La obra está precedida de un auténtico escolio: «La vida es un valor. Vivir es optar por la vida». A continuación, los textos, normalmente de pocas páginas, manteniendo el estilo gnómico se van desgranando, sin títulos ni epígrafes, como hemos dicho. La tensión de cada párrafo es tal que resulta de difícil lectura, precisa mente por la atención que hay que prestar a una forma de escribir que no contiene ni un término superfluo, ni un párrafo de alivio, ni un lugar donde cubrirse.
El primer texto, de apenas tres páginas, se abre con contun dencia: «El hombre nace rebelde. Su naturaleza le repugna. El hombre ansia una inmanencia divina. El mundo entero sería el cuerpo insuficiente de su implacable anhelo», Textos, 17.
El segundo, dos páginas, contiene otra sentencia de idéntica fuerza: «La filosofía se enriquece a costa del abandono de la vida»,
Textos, 21.
En el tercero, quince páginas, se relaciona el hombre, el deseo, el fracaso y el tiempo: «Ser consciente es, luego, ser consciente del fracaso, de la imposibilidad final de todo empeño. La conciencia del hombre es conciencia de su impotencia, es conciencia de su condición», Textos, 33.
El cuarto texto es revelador de la forma de comprender la rea lidad a la que dedica sus mejores esfuerzos el maestro. En princi pio parece tratar de la genealogía de la incineración de los muer tos. Primero, rito mágico de protección de los vivos ante el temor a los muertos: «El hombre obturó la puerta de recintos infernales. El hombre intentaba escapar a la persecución de los muertos», Textos, 41. Luego, rito de purificación: «Ese fuego protector de los vivos, que una violencia sacramental enciende, perdió sus funciones de barrera flamígera para trocarse en el vehículo litúrgico que transporta al espíritu errante y gemebundo hacia comarcas sagradas», Textos, 42.
Finalmente aparece el hombre moderno, siempre en el filo de precipitarse hacia más allá de la completa barbarie, hacia la anima
lidad. Esta idea de que sin civilización, sin sentido de la trascen dencia el hombre cae a la condición animal es constante en Textos. Es un animal utilitario e higiénico que ha creado el Estado para su brutal tarea de deshumanización, como concluye respecto al resistente a este proceso:
«Al anciano prisionero que dialoga en la mañana luminosa y fúnebre, a la nocturna angustia de sudor y de sangre, el orgullo moderno mostrará grupos sumidos en pavura y espanto que las ametralladoras en hilera, encauzan hacia los hornos crematorios».
Textos, 44.
El quinto, ocho páginas, es desde mi punto de vista el que es clarece el sentido de la religión, y en consecuencia, la antropología gomezdaviliana. Ha dado lugar también a una notable polémica durante el Congreso de la Universidad de La Sabana debido, desde mi punto de vista y al de muchos asistentes, señaladamente Urba- nek, a que algunos realizan una lectura aislada y errónea del texto.
Leído en relación con la antropología desarrollada en los tex tos anteriores y con los escolios posteriores la conclusión es clara. El hombre animal religioso nace como hombre en su referencia a Dios, y sin ella se desliza a la inhumanidad. En la posición plató nica que asume el bogotano, esto, evidentemente, no significa que el hombre «invente» a Dios o a la religión. Precisamente la religión plenamente inventada, como veremos, es la religión democrática donde el hombre se toma a sí mismo por Dios.
En esta clave se entiende la primera frase, otro escolio; «En tre el nacimiento de Dios y su muerte se desarrolla la historia del hombre», Textos, 45.
El hombre, un animal, rompe sin embargo la continuidad bio lógica. Esta ruptura es así descrita «El hombre aparece cuando el terror, que invade toda la vida ante la incertidumbre o la amena za, se substituye el horror sagrado. Una inexplicable ruptura de
la homogénea substancia de las cosas revela una presencia ajena al mundo y distinta de las presencias terrestres. El hombre es un animal poseedor de una insólita evidencia», Textos, 47.
No es muy gomezdaviliano realizar una exégesis extensa de los textos del bogotano, pero debido precisamente a los equívocos de algún exégeta conviene recordar el final de la frase «una insólita evidencia» es un descubrimiento, no una invención. En este con texto se lee: «El hombre aparece cuando Dios nace, en el momento en que nace, y porque Dios ha nacido», Textos, 48.
Y finalmente el vértigo y el riesgo que se producen precisamente en el tópico de la muerte de Dios: «Que pueda Dios morir no es, luego una vana amenaza. El hombre puede perder lo que había re cibido. Un hombre eterno en un mundo inmóvil garantizaría sólo la permanencia de Dios. Pero el hombre surgido en las lontananzas pliocenas puede sumergirse en el vasto océano animal. Sólo lo se para de la bestia tenebrosa la frágil evidencia que su orgullo olvida»,
Textos, 52. De nuevo la evidencia como asidero del hombre. El hombre será sucedido entonces por un ser que no será hu mano. Así lo dice en dos escolios que culminan el texto:
«El hombre morirá, si Dios ha muerto, porque el hombre no es más que el opaco esplendor de su reflejo, no es más que su abyecta y noble semejanza».
Y termina: «Un animal astuto e ingenioso sucederá, tal vez, mañana al hombre. Cuando se derrumben sus yertos edificios, la bestia satisfecha se internará en la penumbra primitiva, donde sus pasos, confundidos con otros pasos silenciosos, huirán de nuevo ante el ruido de hambres milenarias», Textos, 53.
Pero si Textos tiene una importancia autónoma, un peso que ni más ni menos explicaría luego la obra de plena madurez, Escolios a un texto implícito es por la inclusión de una definición relativa mente extensa de la religión democrática.
En efecto, en su artículo del homenaje colectivo publicado por la Revista de Nuestra Señora del Rosario, reproducida en el magnífi co volumen Semblanza de un colombiano universal. Conversaciones con Nicolás Gómez Dávila, Francisco Pizano de Brigard afirma: «El texto implícito está contenido en las páginas 61 a 100 de su libro Textos I (Bogotá, 1959) y su tema es la democracia»12.
El afamado texto clave aparece en las páginas 55 a 84 de la edición de Atalanta. Especialmente a partir de la página 62: «La democracia es una religión antropoteísta. Su principio es una op ción de carácter religioso, un acto por el cual el hombre asume el hombre como Dios. Su doctrina es una teología del hombre-dios; su práctica es la realización del principio en comportamientos, en instituciones y en obras».
Preceden varios textos, individualizables como este, que van desgranando una de las claves, e insisto en este punto que es solo una de las claves, del pensamiento gomezdaviliano.
Sigue luego una reflexión sobre la novela y otros géneros litera rios, que se abre de nuevo con otro escolio: «Un vaho de inanidad emana de las buenas novelas como desde un cementerio de ateos»,
Textos, 85. Obsérvese tan sólo que habla de las buenas.
Sobre la conciencia y el aburrimiento se suceden veintiuna pá ginas. Otra frase puede servirnos de lema:
«El hombre, en cambio, no es meramente un animal que afron ta, con ingenio, los medrosos usos de la vida. Asediado de extrava gantes amenazas, aventurado entre riesgos imprevistos, no sólo la muerte lo conmina. En instantes de tregua, cuando nada arriesga y nada teme, la convicción de un fracaso lo invade, repentinamen te, con el hálito premonitorio de una fosa. Experiencias insólitas ulceran el liso tejido de sus actos. En su ficticia integridad anida una pululación de larvas. El hombre es el único animal sujeto al 12. Ibíd.,2013.
aburrimiento; el único animal capaz de error, de envilecimiento, y de pecado», Textos, 88.
La cadencia se articula en una sucesión de escolios, que en su conjunto van alcanzando la perfección que eclosionará veinte años después, pero que está presente desde las primeras aproxi maciones.
Luego vienen otras veinte páginas. Desde la definición del hombre práctico a la articulación de la teoría y su relación con el técnico, finalmente unas líneas sobre la teoría de la historia que culmina en la mención de la Iglesia católica, no concebida en este caso en su verdad trascendente sino en su valor explicativo:
«Heredera de todas las angustias, sólo la Iglesia nos franquea el recinto de seda, donde el desdén de rostros impasibles, en la noche que rasga el chillido las aves y el silbido de las flechas, se humilla un solio profanado.
Hija de las esperanzas inmortales, sólo la Iglesia nos hermana a la meditación que cubre los peñascos asiáticos de una inmóvil epifanía de estatuas.
Su liturgia secular reitera el gesto de las consagraciones primi tivas.
Un villório neolítico amasa un blanco pan en las grutas del Carmelo.
En la Iglesia perdura la postración del primer simio ante la im pasibilidad de los astros», Textos, 129.
El último texto (excluido el añadido del reaccionario autén tico), vuelve sobre el despertar de la conciencia, la angustia de la muerte y la peculiar esperanza del hombre. Respecto a lo primero:
«En esa luz helada, el hombre se conoce como un ser sitiado por la muerte. Su vida se despliega en sucesión indefinida de precarios eventos, imprevistamente redimidos. Morir es la expectativa lógica
del ser que ninguna necesidad sujeta, y cuya existencia no traspasa el recinto donde su evidencia la enclaustra», Textos, 135.
Y finaliza casi con una nota autónoma: «Carne del mundo, donde la carne resucita.
Es el fracaso mismo; es en la materia deleznable, en la tierra friable, en la arena lábil; es en lo voluble, en la mudanza, en la blan da carne amenazada, donde el hombre halla el firme suelo de sus sueños.
Mito que el corazón añora y adivina, que el hombre ignora; pero que tal vez su terco fervor no desearía si no fuese prometido a su ardiente posesión», Textos, 148.
2.1.3. Dos artículos académicos
Con posterioridad a Textos Nicolás Gómez Dávila insiste por dos veces en el género ensayístico. La primera ocasión para dar cuenta de sus tesis sobre el derecho es un inédito que publica en la Revista del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario. La pe culiaridad del escrito es que, frente a la simplificación que podría hacerse del pensamiento tradicional, don Colacho parece moverse en claves schopenharianas o nietzscheanas para definir el dere cho, que tiene, para él, una indudable traducción positiva. Hemos de decir frente a la pretensión simplificadora que la postura de don Colacho es mucho más tradicional y, por tanto, mucho más opuesta al verdadero «enemigo», el derecho natural racionalista, de lo que pudiera considerarse.
El escrito aparece en la revista citada acompañando un home naje a Gómez Dávila en el que intervino un buen número de sus amigos y en el que se caracterizó su posición como escoliasta. El homenaje contiene además lo más parecido a un intento sistemá tico de interpretar una parte concreta de la realidad que hizo don
Colacho. Se publicó en abril-mayo de 1988 y se encuentra entre las* páginas 67 y 95 de la revista13.
El mejor resumen-comentario de este trabajo fue realizado por el profesor de Derecho Romano de la Universidad de Cantabria Francisco Cuena Boy, uno de los intervinientes en el Congreso por el centenario de Gómez Dávila que organizó en Bogotá la Universidad de La Sabana14. La aproximación romanista, pegada al texto, y con sentido histórico de Cuena contrasta con la que rea lizó Olano García en un trabajo anterior en el que desde el título busca una imposible aproximación del bogotano a una posición convencional «de derechas» anclada en una lectura de los derechos fundamentales basada en la «naturaleza»15.
«De iure» aspira a perfilar «la estructura de un posible discurso coherente en torno al derecho, la justicia y el Estado», «De iure», 70.
Este discurso coherente puede ser desconcertante al menos a los ojos del profesor Cuena: «¿Es forzoso que un pensador reac cionario, católico por más señas y en buena medida preconciliar, profese una doctrina jurídica iusnaturalista? No, no es necesario. Quien diga lo contrario opta por la comodidad o, simplemente no ha leído bien a Don Nicolás Gómez Dávila».
El elemento fundamental se relaciona claramente con el prin cipio «iustitia est ad alterum». De esta forma lo jurídico «Está dado en el acto del sujeto que reconoce a otro sujeto». En consecuencia, el acto jurídico es un «acto solidario de dos sujetos distintos» que funda lo jurídico como convenio. De nuevo surge la posición clá-
13. «De iure», 1988, pp. 67-95.
14. Cuena Boy, F., «Nicolás Gómez Dávila, la historia, el derecho», 2011,
pp. 1-28
15. Olano García, H. A., «Aproximación al pensamiento de Nicolás Gó mez Dávila», 2010, pp. 239-282.
sica «estare pactis». El convenio entonces lógicatnente no puede contener una autorización a una parte de «convenir la alterabilidad libre de los términos convenidos en el convenio» «De iure», 71.
Como indica Cuena, Gómez Dávila enuncia las tres reglas de las que depende cualquier forma jurídica.
1. «Lo jurídico es convenio».
2. «El convenio es obligación de respetar lo convenido». 3. «El convenio es obligación de respetar el convenio». Sobre esta base se definen algunos conceptos jurídicos funda mentales:
Derecho es la regla de conducta que nace del convenio. Derecho objetivo «es el conjunto empírico de reglas de dere cho», y derecho subjetivo, «la pretensión emanada de la regla y la prestación que la constituye».
En conclusión «todo derecho es derecho positivo», «De iure», 74.
Ahora bien, si es cierto que lo que confiere a un contenido axiológico su carácter jurídico es el convenio, esto no quiere decir que se pueda convenir lo que se quiera. Como indica el mismo Gómez Dávila, el derecho «no es meramente lo que se quiere con venir, sino lo que se debe convenir», y añade «el derecho no es sino forma, pero su materia es axiológica».
Combinado con el tradicionalismo propio de Gómez Dávila el convenio en sentido amplio explica la importancia dada al derecho consuetudinario. En otro orden de cosas, es la misma razón por la que don Colacho muestra su simpatía hacia la libertad concreta tradicional frente a la construcción teórica. De nuevo con el estu dioso palentino y catedrático de la Universidad de Cantabria: «El papel del derecho consuetudinario es el de ser instancia intermedia entre la categoría jurídica y su concreta realización histórica, entre el derecho puro y el derecho positivo. De este modo, si el derecho puro es convenio, el “consentimiento histórico” es el esquema de su
implantación temporal»16. Este consenso no es una imposición ar tificial sino, en palabras de Gómez Dávila, «acumulación histórica de reglas que legitima un consenso cotidiano e implícito».
Tiene esta preeminencia del derecho consuetudinario tras cendencia política, precisamente por su función de barrera a la construcción ideologizada, construcción que precisamente favore ció, como Gómez Dávila no ignoraba, el mismo derecho natural racionalista, en la base del pensamiento y proceso revolucionario.
«Ello es debido a que, según él mismo señala, el derecho se convierte fácilmente en simple arma política allí donde no es con suetudinario, donde se irrespeta, por tanto su carácter orgánico en el sentido del escolio anterior. Lo cual le lleva a afirmar que no es en los derechos humanos, ni en las constituciones ni en el derecho natural donde cabe buscar protección eficaz contra la arbitrariedad del Estado, sino sólo en el derecho consuetudinario». . / Así los derechos del hombre no serían verdaderos derechos sino máscara ideológica, idea que reitera en los Escolios y que coincide con la de algún iusnaturalista como MicheJ/Villey17.
Por supuesto el antiiusnaturalismo de Gómez Dávila coincide también con el peculiar iusnaturalismo de Villey en su oposición a la ley cuando se identifica con el derecho o como fuente principal del derecho18.
La. relación entre derecho y naturaleza no es simple o ingenua y había sido explicada anteriormente por el propio Gómez Dávila. Nos habla así de lo que es propio a la naturaleza humana y realiza
16. Cuena Boy, E , «Nicolás Gómez Dávila, la historia, el dercho», 2011, p. 16.
17. Véase el trabajo Villey, M., «Iusnaturalismo. Ensayo de definición», 1990-1991, PP. 341-350.
una peculiar, y brillante, aproximación al único modo de describir el derecho natural, la gran metafísica jurídica19 que entiende que podría ser aceptable:
«En caso de que exista un orden esencial y natural de la socie dad humana, no se trata de un orden inviolable como el conjunto de leyes de la mecánica celeste. Por lo tanto, una institución social como la familia no comporta una necesidad semejante a la de la respiración, por ejemplo. En verdad ese orden no puede ser sino la condición de un estado social determinado, violarlo, sin embargo, puede implicar la destrucción de todo lo que, en él, coexiste. Así, ese orden puede no ser esencial al hombre como organismo, para sobrevivir, pero sí a todo lo que hay de propiamente humano en el hombre», Notas, 92.
Gómez Dávila, en su aversión al estoicismo, no puede aceptar la tendencia naturalística que es observable especialmente en el Digesto. Tendencia criticada entre otros por el profesor Francisco Carpintero20.
Y también en Notas había dado cuenta de la peculiar relación entre justicia y fuerza que condiciona la misma realización de la justicia: «El acto justo existe -independientemente de toda consi deración utilitaria—, pero no se realiza sino cuando la fuerza cae en manos de aquellos a quienes favorece», Notas, 207.
En 1995, en la Revista de la Universidad de Antioquia Gómez Dávila realiza la definitiva definición de su postura, y de su idea de libertad, en uno de sus escritos más logrados: «El reacciona rio auténtico». Cuando tantos dudan de lo que realmente signi fica «reaccionario» en el contexto gomezdaviliano, las diecisiete
19. C f. Legazy Lacambra, L ., «El pensamiento dialéctico», 1971, pp. 37- 66, p. 27.
páginas de «El reaccionario auténtico» son la guía que aclara la dispersión de los Escolios y constituyen un providencial resumen dentro de los escritos de nuestro autor. Como en el conjunto de sus trabajos, cada página es divisible en párrafos autosuficientes, y cada uno de ellos, en auténticos escolios.
Comienza definiendo la posición reaccionaria en relación con la protesta o sorpresa que despierta en el progresista la mera pre sencia del reaccionario. O más precisamente, la repulsión que pro duce en los progresistas. Y en la definición a lo largo de los densos párrafos, casi escolios, que se contienen en «El reaccionario autén tico» de la sorpresa despertada por el «reaccionario auténtico», se produce una firme reivindicación, de una actitud, más que de una «doctrina», pues nuestro reaccionario «literario» debe distinguirse de las formas inauténticas de reacción, es decir, del hombre que reacciona en política por el vértigo del progreso:
«... pero solos el periodista, el político, y el tonto, no se azoran,