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Papel del arte en la acción educativa 88

CAPÍTULO I Relevancia de la creatividad en el contexto pedagógico 29

4.   Creatividad y Educación 84

4.2.   Papel del arte en la acción educativa 88

Conviene, a tenor de lo señalado, reflexionar acerca del papel del arte en la educación. (Nubiola, 2013) considera que “resulta del todo indispensable en el siglo XXI favorecer la educación artística en todos lo niveles desde la primera infancia hasta la enseñanza para adultos” (p. 98). Sin embargo no siempre se favorece, ni se le da la relevancia que debiera tener. Parece que hay aspectos más importantes que necesitan ser trabajados en mayor medida, pero, son precisamente las disciplinas del arte las que enriquecen las facultades de la persona. Son las disciplinas del arte las que pueden ayudar a la persona en esa búsqueda del saber, en ese crecimiento personal que en esencia ha de perseguir la educación. Existe además otra cuestión importante en la actualidad a considerar, que es la cultura de la imagen. Está claro que ésta reporta grandes beneficios, pero si se abusa sucede que, como señala Nubiola (2013),

Relevancia de la creatividad en el contexto pedagógico

Se atrofia nuestra vitalidad intelectual, nuestra capacidad de pensar. Ayer mismo me deslumbró la afirmación de Cristian Wiman, ‘vivimos en un mundo que parece casi diseñado para erradicar la vida interior’. La vida íntima del espíritu es la fuente de libertad; de ahí brota toda la actividad creativa humana. Cuando se embota el espíritu se ciega también la sensibilidad (p. 98).

De ahí el interés por conocer y ahondar tanto en las facultades que le son propias a la persona, como en sus notas definitorias. A la luz de ellas se puede encauzar la acción educativa en pro de un enriquecimiento desde el interior, que promueva ese poder darse, manifestarse, esa entrega a otros, en beneficio de la humanidad. Afirma Nubiola (2013) “estoy persuadido de que es sobre todo a través del arte como el espíritu humano podrá alzar su vuelo en el siglo XXI para superar el materialismo naturalista dominante que reduce los seres humanos a simple biología (p. 98). Propone el arte entonces como vía fundamental para recuperar el pensamiento libre, para lograr mayor altura y mejor desarrollo de las potencias y facultades propiamente humanas. Afirma que el arte y la cultura son cruciales en el desarrollo de la persona, en su crecimiento. No es posible prescindir de estas, pues sin ellas “desaparecería el pensamiento libre y -como diría Hannah Arendt- nuestras vidas singulares se tornarían superfluas” (Nubiola, 2013, p. 99).

En la medida que la persona establece un diálogo con los grandes, en la medida que los conoce, los entiende, se acerca a ellos con verdadero afán de abrirse a la realidad interior que ha quedado plasmada en una manifestación artística o cultural se produce un enriquecimiento interno que comienza en las facultades más inferiores, hasta empapar las superiores. Esto produce una necesidad de seguir conociendo más, profundizando más. En la medida que la sensibilidad se despierta y se deja enriquecer, todo el ser vibra en esa experiencia arrebatadora, pero no queda saciado, busca más. En este mismo sentido (Pirfano, 2012) sostiene que:

La posibilidad de dialogar con los grandes nos hace grandes, y constituye una virtud imprescindible del verdadero artista, del intérprete fiel y profundo, así como de cualquier persona que desee llevar una vida dotada de profundidad y riqueza. Si, por el contrario, el hombre se acostumbra a pelear contra los liliputienses de su día a día- exteriores e interiores-, corre el peligro de acabar empequeñeciéndose él mismo (p. 15).

Cuando la persona se asoma al mundo con la mirada de un niño, asombrándose por las cosas más pequeñas y aparentemente insignificantes, parándose ante cada nuevo

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descubrimiento, deleitándose en él, deteniéndose en cada avance, manifestando la maravilla y el gozo que le supone cada logro, cada novedad descubierta. Cuando la persona cultiva esa mirada nueva ante todas las cosas, las personas, los acontecimientos que suceden y conviven con ella, entonces es capaz de asombrarse ante lo cotidiano y entender que la novedad se produce cada día en el mismo, en su contacto con el mundo, con las personas.

A los ojos de a mayoría de los mortales, un partido de futbol, un martillo neumático o una ecuación diferencial no pueden ser consideradas realidades bellas. Yo pienso lo contrario. (…) Tal vez el problema se encuentre precisamente en esos ‘ojos de la mayoría de los mortales’. (…) No alcanzan a distinguir con nitidez formas, colores, proporciones, texturas. No consiguen caer en la cuenta de que todo, absolutamente todo está transido, penetrado de un fulgor especial (Pirfano, 2012, p. 17).

Es un requerimiento fundamental que todo maestro mantenga vivo en cada alumno esta forma de enfrentarse al mundo. Es en los albores de la vida de infancia cuando está más permeable o receptivo. Luego se observa que se va perdiendo, con el paso de los años, salvo en aquellos casos en los que se ha procurado mantener vivo y enriquecer. Pero en la mayoría queda apagado y no es una mera cuestión de que unos pocos lo tiene por genética y otros, por desgracia no. La persona, toda persona tiene unas facultades y unas notas que le lo definen y en las que queda latente la posibilidad de crear. Corresponde al maestro dar respuesta a las necesidades de enriquecimiento y perfeccionamiento personal que precisa el alumno, porque se entiende que

Todo hombre, por el hecho de serlo, está capacitado para acceder a ese algo que brilla escondido como el rescoldo entre las cenizas. En esto consiste el caer –en sentido casi físico- en la cuenta. Es ésta una caída que no se puede provocar, sino que, más bien, se tienen que dar las condiciones que la faciliten. Paradójicamente, para caer tendrá que subir. Tendrá que someterse a duras pruebas de ascesis, de costoso ascenso por empinadas crestas que, sin embargo lo conducirán a paisajes sobrecogedores, a experiencias de éxtasis. En esta salida de sí mismo, el hombre aprenderá a habitar el mundo de una manera diferente, luminosa, verdadera (Pirfano, 2012, p. 18).

Evidentemente esto supone un reto. Supone que la persona salga de un estado de letargo, de pasividad y tome libremente la decisión de crecer, de tomarse la vida en serio, sabiendo hacia dónde va y comprometiéndose con ella con el convencimiento de que no será fácil, pero que es en la dificultad, en la duda, en los momentos de dolor o de soledad donde puede enfrentarse consigo mismo y crecer. Ese enfrentamiento supone que ha sido capaz de salir de

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sí mismo, abandonar el “ensimismamiento” que le mantiene atado e inmóvil. Pirfano (2012) propone que para adentrarse en este camino son indispensables unos requisitos,

1. En primer lugar, una cierta y sana distancia respecto al mundo y a uno mismo. Entiende que “este nuevo modo de instalarse en el mundo es el que nos permite afrontar los sinsabores y trallazos de la vida –por lo demás inevitables- con un talante creativo y fértil” (p. 19). Señala que aunque las circunstancias se tornen difíciles, duras, una persona que vive la vida de un modo creativo no permite que éstas le abatan. Pero afirma que para lograrlo es “preciso mantener la sana distancia de que hablábamos. Esta peculiar manera de mirar descubre –des-cubre- lo que se esconde allende la materialidad de las cosas y la factilidad de los hechos” (p. 21). Es muy interesante el modo en que introduce el autor el término des-cubre, como aquello que es capaz de alcanzar la persona que mira a su alrededor con detenimiento de modo que quita el velo por el cual se mira cuando uno se sumerge en la prisa, la comodidad, o el dejarse llevar. En el momento en que la persona es capaz de detenerse y detener lo que ocurre, quitar ese velo y contemplar la realidad, y a la persona, tal cual es, entonces conoce efectivamente lo que las cosas son de suyo. La realidad adopta otra forma y se comprende en sí misma.

2. Es segundo lugar, la apertura. Esta sería como el segundo paso que tiene lugar como consecuencia del distanciamiento y el des-cubrimiento de la realidad y de la persona. Es después cuando libremente puede abrirse, y se da cuando tiene lugar en la persona esa “fascinación por lo obvio, por lo prosaico, por lo cotidiano, cuyo carácter festivo estamos llamados a descubrir. Nada mejor que la reflexión estética como vía de penetración en esa nueva manera de contemplar el mundo” (Pirfano, 2012, p. 21). La fascinación, el entusiasmo, la admiración son conceptos en los que uno se detiene, los ansía, y una vez asidos, colman. Alumbran el interior y comprometen cuando lo que se está admirando es una realidad plena. Se puede entender entonces, como señala Polo (1995) que, por un lado, “la admiración tiene que ver con el asombro, con la apreciación de la novedad: el origen de la filosofía es algo así como un estreno. A ese estreno se añade el ponerse a investigar, aquello que la admiración presenta como todavía no sabido” (p. 22). Así tanto el asombro como el entusiasmo, se entienden no como consecuencia de que lo que se mira es de suyo “entusiasmante” o “admirable”, pues dos persona pueden mirar lo mismo y sin embargo puede solo entusiasmarse o admirarse una de ellas. En este sentido podríamos decir que el entusiasmo es una

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“actitud del modo en que se mira” (Pirfano, 2012, p. 21), como lo es de igual forma la admiración. En el caso del entusiasmo, nos detendremos un poco más por lo que la palabra de suyo evoca, pues supone salir de uno mismo. Para entusiasmarse es necesario haberse distanciado con respecto a uno mismo, para poder mirar la realidad tal cual es y haber sido capaz de abrirse a ella para aceptarla en su totalidad. Como señala el autor citado con anterioridad, “lo contrario de vivir entusiasmado es vivir ensimismado” (Pirfano, 2012, p. 21). Esa salida de uno mismo, del que vive entusiasmado le permite estar en un estado continuo de des-cubrimiento de cuanto hay o acontece a su alrededor. Las cosas no pasar inadvertidas, se percibe cada detalle.

La mirada del que está entusiasmado, por lo contrario, des-cubre constantemente el fulgor latente, (…) Hay una sabiduría del balbuceo, en la aceptación etimológica de sabiduría –sapida scientia, ciencia sabrosa-, reservada a aquellos que se acercan al mundo con temor reverencial, con la conciencia de que han de adentrarse por sus sendas descalzos (…). Nuestro modo de mirarlo configura nuestra manera de entenderlo y de habitarlo. O lo que es lo mismo, nuestro despliegue biográfico e interpersonal (Pirfano, 2012, p. 22).

Por otro lado, el que mira con admiración, entendiendo que el prefijo ad- indica dirección, supone que se mira sabiendo qué se mira, teniendo un conocimiento previo y una voluntad firme de que se quiere uno parar sobre esa realidad y ya no quedarse mirando, sino admirarla en su totalidad y entonces degustarla.

Se pone aquí de manifiesto cómo cuando se enriquecen las facultades de la persona procurando que estas se pongan en marcha de la forma más plena posible, desde los sentidos externos, los internos… hasta las facultades intelectivas y volitivas; cuando se preparan las potencias propiamente humanas para mirar el mundo y a la persona en su plenitud, entonces solo es posible caminar por él con admiración. La sensibilidad, la afectividad se ponen al servicio de las potencias superiores, las mueve. Comprendemos y habitamos en el mundo de otro modo que es en sí nuevo por el simple hecho de que cada uno lo comprende y lo habita en función de su ser único e irrepetible. Aporta entonces novedad, cuando efectivamente se distancia y se abre sin temor, y se da, se manifiesta primero, como ser que aprehende el mundo, las cosas y a los demás como sólo él puede hacerlo, en segundo lugar como ser que pone algo nuevo en él al existir y actuar humanizándolo.

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Es muy interesante observar cómo, en esta línea Pirfano (2012) dibuja cómo sucede con uno de los sentidos, el gusto, que podría tomarse como referencia de lo que sucede con cualquier de los demás sentidos si se educan adecuadamente.

El gusto, el gustus, se prueba a partir de la menos cantidad posible del objeto degustado, de la toma más leve, de la pieza mínima, como una muestra de laboratorio que el investigador somete a los más finos análisis. Es prueba, ensayo, destreza, distinción tanto como degustación. El gusto reúne así el sabor de lo sensible y la verdad de lo inteligible, que discierne lo justo de lo falso (…). Como logos, el gusto vincula, reúne saber y sensación, los acuerda como se acuerda un instrumento, escoge y sopesa el tiempo que desgrana y gusta la sustancia de las cosas (p. 34).

Está claro que lo que aquí sugiere el autor no hace exclusivamente referencia al deleite sensorial… pero sí deja entrever que desde el inicio de la sensación (entendida como aquella cualidad de la cosa captada por cada uno de los sentidos externos), bien trabajada para que capte con toda la riqueza posible, pasando progresiva y ordenadamente, y con riqueza, por cada una de las facultades de la persona, ésta queda acrecentada. Por esto mismo afirma que supone el “acceso poético a la verdad íntima de las cosas. Esto requiere el concurso del entendimiento, así como la educación de la capacidad de observación y la formación del gusto” (Pirfano, 2012, p. 34). Efectivamente han de educarse todas las potencias humanas, para favorecer que la persona pueda adentrarse en la realidad del mundo y en la realidad de las personas de la forma más profunda posible y así humanizarlo, humanizarse. Así lograr el fin al que está llamado, ser persona, lo mejor posible.

Se torna por tanto indispensable una formación en este sentido, donde el arte y la cultura adquieren un papel indiscutible. La educación que se lleva a cabo así, desde las facultades inferiores a las superiores, procurando en la mayor medida posible promover al máximo el enriquecimiento de cada una de ellas, sabiendo que unas revierten inevitablemente en las otras, es necesaria. Es la puerta que permite a la persona saborear el mundo, mirarlo, paparlo… aprehenderlo y habitarlo con verdadero entusiasmo.

La facultad de observar y de sacar partido de sus observaciones no pertenece sino a aquel que posee, al menos en el orden de su actividad, una cultura adquirida y un gusto innato. (…) En cuanto a la cultura, es una especie de domesticación que, en el orden social, confiere el pulimiento de la educación y alimenta y perfecciona la instrucción. Esta domesticación se ejerce también en el dominio del gusto, y éste es esencial al

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creador, el cual debe sin cesar refinarlo para no perder su perspicacia. Nuestro espíritu, como nuestro cuerpo, requiere un ejercicio continuado; se atrofia si no lo cultivamos (Pirfano, 2012, p. 38).

Compete a la educación, al que forma, al que ayuda al crecimiento evitar que se produzca esta atrofia. Su propio quehacer bien orientado al fin que persigue, debe convertirse en una deliberada búsqueda cotidiana del enriquecimiento propio y de las personas que tiene en sus manos. Debe desear cultivarse, llenarse, enriquecerse de forma casi sistemática y continua. Esto no supone simplemente llenarse de conocimientos, ni llenar a los alumnos de conocimientos determinados, sino que es en sí mismo un ejercitarse en “esa peculiar manera de mirar al mundo día a día, constantemente, habitualmente. Es absolutamente necesario aplicarnos con tesón a la formación del propio gusto, para que éste no nos conduzca a destinos espurios” (Pirfano, 2012, p. 38).

El arte como la educación es una vocación. El que así lo vive, lo sabe y se siente comprometido con ello. No puede enfrentarse a este quehacer de cualquier modo, o de forma superficial. Tiene una honda necesidad de profundizar en esta realidad de la educación, en la realidad de cada persona sobre la que recae su acción educativa. El verdadero artista, el verdadero maestro “siente la responsabilidad de poner esa fuerza creadora al servicio de los demás hombres. No tiene derecho a adueñarse de un poder que no es suyo; ni mucho menos de ponerlo al servicio de ninguna ideología –sea del color que sea- ni de las veleidades de sus propias patologías” (Pirfano, 2012, p. 44). Esto sugiere además que debe andar de puntillas sobre esta realidad, con gran humildad y respeto ante ella, sin dejar de asombrarse ante el mundo, creado, entendiendo que es un simple mensajero, una ayuda para que otros puedan adentrarse en el mundo y en la persona también de puntillas y con admiración.

Al igual que el artista que compone una obra musical, una escultura un poema o una pintura… se topa con el misterio, se familiariza con él, de tal forma que no lo entiende como algo que pulula entre las sombras sino en la luz. Así el maestro, la persona en su encuentro con otra intimidad palpa el misterio de la vida humana y puede admirarse diariamente ante él. De la obra de arte, la composición musical o la creación poética Pirfano (2012, p. 54) afirma que “el misterio forma parte de la materia misma de la que está entretejida la creación poética. Y lo que es más importante, es lo que permanece intacto a lo largo de los siglos. No puede cambiar; permanece inmutable”. Por tanto es a través del arte como es posible despertar y enriquecer aquello que hace a la persona ser tal persona. Así señala el autor citado que

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Frente a la opinión francamente extendida, debemos afirmar con contundencia y arrojo que el arte no está hecho para el pueblo, sino para la persona. La verdad poética acontece en un acto de conocimiento personal. Es equiparable, por tanto, al conocimiento amoroso. El amor y el arte son personales; preguntan por un tú, no por el vosotros, por la masa anónima y persona. No es el arte el que debe descender, sino la persona la que ha de ascender (Pirfano, 2012, p. 59).

Es entonces, efectivamente, en el verdadero conocimiento amoroso donde las personas se des-cubren. En ese encuentro es el amor al otro el que des-vela lo que otros no son capaces de ver, de esta forma se conoce al otro como nadie lo conoce. Así ocurre con la obra de arte, y así debe ocurrir entre el maestro y el aprendiz. Ayudarle a des-cubrirse y salir de sí mismo, distanciarse y abrirse para salir del ensimismamiento, y entonces, en esa apertura poder des- cubrir el mundo y a las personas tal cual son, y en profundidad y aprehenderlas con el convencimiento que siempre es poco, de que siempre es insuficiente, de que siempre queda mucho más por des-cubrir. Y esto es en sí plenamente enTUsiasmante.

En la obra de arte auténtica acontece la verdad de manera de des-ocultación, des- velamiento. (…) Cuando el observador se encuentra en disposición de poder acceder a la verdad latente en la obra de arte, ésta irrumpe con enorme fuerza y brinda una claridad y una dicha inefables (Pirfano, 2012, p. 64).

El arte nos brinda la posibilidad de enriquecernos. Abre la puerta a la contemplación, a ese “mirar abiertamente: mirar en suspenso, es decir, sin intención de comprender desde un primer momento (…); es dejarse sorprender por la existencia de lo que miramos, por la riqueza del contenido que se va descubriendo progresivamente” (Carricas, 2013, p. 136). Prescindir de