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P izano de B rigard , F., «Semblanza de un colombiano universal»,

griego y el latín. Sólo abandonaba su reclusión para caminar una hora diaria, visitar rápidamente un almacén de telas —herencia fa­ miliar que le permitía una vida desahogada- y ocasionalmente para reunirse con viejos amigos y conversar de Historia, Literatura, Re­ ligión y Filosofía. Alto, elegante y de aspecto inglés, parecía más un cónsul británico que el mejor lector que quizás tuvo Colombia en la segunda mitad del siglo XX.

Todas las tardes se instalaba en su poltrona con un buen puro en la mano, un rimero de libros variados al lado y un calentador eléctrico enfrente para combatir el frío de los Andes y se dedicaba . a leer y pensar»7.

También es de Franco Volpi un resumen que vuelve sobre los mismos tópicos y que introdujo con su habitual maestría en la voz «Gómez Dávila» de la Enciclopedia de obras de Filosofía donde revela que «A los veinte años volvió a Colombia, donde se dedicó por completo a su trabajo en la soledad de su biblioteca. Después de la Segunda Guerra Mundial, y en los años de la dictadura ins­ taurada en 1948, rechazó cargos políticos y el nombramiento de embajador»8.

No en directa contradicción con lo dicho pero al menos como matización de una visión demasiado conveniente al biógrafo -e n cuanto alimenta una visión excepcional, casi romántica, del bogo­ tano aislado- debemos decir que existía una vida en paralelo con la pura actividad de ocio lector y literario. Así Gómez Dávila ejer­

7. Sam per Pizan o, D., «El filósofo de la Historia que sonreía», 2003, p. 124.

8. Vo lpi, F., Enciclopedia de obras de Filosofía, 2005, p. 836. La sucesión temporal de los libros de Gómez Dávila sería Notas /, 1954, nueva edición 2003; Textos /, 1959, nueva ed. 2002; Escolios a un texto implícito, 2 vols., 1977;

Nuevos escolios a un texto implícito, 2 vols., 1986; Sucesivos escolios a un texto implícito, 1992, Escolios a un texto implícito. Selección, 2001. A las que habría

cía la administración de sus bienes, su comercio de telas Nicolás Gómez y compañía ubicado en la carrera 7 n. 17-45, viejo negocio familiar y también la administración de la finca de Canoas-Gó- mez. En su actividad diaria se incluía la visita al Jockey Club don­ de tenía9 también una asidua tertulia. Mosebach en el artículo citado en el Franfurter Allgemeine Zeitung le atribuye, sin funda­ mento, la presidencia de ese club durante un largo periodo de su vida. Allí, por ejemplo, conoció a Alvaro Mutis según la entrevista que publicó el estudioso francés Philipe Billé «Lo conocía en 1954 en el Jockey Club de Bogotá, donde los dos éramos socios. Me lo presentó el ensayista y narrador Hernando Téllez, colombiano de ilustre memoria. Ese día Nicolás me regaló un ejemplar de su libro Notas, editado por él, y que contiene sus primeros aforismos y es­ colios». También luego afirma que «Seguimos viéndonos casi cada semana y se entabló entre nosotros un afecto y una amistad esen­ ciales y siempre presentes en mí». Cabe suponer que esos encuen­ tros se realizaban en las diversas tertulias donde podían coincidir, tanto en el Jockey como en casa de Gómez Dávila. Desde luego la mayor parte del fin de semana lo pasaba en Canoas-Gómez fuera de Bogotá, desde allí regresaba todos los domingos a la tertulia en su casa de la carrera 11 con calle 77 donde su mujer Emilia les dejaba una enorme cafetera por todo acompañamiento. Allí al parecer se hablaba un poco de todo como nos dice Francisco Pizano de Brigard en las notas que se han recogido recientemente en una publicación de la Universidad de los Andes. Entre los asi­ duos, Mauricio Galindo Hurtado ha citado como mínimo a los siguientes:

«Gómez Dávila fue un magnífico conversador, como lo ates­ tiguan aquellos que pertenecieron al círculo de sus amistades. En

torno a él se reunieron muchas tardes de domingo Alberto Lleras Camargo, Mario Laserna, Alvaro Mutis, Alberto Zalamea, Francis­ co Pizano, Abelardo Forero Benavides, Hernando Téllez y Douglas Botero, quienes acompañados tan sólo de una taza de tinto10, em­ pezaban hablando de los problemas del país y terminaban metidos con la filosofía de Kant o la historia de Burckhardt. Después de su retorno a Colombia, Gómez Dávila sólo saldría una vez más del país. Fue en 1959, cuando en compañía de su esposa, recorrió los países de Europa occidental durante seis meses en un automóvil que había comprado al llegar. Cuando regresó a Bogotá, fue para no salir nunca más»11.

De nuevo se introduce otra inexactitud en los relatos sobre Gómez Dávila pues la fecha del viaje a Europa en este caso está confundida.

Por lo que sabemos don Colacho tendía a escuchar, más que a hablar, aunque sus intervenciones han sido recordadas con enorme interés en las menciones que hicieron sus amigos o incluso en la influencia que tuvo sobre alguno como Hernando Téllez. Al me­ nos eso parece apuntar Pizano de Brigard al recordar la relación estrecha de Hernando con don Colacho como uno de los con­ tertulios principales. Pizano menciona también la influencia que Gómez Dávila, sin proponérselo, ejercía a su alrededor:

«Dice que es de las muy pocas personas que vio ir mejorando a medida que vivía y no lo contrario. Nos preguntamos cómo hubiera podido ser el desarrollo de Téllez en diez años más. Es indudable que la influencia de Nicolás sobre él era muy grande y que cuando empezaron su amistad Téllez era liberal-progresista-revolucionario y ateo. Al final era un escéptico en cuanto los resultados del pro­