto, doctrina o sistema optimista que aparece como irrealizable en el momento de su formulación.64Entendemos este “no-lugar” no sólo del espacio físico, sino del temporal, de la transformación y de la necesidad de reconocer el lugar intersubjetivo.
La definición etimológica de utopía es clave para entenderla en nuestra dimensión
política; este “no-lugar”, la “no-presencia de algo” implica que algo exista, pues este
“no-lugar” es la transcendencia de una realidad. Para que exista la utopía (no-lugar), necesariamente debe existir una realidad objetiva que proporcione esta abstracción cognoscitiva. La utopía es una dimensión exterior al tiempo y espacio, donde el autor proyecta sus sueños y fantasmas. Precisamente por esta dimensión no-espacial y no- temporal se hace posible la utopía como mecanismo de orientación política, pues nuestro espacio y tiempo actuales se encuentran alterados por los fenómenos que vimos anteriormente. Así, la utopía es una posibilidad de inmunidad frente al entorno, y por esto es genuinamente subjetiva. Siendo la utopía una dimensión no-espacial, pero que es posible a partir de una extensión espacial concreta, nos lleva a concluir que no se puede hablar de utopía sin una referencia a la realidad originaria.
La utopía puede ser entendida como un bosquejo de la realidad actual, que es elaborada en el sentido de transitoriedad, es decir, de transición entre lo que está siendo
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en el mundo real y lo que aún no ha llegado a ser. La utopía es un fenómeno de
“relación” con una realidad conocida y tangible, que pasa por la experiencia en el ahora
con una realidad deseable que aún no existe. Para que tenga eficacia en el campo político, la utopía no puede ser “el mundo de la fantasía” donde se ignora por completo el mundo real, nuestra utopía nace del conocimiento y de la experiencia inmediata del mundo de la vida. Imaginamos otros mundos porque conocemos en detalles lo nuestro. La utopía sólo será efectiva después de que tengamos las nociones relevantes que exigen los mapas mentales. Quiero decir que la utopía política no puede ser entendida como un
“mundo de hadas”, sino como especulación razonable de nuestro contexto actual. En fin, es una relación constructiva de nuestras imaginaciones con el mundo de la vida, un continuo diálogo entre dolor y deseo. Es un puente entre lo “que es” ylo que “no es”.
La realidad postmoderna en Latinoamérica (lo que es) fue nuestro tema principal, sin embargo, seguiremos nuestro estudio con la utopía (lo que no es) con el propósito de cuestionar nuestro contexto a partir de la imaginación, creando y contrastando nuevos mundos. Esta capacidad de transcender lo inmediato y factual con el objetivo de crear nuevos mundos posibles en dirección al futuro puede ser de gran valor para la política. En una entrevista a Lechner, le preguntan si la utopía en su obra es un tipo de fantasía sublime, y responde así:
No en el sentido de ilusión o de superstición, aunque sí surge de la imaginación. La utopía forma parte del imaginario social que exterioriza toda sociedad como su horizonte de sentidos. Es un tipo
de premisa a partir de la cual se vuelve inteligible la realidad. (…) para hacer lo posible, ¡hay que concebir lo imposible! Hay que conservar y desarrollar las utopías del ‹‹buen orden››, porque
solamente en relación a esa imagen de sociedad perfecta, pero imposible, podemos descubrir la sociedad posible.65
Hecha esta observación, continuemos desarrollando nuestro punto en cuestión, ¿qué factores estimulan el pensamiento utópico? La utopía nace de la necesidad de darle sentido a la realidad. La experiencia más inmediata que tenemos actualmente es la sensación de miedo, día tras día vivimos con miedo de asesinatos, torturas, asaltos,
violaciones sexuales, pobreza, desocupación, hambre, etc. Pero además de estas agresiones a la integridad física y a las condiciones materiales, tenemos otra especie de miedo, que por cierto es mayor que las anteriores: el miedo a una vida sin sentido. Los latinoamericanos vivimos atemorizados de llegar a vivir sin sentido, pues en tales circunstancias se desmoronan las esperanzas, se desvanecen las emociones y se apaga la vitalidad, a tal punto que no podemos salir de la abulia absoluta.66
Otro miedo muy frecuente de los latinoamericanos es al “otro”, resultado muy claro
del nuevo orden mundial. El desarrollo del capitalismo y la mercantilización de las relaciones sociales han profundizado la heterogeneidad, volviendo la esfera social más compleja. No existe un referente colectivo que permita a la sociedad reconocerse a sí misma como un nosotros, la diversidad social no logra ser asumida como pluralidad, sino que es vivida como una desintegración cada vez más insoportable. En este ambiente aparece el recelo a lo diferente, la desconfianza, la sospecha y aún el odio al otro. El otro es un desconocido y potencialmente un agresor. La vida colectiva proporciona certidumbre, pero cuando perdemos los lazos comunes, el otro termina por ser una amenaza. Ahora entendemos por qué en América Latina el otro siempre es visto como un potencial asaltante, invasor, agresor, guerrillero, terrorista, etc.67
Esta sencilla observación nos indica los factores que alientan la utopía en las personas. El contexto en el que nos encontramos es el primer agente que nos incita a imaginar otros mundos, cuando vivimos aprisionados en el sótano de nuestras casas por el miedo, nos sentimos obligados a imaginar un mundo distinto como mecanismo de descarga de nuestras tensiones, imaginar lo distinto en la peor de las circunstancias nos ayuda por lo menos a olvidar la tragedia en que nos encontramos.
Los miedos son una motivación poderosa a la actividad humana y, en particular, de la acción
política. (…) Nuestros miedos pueden llegar a ser productivos, si contribuyen a traducir las carencias
en tareas. En el fondo, el miedo al sinsentido clama por un horizonte de futuro. (…) En un ambiente
dominado por los miedos invoca la esperanza en el avenir: algo que todavía no es, pero que puede
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Cfr. LECHNER, Norbert. Los patios interiores de la democracia…, pp. 95-98. 67
llegar a ser. Invoca un vínculo emocional y un compromiso afectivo con el futuro por hacer. De esta anticipación se nutre la acción política.68
Entonces, ¿en qué consiste el estado de utopía? Es una realidad creada subjetivamente a partir de una realidad objetiva, que rompe los lazos del orden prevalente, y su discurso está orientado al devenir, es decir, se esfuerza por proyectar la realidad actual en dirección al futuro. La imaginación utópica crea otro orden de vida verdadero y justo, como resultado de la reflexión conflictiva del presente. Una vez elaboradas estas ideas previas, defino como utopía aquellas orientaciones transcendentes creadas fuera del tiempo y espacio en que vivimos, y que una vez construidas y confrontadas con otros mundos imaginarios y con nuestra realidad, tienden a transformar la conducta y el orden de las cosas que se encuentran en vigor. Es una reflexión del contexto actual que origina otros paradigmas que finalmente afrontarán la realidad en que vive el autor de la utopía. Por eso decimos que la utopía es una búsqueda de sentido, de elementos que no existen en la situación real.
Un estado de espíritu es utópico cuando resulta incongruente con el estado real dentro del cual ocurre. La incongruencia es siempre evidente por el hecho de que semejante estado de espíritu, en la experiencia, en el pensamiento y en la práctica, se orienta hacia objetos que no existen en una
situación real. (…) Sólo se designarán con el nombre de utopías, aquellas orientaciones que
trascienden la realidad cuando, al pasar al plano de la práctica, tiendan a destruir, ya sea parcial o completamente, el orden de cosas existente en determinada época.69
Pensemos a la luz de estas consideraciones en lo que hasta ahora hemos venido afirmando: la utopía debe ser concreta, militante y actuante. A pesar de que la utopía es una creación de la facultad imaginativa no puede quedar desconectada de la acción. La utopía es una reflexión dialéctica sobre la historia, que resulte en un verdadero compromiso. Para que la utopía sea efectiva y no meramente fantasía, el binomio
“imaginación – acción” deben conjugarse. Percibimos que determinadas cosas de nuestra vida cotidiana deberían ser distintas e imaginamos cómo sería “lo diferente”. La
68 LECHNER, Norbert.
Las sombras del mañana: la dimensión subjetiva de la política…, pp. 43 y 58. 69 MANNHEIM, Karl.
Ideología y Utopía: introducción a la sociología del conocimiento. Traducción de
última etapa y la que nos interesa es que “lo diferente” imaginado debe ser impuesto por
la acción en la cotidianidad a través de la resistencia. Cuando descubrimos un mundo posible y deseable, debemos implementarlo a través de una acción concreta y militante. Así, la utopía conducirá al mundo a transformarse dialécticamente, es decir, a pasar de la imaginación a la acción, del pensar al actuar, de la teoría a la praxis.
Al llegar aquí, la teoría de los “mapas mentales” adquiere un panorama más
inteligible. Los mapas mentales sólo tendrán vigor en la medida en que sean construidos
utópicamente. Creamos las “representaciones mentales” cuando tomamos una cierta distancia de la cotidianidad y reflexionamos sobre el actual orden en que vivimos, este distanciamiento nos permite analizar la realidad en todos sus ángulos, de tal modo que será efectiva la comprensión y así dominaremos cognoscitivamente la realidad. La
complejidad social se vuelve inteligible. Las “representaciones mentales” consisten en esto: conocer nuestro propio entorno. El individuo, para imaginar “lo diferente”, debe conocer su contexto, la trama que lo encierra. El individuo para crear utopía no necesita de un conocimiento absoluto. Para que haya utopía basta por lo menos darse cuenta de sus sentimientos y acaso enterarse un poco de la causa de sus miedos. Una vez que esto ocurra, entra la utopía en proceso constructivo, sus resultados serán muy valiosos en la orientación hacia al futuro. La función de la utopía consiste en manifestar la existencia de lo posible, permitir que la inteligencia perciba más allá de lo real y, finalmente, que nos oriente en la construcción de una América Latina mejor.