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Philosophical Investigations, Basil Blackwell, Oxford, 1953, parte I, para

In document Searle, John. - Intencionalidad (página 31-43)

LA NATURALEZA DE LOS ESTADOS INTENCIONALES

III. ALGUNAS APLICACIONES Y EXTENSIONES DE LA TEORÍA

6 Philosophical Investigations, Basil Blackwell, Oxford, 1953, parte I, para

[Hay traducción española de Carlos Ulises Moulines y Alfonso García Suárez, Investi­

tisfacerse. En tales casos, así como no hay «objeto al que se hace refe­ rencia» del acto de habla, tampoco hay «objeto Intencional» del estado Intencional: si nada satisface la porción referencial del conte­ nido representativo, entonces, el estado Intencional no tiene un objeto Intencional. De este modo, por ejemplo, el enunciado de que el rey de Francia es calvo no puede ser verdadero porque no hay nin­ gún rey de Francia, y de manera similar la creencia de que el rey de Francia es calvo no puede ser verdadera porque no hay ningún rey de Francia. La orden al rey de Francia de que sea calvo y el deseo de que el rey de Francia sea calvo fallan necesariamente en los dos ca­ sos, por lo que respecta a la satisfacción, y ambos por la misma razón: no hay ningún rey de Francia. En tales casos no hay ningún «objeto Intencional» del estado Intencional y ningún «objeto al que se hace re­ ferencia» del enunciado. El hecho de que nuestros enunciados puedan no ser verdaderos a causa de la falta de la referencia ya no nos inclina a suponer que debamos establecer una entidad meinongiana para que tales enunciados sean sobre ella. Nos damos cuenta de que tienen un contenido proposicional no satisfecho por nada y en ese sentido no son «sobre» nada. Pero exactamente en el mismo sentido estoy sugi­ riendo que el hecho de que nuestros estados Intencionales puedan no ser satisfechos porque no haya ningún objeto al que se hace referen­ cia por medio de su contenido no debería confundimos hasta el punto de sentimos inclinados a establecer una entidad meinongiana interme­ dia o un objeto Intencional para que sean sobre ellos. Un estado Inten­ cional tiene un contenido representativo, pero no es sobre ni está diri­ gido a su contenido representativo. Parte de la dificultad se deriva de «sobre», el cual tiene una lectura tanto extensional como Intensional- con-s. En un sentido (el Intensional-con-s) el enunciado o creencia de que el rey de Francia es calvo es sobre el rey de Francia pero no se si­ gue, en ese sentido, que haya algún objeto sobre el cual sean. En otro sentido (el extensional) no hay ningún objeto sobre el cual sean por­ que no hay ningún rey de Francia. En mi investigación es crucial dis­ tinguir entre el contenido de una creencia (esto es: una proposición) y los objetos de una creencia (esto es: los objetos ordinarios).

Desde luego, algunos de nuestros estados Intencionales son ejerci­ cios de nuestra fantasía e imaginación, pero análogamente algunos de nuestros actos de habla son ficticios. Y así como la posibilidad de un discurso de ficción, producto él mismo de la fantasía y de la imagina­ ción, no nos fuerza a establecer una clase de objetos «a los que se hace referencia» o «se describen» diferente de los objetos ordinarios, sino que se supone que nos basta con los objetos de todo discurso, del mismo modo estoy sugiriendo que la posibilidad de formas imaginati­ vas y fantásticas de Intencionalidad no nos fuerza a creer en la exis­ tencia de una clase de «objetos Intencionales», diferentes de los obje­

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tos ordinarios, sino que se supone que no basta con los objetos de to­ dos nuestros estados Intencionales. No estoy diciendo que no existan problemas acerca de la fantasía y de la imaginación; lo que estoy ar­ gumentando es, más bien, que los problemas forman un todo con los problemas del análisis del discurso de ficción.

En el discurso de ficción tenemos una serie de actos de habla fin­ gidos (por así decirlo, simulados), normalmente aseveraciones fingi­ das, y el hecho de que el acto de habla sea sólo fingido rompe los compromisos palabra-a-mundo de la aseveración normal. El hablante no está comprometido con la verdad de sus aseveraciones de ficción, en el sentido en que lo está con la verdad de sus aseveraciones norma­ les. Del mismo modo en la imaginación el agente tiene una serie de representaciones, pero la dirección de ajuste mente-a-mundo se rompe por el hecho de que los contenidos representativos no son contenidos de creencia, sino que simplemente se contemplan. Las fantasías y las imaginaciones tienen contenidos y, así, parece como si tuvieran condi­ ciones de satisfacción en el mismo sentido en que una aseveración fin­ gida (esto es: de ficción) tiene un contenido y por lo tanto parece como si tuviese condiciones de verdad, pero en ambos casos los com­ promisos con las condiciones de satisfacción se suspenden delibera­ damente. No es un fallo de una aseveración de ficción el que no sea verdadera y no es fallo de un estado de la imaginación el que no le corresponda nada en el mundo7.

3. Si estoy en lo cierto al pensar que los estados Intencionales consisten en contenidos representativos en los diversos modos psico­ lógicos entonces, es al menos engañoso, si no es pura y simplemente un error, decir que una creencia, por ejemplo, es una relación diádica entre el que cree y una proposición. Un error análogo sería decir que un enunciado es una relación de dos términos entre un hablante y una proposición. Se debería más bien decir que una proposición no es el

objeto de un enunciado o creencia, sino más bien su contenido. El

contenido del enunciado o creencia de que De Gaulle era francés es la proposición de que De Gaulle era francés. Pero esa proposición no es sobre lo que es o hacia lo que está dirigido el enunciado o creencia. No, el enunciado o la creencia es sobre De Gaulle y lo representa como siendo francés, y es sobre De Gaulle y lo representa como fran­ cés porque tiene un contenido proposicional y el modo de representa­ ción —ilocucionario o psicológico— que tiene. Así como «John gol­ pea a Bill» describe una relación entre John y Bill tal que el golpear

7 Para una discusión más extensa del problema de la ficción, ver «The logical sta­

de John se dirige hacia Bill, «John cree que p» no describe una rela­ ción entre John y p tal que el creer que John se dirige hacia p. Sería más preciso decir, en el caso de los enunciados, que el enunciado es

idéntico a la proposición, si se entiende como enunciada; en el caso de

la creencia, la creencia es idéntica a la proposición si se entiende como creída. Se adscribe ciertamente una relación cuando se adscribe un estado Intencional a una persona pero no es una relación entre una persona y una proposición, sino más bien una relación de representa­ ción entre el estado Intencional y la cosa representada por él; sólo hay que recordar, como sucede con las representaciones en general, que es posible que se dé el estado Intencional sin que se dé en realidad nada que lo satisfaga. La confusa idea de que los enunciados de actitu­ des preposicionales describen una relación entre un agente y una pro­ posición no es una manera inofensiva de hablar; es más bien el pri­ mer paso hacia una serie de confusiones que llevan a la idea de que hay una distinción básica entre los estados Intencionales de re y de

dicto. Discutiré esta idea en el Capítulo 8 8.

4. Un estado Intencional sólo determina sus condiciones de sa­ tisfacción —y solamente así es el estado que es— dada su posición en una Red de otros estados Intencionales y respecto de un Trasfondo de prácticas y supuestos preintencionales que ni son ellos mismos estados Intencionales ni son parte de las condiciones de satisfacción de los es­ tados Intencionales. Para ver esto consideremos el siguiente ejemplo. Supongamos que hubo un momento particular en el que Jimmy Cárter, primero, se formó el deseo de presentarse como candidato a la presi­ dencia de los Estados Unidos, y supongamos, además, que este estado Intencional se realizó de acuerdo con las teorías de la ontología de lo mental preferidas por todo el mundo: él se dijo: «Quiero ser candidato a la presidencia de los Estados Unidos»; tuvo cierta configuración neuronal en una cierta parte de su cerebro que produjo su deseo, lo pensó sin palabras e, impávido, tomó la resolución siguiente: «Quiero hacerlo», etc. Ahora supongamos además que exactamente esas reali­ zaciones de ese mismo estado mental, idénticas a las del caso anterior por lo que respecta a su tipo, ocurren en la mente y el cerebro de un hombre del Pleistoceno que vive en una sociedad de cazadores-reco­ lectores de hace miles de años. Este hombre tuvo una configuración neuronal idéntica a la que corresponde al deseo de Cárter, se encontró emitiendo la secuencia fonética: «Quiero ser candidato a la presiden-

8 D e hecho, la term inología russelliana de «actitudes preposicionales» es una

fuente de confusiones puesto que implica que, por ejemplo, una creencia es una actitud hacia o sobre una proposición.

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cia de los Estados Unidos», etc. Todo igual; sin embargo, por muy idénticas que sean respecto a su tipo las dos realizaciones, el estado mental del hombre del Pleistoceno no podría haber sido el deseo de ser candidato a la presidencia de los Estados Unidos. ¿Por qué no? Bien, para entendemos, las circunstancias no eran apropiadas. ¿Y qué significa eso? Para responder a esta pregunta, examinemos breve­ mente qué tiene que ser el caso a fin de que el estado de Cárter pu­ diera haber tenido las condiciones de satisfacción que tuvo. Para tener el deseo de ser candidato a la presidencia, ese deseo tiene que estar inmerso en una completa Red de otros estados Intencionales. Es tenta­ dor pero erróneo pensar que éstos pueden describirse exhaustivamente como consecuencias lógicas del primer deseo —proposiciones que tienen que satisfacerse para que sea satisfecha la original—. Algunos de los estados Intencionales de la Red están lógicamente relacionados de ese modo, pero no todos ellos. Para que su deseo sea un deseo de ser candidato a la presidencia, debe tener una serie de creencias como la siguiente: la creencia de que Estados Unidos es una República, que tiene un sistema de gobierno presidencial, que tiene elecciones perió­ dicas, que éstas incluyen principalmente una disputa de los candidatos de los dos partidos principales, los republicanos y los demócratas, que estos candidatos son propuestos como tales en convenciones, y así in­ definidamente (pero no infinitamente). Además estos estados Inten­ cionales sólo tienen sus condiciones de satisfacción, y el conjunto de la Red Intencional sólo funciona respecto de un Trasfondo de lo que llamaré, en ausencia de un término mejor, capacidades mentales no-representacionales. Cualquier forma semejante de Intencionalidad presupone ciertas formas funcionales de hacer cosas y ciertas clases de saber-cómo funcionan las cosas.

Realmente estoy haciendo aquí dos afirmaciones que necesitan ser distinguidas. Estoy afirmando, primero, que los estados Intencionales son en general parte de una Red de estados Intencionales y sólo tienen sus condiciones de satisfacción en relación a su posición en la Red. Distintas versiones de esta idea, generalmente llamada «holismo», son bastante comunes en la filosofía contemporánea; de hecho, un cierto grado de holismo es una ortodoxia filosófica bastante corriente. Pero también estoy haciendo una segunda afirmación mucho más contro­ vertida: Además de la Red de representaciones, hay también un Tras­ fondo de capacidades mentales no-representacionales; y, en general, las representaciones sólo funcionan, sólo tienen las condiciones de satisfacción que tienen, respecto de este Trasfondo no representacio- nal. Las implicaciones de esta segunda afirmación están lejos de al­ canzarse, pero tanto la discusión sobre ello como el examen de sus consecuencias debe esperar hasta el Capítulo 5. Una inmediata conse­ cuencia de ambas tesis es que los estados Intencionales no se indivi­

dualizan de un modo completamente definido. ¿Cuántas creencias tengo yo exactamente? No hay respuesta definida a esa cuestión. Otra consecuencia es que las condiciones de satisfacción de los estados In­ tencionales no se determinan independientemente, sino que dependen de otros estados de la Red y sobre el Trasfondo.

5. Este análisis nos capacita para proponer una solución a un problema tradicional en la filosofía de la mente; el problema se puede poner en la forma de una objeción a mi análisis: «No podemos expli­ car la Intencionalidad en términos de representación porque para que haya una representación debe haber algún agente que use alguna enti­ dad —una figura o una oración o algún otro objeto— como una repre­ sentación. De este modo, si una creencia es una representación debe ser porque algún agente usa la creencia como una representación. Pero esto no nos ofrece, en absoluto, ninguna explicación de la creen­ cia porque no se nos dice lo que el agente hace para usar su creencia como una representación, y lo que es más, la teoría requiere un miste­ rioso homúnculo con su propia Intencionalidad para que pueda usar las creencias como representaciones; y si seguimos con esto hacia de­ lante, se requerirá una regresión al infinito de homúnculos, donde cada homúnculo tiene que tener estados Intencionales adicionales a fin de usar los estados Intencionales originales como representaciones o, incluso, para hacer cualquier cosa.» Dennett, que piensa que esto es un problema genuino, lo llama «el problema de Hume» y cree que la solución es ¡postular ejércitos de homúnculos progresivamente más estúpidos!9. Yo no creo que esto sea un problema genuino y la explica­ ción que he presentado hasta ahora nos capacita para ver el camino hacia su disolución. En mi explicación, el contenido Intencional, que determina las condiciones de satisfacción, es intemo al estado Inten­ cional: no hay manera de que el agente pueda tener una creencia o un deseo sin que éstos tengan sus condiciones de satisfacción. Por ejem­ plo, parte de lo que es tener la creencia consciente de que está llo­ viendo, es ser consciente de que la creencia es satisfecha si está llo­ viendo e insatisfecha si no lo está. Pero que la creencia tenga esas condiciones de satisfacción no es algo impuesto sobre la creencia por ser usada en un sentido más que en otro, porque la creencia no es en absoluto usada en ese sentido. Una creencia es intrínsecamente una representación en este sentido: consiste simplemente en un contenido Intencional y un modo psicológico. El contenido determina sus condi­ ciones de satisfacción y el modo determina que esas condiciones de

9 D . D ennett, Brainstorm s, Bradford B ook s, M ontgom ery, Verm ont, 1978,

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satisfacción se representan con una cierta dirección de ajuste. No se requiere una Intencionalidad exterior a fin de convertirse en una repre­ sentación. Así como tampoco se requiere alguna entidad no Intencio­ nal, algún objeto formal o sintáctico asociado con la creencia que el agente use para producir la creencia. En pocas palabras, la premisa falsa del argumento es la que dice que para que haya una representa­ ción debe haber algún agente que use alguna entidad como una repre­ sentación. Esto es cierto en el caso de figuras y oraciones, esto es: en los casos de intencionalidad derivada, pero no en el caso de los esta­ dos Intencionales. Podíamos querer restringir el término «representa­ ción» a casos tales como figuras y oraciones donde podemos hacer una distinción entre la entidad y su contenido representativo; pero ésta no es una distinción que podamos hacer para creencias y deseos, qua creencias y deseos, porque el contenido representativo de la creencia o el deseo no es, en ese sentido, separable de la creencia o el deseo. De­ cir que el agente es consciente de las condiciones de satisfacción de sus deseos y creencias conscientes, no es decir que tiene que tener es­ tados Intencionales de segundo orden sobre sus estados de creencia y deseo de primer orden. Si así fuera, tendríamos una regresión al infi­ nito. Más bien, la consciencia de las condiciones de satisfacción es parte de la creencia o deseo consciente porque el contenido Intencio­ nal es interno a los estados en cuestión.

6. Esta explicación de la Intencionalidad sugiere una muy sim­ ple explicación de la relación entre la Intencionalidad-con-c y la In- tensionalidad-con-s. La Intensionalidad-con-s es una propiedad de una cierta clase de oraciones, enunciados y otras entidades lingüísticas. Se dice que una oración es Intensional-con-s si no satisface ciertas prue­ bas de extensionalidad, pruebas tales como sustituibilidad de los idén­ ticos y la generalización existencial. De una oración tal como «John cree que el rey Arturo mató a Sir Lancelot» se dice usualmente que es Intensional-con-s porque tienen al menos una interpretación que puede ser usada para hacer un enunciado que no permite generaliza­ ción existencial sobre las expresiones referenciales que siguen a «cree», y no permite sustituibilidad de expresiones con la misma refe­ rencia, salva veritate. Tradicionalmente los embrollos que causan ta­ les oraciones tienen que ver con cómo puede ser el caso de que su uso para hacer un enunciado no permita las operaciones lógicas estándar si, como parece ser el caso, las palabras contenidas en las oraciones tienen los significados que normalmente tienen y si las propiedades lógicas de una oración son función de su significado, y su significado es a su vez función del significado de sus palabras componentes. La respuesta sugerida por el análisis precedente, una respuesta que desa­ rrollaré en el Capítulo 7, es simplemente que dado que la oración

«John cree que el rey Arturo mató a Sir Lancelot» es usada para hacer un enunciado sobre un estado Intencional, a saber: la creencia de John, y dado que un estado Intencional es una representación, enton­ ces, el enunciado es una representación de una representación; y, por lo tanto, las condiciones de verdad del enunciado dependerán de los rasgos de las representaciones al ser representadas, en este caso los rasgos de la creencia de John y no de los rasgos de los objetos o estados de cosas representados por la creencia de John. Esto es, dado que el enunciado es una representación de una representación, sus condiciones de verdad no incluyen, en general, las condiciones de verdad de la representación que se representa. La creencia de John sólo puede ser verdad si hubiera una persona que fuera el rey Arturo y una persona que fuera Sir Lancelot, y si el primero mató al segundo; pero mi enunciado de que John cree que el rey Arturo mató a Sir Lan­ celot tiene una interpretación que puede ser verdad si ninguna de estas condiciones de verdad se dan. Su verdad requiere sólo que John tenga una creencia y que las palabras siguientes a «cree» en la oración, ex­ presen con precisión el contenido representativo de su creencia. En ese sentido, mi enunciado sobre su creencia no es tanto una represen­

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