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ORIGEN DE LA TEORÍA DE LA FUNCIÓN EMPRESARIAL

2. MARCO TEÓRICO

2.3. ALGUNAS CONSIDERACIONES FUNDAMENTALES SOBRE LAS TEORÍAS ECONÓMICAS

2.3.5. ORIGEN DE LA TEORÍA DE LA FUNCIÓN EMPRESARIAL

A pesar del prematuro interés de los economistas por revelar las causas explicativas del crecimiento económico y de los muchos aspectos que se han venido inspeccionando en relación a esta cuestión a lo largo de la historia del pensamiento económico, resulta extraordinario que, hasta fechas bien recientes, el empresario rara vez surja de forma explícita como uno de los componentes esenciales en el crecimiento económico. Hasta la segunda mitad del siglo XX son muy escasos los economistas que han recogido de forma explícita la importancia de la función empresarial en sus teorías acerca del crecimiento económico: R. Cantillon, J.B. Say, A. Marshall, P. Schumpeter y F. Knight. Como señala Baumol (1968), “the theoretical firm is entrepreneurless -the prince of Dermark has been expunged from the discussion of Hamlet”.

Este supuesto olvido del empresario puede no ser extraño al hecho de que la función empresarial ha tenido un tratamiento marginal en el pensamiento económico tradicional. Uno de los primordiales motivos que manifiestan esta supuesta falta de interés por el empresario y el papel que desempeña en la economía se perteneciente con las enormes simplificaciones de la teoría económica convencional, que han dejado fuera de sus modelos al agente empresarial44. A esto hay que añadir los problemas procedentes del hecho de que desde los clásicos el empresario haya sido analizado más como un agente que recibe rentas, que como un factor generador de riqueza, por lo que se ha ignorado de la actividad que realiza para considerarlo únicamente como un elemento complementario en el reparto de las rentas de la producción.

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Aunque el término “empresarialidad” no existe actualmente en el vocabulario español, la Real Academia de la Lengua Española considera que son los especialistas de las materias los que deben utilizar los términos técnicos de cada disciplina, limitándose la Real Academia Española a registrarlos en el Diccionario académico si su uso se extiende. (Departamento de consultas de español de la Real Academia Española. Consulta efectuada el día 5 de marzo de 2003 por profesores del Departamento de Administración de Empresa e Investigación de Mercado de la Universidad de Sevilla). En cualquier caso el término “empresarialidad” se ha empleado como sinónimo de “Función empresarial” en una disertación, titulada “La Formación empresarial como factor de desarrollo económico”, en la Real Academia de las Ciencias Morales y políticas en Madrid en noviembre de 2000, y es cada vez más frecuente encontrárselos en diferentes publicaciones nacionales e internacionales relacionadascon la cuestión. En este sentido, el departamento de “Español al día” de la Real Academia de la Lengua Española indica que en el glosario de términos de la ONU se recomienda como traducción de “Entrepreneurship”, capacidad empresarial.

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Con esta denominación se evita referirse exclusivamente al empresario, ya que como indica Gartner (1985), definiendo el campo de estudio por lo que se refiere al individuo sólo se generan investigaciones incompletas.

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La consideración de modelos estáticos con ajustes flexibles y automáticos de los mercados, junto a los supuestos de información perfecta han limitado al empresario a una figura teórica innecesaria, incapaz de explicar los problemas que estos modelos pudieran plantear; porque de hacerlo atacaría a la naturaleza misma de dichos modelos. Según Guzmán (1994), el análisis de las razones que explican esta supuesta omisión del empresario en la Teoría Económica ha sido objeto de estudio de diversos autores como por ejemplo Baumol (1968), Leibenstein (1968) o Casson (1991).

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En la mayoría de los enfoques indicados se da por sentado que los empresarios están ahí, que surgen sin ningún tipo de obstáculos aparentes cuando existen oportunidades económicas que explorar y previsiblemente saben desarrollar su papel correctamente. De esta forma, la carencia o escasa calidad de los empresarios ha degenerado interés para los estudios de crecimiento, entendiendo que no hay tal problema, porque se conjetura que hay suficientes empresarios que saben desarrollar sus tareas de forma eficiente. Como resultado de ello, el papel del empresario en el crecimiento económico ha sido olvidado, y en su lugar, los economistas se han interesado por buscar otros factores explicativos del crecimiento económico a partir de aquellos elementos que pudieran estar imposibilitando el desarrollo de esas oportunidades de negocios útiles para los empresarios "siempre" dispuestos a aprovecharlas.

Con los autores marginalistas la figura del empresario va a ir evaporando en la medida en que decrece el interés por los temas de desarrollo y distribución que tanto inquietaron a los clásicos y se busca una mayor rigor científico mediante la aplicación de modelos matemáticos al análisis económico (Barreto, 1989). No obstante, en este periodo surgen, curiosamente, algunas de las teorías empresariales más populares. Así, dentro de la escuela neoclásica destaca la aportación de A. Marshall (1890), quién rescatará del olvido la figura del empresario, considerándolo un cuarto factor de producción cuya función principal será la de organizar y dirigir la empresa45. En las primeras décadas del siglo XX, entre los economistas de la Escuela de Chicago, destaca la aportación de Frank H. Knight (1921) en su conocida obra Risk uncertainty and Profit”, en la cual se afirma que aunque el empresario se encargue de tareas de gestión, su esencia está definida por la toma de la responsabilidad en la toma de decisiones en un entorno de incertidumbre, es decir, por su capacidad para relacionarse con la incertidumbre. En este mismo período, una de las contribuciones a la teoría del empresario de mayor interés es la desarrollada por el economista Joseph A. Schumpeter (1911), perteneciente a la escuela germanoaustríaca, quien en su Teoría del Desenvolvimiento Económico describe al empresario como el agente que impulsa el proceso de desarrollo económico incitando situaciones de desequilibrio a través de la creación de innovaciones.

A pesar de que las aportaciones de Knight, y especialmente Schumpeter, son las que han ejercido una mayor influencia en el posterior desarrollo de la teoría de la función empresarial, lo cierto es que a partir de 1930, la figura del empresario va a ir desapareciendo progresivamente de la teoría económica ortodoxa. Solo la aparición de algunos trabajos sobre la función empresarial desarrollados, justamente, por autores de la escuela institucionalista americana como Ronald Coase y Oliver Williason impedirán que la figura del empresario se desvanezca completamente del pensamiento económico. Así, Coase (1937) introducirá al empresario en el análisis económico como el agente que se ocupa de la división del trabajo en el ámbito de la empresa y de la coordinación de la producción. No obstante, estas contribuciones apenas tuvieron incidencia en la teoría económica dominante.

Esta situación va a cambiar al finalizar la Segunda Guerra Mundial, debido a una serie de condiciones y circunstancias que sitúa el interés de los economistas hacia el análisis de la evolución de las llamadas economías atrasadas y sus problemas económicos. Desde este punto de vista, se efectuaron fuertes críticas a los modelos, de naturaleza esencialmente macroeconómica, que inspiraban las políticas de crecimiento económico de la época, pues valían para tratar problemas de estancamiento e inestabilidad económica en los países desarrollados, pero no demostraban el hecho de que países con dotaciones análogos en los factores antes indicados no hubiesen progresado de la misma forma.

De esta manera, algunos economistas empezarán a introducir diversos aspectos económicos y no económicos en sus teorías del desarrollo, entre los que destaca el empresario. Por ejemplo, para W.W. Rostow (1959) la presencia de

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Para Marshall el empresario es para un “hombre de negocios” con los suficientes conocimientos y capacidades para resolver los problemas que vayan surgiendo en la tarea de dirección y organización empresarial. Su función principal es, por tanto, la gerencial. No obstante, este autor consideraba tareas del empresario actividades tan diversas como la asunción de riesgo o la aportación de capital, que podría ser consideradas propias de otras funciones empresariales diferente de la gerencial. Sin embargo, esta cuestión queda del todo aclarada cuando el autor señala que la remuneración del empresario no se corresponde con el interés del capital sino más bien con las ganancias de dirección que implica la tarea de organización del negocio, las cuales compara con el salario del trabajador.

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una clase empresarial dispuesta a tomar innovaciones es forzoso para el arranque de las economías subdesarrolladas hacia la construcción de una sociedad industrial moderna. También O. Hirschman (1958) considera la reducida capacidad de los empresarios como una origen del retraso de los países subdesarrollados. No obstante, a pesar de que para algunos de los autores de esta corriente de pensamiento los empresarios instituyen un factor importante del proceso de desarrollo, la mayoría de ellos siguen pensando que estos surgirán mecánicamente ante los estímulos convenientes para aprovechar las oportunidades de negocio que se presenten (Liñán 2004).

Junto a estos trabajos, se hallan otras aportaciones realizadas por economistas, historiadores y sociólogos que, influidos por la obra de Max Weber, se concentran en el estudio del empresario, la empresa y la función empresarial desde una perspectiva histórica (Cole, 1946; Redlich, 1949; Cochran, 1960). Estos autores practicarán una notable dominio en la elaboración de nuevas teorías en las que el empresario juega un papel fundamental, siendo desde entonces bastante cuantiosas las investigaciones hechas, desde enfoque económicos y no económicos, en torno a las funciones que ejerce dicho agente en la economía (McClelland, 1961; Baumol, 1968; Leibenstein, 1968; Hagen, 1971; Hoselitz, 1971; Kirzner, 1975)46. La mayor parte de estas investigaciones se desarrollan de forma inconexa, al acercarse a la figura del empresario sin tener en cuenta el trabajo realizado por otros autores con anterioridad y desde perspectivas de análisis muy diferente. Por esta razón, a pesar de existir un elevado nivel de acuerdo en la hipótesis de que el empresario desempeña un papel crucial para el desarrollo económico, no hubo un consenso completo acerca de cuáles eran las funciones empresariales en la economía. La extensa variedad de orientaciones y perspectivas de análisis frenaba el progreso de las investigaciones acerca de esta área de conocimiento, impidiendo el fortalecimiento de una teoría acerca del empresario como factor de crecimiento económico.

A partir de la década de los ochenta, es posible hallar algunos análisis neoclásicos del factor empresarial (Schultz, 1975; Bond, 1986; Casson, 1982; Murphy, Schleifer y Vishny, 1991; Schmitz, 1994; Iyigun y Owen, 1999; entre otros), en los que se analiza las posibilidades de acceso al mercado de nuevas empresas desde la perspectiva de la demanda, en función de una serie de factores vinculados a la generación de oportunidades empresariales; como por ejemplo, la localización, disponibilidad de recursos, estructura industrial y barreras existentes a la entrada de nuevas empresas. Este enfoque supone que existe una oferta considerable de posibles empresarios a los que el mercado envía señales a través de la "generación de oportunidades" empresariales.

No obstante, será el nacimiento de los nuevos modelos de desarrollo endógeno, elaborados en el seno de la economía de desarrollo regional, lo que de nuevo impulse el estudio del papel del empresario en los procesos de desarrollo económico. Estos modelos, explicativos de los desequilibrios económicos entre las regiones de un país, distinguen la importancia de los recursos económicos, institucionales, humanos y culturales de un territorio en su potencial de desarrollo. El desarrollo endógeno se idea como un proceso de crecimiento y cambio estructural a nivel económico, sociocultural y político-institucional, en el que cobra especial valor el dinamismo de las empresas locales, principalmente las pequeñas y medianas empresas, la capacidad empresarial del territorio y las decisiones de inversión y comportamientos creativos e innovadores de empresarios emprendedores y con capacidad de iniciativa (Vázquez Barquero, 1999). En los modelos de desarrollo endógeno, la acumulación de conocimientos empresariales se vuelve el motor de crecimiento. Los cambios cuantitativos del tejido empresarial y la acumulación de “capital humano empresarial”, que permite optimizar la eficiencia del tejido existente, son desarrollados desde las perspectivas de sus implicaciones para el crecimiento47.

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En este sentido, las aportaciones de carácter no económico han ejercido una gran influencia en el desarrollo de la teoría de la función empresarial, pero, en general, se han orientado en mayor medida a explicar cuáles eran los aspectos que incidían en la aparición de empresarios o cuáles eran las características de los empresarios que mejor impulsan el desarrollo económico.

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Esta noción de desarrollo nace impulsada por el creciente interés de la literatura económica por los procesos de crecimiento y desarrollo local, interés que aumenta a medida que se constata el fracaso que han venido experimentando desde mediados de los años setenta las políticas de crecimiento económico y generación de empleo basadas en la realización de grandes proyectos industriales o el apoyo financiero a las grandes empresas y grupos industriales. Las crisis económicas que azotaron la economía mundial durante la década de los setenta dejaron constancia de los problemas que acarreaba a las grandes compañías su escasa flexibilidad para adaptarse a las nuevas circunstancias del mercado, problemas que afectaban especialmente al empleo y que eran mucho mejor solventados por las pequeñas y medianas empresas.

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En este contexto, obtuvo mucha atención un estudio publicado en 1979 en los Estados Unidos de América por David Birch, “The Job Generation Process”, en el cual se argumentaba que la mayor parte del trabajo creado en este país en la década de los setenta se debía a las pequeñas y medianas empresas, por lo que este tipo de empresa debía analizarse como uno de las fuerzas inductoras del desarrollo económico y la creación de empleo. De esta forma, comienza a ser considerablemente reconocido el papel que juegan las pequeñas y medianas empresas en los procesos de desarrollo económico, y este tipo de empresa empieza a ser más evidentes en los debates públicos, progresando el interés de los políticos por las medidas económica que estimulan la promoción y desarrollo de las pymes.

Surgen así diferentes investigaciones de carácter teórico que pretendían hallar una interpretación de los procesos de desarrollo compatible con la acción de las pequeñas y medianas empresas para enfrentar los desafíos y abordar los problemas derivados de la globalización de la economía. Las teorías de empresa querían exponer la creación de empresas, instaurar qué tipo de empresas alcanzaban el éxito (entendido en ocasiones como la mera supervivencia de la empresa en el mercado) y bajo qué condiciones, coexistiendo heterogéneas respuestas a estas cuestiones que dieron lugar a diversas aproximaciones teóricas (Mugler, 1990).

En algunas de estas aproximaciones se hace especial referencia a la figura del empresario y al concepto de “entrepreneurship”, al considerarse que el éxito de la empresa y su evolución futura está estipulada por las decisiones de unos empresarios que no sólo piensa en términos de maximización del beneficio, sino que además están incitados por otros motivos que le causan satisfacción.

Por consiguiente, y de acuerdo con la mayor parte de los investigaciones realizadas en este sentido, y en concreto con Sexton (1988), Santos (1996), Veciana (1999), se va a situar el origen de la teoría de la función empresarial como programa científico independiente dentro del campo de la ciencia económica a principio de los años ochenta, correspondiéndose el período con la aparición de los modelos de desarrollo endógeno, con la publicación del informe Birch y con la progresiva preocupación de los agentes económicos y políticos de los países por la creación de empresas dinámicas como factor de desarrollo económico, ayudando un mayor apoyo de todos los sectores de la sociedad hacia la investigaciones que se venían llevando a cabo en este campo.