“Podría ser factible –me dices– si pudiésemos prescindir del gobierno. ¿Podemos?”
Puede que contestemos mejor a esta pregunta examinando tu propia vida. ¿Qué papel juega el gobierno en tu existencia?
¿Te ayuda a vivir? ¿Te alimenta, te viste y te ampara? ¿Lo necesitas para ayudarte en tu trabajo u ofi cio? Si estás enfermo, ¿llamas al médico, o al policía? ¿Puede el gobierno darte mayor destreza de la que te ha dotado la naturaleza? ¿Puede librarte de la enfermedad, de la vejez o de la muerte?
Considera tu vida diaria y hallarás que realmente el gobierno no es un factor apreciable en ella, excepto cuando comienza a intervenir en tus asuntos, cuando te obliga a hacer ciertas cosas o te prohíbe hacer otras. Te fuerza, por ejemplo, a pagar cier- tos impuestos y a contribuir a sostenerlo, quieras o no. Te hace ponerte un uniforme y alistarte en el ejército. Invade tu vida pri- vada, te da órdenes sobre ésta, te coacciona, marca tu conducta y generalmente, te trata como le da la gana. Hasta te dice cómo has de pensar y te sanciona si piensas y actúas de otro modo. Dirige lo que comes y bebes, y te encarcela o fusila si desobede- ces. Te manda y domina en cada paso de tu vida.
Te trata como a un chico malo o como a un niño irrespon- sable que necesita la mano dura de un guardián, pero, no obs- tante, si desobedeces, te considera responsable.
Consideraremos más tarde los detalles de la vida en anar- quía y veremos qué condiciones e instituciones existirán en esta forma de sociedad; cómo funcionará, y qué efectos probables tendrá sobre el hombre.
Primero hemos de asegurarnos de que tal situación es posi- ble, de que la anarquía es practicable.
¿Cuál es hoy la existencia del ser humano medio? Casi todo tu tiempo se va en ganarte el sustento. Estás tan ocupado ganán- dote la vida que a duras penas tienes tiempo de vivir, de gozar de la vida.
Ni tiempo ni dinero. Eres afortunado si consigues tener una fuente de recursos, un empleo. De vez en cuando vienen malos tiem- pos, hay desempleo y miles son despedidos, cada año, en cada país.
Esos malos tiempos signifi can que no hay ingresos, que no hay jornal. Lo que conlleva angustias y privaciones, enferme- dad, desesperación y suicidio. Es una época de pobreza y cri- men. Para aliviar la indigencia edifi camos asilos, hospicios, hos- pitales para pobres y todo tipo de instituciones benéfi cas que sostienes con tus impuestos. Para prevenir el crimen y castigar a los criminales, de nuevo eres tú quien tiene que mantener a poli- cías, fuerzas estatales, jueces, abogados, cárceles y carceleros. ¿Puedes imaginar un sinsentido mayor y algo menos práctico? Los legisladores aprueban leyes, los jueces las interpretan, los diferentes funcionarios las ejecutan, la policía persigue y detiene al criminal, y fi nalmente, el carcelero lo mantiene bajo su cus- todia. Numerosas personas e instituciones se emplean en evitar que el desempleado robe, y en castigarlo si éste trata de hacerlo. Entonces, se le provee de los medios de subsistencia cuya caren- cia lo llevó a quebrantar la ley. Después de un paréntesis más o menos largo se lo deja en libertad. Y si fracasa en su búsqueda de trabajo, comienza de nuevo el círculo de hurto, detención, juicio y encarcelamiento.
Esto es un ejemplo superfi cial pero típico, del carácter estú- pido de nuestro sistema; estúpido e inefi caz. La ley y el gobierno mantienen este sistema.
“No es un poco raro que la mayoría de la gente no crea que podemos vivir sin gobierno, cuando en realidad nuestra vida cotidiana está totalmente desvinculada de éste, no lo necesita, y la única interferencia se produce cuando la ley y el gobierno se fi ltran en ella”. “Pero la seguridad y el orden público –obje- tas– ¿podríamos tenerlos sin ley y sin gobierno? ¿Quién nos pro- tegería del crimen?”.
La verdad es que lo que se denomina “ley y orden” es en reali- dad el peor desorden, como hemos visto en capítulos anteriores.
El poco orden y paz que conseguimos tener es debido sobre todo al sentido común y a los esfuerzos conjuntos del pueblo, a pesar, desde luego, del gobierno. ¿Necesitas que el gobierno te diga que no te tienes que poner delante de un coche en movi- miento? ¿Necesitas que el gobierno te ordene que no saltes desde el puente de Brooklyn o desde la torre Eiffel?
El hombre es un ser social, no puede subsistir solo y vive en comunidades o sociedades. De las necesidades mutuas y
los intereses comunes resultan ciertos ordenamientos que nos ofrecen seguridad y comodidades. Tal cooperación funcional es libre, voluntaria, no necesita coerción alguna ni gobierno.
Te asocias a un club deportivo o a una sociedad de canto porque tus inclinaciones siguen ese camino y cooperas con los otros miembros asociados sin que nadie te obligue a ello. El hombre de ciencia, el escritor, el artista y el inventor buscan su propio tipo de inspiración y de trabajo mutuo. Los impulsos y las necesidades son sus mejores estímulos, la intromisión de cualquier gobierno sólo puede entorpecer sus esfuerzos.
Durante toda tu vida hallarás que las necesidades e inclinacio- nes de las personas conducen a la asociación, la protección y la ayuda mutua. Ésta es la diferencia entre administrar cosas y gober- nar hombres, entre hacer algo por libre elección o ser obligado a hacerlo. Ésta es la diferencia entre libertad y coacción, entre anar- quismo y gobierno. Porque el anarquismo signifi ca cooperación voluntaria en lugar de participación forzada. Quiere decir armo- nía y orden en lugar de intromisión y desorden. “Pero ¿quién nos protegerá del crimen y de los criminales?”, preguntas.
Pregúntate, más bien, si el gobierno nos protege realmente de ellos. ¿No crea y sostiene el mismo gobierno las condiciones que engendran el crimen? ¿No cultivan el espíritu de intolerancia y persecución, de odio y de más violencia? ¿No se incrementa el crimen con el aumento de la miseria y la injusticia, fomentadas por el gobierno? ¿No es el propio gobierno la mayor injusticia y el mayor crimen?
El crimen es el resultado directo de las condiciones económi- cas, de la desigualdad social, de injusticia y males que tienen su paternidad en el gobierno y el monopolio. El gobierno y la ley sólo pueden castigar al criminal. Nunca curan ni previenen el crimen. La única cura verdadera del crimen es abolir sus causas, y esto nunca puede hacerlo el gobierno porque está en su puesto para conservar esas mismas causas. Sólo puede terminarse con el crimen eliminando las condiciones que lo crean.
Y el gobierno no puede hacer esto.
El anarquismo signifi ca acabar con esas condiciones. Los crí- menes resultantes del gobierno, de su opresión e injusticia, de la desigualdad y la pobreza sobradamente desaparecerán con la anarquía.
Estas condiciones son responsables de largo del porcentaje más elevado de crímenes.
Es cierto que otros crímenes persistirán por algún tiempo, como los que se derivan de los celos, de los arrebatos y del espí- ritu de coerción y violencia que domina hoy el mundo.
Pero ésos, hijos de la autoridad y de la propiedad, desapare- cerán, también gradualmente, bajo saludables condiciones y con la renovación de la atmósfera que los alimentó.
Por consiguiente, ni la anarquía engendrará el crimen ni ofrecerá un campo de cultivo donde pueda fl orecer. Los actos antisociales que ocasionalmente se den serán considerados como supervivencias de pretéritas condiciones de enfermedad y como actitudes anormales, y se los tratará más bien como anormali- dad funcional del entendimiento, que como crimen.
La anarquía empezaría por dar de comer al “criminal” y ase- gurarle trabajo en vez de vigilarlo, arrestarlo, juzgarlo, encar- celarlo y tener fi nalmente que darle de comer a él y a los que tienen que vigilarlo y alimentarlo. Con toda seguridad, hasta este ejemplo demuestra cuánto más razonable y sencilla sería la vida bajo el anarquismo de lo que es ahora.
La verdad es que en la actualidad la vida es complicada, confusa y no es ni práctica ni satisfactoria desde ningún punto de vista. Por eso hay tanta miseria y descontento. El obrero no está satisfecho, tampoco lo está el amo por su constante ansiedad por los “malos tiempos”, que suponen pérdidas de propiedades y de poder. El fan- tasma del miedo al mañana persigue al pobre y al rico por igual.
Es seguro que el trabajador no tiene nada que perder pasando de tener gobierno y capitalismo a una situación de no gobierno, de anarquía.
Las clases medias viven una existencia casi tan incierta como la de los obreros. Dependen de la buena voluntad del fabricante y del almacenista, de los grandes consorcios de la industria y el capital, y siempre están en peligro de bancarrota y ruina.
Hasta el gran capitalista tiene poco que perder en un cambio del presente sistema hacia la anarquía, porque bajo esta última, cada uno se aseguraría su sustento y su bienestar, quedando eliminado el miedo a la competencia con la abolición de la propiedad privada.
Cada uno hallaría sin estorbos y con plenas posibilidades la posi- bilidad de vivir y gozar de su vida hasta el límite de su capacidad.
Se añade a esto la conciencia de paz y armonía, el senti- miento que llega al liberarse de las angustias fi nancieras y eco- nómicas, la constatación de que estás en un mundo agradable sin que envidias o rivalidades comerciales turben tu mente, en un mundo de hermanos, en una atmósfera de libertad y prospe- ridad colectiva.
Es casi imposible concebir las maravillosas posibilidades que tendrán los seres humanos en una sociedad comunista libertaria.
Los hombres de ciencia podrían dedicarse plenamente a sus queridas investigaciones sin los apremios del sustento dia- rio. El inventor tendría a su disposición toda clase de facilida- des para benefi ciar a la Humanidad con sus descubrimientos e invenciones.
El escritor, el poeta, el artista, se elevarían, en las alas de la libertad y de la armonía social, hasta sus más grandes logros.
Sólo entonces la justicia y el derecho tendrían sentido pleno.
No se depreciaría el papel de estos sentimientos en la vida de un hombre o una nación. No sólo de pan vivimos. Es ver- dad que la existencia no es posible sin la posibilidad de satis- facer nuestras necesidades físicas. Pero la satisfacción de éstas no constituye todo en la vida. Nuestra civilización actual, al desheredar a millones de humanos, ha hecho, por así decirlo, del estómago el centro del universo. Pero en una sociedad razo- nable, con recursos para todos, la cuestión de la subsistencia, la seguridad de un sustento para todos será tan evidente y libre como lo es el aire. Los sentimientos de simpatía humana, justi- cia y derecho hallarían posibilidad para desarrollarse, para ser satisfechos para ampliarse y progresar. Al día de hoy el sentido de justicia y lealtad sigue viviendo en el corazón del hombre, a pesar de siglos y siglos represivos y perversos. No han sido exterminados, no pueden serlo porque son imborrables, innatos en el hombre, instintos más fuertes que el de la propia conser- vación, en tanto que vitales para nuestra felicidad. Pues no toda la miseria del mundo de hoy deriva de la carencia de bienestar material. El hombre soporta mejor el hambre que la conciencia de la injusticia. La conciencia de que eres tratado injustamente impulsará tu protesta y tu rebelión tan rápidamente como las
provocaría el hambre, puede que aún más. Es posible que sea el hambre la causa de toda rebelión o alzamiento, pero en el fondo debajo de ella está el antagonismo y el odio contra aquellos de cuyas manos recibes el sufrimiento, la injusticia y el daño. La verdad es que el derecho y la justicia juegan en nuestras vidas un papel mucho más importante del que se creen muchas personas. Aquellos que niegan esto conocen tan mal la naturaleza humana como la historia. Cada día de tu vida ves a la gente indignarse ante aquello que consideran como una injusticia.
“A esto no hay derecho”, es la protesta instintiva del hombre que siente que algo se ha hecho mal. Desde luego que la concep- ción de lo que es justo e injusto es algo personal y depende en cada uno de sus tradiciones, ambiente y procedencia.
Pero cualquiera que sea tal concepto, su impulso natural es ofenderse por lo que crea malo e injusto.
Históricamente también se confi rma esta verdad. Se han sos- tenido más rebeliones y guerras por la idea de lo justo o de lo injusto que por cuestiones materiales. Los marxistas pueden objetar que nuestras perspectivas del bien y del mal están ellas mismas confi guradas por las condiciones materiales, pero esto no altera en modo alguno el hecho de que el sentimiento de jus- ticia y del bien han inspirado, en pueblos de todas las épocas, el heroísmo y el sacrifi cio en nombre de esas ideas.
Los cristos y budas de todos los tiempos no se movieron por consideraciones materiales sino por devoción a la justicia y al bien.
Los pioneros de toda empresa humana han sido calumnia- dos, perseguidos y hasta asesinados, no por buscar el engrande- cimiento personal sino por la fe en la justicia de las causas que defendían.
Los Jan Hus, Lutero, Bruno, Savonarola, Galileo y otros nume- rosos religiosos e idealistas sociales, lucharon y murieron como esforzados campeones de la causa del bien, como ellos compren- dían éste. Igualmente, desde Sócrates hasta nuestros días, en los avances de la ciencia, la fi losofía, el arte, la poesía y la educación, el hombre ha ofrendado su vida al servicio de la verdad y de la justicia. En el área del progreso político y social, comenzando por Moisés y Espartaco, los más nobles de entre la humanidad se han consagrado a los ideales de la libertad y la igualdad. Y no ha de
limitarse forzosamente el poder del idealismo a individualida- des excepcionales. Las masas siempre han estado inspiradas por él. La Guerra de la Independencia norteamericana, por ejemplo, comenzó por el resentimiento popular de las colo- nias contra la injusticia del impuesto sin representación. Las Cruzadas duraron doscientos años buscando asegurar para los cristianos la posesión de Tierra Santa. Este ideal religioso inspiró a seis millones de hombres, y hasta ejércitos de niños, a enfrentarse a incontables penalidades, con la peste y con la muerte, en nombre del bien y de la justicia. Hasta la pasada Guerra Mundial, aunque capitalista en su causa y consecuen- cias, fue hecha por millones de hombres en la creencia de que se estaba sosteniendo por una causa justa, por la democracia y por el fi n de todas las guerrsdas.
Así, a través de la historia pasada y presente, el sentido del bien y la justicia han impulsado individual y colectivamente al hombre hacia hechos de sacrifi cio personal y devoción y lo han alzado muy por encima del lodo de su existencia diaria. Es trágico, desde luego, que este idealismo se dé en actos de persecución, violencia y destrucción. Fueron la depravación y la ambición personal de reyes, sacerdotes y señores, la ignorancia y el fanatismo, quienes determinaron aquellas formas. Pero el espíritu que emanaba de ellas era el del bien y la justicia. Toda la experiencia pretérita prueba que aún existe este espíritu y que es un factor poderoso y dominante en la progresión de la vida humana.
En la actualidad las condiciones de nuestra existencia debi- litan y vician estos excelsos rasgos del hombre, pervierten sus manifestaciones y los canalizan en torrentes de intolerancia, per- secución, odio y lucha. Pero una vez que el hombre se libere de las corruptoras infl uencias de los intereses materiales, abandone su ignorancia y antagonismos de clase, su innato sentido de la justicia y del bien hallará nuevas formas de expresión, formas que tenderán hacia una mayor fraternidad y buena voluntad, hacia la paz individual y la armonía social.
Sólo en la anarquía podría este espíritu alcanzar su desarrollo completo. Liberados de la lucha brutal y degradante por nuestro pan diario, participando todos en el trabajo y el bienestar, las mejores cualidades del corazón y del cerebro del hombre halla- rían oportunidad de acrecentarse y aplicarse benefi ciosamente.
Se convertiría el hombre en la noble obra de la Naturaleza que hasta ahora sólo ha sido imaginada como un sueño.
Todo hombre y toda mujer, por lo tanto, deberían estar vital- mente interesados en apoyar la consecución de la anarquía.
Seguramente así lo harían, si comprendiesen la justicia y belleza de semejante vida nueva. Todo ser humano que no está desprovisto de sensibilidad y sentido común se inclina hacia el anarquismo.
Todo aquel que sufre el error y la injusticia, el mal, la corrup- ción e inmundicia de nuestra vida diaria, siente una instintiva sim- patía por la anarquía. Todo aquel en cuyo corazón no ha muerto la bondad, la compasión y la simpatía hacia sus semejantes, ha de estar interesado en propiciarla. Todo el que padece indigencia y miseria permanente, tiranía y opresión, debería saludar alboro- zado el advenimiento de la anarquía. Todo hombre o mujer libre y amante de la justicia debería apoyar su realización.
Y en primer lugar, y más fuertemente interesados, debe- rían estar todos los subyugados y los humillados del mundo. Aquellos que edifi can palacios y viven en chozas, los que dispo- nen la mesa de la vida pero no les es permitido participar en el banquete, los que crean la riqueza del mundo y son sus deshere- dados, los que llenan la vida de gozo y claridad mientras perma- necen despreciados en lo profundo de la oscuridad, el Sansón de la vida privado de su fuerza por culpa del temor y la ignorancia, el desvalido gigante del trabajo, el proletario del cerebro y el músculo, las masas agrarias e industriales, éstos deberían abra- zar alegremente la causa de la anarquía. Es a ellos a quienes la anarquía dirige su más apremiante llamada, son ellos los que primero y principalmente deben trabajar, por el nuevo día que les devolverá su herencia y traerá libertad y bienestar, gozo y luz para todo el género humano. “Una cosa espléndida –remarcas–. Pero ¿funcionará esto? ¿Y cómo lo conseguiremos?”
Capítulo XXII